#Si Sostenido

Crónica de un escritor de graffiti

Anónimo

El exoesqueleto de la ciudad tiene un sentido casi puramente utilitario que se transforma de manera plástica por medio del graffiti, no en algo bello, sino en algo vivo”

—Vaga Policromía

Caminar por la noche o de madrugada es perfecto para poder dejar unas firmas, personalmente me gustan los lugares abandonados o los negocios comerciales, sitios que requieran cierto reto de habilidad física y mental para acceder a ellos. Los desafíos de la clandestinidad logran poner en controversia a los “artistas urbanos” que creen que hacen graffiti solamente por utilizar aerosol: no es lo mismo firmar una obra a que la firma sea la obra.

Un lunes de diciembre del 2019 salí a caminar por el centro con una amiga, en la madrugada y con material para firmar, siempre atentos al ruido de vehículos pesados o de velocidad lenta, y claro, a las luces azules y rojas. El escritor de graffiti busca en todo momento poner su “nombre” (literal) mediante una firma en la que utiliza un seudónimo, en cualquier espacio. Feo, bonito, detallado, con calidad, ¡eso no importa! Esas son definiciones subjetivas, las firmas callejeras son algo que tiene que incomodar a la sociedad, que obliga a los habitantes de la ciudad a observar “el daño a las cosas” ¿Y qué tanto daño hace una firma hecha con aerosol? Cuesta dinero, es un perjuicio económico al inmueble, ya sea en un lugar público o privado. Las nuevas generaciones de sectores obreros o profesionistas mal pagados no vamos a conocer lo que es tener nuestro propio espacio, todo es prestado y se paga, pagos mensuales, nada fijo: el graffiti es una protesta contra de la propiedad.

Sin duda era una noche con mucha policía y después de firmar cerca de cierta plaza principal del centro, en una fachada recientemente en demolición, escuchamos a lo lejos exactamente lo que evitábamos: un coche o camioneta se acercaba con mucha lentitud.  Decidimos entonces caminar en dirección opuesta a la vialidad de una calle aledaña. Sin voltear, supimos que el vehículo se había metido en contra y que lentamente se emparejaba con nuestro andar. Era una patrulla municipal. Tres oficiales, dos hombres y una mujer, estaban a bordo. De inmediato bajó el oficial copiloto y nos dijo “es una revisión, enséñenme las manos”. Me di cuenta de que tenían una ligera sospecha de nosotros por el olor de los aerosoles, que al aplicarse recientemente deja un aroma peculiar. Le enseñamos las manos. 

Después de eso las imágenes que recuerdo son flashes instantáneos. Se bajaron los demás policías, me recargaron a la patrulla y tuve que abrir las piernas y las manos de extremo a extremo sosteniéndome de un tubo de la parte de atrás del vehículo (la patrulla era una camioneta). De reojo noté que habían llegado aproximadamente otros cuatro policías; en segundos, en ese momento recibí un golpe debajo del brazo derecho, quise voltear, pero me llegó otro golpe. Uno de los oficiales me decía: “Pinche morro, ya valiste verga, ahorita los vamos a encuerar y los vamos a pintar, ¿qué sientes al hacer tus mamadas? Pinche morro pendejo ¿qué sientes? Contesta, cabrón.” “Nada jefe”, fue lo que le dije, pero sólo recibí otro puñetazo. “No te escucho, pendejo”, “Nada jefe”, repetí. Después de decir lo último sentí un golpe más. Ellos seguían repitiendo lo mismo una y otra vez. Conté cuatro golpes hasta ese momento. Un oficial recogió una lata de las que traíamos y trato de rayarme la mano, pero en su primer intento la válvula del aerosol lo mancho a él. Sus compañeros se burlaron. “Estás bien pendejo jaja”, le decían. El policía sólo se limpió en mi ropa y después de otro intento logró su cometido. Por supuesto me dio risa, aunque no tardaron mucho en golpearme otras dos veces en la misma parte del brazo y en darme una patada en el muslo de la pierna derecha. “¿De qué te ríes, pendejo?, ahorita los vamos a encuerar y los vamos a rayar para que se les quite”.

