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Crónica de un escritor de graffiti

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Graffiti
Anónimo

El exoesqueleto de la ciudad tiene un sentido casi puramente utilitario que se transforma de manera plástica por medio del graffiti, no en algo bello, sino en algo vivo”

—Vaga Policromía

Caminar por la noche o de madrugada es perfecto para poder dejar unas firmas, personalmente me gustan los lugares abandonados o los negocios comerciales, sitios que requieran cierto reto de habilidad física y mental para acceder a ellos. Los desafíos de la clandestinidad logran poner en controversia a los “artistas urbanos” que creen que hacen graffiti solamente por utilizar aerosol: no es lo mismo firmar una obra a que la firma sea la obra.

Un lunes de diciembre del 2019 salí a caminar por el centro con una amiga, en la madrugada y con material para firmar, siempre atentos al ruido de vehículos pesados o de velocidad lenta, y claro, a las luces azules y rojas. El escritor de graffiti busca en todo momento poner su “nombre” (literal) mediante una firma en la que utiliza un seudónimo, en cualquier espacio. Feo, bonito, detallado, con calidad, ¡eso no importa! Esas son definiciones subjetivas, las firmas callejeras son algo que tiene que incomodar a la sociedad, que obliga a los habitantes de la ciudad a observar “el daño a las cosas” ¿Y qué tanto daño hace una firma hecha con aerosol? Cuesta dinero, es un perjuicio económico al inmueble, ya sea en un lugar público o privado. Las nuevas generaciones de sectores obreros o profesionistas mal pagados no vamos a conocer lo que es tener nuestro propio espacio, todo es prestado y se paga, pagos mensuales, nada fijo: el graffiti es una protesta contra de la propiedad.

Sin duda era una noche con mucha policía y después de firmar cerca de cierta plaza principal del centro, en una fachada recientemente en demolición, escuchamos a lo lejos exactamente lo que evitábamos: un coche o camioneta se acercaba con mucha lentitud.  Decidimos entonces caminar en dirección opuesta a la vialidad de una calle aledaña. Sin voltear, supimos que el vehículo se había metido en contra y que lentamente se emparejaba con nuestro andar. Era una patrulla municipal. Tres oficiales, dos hombres y una mujer, estaban a bordo. De inmediato bajó el oficial copiloto y nos dijo “es una revisión, enséñenme las manos”. Me di cuenta de que tenían una ligera sospecha de nosotros por el olor de los aerosoles, que al aplicarse recientemente deja un aroma peculiar. Le enseñamos las manos. 

Después de eso las imágenes que recuerdo son flashes instantáneos. Se bajaron los demás policías, me recargaron a la patrulla y tuve que abrir las piernas y las manos de extremo a extremo sosteniéndome de un tubo de la parte de atrás del vehículo (la patrulla era una camioneta). De reojo noté que habían llegado aproximadamente otros cuatro policías; en segundos, en ese momento recibí un golpe debajo del brazo derecho, quise voltear, pero me llegó otro golpe. Uno de los oficiales me decía: “Pinche morro, ya valiste verga, ahorita los vamos a encuerar y los vamos a pintar, ¿qué sientes al hacer tus mamadas? Pinche morro pendejo ¿qué sientes? Contesta, cabrón.” “Nada jefe”, fue lo que le dije, pero sólo recibí otro puñetazo. “No te escucho, pendejo”, “Nada jefe”, repetí. Después de decir lo último sentí un golpe más. Ellos seguían repitiendo lo mismo una y otra vez. Conté cuatro golpes hasta ese momento. Un oficial recogió una lata de las que traíamos y trato de rayarme la mano, pero en su primer intento la válvula del aerosol lo mancho a él. Sus compañeros se burlaron. “Estás bien pendejo jaja”, le decían. El policía sólo se limpió en mi ropa y después de otro intento logró su cometido. Por supuesto me dio risa, aunque no tardaron mucho en golpearme otras dos veces en la misma parte del brazo y en darme una patada en el muslo de la pierna derecha. “¿De qué te ríes, pendejo?, ahorita los vamos a encuerar y los vamos a rayar para que se les quite”.

