Columna de Nefrox
Cero culpa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Los resultados del San Luis han abierto inevitablemente el debate. Cuando un equipo entra en una racha irregular, las miradas suelen dirigirse primero al banquillo. Y en este caso, el nombre que aparece en el centro de la discusión es el de Guillermo Abascal.
La pregunta es inevitable: ¿los altibajos del San Luis son consecuencia directa de los planteamientos del técnico o responden a factores más complejos que van más allá de la pizarra?
Abascal ha mostrado desde su llegada una idea clara de juego, aunque no todos lo ven así. Un equipo que intenta tener orden táctico, que busca intensidad en ciertos tramos del partido y que no teme modificar su alineación cuando considera necesario ajustar piezas. De hecho, en más de una ocasión ha sorprendido con cambios importantes en la formación titular, algo que para algunos representa valentía estratégica y para otros una señal de inestabilidad.
Lo cierto es que cuando los resultados acompañan, esas decisiones se interpretan como parte de una visión táctica audaz. Pero cuando el marcador no favorece, las mismas decisiones se convierten en motivo de cuestionamiento.
Sin embargo, reducir el análisis únicamente al entrenador sería simplificar demasiado una realidad que en el fútbol suele ser más compleja. Los partidos también se deciden por errores individuales, momentos de desconcentración o detalles que escapan incluso al mejor plan táctico. Basta recordar encuentros en los que San Luis ha competido bien durante largos periodos, pero ha terminado pagando una jugada puntual.
También existe el factor anímico. Los equipos, como cualquier grupo humano, atraviesan momentos de confianza o incertidumbre. Una derrota inesperada puede alterar la dinámica, mientras que una victoria oportuna puede cambiar completamente el ánimo del vestidor.
Incluso el contexto del torneo influye. La Liga MX es un campeonato donde la diferencia entre ganar y perder muchas veces se mide en centímetros, en una decisión arbitral o en un error defensivo en los minutos finales. Por eso, juzgar el trabajo de un entrenador únicamente por un resultado puede resultar engañoso.
La verdadera pregunta quizá no sea si el problema es Abascal, sino si el equipo en su conjunto ha logrado sostener la consistencia que exige la competencia. Porque en el fútbol moderno los proyectos no dependen exclusivamente del técnico, sino de la suma de decisiones deportivas, rendimiento individual y gestión emocional del grupo.
San Luis tiene momentos en los que demuestra que puede competir con cualquiera, pero también episodios en los que pierde claridad o contundencia. Esa dualidad es la que alimenta el debate.
Al final, el tiempo suele ser el juez más justo para cualquier entrenador. Si los resultados regresan, las dudas se disipan rápidamente. Si no, las preguntas crecerán inevitablemente.
Por ahora, el cuestionamiento sigue abierto: ¿es el planteamiento de Abascal el origen de los problemas o simplemente el reflejo visible de un conjunto de factores que el fútbol?
Me quedo con una última reflexión, el ambiente que se deja ver del interior del equipo, no parece malo, como sucede cuando el técnico ya no trabaja bien con su cuadro, el equipo aún trabaja a las órdenes del mister, la confianza existe entre los miembros del plantel, cosa que me hace pensar que la ruptura, no parece inminente, solo el tiempo y los resultados de un calendario complicado, lo dirán.
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Columna de Nefrox
Pongan Caifanes | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Es el país de The Beatles, de Queen, de Led Zeppelin, de Pink Floyd, de Oasis, de The Rolling Stones. Bandas que no solo marcaron una época; prácticamente escribieron el manual de cómo entender la música moderna.
En el fútbol ocurre algo parecido.
Cada generación inglesa parece estar destinada a conquistar el mundo. Siempre aparecen figuras de primer nivel, planteles millonarios y una liga que presume ser la mejor del planeta. Inglaterra carga con ese prestigio que intimida incluso antes de escuchar el silbatazo inicial.
México nunca ha tenido ese privilegio.
Lo suyo ha sido más parecido a Café Tacvba, El Tri, Caifanes o Maná. Bandas que quizá no cambiaron la historia del rock mundial, pero que aprendieron a construir una identidad propia. Que encontraron una manera distinta de emocionar a los suyos sin necesidad de parecerse a nadie.
Y, curiosamente, esa comparación también funciona para este Mundial.
Porque si alguien hubiera visto únicamente los nombres antes de comenzar el torneo, Inglaterra sería el claro favorito.