A mi amiga no le hicieron nada físicamente, pero continuaban los insultos y empezó el interrogatorio: ¿Cómo se llaman? ¿Cuántos años tienen? ¿De dónde son? ¿Cuál es la fecha de nacimiento? Yo seguía en la misma posición, no podía voltear a ver a mi amiga, pero estaba atento a lo que escuchaba, cuando llegó otro policía y me golpeó otra vez en el mismo lugar para en enseguida ahorcarme rodeando su brazo en mi cuello y cargándome así hasta la parte posterior de la camioneta. Seis, siete, ocho, nueve, diez segundos hasta que me soltó. En seguida nos subieron a los dos a la camioneta, nos esposaron las muñecas a la estructura de metal. Pude apreciar los rostros de por lo menos cinco policías, uno de ellos les sugirió a los demás que nos dejaran ir, que el lugar donde habíamos pintado era una fachada que los dueños no iban a reclamar, ya que se estaba demoliendo (tal vez sin autorización del INAH por la antigüedad del edificio y por la cercanía al corazón del centro, tal vez). Mientras, otro policía aproximadamente entre los 35 y 40 años, tosco de la cara y de cabello oscuro ondulado, demasiado largo para ser un oficial (lo llamaremos “policía 1”), seguía repitiendo: “A la verga, hay que metérselas por daños a las cosas, no van a salir, mínimo son de dos años a cinco, ya valieron verga, por andar haciendo sus mamadas”.

Algunos oficiales medio le estaban haciendo caso al policía que dijo que nos dejaran ir. Uno de algunos cincuenta años, chaparro, de 1.60, repetía que nos liberaran porque no tenía caso, el lugar rayado estaba prácticamente abandonado. Entonces el policía 1 decidió anotar y tomar fotografías de todo lo que estuviera rayado tres cuadras sobre esa misma calle, aunque no fuera nuestro, para ver si lograba que nos denunciaran. Pareciera que la policía a fuerza tiene que arrestar a alguien para que parezca que realmente hacen su trabajo. Antes de que arrancara la patrulla, los oficiales preocupados por la seguridad y la honradez nos dieron una “oportunidad”: “De perdido ¿traen dinero?”, respondí que no.

Atrás de la patrulla iba el policía 1 vigilándonos junto con una compañera gordita, de cabello rojo, chaparrita y como de unos 30 años (policía 2). Conduciendo iba el oficial a cargo, de entre 35 y 40 años, de cabello corto (policía 3). Nos llevaron hasta el módulo de Abastos de la Fiscalía, donde nos pasaron con un médico que en realidad no te hace ningún examen y para quien tu estado físico no importa. Sólo tienes que llenar un formulario de protocolo, respuestas rápidas: sí/no, ¿casado? ¿alergias? ¿fumas? ¿alguna enfermedad? ¿tomas? blablá.  Nunca se les ocurrió examinar mis golpes, y únicamente preguntaron por la mancha de color rojo óxido que llevaba en la mano, “¿qué te paso?”, “me rayó el oficial”, respondí.  Después una policía joven nos tomó fotografías de nuestros rostros y tatuajes, sobre los que fue muy curiosa “¿Y este qué significa?, Ah, qué interesante”. También llenó más formularios con datos: nombre, fecha de nacimiento, domicilio y nombre de nuestros padres.

Cuando terminamos y nos sacaron de ahí, los oficiales comenzaron a llenar su reporte (otro) y pidieron que nos quitáramos las agujetas de los tenis. Un señor con canas, cabello corto y bigote, de algunos 55 años (policía 4) le dijo al policía 1: “léeles los derechos”. El policía 1 hizo cara de molestia y le respondió al policía 2 que no quería hacerlo, que mejor lo hiciera él.

“¡Pero te dijeron a ti!”.

“Pues yo no quiero leérselos”.

“A mí no me dijeron”.

El Policía 4 se desesperó y reafirmó: “A ver, ¿a quién le dije que lo hiciera? Ves, pues ya hazlo”. El Policía 1, con molestia y berrinche, agarró la hoja donde estaban escritos nuestros derechos y la comenzó a leer, equivocándose en varias palabras, y con una dicción torpe. Concluyó amenazándonos de que teníamos que firmar el documento. Al firmar, nosotros aceptaríamos que se nos habían leído los derechos de manera correcta y legal, por lo que yo les cuestioné que la lectura de éstos se hace en el momento en que se detiene a una persona, no después de golpearla y menos cuando ya pasó más de una hora desde de la detención. Se molestaron. El Policía 1, con coraje, me repetía que los tenía que firmar sí o sí. Como no lo hice intentaron que mi amiga firmara. Yo le recomendé no hacerlo, en voz alta. Ahí el Policía 1 reventó, “¡Ah! ¿sabes mucho? Esto está dentro del protocolo, te los tengo que leer y me los tienes que firmar”.