A mi amiga no le hicieron nada físicamente, pero continuaban los insultos y empezó el interrogatorio: ¿Cómo se llaman? ¿Cuántos años tienen? ¿De dónde son? ¿Cuál es la fecha de nacimiento? Yo seguía en la misma posición, no podía voltear a ver a mi amiga, pero estaba atento a lo que escuchaba, cuando llegó otro policía y me golpeó otra vez en el mismo lugar para en enseguida ahorcarme rodeando su brazo en mi cuello y cargándome así hasta la parte posterior de la camioneta. Seis, siete, ocho, nueve, diez segundos hasta que me soltó. En seguida nos subieron a los dos a la camioneta, nos esposaron las muñecas a la estructura de metal. Pude apreciar los rostros de por lo menos cinco policías, uno de ellos les sugirió a los demás que nos dejaran ir, que el lugar donde habíamos pintado era una fachada que los dueños no iban a reclamar, ya que se estaba demoliendo (tal vez sin autorización del INAH por la antigüedad del edificio y por la cercanía al corazón del centro, tal vez). Mientras, otro policía aproximadamente entre los 35 y 40 años, tosco de la cara y de cabello oscuro ondulado, demasiado largo para ser un oficial (lo llamaremos “policía 1”), seguía repitiendo: “A la verga, hay que metérselas por daños a las cosas, no van a salir, mínimo son de dos años a cinco, ya valieron verga, por andar haciendo sus mamadas”.

Algunos oficiales medio le estaban haciendo caso al policía que dijo que nos dejaran ir. Uno de algunos cincuenta años, chaparro, de 1.60, repetía que nos liberaran porque no tenía caso, el lugar rayado estaba prácticamente abandonado. Entonces el policía 1 decidió anotar y tomar fotografías de todo lo que estuviera rayado tres cuadras sobre esa misma calle, aunque no fuera nuestro, para ver si lograba que nos denunciaran. Pareciera que la policía a fuerza tiene que arrestar a alguien para que parezca que realmente hacen su trabajo. Antes de que arrancara la patrulla, los oficiales preocupados por la seguridad y la honradez nos dieron una “oportunidad”: “De perdido ¿traen dinero?”, respondí que no.

Atrás de la patrulla iba el policía 1 vigilándonos junto con una compañera gordita, de cabello rojo, chaparrita y como de unos 30 años (policía 2). Conduciendo iba el oficial a cargo, de entre 35 y 40 años, de cabello corto (policía 3). Nos llevaron hasta el módulo de Abastos de la Fiscalía, donde nos pasaron con un médico que en realidad no te hace ningún examen y para quien tu estado físico no importa. Sólo tienes que llenar un formulario de protocolo, respuestas rápidas: sí/no, ¿casado? ¿alergias? ¿fumas? ¿alguna enfermedad? ¿tomas? blablá.  Nunca se les ocurrió examinar mis golpes, y únicamente preguntaron por la mancha de color rojo óxido que llevaba en la mano, “¿qué te paso?”, “me rayó el oficial”, respondí.  Después una policía joven nos tomó fotografías de nuestros rostros y tatuajes, sobre los que fue muy curiosa “¿Y este qué significa?, Ah, qué interesante”. También llenó más formularios con datos: nombre, fecha de nacimiento, domicilio y nombre de nuestros padres.

Cuando terminamos y nos sacaron de ahí, los oficiales comenzaron a llenar su reporte (otro) y pidieron que nos quitáramos las agujetas de los tenis. Un señor con canas, cabello corto y bigote, de algunos 55 años (policía 4) le dijo al policía 1: “léeles los derechos”. El policía 1 hizo cara de molestia y le respondió al policía 2 que no quería hacerlo, que mejor lo hiciera él.

“¡Pero te dijeron a ti!”.

“Pues yo no quiero leérselos”.

“A mí no me dijeron”.

El Policía 4 se desesperó y reafirmó: “A ver, ¿a quién le dije que lo hiciera? Ves, pues ya hazlo”. El Policía 1, con molestia y berrinche, agarró la hoja donde estaban escritos nuestros derechos y la comenzó a leer, equivocándose en varias palabras, y con una dicción torpe. Concluyó amenazándonos de que teníamos que firmar el documento. Al firmar, nosotros aceptaríamos que se nos habían leído los derechos de manera correcta y legal, por lo que yo les cuestioné que la lectura de éstos se hace en el momento en que se detiene a una persona, no después de golpearla y menos cuando ya pasó más de una hora desde de la detención. Se molestaron. El Policía 1, con coraje, me repetía que los tenía que firmar sí o sí. Como no lo hice intentaron que mi amiga firmara. Yo le recomendé no hacerlo, en voz alta. Ahí el Policía 1 reventó, “¡Ah! ¿sabes mucho? Esto está dentro del protocolo, te los tengo que leer y me los tienes que firmar”.

“Sí, pero tu protocolo lleva un orden y lleva tiempos, ¿cómo quieres que te firmemos algo que se supone nos debiste de haber leído desde el principio?

“¿Entonces no lo vas a firmar?”

“No”

El Policía 4 intervino y dijo más tranquilamente, “mira, yo no voy a discutir contigo, ¿no los quieres firmar? ¡allá tú!” Su compañero estaba entre molesto y confundido, “¿entonces qué le pongo a la hoja?”