Pero los Mundiales tienen la mala costumbre de ignorar los currículums.
México llega a estos octavos enamorando al mundo.
Eso ya lo dijimos.
No ha sido un vendaval ofensivo, pero ha ganado todos sus partidos.
No ha monopolizado la pelota, pero ha sido preciso y efectivo.
No ha regalado exhibiciones para la historia, pero es la mejor defensa del torneo.
Hay muchas cosas que no pueden ignorarse.
No ha recibido un solo gol, en todos los partidos ha anotado y juega por nota, enamora.
En un torneo donde cualquier desconcentración cuesta una eliminación, la Selección ha encontrado en la defensa una virtud que hace tiempo no presumía. Ha aprendido a sufrir sin desesperarse, a defender sin regalar espacios y a competir con una disciplina que pocas veces acompañó a los equipos mexicanos en las Copas del Mundo.
Y eso también gana partidos.
Además, hay un detalle imposible de medir con estadísticas.
El Estadio Azteca.
Hay estadios que son escenarios.
El Azteca es un personaje.
Respira distinto.
Presiona distinto.
Pesa distinto.
No necesita recordar que ahí levantó la Copa Pelé ni que Maradona escribió una de las páginas más contradictorias y brillantes de la historia del fútbol justo contra Inglaterra. Todo eso ya vive en sus tribunas.
Los rivales lo saben.
Y México también.
Por eso terminar primero del grupo significó mucho más que evitar un rival o quedarse en la misma ciudad.
Significó quedarse en casa.
Seguir escuchando un himno que retumba difer ente cuando más de ochenta mil personas lo cantan al mismo tiempo.
Seguir jugando en un lugar donde la historia no garantiza victorias… pero sí obliga a creer en ellas
Inglaterra llega como favorito en la estadística histórica, y sería absurdo decir lo contrario.
Tiene mejores individualidades.
Más experiencia en las grandes ligas.
Más profundidad en prácticamente todas las posiciones.
Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es si eso alcanza cuando enfrente hay un equipo que ha aprendido a competir sin desesperarse.
Porque México no necesita ser mejor durante noventa minutos.
Necesita ser mejor en los momentos importantes.
Como lo ha sido hasta ahora.
Quizá esta no sea la mejor selección mexicana que hemos visto.
Pero sí parece una de las que mejor entiende sus limitaciones.
Y eso, en un Mundial, vale mucho más de lo que suele reconocerse.
Los grandes equipos no siempre son los que juegan más bonito.
Muchas veces son los que obligan al rival a jugar incómodo.
Y México ha convertido esa incomodidad en su principal argumento.
Dicen que las grandes bandas nunca desafinan en los escenarios importantes.
También dicen que las sorpresas son las que terminan convirtiéndose en leyenda.
Inglaterra tiene detrás décadas de historia, de talento y de prestigio.
México tiene un estadio que empuja, una defensa que todavía no conoce el error y un país entero convencido de que las noches imposibles existen precisamente para intentar romperlas.
Porque el rock inglés podrá haber conquistado al mundo.
Y el fútbol inglés podrá seguir apareciendo en todas las quinielas.
Pero los Mundiales, como los mejores conciertos, nunca terminan exactamente como estaban escritos en el programa.
Ellos siempre tendrán a The Beatles, a los Rolling o a Queen, pero aquí, no es así, aquí afuera, siempre estará el tío que desde algún lugar en silencio gritará como el diablito “Pongan Caifanes”.
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#4 Tiempos
Aún quedan 102 | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Comenzó la fiesta, la bola rodó en CDMX y Guadalajara, México y Corea pegaron primero y se llevaron los primeros puntos, se gritaron los primeros goles y la primera voltereta se dio en Jalisco. Así se cierra el primer día de actividades en tierra azteca. La pelota ahora va a Canadá y Estados Unidos.
En CDMX México ganó pero dejó dudas, un 2-0 que debió ser mucho más contundente, un equipo que no resolvió y un arquero sudafricano que salió inspirado fueron una constante en los 90, México con nerviosismo pudo romper la estadística de nunca haber triunfado en un partido inaugural después de 7 anteriores, lo hizo bien a secas y con una tarjeta roja que aunque cuestionable se sanciona y deja a la selección con una ausencia importante para el siguiente partido.