“Sí, pero tu protocolo lleva un orden y lleva tiempos, ¿cómo quieres que te firmemos algo que se supone nos debiste de haber leído desde el principio?

“¿Entonces no lo vas a firmar?”

“No”

El Policía 4 intervino y dijo más tranquilamente, “mira, yo no voy a discutir contigo, ¿no los quieres firmar? ¡allá tú!” Su compañero estaba entre molesto y confundido, “¿entonces qué le pongo a la hoja?”

“Sólo rellena la opción en donde dice que no quiso firmar”.

Después de todo aquel relajo, nos volvieron a subir a la patrulla esposados de las muñecas. Todavía no nos habían despojado de todos los objetos de nuestros bolsos, y como mi amiga traía su celular en su sudadera, decidimos enviarle un mensaje a un amigo, para avisarle que nos habían detenido. Duramos aproximadamente media hora mientras los policías se ponían de acuerdo en qué escribir en el reporte, al cual por cierto le añadieron con todo cinismo que en el momento y lugar de la detención nos habían leído los derechos y que aun así no habíamos querido firmar. Luego, al fin subieron a la patrulla y salimos de la Fiscalía de Abastos.

Nos iban a trasladar al Ministerio Público, pero antes hicieron una parada en el llamado Charco Verde (DGSPM) de Reforma, en donde seguían modificando el reporte de detención, atinándole a los horarios y llenándolo a su conveniencia para que no quedaran incongruencias. Ahí nos amaneció, estaba helando, incluso milagrosamente logramos dormir un rato con todo y las esposas puestas. Al llegar al Ministerio Publico entramos escoltados por la puerta principal. Los oficiales nos hicieron pasar a las oficinas de los abogados y licenciados, pero solamente se encontraba una. Era una abogada chaparrita, de cabello chino y pintado de güero. Nos sentaron afuera de su oficina, y mientras nos vigilaba la policía 2, escuchábamos desde afuera cómo la licenciada cuestionaba la factibilidad de los reportes al policía 1 y 3. Cuando se dio cuenta de que las dos versiones de los oficiales tenían diferentes horarios, les preguntó: “¿Cuál van a escoger? Pónganse de acuerdo, en un reporte me dicen que fue a las 4:42 am y en el otro 4:47 am ¿Cuál?”

Los oficiales se rieron nerviosamente y finalmente escogieron uno. La güera falsa comenzó a leer el reporte ya corregido y, al transcribirlo a la computadora, se detuvo en la parte inicial donde estaba escrito que enseguida de la detención se nos habían leído los derechos. La mala redacción de los policías, y las incongruencias y contradicciones de los señalamientos de la detención en el escrito, hicieron que la abogada les preguntara dos veces más si de verdad nos habían leído los derechos en el momento debido, “¿en serio sí les leyeron sus derechos?”. Hubo un silencio incómodo y después un “sí, sí”.

 “¿Seguros que sí se los leyeron?”

“Sí, seguros”. Inmediatamente volteé a ver a la policía 2, y moví mi cabeza en forma de molestia. En voz baja, le dije a mi amiga que eran unos pendejos.

Después de más de media hora ahí, nos escoltaron de salida otra vez por la puerta principal y tuvimos que rodear el edificio para llegar a las celdas. Registramos nuestras pertenencias, que se quedan guardadas, y nos pasaron con el encargado de vigilar las celdas, quien checó que no trajéramos ningún tipo de cuerdas, agujetas, cinturón u objeto con el cual se pueda hacer algún daño. Nos comentaron que sin importar que fuésemos culpables o inocentes duraríamos no más de 48 horas en una celda, por protocolo. En ese momento nos separaron, había una sola celda para mujeres y cinco para hombres. Dos de las celdas eran más o menos de 4 x 3 metros, con dos camas de concreto, una matrimonial y otra individual, junto con un retrete.  Otras dos celdas que se encontraban adelante eran más pequeñas, mientras que la última era más alargada pero igual de estrecha, éstas contaban con sólo una cama individual y la barda del baño era exageradamente baja. Cuando me llevaban a mi celda observé que todas las paredes estaban rayadas: nombres escritos de la gente que ya había pasado por allí, o de las bandas a las que pertenecen. Incluso alcancé a reconocer varias firmas de conocidos, como la de: ARCE, TAICO, CRASO, SIER, BOER y JAZZ: la práctica del graffiti, la firma de lo efímero, de rebeldía, de siempre estar, de ser ubicuo, no se detiene ni aquí, pensé.