“Sólo rellena la opción en donde dice que no quiso firmar”.

Después de todo aquel relajo, nos volvieron a subir a la patrulla esposados de las muñecas. Todavía no nos habían despojado de todos los objetos de nuestros bolsos, y como mi amiga traía su celular en su sudadera, decidimos enviarle un mensaje a un amigo, para avisarle que nos habían detenido. Duramos aproximadamente media hora mientras los policías se ponían de acuerdo en qué escribir en el reporte, al cual por cierto le añadieron con todo cinismo que en el momento y lugar de la detención nos habían leído los derechos y que aun así no habíamos querido firmar. Luego, al fin subieron a la patrulla y salimos de la Fiscalía de Abastos.

Nos iban a trasladar al Ministerio Público, pero antes hicieron una parada en el llamado Charco Verde (DGSPM) de Reforma, en donde seguían modificando el reporte de detención, atinándole a los horarios y llenándolo a su conveniencia para que no quedaran incongruencias. Ahí nos amaneció, estaba helando, incluso milagrosamente logramos dormir un rato con todo y las esposas puestas. Al llegar al Ministerio Publico entramos escoltados por la puerta principal. Los oficiales nos hicieron pasar a las oficinas de los abogados y licenciados, pero solamente se encontraba una. Era una abogada chaparrita, de cabello chino y pintado de güero. Nos sentaron afuera de su oficina, y mientras nos vigilaba la policía 2, escuchábamos desde afuera cómo la licenciada cuestionaba la factibilidad de los reportes al policía 1 y 3. Cuando se dio cuenta de que las dos versiones de los oficiales tenían diferentes horarios, les preguntó: “¿Cuál van a escoger? Pónganse de acuerdo, en un reporte me dicen que fue a las 4:42 am y en el otro 4:47 am ¿Cuál?”

Los oficiales se rieron nerviosamente y finalmente escogieron uno. La güera falsa comenzó a leer el reporte ya corregido y, al transcribirlo a la computadora, se detuvo en la parte inicial donde estaba escrito que enseguida de la detención se nos habían leído los derechos. La mala redacción de los policías, y las incongruencias y contradicciones de los señalamientos de la detención en el escrito, hicieron que la abogada les preguntara dos veces más si de verdad nos habían leído los derechos en el momento debido, “¿en serio sí les leyeron sus derechos?”. Hubo un silencio incómodo y después un “sí, sí”.

 “¿Seguros que sí se los leyeron?”

“Sí, seguros”. Inmediatamente volteé a ver a la policía 2, y moví mi cabeza en forma de molestia. En voz baja, le dije a mi amiga que eran unos pendejos.

Después de más de media hora ahí, nos escoltaron de salida otra vez por la puerta principal y tuvimos que rodear el edificio para llegar a las celdas. Registramos nuestras pertenencias, que se quedan guardadas, y nos pasaron con el encargado de vigilar las celdas, quien checó que no trajéramos ningún tipo de cuerdas, agujetas, cinturón u objeto con el cual se pueda hacer algún daño. Nos comentaron que sin importar que fuésemos culpables o inocentes duraríamos no más de 48 horas en una celda, por protocolo. En ese momento nos separaron, había una sola celda para mujeres y cinco para hombres. Dos de las celdas eran más o menos de 4 x 3 metros, con dos camas de concreto, una matrimonial y otra individual, junto con un retrete.  Otras dos celdas que se encontraban adelante eran más pequeñas, mientras que la última era más alargada pero igual de estrecha, éstas contaban con sólo una cama individual y la barda del baño era exageradamente baja. Cuando me llevaban a mi celda observé que todas las paredes estaban rayadas: nombres escritos de la gente que ya había pasado por allí, o de las bandas a las que pertenecen. Incluso alcancé a reconocer varias firmas de conocidos, como la de: ARCE, TAICO, CRASO, SIER, BOER y JAZZ: la práctica del graffiti, la firma de lo efímero, de rebeldía, de siempre estar, de ser ubicuo, no se detiene ni aquí, pensé.

Yo entré a la tercera celda, el suelo y las camas de concreto eran demasiado frías, y los que llevaban más tiempo ahí ya tenían dos cobijas cada uno. Olían desagradable, pero con el frío ya no te importa. Había un hombre alto, moreno y robusto, al cual no saludé porque sólo quería llegar a la cama de concreto a dormir.

No descansé mucho, a las 8 a.m. del mismo lunes cambiaron de turno, nos sacaron a tomar lista y a movernos a la última celda porque una señora limpia a esa hora, ahora éramos cinco en un espacio pequeño. Es muy raro y difícil estar ahí, pierdes la noción del tiempo, duermes y despiertas múltiples ocasiones, platicas, vuelves a dormir. Cuando en tu cerebro habían pasado horas, el tiempo te escupía que sólo habían sido treinta minutos.

