noviembre 3, 2026

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#4 Tiempos

Los diarios tempranos de Susan Sontag | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir 

 

Susan Sontag fue una de las ensayistas más respetadas e influyentes de su generación. Como crítica del arte, la sociedad, el mundo político y la sexualidad logró marcar tendencias y meter una mirada acuciosa en terrenos analíticos que pocos se habían atrevido a explorar. Opiniones como la suya  pesan hasta la fecha y dibujan una línea lo mismo polémica que canónica.

La autora norteamericana también probó las posibilidades de la ficción. Obras de teatro y relatos salieron de la pluma espumosa que guardaba dentro de sí. Y fue igualmente una figura pública que defendió con valentía ideales de la estética y la fotografía. No fue dogmática y ahí donde muchos pregonaban teoría nebulosa y barata, ella tuvo honestidad y precisión para abordar los temas que le embargaban.

Pero ante todo, Susan Sontag fue una mujer. Caótica, brillante, arterial. Su paso por el mundo contiene varias lecciones y da muestra de la importancia de la determinación y de permanecer con la vara alta en cuanto a nuestras expectativas.

Para conocer los entresijos de ella como persona queda la alternativa de recurrir a sus diarios, editados ya hace más de una década, en los que dejó constancia del lado más tierno y contradictorio a partir del cual fluyó lo que le conocemos de obra.

Desde muy joven, Susan Sontag se impuso como norma ser fiel a sí misma, una actitud de la que partía una libertad verdadera en la que no había que constreñirse. Era consciente de una cuestión que parece evidente pero que pocos alcanzan a asumir para su propia causa, no hay nada que te impida hacer cualquier cosa, por disparatada que sea, dentro de tu margen de acción.

“¿Qué me impide recoger mis pertenencias y marcharme? Solo las presiones autoimpuestas de mi entorno”, concluía al recordar que había fuerzas omniscientes con las que costaba trabajo romper. Una de ellas era el temor a su propia familia y la particular animadversión que llegó a causarle su madre.

Con apenas 15 años, Sontag ya era una persona muy sensible, con todas las angustias, pesimismos y aflicciones que acompañan a la ya de por sí embrollada juventud.

Como lo reflejan sus primeros cuadernos, Susan Sontag era muy exigente consigo misma; era  consciente de sus aspiraciones y de las limitaciones que aún tenía. Por ello no temía ironizar sobre su condición: lo que llamaba el luto personal, aunque igual permanecía expectante el talento pudiera ofrecerle algún día.

Sontag, con Norman Mailer, Nueva York, 1968

Sontag confiaba mucho del camino que podía labrarse por su cuenta. Era independiente y reivindicaba la calidad de individuo. Tenía un alta estima por lo privado, al tiempo que apelaba por el mantenimiento de la cultura como medio de salvación colectivo. La Universidad, en contraparte, no le despertaba el menor entusiasmo, ya que estaba segura de que podía aprender todo lo que requería a través de la lectura. Consideraba a la música, como es pertinente, el arte mayor.

La vida académica que alguna vez fue opción le causaba aburrimiento. Le aterraba llegar a la vejez dentro de una universidad a la que solo serviría a través de papers de temas extravagantes que nadie leería. Ser profesora ofrecía algunas comodidades, pero le obligaba a rendirse, algo que no estaba dispuesta a hacer. De nuevo, primero estaba el amor propio.

La narradora neoyorquina tenía un voraz apetito intelectual (“riego mi mente con libros”, mencionaba, al tiempo que hacía listas de títulos en sus libretas). Temía por ello que su potencial pudiera quedar desperdiciado. Como quinceañera buscaba encontrar un rumbo, un sitio en donde pudiera desarrollar su destreza.

Era evidente que la escritura sería el móvil adecuado. Le atraía la idea de producir textos, pero sobre todo estaba interesada en ser una escritora, aun más que escribir en sí. Lo atribuía al ego, ese impulso por ser alguien y acabar con el reconocimiento que merecía.

Sin embargo, escribir propiamente dicho no siempre le era fácil y tenía esos días en los que incluso se cansaba de hacerlo, se tratara de un artículo de fondo o incluso una breve línea en su diario. Dejaba mucho de inconcluso en hojas de papel que guardaba por días hasta que eventualmente les definía un destino. La ansiedad finalmente estimulaba su vena creativa.

En Susan Sontag había un fuerte debate entre el lado intelectual y las emociones. Esas dos caras de la moneda le conflictuaban, le dolían, una situación a la que le encontraba provecho. La tensión de la cuerda era, a su modo, un estímulo creativo, en el que a menudo ganaban los sentimientos. Susan Sontag admitía ser una apasionada, nada más le faltaba un canal para que aquello le ofreciera una recompensa.

En sus diarios hay un punto de quiebre: el día en que contrajo nupcias con el sociólogo Philip Rieff cuando ella apenas tenía 17 años y él contaba ya con cerca de 28. La adopción de una nueva condición afectiva y social no cambió su postura tirada a la independencia intelectual. En sus apuntes decía que el matrimonio era sobre todo una cuestión de inercia, y no buscaba el contacto permanente sino lapsos de soledad que eran el descanso y el alivio.

El matrimonio no duró mucho, la pareja se divorció al cabo de nueve años. Susan Sontag no se volvería a casar. No iba con su temperamento ni con sus inclinaciones personales. “Dos personas esposadas la una a la otra junto a un estercolero no deberían pelear”, reflexionaba. “Solo consiguen que el estercolero aumente unos milímetros, tienen que vivir con él hediendo bajo sus narices”.