Más tarde en Guadalajara, el estadio de las Chivas fue testigo de un insípido primer tiempo que terminó 0-0
, partido nada digno de una justa tan importante, para la segunda parte los asiáticos comenzaron perdiendo, un tremendo saque de banda que fue catapultado emulando a un tiro de esquina consigue llevar un remate de cabeza impresionante, de ahí, Corea se levanta para terminar ganando 2-1 y sacar los tres puntos muy importantes para colocarse en segundo del grupo, solo por diferencia de goles detrás de México.Buen arranque de la fiesta aunque el fútbol de nivel sigue y probablemente seguirá ausente en esta primera ronda, el estallido de la copa se verá a partir del fin de semana, cuando arranquen hasta 4 partidos diarios. Justo ahí la fiesta se habrá puesto completamente buena.
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Columna de Nefrox
Que arranque la fiesta | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay fechas que aparecen en el calendario. Y hay otras que parecen escritas desde hace décadas.
El 11 de junio de 2026 pertenece a la segunda categoría.
Porque cuando la pelota se lance en el Estadio Azteca, no comenzará solamente un Mundial. Comenzará una historia que México lleva años esperando volver a contar. Será la tercera vez que el país reciba una Copa del Mundo y la tercera vez que el Azteca ocupe un lugar central en la memoria del fútbol. Ningún otro estadio puede decir eso.
Durante meses hablamos de sedes, remodelaciones, boletos y logística.
Ahora ya no.
Ahora empieza el fútbol.
Y eso cambia todo.
México tendrá partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El Azteca volverá a ser protagonista con el partido inaugural y encuentros de eliminación directa; Guadalajara y Monterrey también recibirán juegos de fase de grupos y la sultana del norte, uno de ronda posterior.
Habrá aficionados de todos los continentes.
Habrá camisetas imposibles de encontrar juntas en otro lugar.
Y por unas semanas, el país volverá a sentirse el centro del mundo futbolístico.
Quizá por eso resulta tan difícil dimensionar lo que viene. Porque los Mundiales no se entienden antes de empezar.
Se sienten.
Se sienten cuando aparece la primera ceremonia. Cuando suena el primer himno. Cuando una selección desconocida le complica la vida a un favorito. Y, sobre todo, cuando descubrimos que los pronósticos casi nunca sobreviven intactos a julio.
Claro que hay candidatos.
Los de siempre.
La vigente campeona, la selección de Argentina, llega con el peso de defender una corona que pocas veces permite relajaciones.
Francia sigue teniendo una generación que parece diseñada para competir en cualquier escenario.
Brasil nunca deja de ser Brasil, incluso cuando las dudas aparecen.
España llega respaldada por una nueva generación que ha demostrado que el talento no entiende de ciclos.
Y luego están Alemania, Inglaterra y Portugal, selecciones que parecen estar siempre a una buena racha de distancia de la gloria.
Pero los Mundiales nunca pertenecen únicamente a los favoritos
. Si algo ha enseñado la historia es que siempre aparece alguien inesperado.Croacia lo hizo.
Marruecos lo hizo.
Corea del Sur lo hizo.
Y este torneo también tendrá su sorpresa.
Porque siempre la tiene. Quizá una selección africana que encuentre confianza demasiado pronto. Quizá un equipo europeo que llegue sin reflectores. Quizá una nación americana que descubra que el miedo cambia de bando cuando avanzan las rondas.
Y en medio de todo eso está México.
El anfitrión.
El equipo que carga con la ilusión de una generación entera que sueña con ver algo distinto. Con romper una barrera que parece eterna. Con aprovechar la ventaja de jugar en casa. Porque un Mundial en México nunca es solamente un torneo. Es una conversación nacional. Una pausa colectiva.
Un momento donde millones de personas hablan el mismo idioma durante noventa minutos.
Dentro de algunos años recordaremos quién levantó la copa. Pero también recordaremos otras cosas. La primera vez que vimos el Azteca vestido de Mundial por tercera ocasión.
La fiesta en Guadalajara.
Las noches de Monterrey.
Las historias que todavía no conocemos.
Porque así funcionan los Mundiales. Empiezan con favoritos. Empiezan con estadísticas. Empiezan con pronósticos. Y terminan convirtiéndose en algo mucho más grande.
Algo que durante unas semanas nos hace creer que el futbol puede detener el tiempo.
Y, para fortuna de México, ese momento está a punto de comenzar, aquí.
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