En el transcurso del día me llamaron por mi nombre y me movieron a un cuarto previo a las celdas. Me esperaba un señor chaparro de bigote y lentes, que volvió a tomar fotos de mis tatuajes y a cuestionarme sobre mi persona, según para buscarme en la computadora donde me decía el señor que tenían todos los nombres de toda la población mexicana, además de sus datos y sus antecedentes. Le dije mal mi fecha de nacimiento. Me buscó en el sistema y dijo: “No me apareces, algo me estás dando mal, no te hagas pendejo y dime en qué me estás mintiendo”.

Le di mi fecha de nacimiento correcta y se quedó mirándome a los ojos como tratando de intimidar.  En ese momento escuché que habían llegado más personas a la celda, hicieron un poco de ruido así que volteé hacia la puerta. El señor me dijo: “¿Te están hablando para que salgas?”

“No”.

“¡Entonces no andes volteando, pendejo!”

Me reí por dentro. El señor bigotón nos hizo llenar otros papeles en donde te entintan las huellas de cada dedo de la mano y posteriormente las palmas completas, todo registrado en una hoja. Ahora definitivamente estaba en el sistema de justicia por primera vez. Esto tomando en cuenta que para el momento yo ya tenía una historia de arrestos, aunque no estuvieran registrados: cuando fui menor de edad me agarraron tres veces y después de cumplir los dieciocho me agarraron otras 4, pero nunca había dado mi nombre ni datos verídicos. Hasta ahora que ya no había manera de evadirlo, nunca había pasado por este proceso.

Me regresaron a la celda, pero tiempo después me volvieron hablar. De igual forma le hablaron a mi amiga. Esta vez nos esposaron los tobillos, nos asignaron a dos personas de ropa normal como escoltas, robustos y de camisa, que nos decían que no nos preocupáramos, que sólo íbamos a declarar ante la abogada. En todo momento esposados de los tobillos, tuvimos que bajar unas escaleras, cruzar por un túnel, atravesar el estacionamiento, y después subir por otras escaleras donde al final se encontraban las oficinas que anteriormente ya habíamos conocido. Ahí nos hicieron esperar frente a una abogada diferente a la de la madrugada, que empezó a leer nuestros derechos además de los delitos por los cuales estábamos ahí presentes. Para este momento llegó otra abogada más, la que se supone era nuestra defensora o algo así, que empezó a preguntarnos cómo había estado la detención, ya que el reporte tenía varias incongruencias. Sin dudarlo le comenté la violación hacia mis derechos, la golpiza que me dieron y los insultos que recibimos ambos. La abogada nos dijo que nos creía pero que lamentablemente los policías nunca iban a aceptarlo en su reporte, que por eso ella estaba ahí con nosotros, para checar las fallas en la lógica del reporte policíaco, y también para ver si teníamos algún desacuerdo que quisiéramos manifestar. Nos recomendó que al terminar el asunto en el que estábamos involucrados iniciáramos un proceso en contra de los policías por el abuso de poder y por el mal desempeño de su trabajo. Nuestra declaración fue anexada al documento de detención, y antes de que nos sacaran de la oficina “nuestra defensa” nos dijo que iba hacer lo posible por sacarnos antes de 48 horas, pero que no era seguro.

El hombre que nos escoltaba nos avisó que ya teníamos que regresar a las celdas y otra vez pasamos por lo mismo: bajar escaleras, pasar el estacionamiento, luego el túnel, subir las escaleras… mi amiga tenía ya marcada las esposas en sus tobillos, caminaba con dolor y molestia. Cuando llegamos a las celdas nos separaron de nuevo.

Llevaba en esa situación una madrugada, dos días y una noche: algunas 41 horas en total. Comíamos tres veces al día en grupos de 10 a 12 personas en el aérea de visitas: tortas de jamón y de bistec o gorditas de guisos. Pasaban lista tres veces al día en horarios que correspondían al cambio de turno: 8:00 am, 3:00 pm y 10:00 pm, (o quizás a las 11:00 p.m., no lo sé porque en la noche ya perdía la noción del tiempo).