En la adolescencia descubrió su bisexualidad y fuera del periodo en el que estuvo casada con Rieff y con quien tuvo hijo, estuvo más encaminada a su relación con las mujeres. En sus años de juventud admitía tender a amores egoístas y ser presa constante de los celos. “Mi amor la quiere incorporar plenamente, quiere devorarla”, decía sobre María Irene Fornés con quien sostuvo un fuerte vínculo.

Así tan avanzada a su tiempo como llegó a ser, el asunto de la sexualidad llegó a provocarle episodios de conflicto interno. A finales de los cincuenta para una chica de su edad no era fácil tener aproximaciones con otras mujeres; aún no llegaba la liberación que en la segunda mitad de la siguiente década comenzaría a dar un respiro a lo que muchos como ella transcurrían en silencio. En una entrada daba reflejo de lo difícil que era vivir con atracción a seres de su propio sexo. “Me hace sentir vulnerable. Aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible —que he sentido siempre de todos modos”.

Los diarios de Susan Sontag, disponibles en varios volúmenes, tanto en inglés como en español, son testimonio del corazón palpitante que hay detrás de la severidad de una intelectual pública. Una auténtica figura de las letras y de la cultura popular que años después de su muerte permanece como una referencia  y una guía de admirable actualidad.

@Bigmaud

Contacto: [email protected]

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El Cronopio

Juan José Ortega, director cinematográfico matehualense | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En las primeras décadas del siglo XX un buen número de potosinos van a la Ciudad de México a continuar su formación y su desarrollo profesional. La mayoría sobresalen en las actividades que se realizan, como lo muestra la nutrida membresía de la Academia Potosina de Ciencias y Artes formada por potosinos que radican en la Ciudad de México, donde la mayoría ocupan puestos de importancia en la vida cultural mexicana. Entre estos personajes se encuentra el camelense Juan José Ortega García que destacaría en la industria cinematográfica en la época de oro del cine nacional a la que se incorpora en la década de los treinta siendo otro de los potosinos pioneros en el cine mexicano.

Juan José Ortega García nació en Matehuala, San Luis Potosí, el 27 de octubre de 1904, donde inicia su educación primaria la que tuvo que suspender, para proseguirla de manera autodidacta, para contribuir al sostenimiento de su familia. La familia se traslada a San Luis Potosí y continúa su formación autodidacta, entre ellos el oficio de mecanografía, lo que le conduciría a iniciarse en el periodismo en 1925 colaborando en el periódico Acción de San Luis Potosí, del que sería su subdirector en 1928 y, director en 1932 del periódico potosino Vanguardia. Fundó en el Bajío un par de periódicos: el Diario del Centro en Aguascalientes y El Globo en León, Guanajuato. Colaboró como corresponsal en los periódicos Excélsior y El Universal.

Juan José Ortega García, director cinematográfico matehualense

Al llegar a la Ciudad de México para integrarse a la Comisión de Irrigación en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas inicia su carrera en el cine dirigiendo documentales oficiales, Irrigación en México y Gigantes de Piedra. Al dirigir estos largometrajes comprendió que su carrera sería el cine y se adentra dirigiendo su primera película en 1939, Sendas del Destino, donde actúa, entre otros, Eduardo Arozamena, en una trama que se desarrolla en la presa La Angostura en Sonora, reminiscencia de sus primeros largometrajes, la cual fue financiada de su propio peculio y con aportación de la Comisión Nacional de Irrigación, donde laboraba Ortega García.

Sendas del Destino sería su ópera prima de, al menos 42 películas que dirigió

, realizando también coproducciones internacionales, con Cuba, Venezuela, Colombia y Perú. Entre las películas que dirigió se encuentran: La mujer legítima en 1945, con Isabela Corona; La insaciable de 1947, con María Antonieta Pons, con un guion escrito por el propio Juan José Ortega incursionando así en el guionismo; Cuando el alba llegue, en 1950, con Meche Barba; Lodo y armiño, de 1951, con Armando Calvo; Cuentan de una mujer, en 1958, con Marga López; En carne propia, de 1961, con Joaquín Cordero; Pacto de sangre, en 1966, con Manuel López Ochoa, entre otras.

Entre los melodramas, género preferido de Juan José Ortega, filmados en Cuba se encuentran: la comedia musical filmada en 1953 en La Habana, intitulada Me gustan Todas con Adalberto Martínez Resortes; en 1954 las cintas, Frente al pecado de ayer y Yo no creo en los hombres, protagonizadas por Sarita Montiel; en 1956 dirige No me olvides nunca, con actuaciones de Luis Aguilar, Rosita Fornés y Olga Guillot.

En la década de los sesenta dirige la serie de películas tipo westerns de Leonardo Moncada, serie de cinco películas estelarizadas por Joaquín Cordero, basadas en una serie radiofónica cubana. En esa década Ortega comienza a dedicarse a la distribución de películas creando la distribuidora Compañía Cinematográfica Mexicana y Productora Mexicana de Películas. Es propietario también de Producción Fílmica de México y Películas y Videos Internacionales, todo ello en los ochenta.

Recibió varios reconocimientos a su carrera cinematográfica, como productor, director, guionista y distribuidor actividades que siguió después del periodismo, donde sería también pionero en el periodismo potosino del siglo XX. Juan José Ortega García murió en la Ciudad de México el 27 de diciembre de 1996.

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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