Yo entré a la tercera celda, el suelo y las camas de concreto eran demasiado frías, y los que llevaban más tiempo ahí ya tenían dos cobijas cada uno. Olían desagradable, pero con el frío ya no te importa. Había un hombre alto, moreno y robusto, al cual no saludé porque sólo quería llegar a la cama de concreto a dormir.

No descansé mucho, a las 8 a.m. del mismo lunes cambiaron de turno, nos sacaron a tomar lista y a movernos a la última celda porque una señora limpia a esa hora, ahora éramos cinco en un espacio pequeño. Es muy raro y difícil estar ahí, pierdes la noción del tiempo, duermes y despiertas múltiples ocasiones, platicas, vuelves a dormir. Cuando en tu cerebro habían pasado horas, el tiempo te escupía que sólo habían sido treinta minutos.

En el transcurso del día me llamaron por mi nombre y me movieron a un cuarto previo a las celdas. Me esperaba un señor chaparro de bigote y lentes, que volvió a tomar fotos de mis tatuajes y a cuestionarme sobre mi persona, según para buscarme en la computadora donde me decía el señor que tenían todos los nombres de toda la población mexicana, además de sus datos y sus antecedentes. Le dije mal mi fecha de nacimiento. Me buscó en el sistema y dijo: “No me apareces, algo me estás dando mal, no te hagas pendejo y dime en qué me estás mintiendo”.

Le di mi fecha de nacimiento correcta y se quedó mirándome a los ojos como tratando de intimidar.  En ese momento escuché que habían llegado más personas a la celda, hicieron un poco de ruido así que volteé hacia la puerta. El señor me dijo: “¿Te están hablando para que salgas?”

“No”.

“¡Entonces no andes volteando, pendejo!”

Me reí por dentro. El señor bigotón nos hizo llenar otros papeles en donde te entintan las huellas de cada dedo de la mano y posteriormente las palmas completas, todo registrado en una hoja. Ahora definitivamente estaba en el sistema de justicia por primera vez. Esto tomando en cuenta que para el momento yo ya tenía una historia de arrestos, aunque no estuvieran registrados: cuando fui menor de edad me agarraron tres veces y después de cumplir los dieciocho me agarraron otras 4, pero nunca había dado mi nombre ni datos verídicos. Hasta ahora que ya no había manera de evadirlo, nunca había pasado por este proceso.

Me regresaron a la celda, pero tiempo después me volvieron hablar. De igual forma le hablaron a mi amiga. Esta vez nos esposaron los tobillos, nos asignaron a dos personas de ropa normal como escoltas, robustos y de camisa, que nos decían que no nos preocupáramos, que sólo íbamos a declarar ante la abogada. En todo momento esposados de los tobillos, tuvimos que bajar unas escaleras, cruzar por un túnel, atravesar el estacionamiento, y después subir por otras escaleras donde al final se encontraban las oficinas que anteriormente ya habíamos conocido. Ahí nos hicieron esperar frente a una abogada diferente a la de la madrugada, que empezó a leer nuestros derechos además de los delitos por los cuales estábamos ahí presentes. Para este momento llegó otra abogada más, la que se supone era nuestra defensora o algo así, que empezó a preguntarnos cómo había estado la detención, ya que el reporte tenía varias incongruencias. Sin dudarlo le comenté la violación hacia mis derechos, la golpiza que me dieron y los insultos que recibimos ambos. La abogada nos dijo que nos creía pero que lamentablemente los policías nunca iban a aceptarlo en su reporte, que por eso ella estaba ahí con nosotros, para checar las fallas en la lógica del reporte policíaco, y también para ver si teníamos algún desacuerdo que quisiéramos manifestar. Nos recomendó que al terminar el asunto en el que estábamos involucrados iniciáramos un proceso en contra de los policías por el abuso de poder y por el mal desempeño de su trabajo. Nuestra declaración fue anexada al documento de detención, y antes de que nos sacaran de la oficina “nuestra defensa” nos dijo que iba hacer lo posible por sacarnos antes de 48 horas, pero que no era seguro.