Es imposible que no te desesperes, tienes que obligar a tu mente a asimilar que debes estar ahí, y si fuera por un mes, un año, o más, te vuelves loco o te adaptas a las situaciones. En mi primera noche me pasaron a la segunda celda (grande) donde ya teníamos 2 cobijas cada uno. Comencé a socializar y supe algunos detalles de las personas que estaban ahí conmigo: un hondureño de entre 30 y 35 años que estaba por robo; un señor de 30 a 35 años por conducir una motocicleta robada; dos personas (una robusta  y otra muy flaca), también de 30 a 35 años, por estar fumando crico; dos jóvenes de entre 20 a 25 años por robo a un mayorista; un chavo de 24 años por pasarse el alto y pararse unas cuadras después del señalamiento de las autoridades; un señor entre 55 y 60 años porque había chocado en la carretera (por Escalerillas, según supe); y yo, por “daño a las cosas”.

En la mañana del segundo día, llegaron unos señores con ropa de civil buscando a un chico que estaba en mi celda. Éste se paró y en seguida nos ordenaron ponernos todos de pie junto a él. Empezaron a seleccionar a quienes tuvieran peculiaridades similares: la misma estatura, color de piel y tatuajes en la cara. Sólo el chico que buscaban y otro chavo tenía tatuajes en el rostro, pero este último era güero así que no era un buen perfil. Aunque no reuniéramos esas características seleccionaron a cuatro personas más, entre ellas iba yo.

Nos pasaron al cuarto de visita, en donde estaban muchos abogados. Estos le decían al chavo tatuado de la cara que lo reconocieron en la página de Facebook de la Policía y que venía una persona a identificarlo por el robo a un Oxxo ocurrido a principios de octubre. Otro abogado nos dijo que no nos preocupáramos, que íbamos a participar en el reconocimiento, pero que el problema no era con nosotros. Aunque el abogado dijera eso, la realidad era que, si la persona detrás del vidrio seleccionaba a alguno que no tuviera nada que ver, quizás por despiste o por no recordar bien los acontecimientos, éste tendría que pasar otras 24 horas para resolver el caso en La Pila.  ¿Preocuparnos? No, para nada.

Los abogados defensores, una señora y un señor, en todo momento manifestaban que las cuatro personas elegidas para el reconocimiento no se parecían en nada: unos con barba, otros de pelo largo, y especialmente ninguno con tatuajes en la cara. “¿No pudieron traer otros más diferentes?”, preguntó la abogada en tono de burla.  Estando ahí también pude notar que los abogados que iban de parte de Oxxo eran primerizos. Tardaron bastante en leerle los derechos al chavo acusado, y se trabaron con varias irregularidades en la denuncia. En un momento hubo tantos errores de los abogados de Oxxo que la defensora le dijo a su compañero en voz baja que estaban bien pendejos. La defensa le comentó al acusado de la cara tatuada que el caso por el que estaba ahí ya estaba prácticamente resuelto, que habían traído los videos de las cámaras de seguridad y él en ningún momento estuvo ahí.

Antes de entrar al reconocimiento nos disfrazaron como el delincuente del Oxxo: nos pasaron unas camisas blancas y a un chavo le pasaron un pantalón de mezclilla (buscaban a una persona de pantalón de mezclilla azul y playera blanca, moreno, estatura entre 1.65 a 1.70 y tatuajes en la cara). Nos pusimos las prendas y escogimos un número del uno al cinco, para luego entrar al famoso cuarto del espejo. En 5 minutos nos avisaron que ya había concluido y volvimos al cuarto de visita: le informaron al chavo de los tatuajes que lo habían reconocido como el asaltante del Oxxo. Tendría que permanecer otras 24 horas ahí para que el abogado defensor presentara pruebas o armara mejor el caso.

Ya estando en la celda, noté que el tatuado de la cara estaba nervioso. Decía que él no había sido el responsable de ninguno de los dos delitos que lo culpaban, y comenzó a contarnos cómo fue que lo capturaron: el sábado en la noche estaba tomando en una casa con dos amigos, cuando se percataron de que llegó un coche. Eran ministeriales, que comenzaron a tocar violentamente y a decirles que iban a valer verga si no abrían. Por miedo abrieron la puerta, cuando inmediatamente los ministeriales los amagaron contra la pared y les preguntaron por un seudónimo específico, “¿lo conocen? No se hagan pendejos”. Después les tomaron foto de sus rostros a cada uno de los que estaban ahí, y se fueron. Comenta el chavo siguieron tomando porque pensaron que ya no iban a regresar, pero que al pasar una hora llegaron muchas patrullas. Otra vez abrieron sorprendidos, sólo para que los amagaran y los golpearan de nuevo (nos enseñó los chicharrazos que le dieron en toda la espalda). Entonces los policías sacaron unas fotos, exactamente las mismas que les habían tomado los ministeriales una hora antes: “¡Sí son los de la foto! ¡Súbanlos!” El chavo triste, preocupado y pensativo acabó su historia y mejor se durmió.

Me imagino que la policía debe dar resultados rápidos para que la sociedad piense que está haciendo su trabajo, aunque sea un engaño, y aunque tengan que usar a la gente inocente como carnada. ¿Quién sigue creyendo en ellos?, ¿en los municipales?, ¿en los ministeriales?, ¿en los federales? Si los delitos mayores no se resuelven es porque la corrupción viene desde dentro, y se enorgullecen mucho de meter a la cárcel a cualquiera que vaya caminando solo por la noche.

Unas horas antes de que me liberaran ya habían cambiado turno otra vez. Ahora nos cuidaban un oficial chaparro moreno de mediana edad y otro de cara gruesa. Desde la celda podíamos escuchar que estaban viendo porno con un volumen exagerado. Ni siquiera le bajaron cuando pasaron unas visitas. “¡Pinche cochino!”, le gritó un compañero de celda, pero no se dejó de escuchar el video pornográfico.

Por fin salí 41 horas después de haber entrado al MP. Me encontré con mi amiga y nos regresaron nuestras pertenencias, pero tuvimos que pasar otra vez encadenados de los tobillos mientras nos escoltaba el viejo fanático del porno. Camino hacia las oficinas el tipo me preguntó si podría ponerle una recarga a su celular, que porque se aburría mucho, “así cuando vuelvas a caer aquí, ya sabes que tienes un amigo”. Lo ignoré.

Llegamos con un licenciado que nos entregó un documento que nos otorgaba la libertad, un papel nos encerró legalmente, y otro nos sacó. Al salir del edificio ya nos esperaban nuestros respectivos familiares. Irónicamente era la primera vez que veía a los papás de mi amiga, “hola, mucho gusto”, les dije.  

“Hola, mucho gusto Carlos”.

Nos despedimos.

Rumbo a mi casa todavía seguía pensando en lo que acababa de suceder. Un escritor de graffiti sabe las consecuencias que conlleva firmar cosas sin permiso y si no, las aprende. Vivimos un momento en que la mayoría de la población somos “gente desechable”, tenemos trabajos desechables, comemos comida desechable. Somos prescindibles para las grandes y medianas empresas que generan empleos, que explotan la calidad de vida del trabajador con jornadas laborales absurdas, entonces ¿en un mundo así qué valor tiene el arte que no protesta y no incomoda? La sociedad te educa visualmente sin que te des cuenta, aunque estudies derecho, aunque leas libros y seas “culto”, por eso nos repudian: porque el graffiti te obliga a mirar la realidad, la podredumbre del sistema, detrás de cada firma hay una persona que se ha autoimpuesto, que se hizo visible, que te volvió su espectador sin preguntarte.

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

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La divina gracia de abrir puertas | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Los cerrajeros pertenecen, con los mecánicos, los vulcanizadores, los médicos y los abogados, al conjunto de oficios que se ganan la vida sacando de apuros a las personas. A todos nos ha pasado que, por una razón o por otra, no podemos abrir una puerta, porque se nos pierden o se nos olvidan las mugres llaves. Con inocencia intentamos forzar inútilmente la cerradura hasta que, con resignación se solicita la intervención del especialista que, empleando unos fierritos con artes misteriosas, convence al cerraje de abrirse. Tan útil es que se nos abra una puerta, que decidí, querido y culto público de La Orquesta, dedicar esta columna a los cerrajeros, a las puertas y al dilema de abrirlas o cerrarlas.

Primero, para valorar aun más a quienes abren puertas, le sugiero empezar por las antípodas de la cerrajería, es decir por aquellos especialistas en impedir el paso. Los más comunes: policías, secretarias o ventanillas que le preguntan a uno la razón por la que se visita un lugar. Cuando se desea ingresar a un lugar se requiere del visto bueno del portero, luego se pasa a escribir en un diario el nombre, la fecha, la hora y el “asunto”. Hoy día ya no se puede visitar un lugar (aunque sea público) nada más porque a uno le dio la gana y sin una buena excusa. La burocracia moderna organiza la obstaculización del espacio en círculos concéntricos, como un infierno dantesco: después del portero siguen ventanillas, escritorios, señoritas, asistentes, auxiliares, encargados de despacho, cuya principal función es la de obstaculizar lo más posible el acceso a los funcionarios que pueden solucionar los problemas.

La sistematización de la atención al público es llevar el infierno burocrático a otro nivel. Consiste en que, en vez de cerrar la puerta, el “sistema” ingresa a un ciudadano, derechohabiente o usuario a un laberinto angustiante para convencerlo de que su problema no tiene solución. Se marca un número telefónico, responde una máquina parlante que ofrece opciones y más opciones dentro de las opciones que no llevan a ningún lugar, hasta que el usuario cansado de ingresar los 16 dígitos de su cuenta y sin cabellos qué arrancarse, cobra consciencia de que la única solución posible es aceptar a Dios como el salvador de su alma miserable.