El hombre que nos escoltaba nos avisó que ya teníamos que regresar a las celdas y otra vez pasamos por lo mismo: bajar escaleras, pasar el estacionamiento, luego el túnel, subir las escaleras… mi amiga tenía ya marcada las esposas en sus tobillos, caminaba con dolor y molestia. Cuando llegamos a las celdas nos separaron de nuevo.

Llevaba en esa situación una madrugada, dos días y una noche: algunas 41 horas en total. Comíamos tres veces al día en grupos de 10 a 12 personas en el aérea de visitas: tortas de jamón y de bistec o gorditas de guisos. Pasaban lista tres veces al día en horarios que correspondían al cambio de turno: 8:00 am, 3:00 pm y 10:00 pm, (o quizás a las 11:00 p.m., no lo sé porque en la noche ya perdía la noción del tiempo).

Es imposible que no te desesperes, tienes que obligar a tu mente a asimilar que debes estar ahí, y si fuera por un mes, un año, o más, te vuelves loco o te adaptas a las situaciones. En mi primera noche me pasaron a la segunda celda (grande) donde ya teníamos 2 cobijas cada uno. Comencé a socializar y supe algunos detalles de las personas que estaban ahí conmigo: un hondureño de entre 30 y 35 años que estaba por robo; un señor de 30 a 35 años por conducir una motocicleta robada; dos personas (una robusta  y otra muy flaca), también de 30 a 35 años, por estar fumando crico; dos jóvenes de entre 20 a 25 años por robo a un mayorista; un chavo de 24 años por pasarse el alto y pararse unas cuadras después del señalamiento de las autoridades; un señor entre 55 y 60 años porque había chocado en la carretera (por Escalerillas, según supe); y yo, por “daño a las cosas”.

En la mañana del segundo día, llegaron unos señores con ropa de civil buscando a un chico que estaba en mi celda. Éste se paró y en seguida nos ordenaron ponernos todos de pie junto a él. Empezaron a seleccionar a quienes tuvieran peculiaridades similares: la misma estatura, color de piel y tatuajes en la cara. Sólo el chico que buscaban y otro chavo tenía tatuajes en el rostro, pero este último era güero así que no era un buen perfil. Aunque no reuniéramos esas características seleccionaron a cuatro personas más, entre ellas iba yo.

Nos pasaron al cuarto de visita, en donde estaban muchos abogados. Estos le decían al chavo tatuado de la cara que lo reconocieron en la página de Facebook de la Policía y que venía una persona a identificarlo por el robo a un Oxxo ocurrido a principios de octubre. Otro abogado nos dijo que no nos preocupáramos, que íbamos a participar en el reconocimiento, pero que el problema no era con nosotros. Aunque el abogado dijera eso, la realidad era que, si la persona detrás del vidrio seleccionaba a alguno que no tuviera nada que ver, quizás por despiste o por no recordar bien los acontecimientos, éste tendría que pasar otras 24 horas para resolver el caso en La Pila.  ¿Preocuparnos? No, para nada.

Los abogados defensores, una señora y un señor, en todo momento manifestaban que las cuatro personas elegidas para el reconocimiento no se parecían en nada: unos con barba, otros de pelo largo, y especialmente ninguno con tatuajes en la cara. “¿No pudieron traer otros más diferentes?”, preguntó la abogada en tono de burla.  Estando ahí también pude notar que los abogados que iban de parte de Oxxo eran primerizos. Tardaron bastante en leerle los derechos al chavo acusado, y se trabaron con varias irregularidades en la denuncia. En un momento hubo tantos errores de los abogados de Oxxo que la defensora le dijo a su compañero en voz baja que estaban bien pendejos. La defensa le comentó al acusado de la cara tatuada que el caso por el que estaba ahí ya estaba prácticamente resuelto, que habían traído los videos de las cámaras de seguridad y él en ningún momento estuvo ahí.