Culto público de La Orquesta, hay otra clase de obstáculos modernos que se han inventado para impedir el ingreso a los nuevos espacios residenciales, cuyo sistema se basa en la discriminación, el clasismo y el racismo con tan poco apego a la Constitución, que lo dejaré para otra columna. También cabrían aquí, los hoteles que impiden el disfrute de las playas nacionales y esos grupos amafiados de artistas, deportistas o académicos que cierran las puertas desde dentro de las instituciones para impedir el acceso de los demás: efectivamente, los cotos en la vida pública son miserables.

Consideremos ahora que, los próceres fueron esa clase de personas que lograron abrir puertas no solo para ellos, sino para todos los demás. Así me da por pensar en don Ponciano Arriaga, quien abrió las puertas de la justicia proponiendo el derecho de amparo, en don José María Morelos quién nos abrió la puerta de este lugar que hoy seguimos llamando “Nuestra Nación”. En Francisco I. Madero y en todos aquellos que abrieron las puertas de la democracia.

Cristóbal Colón, ese navegante genovés, abrió las puertas más grandes del mundo, las del Océano Atlántico y con ese suceso histórico que inició un 3 de agosto en el puerto de Palos y terminó el 12 de octubre de 1492 en las actuales Bahamas, recordamos y celebramos que nos conocimos y reconocimos las naciones de aquí y las de allá, con heridas profundas y dolores (como el esclavismo y la colonia) pero también con gozos y bienes muchos. Tenga usted un feliz día del encuentro de dos mundos como lo llamó el Dr. Miguel León Portilla o de la invención de América como lo cuestionó Edmundo O’Gorman.

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Esa delgada línea | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Gun, Andy Warhol

Dicen que estamos condenados. Lo saben, por eso lo dicen. Las generaciones, también aseguran, ellos, los que por sentado nos han condenado, tienden a repetirse. Hay aciertos y hay errores, pero ni unos ni los otros tendrían a qué repetirse, reproducirse, entre nosotros, los nuevos, o aun peor, con aquellos, los que vienen.

Que ellos hayan tenido una vida de mierda no confirma que la nuestra sea, de igual forma, una mierda. Subsistimos gracias a una suerte de milagros. No es que yo sea un hombre de fe, nunca lo he sido. Pero no hay otra forma de ver las cosas, o de equilibrarlas, que atribuyendo la existencia a una suerte de milagros.

Me gusta la farándula y los coffeebreaks, esos donde las reporteras van de falda corta y clavan su mirada en mi entrepierna. Un consultor de la arena pública como yo sabe que la prensa no es sino una trampa de grotescas formas, y como tal está puesta a cazar a quien sea que se distraiga. Me dedico a abrir el camino, a quitar lo que estorba. Aquí y en todo el mundo siempre se juega al cazador y la presa. No se sabe a simple vista quién es quién en este juego. Cada cual asume el rol que quiere, a sabiendas, desde luego, que si se ha equivocado en escoger, el resultado, no por esperado, será menos doloroso.

Lo disfruto. Eso, la farándula y sus obscenas formas de conducirse, las minis dejando entrever los calzones de las reporteras y el animal dispuesto tras mi pantalón. Mientras pueda, siempre veré por ser el cazador, nunca la presa.

Las barras de los bares están hechas para tipos solitarios, las hacen muy resistentes para que el peso de los infelices no las eche abajo. Las culpas ahí se reposan, diluyen, refrescan. Somos varios solitarios en esta barra. Aquí mi única cosa es quedarme callado, me meto de lleno en el silencio. Meto la cabeza hasta el fondo de mi cerveza. Me siento tranquilo.

Tengo varias decenas de empleados comiendo de mi mano. Comen de mi talento, de mi carisma. Si me lo propongo, me doy a desear como un objeto inalcanzable, es decir, no como el príncipe y su riqueza, sino como el genio que vuelve príncipe al mendigo. Mis clientes, que no se andan a las inesperadas, sino que se saben a las inmediatas, ven en mí a un eficaz administrador del peligro, un calculador de riesgos políticos. Me pagan bien, no me quejo.

Para todos los demás soy como un Cristo, saben respetar. Mis empleados, a menudo gente motivada por la esperanza de trepar a uno, dos, tres, cuatro, o cinco escalones, me ven aún más grande. Por lo demás, a mí me viene estupendo aquello de la esperanza. Aunque de vez en cuando, si yo quiero que todos callen, me convierto en el dueño de su silencio, y ahí nada de esperanzas imbéciles ni de compasivas atenciones. Es por el bien de todos.