Antes de entrar al reconocimiento nos disfrazaron como el delincuente del Oxxo: nos pasaron unas camisas blancas y a un chavo le pasaron un pantalón de mezclilla (buscaban a una persona de pantalón de mezclilla azul y playera blanca, moreno, estatura entre 1.65 a 1.70 y tatuajes en la cara). Nos pusimos las prendas y escogimos un número del uno al cinco, para luego entrar al famoso cuarto del espejo. En 5 minutos nos avisaron que ya había concluido y volvimos al cuarto de visita: le informaron al chavo de los tatuajes que lo habían reconocido como el asaltante del Oxxo. Tendría que permanecer otras 24 horas ahí para que el abogado defensor presentara pruebas o armara mejor el caso.

Ya estando en la celda, noté que el tatuado de la cara estaba nervioso. Decía que él no había sido el responsable de ninguno de los dos delitos que lo culpaban, y comenzó a contarnos cómo fue que lo capturaron: el sábado en la noche estaba tomando en una casa con dos amigos, cuando se percataron de que llegó un coche. Eran ministeriales, que comenzaron a tocar violentamente y a decirles que iban a valer verga si no abrían. Por miedo abrieron la puerta, cuando inmediatamente los ministeriales los amagaron contra la pared y les preguntaron por un seudónimo específico, “¿lo conocen? No se hagan pendejos”. Después les tomaron foto de sus rostros a cada uno de los que estaban ahí, y se fueron. Comenta el chavo siguieron tomando porque pensaron que ya no iban a regresar, pero que al pasar una hora llegaron muchas patrullas. Otra vez abrieron sorprendidos, sólo para que los amagaran y los golpearan de nuevo (nos enseñó los chicharrazos que le dieron en toda la espalda). Entonces los policías sacaron unas fotos, exactamente las mismas que les habían tomado los ministeriales una hora antes: “¡Sí son los de la foto! ¡Súbanlos!” El chavo triste, preocupado y pensativo acabó su historia y mejor se durmió.

Me imagino que la policía debe dar resultados rápidos para que la sociedad piense que está haciendo su trabajo, aunque sea un engaño, y aunque tengan que usar a la gente inocente como carnada. ¿Quién sigue creyendo en ellos?, ¿en los municipales?, ¿en los ministeriales?, ¿en los federales? Si los delitos mayores no se resuelven es porque la corrupción viene desde dentro, y se enorgullecen mucho de meter a la cárcel a cualquiera que vaya caminando solo por la noche.

Unas horas antes de que me liberaran ya habían cambiado turno otra vez. Ahora nos cuidaban un oficial chaparro moreno de mediana edad y otro de cara gruesa. Desde la celda podíamos escuchar que estaban viendo porno con un volumen exagerado. Ni siquiera le bajaron cuando pasaron unas visitas. “¡Pinche cochino!”, le gritó un compañero de celda, pero no se dejó de escuchar el video pornográfico.

Por fin salí 41 horas después de haber entrado al MP. Me encontré con mi amiga y nos regresaron nuestras pertenencias, pero tuvimos que pasar otra vez encadenados de los tobillos mientras nos escoltaba el viejo fanático del porno. Camino hacia las oficinas el tipo me preguntó si podría ponerle una recarga a su celular, que porque se aburría mucho, “así cuando vuelvas a caer aquí, ya sabes que tienes un amigo”. Lo ignoré.

Llegamos con un licenciado que nos entregó un documento que nos otorgaba la libertad, un papel nos encerró legalmente, y otro nos sacó. Al salir del edificio ya nos esperaban nuestros respectivos familiares. Irónicamente era la primera vez que veía a los papás de mi amiga, “hola, mucho gusto”, les dije.  

“Hola, mucho gusto Carlos”.

Nos despedimos.

Rumbo a mi casa todavía seguía pensando en lo que acababa de suceder. Un escritor de graffiti sabe las consecuencias que conlleva firmar cosas sin permiso y si no, las aprende. Vivimos un momento en que la mayoría de la población somos “gente desechable”, tenemos trabajos desechables, comemos comida desechable. Somos prescindibles para las grandes y medianas empresas que generan empleos, que explotan la calidad de vida del trabajador con jornadas laborales absurdas, entonces ¿en un mundo así qué valor tiene el arte que no protesta y no incomoda? La sociedad te educa visualmente sin que te des cuenta, aunque estudies derecho, aunque leas libros y seas “culto”, por eso nos repudian: porque el graffiti te obliga a mirar la realidad, la podredumbre del sistema, detrás de cada firma hay una persona que se ha autoimpuesto, que se hizo visible, que te volvió su espectador sin preguntarte.

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