Por estos días un hombre me ofreció un arma. Me compré un arma. Hay mucha mierda junta a mi redonda, muchos hijos de puta sueltos. Vaya a saberse si a las tantas de mi continuo éxito alguno que otro perturbado quiera matarme. La posibilidad de que al menos uno de tantos locos entre en mi casa de noche es real. Vienen a lanzarse a matarme sin más. Toda aquella mierda junta en contra mía. Mi asesino, algún enfermo de rabia, odio y derrota, aguarda en silencio, recorre los pasillos de mis oficinas, merodea esperando el momento, creyéndose así el cazador de este juego.

El arma es preciosa, un ejemplar italiano de locura. Es de un brillante color metálico; un trozo de acero que en otro tiempo hubo sido un simpático soldadito de juguete, fundido tras la prohibición del plomo y hecho arma. Si estos fierros no hubieran sido fabricados para matar, hubieran funcionado para jugar. A veces cualquier cosa, en cualquier momento, se convierte en el artefacto de entretenimiento que estabas buscando. A qué negar, en cambio, que si no la hubiese comprado loco de paranoia, la habría encontrado para jugar en contra mía, o a favor mía, da lo mismo.

A poco que puede, la belleza del arma se marcha para volverse una constante obsesión con la muerte. Crece el deseo de utilizar sus fines en mi contra.

Olvidadas ya las primeras impresiones de su compra, su precioso color metálico se volvió opaco, de una consistencia absoluta, un pedazo de plomo hecho a la medida de la tapa de mis sesos.

El hombre del puesto de café tiene unas manos enormes. También sirve jugos de frutas. Con una sola mano puede exprimirle el jugo a dos mitades de una naranja de buen tamaño. Con la otra mano sostiene el colador. Ambas manazas podrían arrancarte la cabeza del cuerpo. Me pregunta: –Chico, ¿cómo has llegado tan lejos? Eres muy joven.

He llegado hasta aquí gracias a la mezcla de ignorancia, inconsciencia y buena suerte. Hay que confiar más seguido en la suerte. Así que siga confiando en que no viviré más allá de los 40, sólo los tontos viven tanto, y los tontos casi siempre carecen de buena suerte.

Le respondo al señor de las manos grandes: “soy un chico con mucha suerte”.

Hay una delgada línea entre estar en el abismo y perseguir culos dispuestos de chicas interesadas.

Entrar en el bar y sentarse a cantar las canciones de la rocola con mi cerveza o acariciar el arma a solas en mi casa. Tratar bien al empleado para que me sonría una vez o tratarlo mal para que me sonría siempre. Café o jugo de naranja. Políticos o señores de puestos de cafés con manos que destrozan cabezas. Demasiado jóvenes o suficientemente viejos para el trabajo. Enfermos o sanos.

Toda la buena suerte del mundo o toda la esperanza de quienes no tienen nada suerte.

Ema es la reportera de un portal mediocre de noticias, pero tiene las mejores tetas que yo haya visto nunca. Tienen la forma perfecta de una gota de agua. Seguido se pasea por mis oficinas, va a limosnear uno que otro dato que pueda servirle, a veces le paso unos muy buenos a través de mis empleados.

Hace poco Ema se enojó conmigo. Después de tirármela, me dijo: “Yo solo hago este tipo de trabajos por amor”. Ema no me cobra una tarifa, nunca lo hace, pero esta vez habló sobre trabajo y amor. Saqué unos billetes del pantalón y se los di con mucha amabilidad. Entonces se enojó, me dejó con los billetes en la mano y se largó.

La vi el lunes siguiente, no hablamos, nunca hablamos en las áreas de trabajo. El miércoles siguiente alguien me informa que ella formalizó con uno de mis empleados. Pobre Ema, hubiera escogido quedarse con mis billetes, de lejos le hubiera ido mejor.

Cuando yo era pequeño mi padre me dijo: “Escucha bien, Christopher, nunca confíes en las mujeres, porque lo mismo ellas no confiarán en ti nunca, y te va a doler mucho cuando te des cuenta”. Mi papá era un fracasado, pero sospecho que los fracasados a menudo tienen la razón. Era un buen hombre mi padre, un día me dijo aquello de las mujeres y luego se lanzó de un puente por encima de una corriente de autos que iban a toda velocidad. Dejó su cuerpo esparcido en la avenida, como mantequilla sobre un pan.

Qué buena vida se pegan los artistas. Los que cantan o actúan en grandes producciones, esos que tienen la posibilidad de hacer lo que quieran, los que no conviven con la porquería tan de cerca. Me puse a ver videos en YouTube, di con una entrevista a C. Tangana. Se dice artista y lo mismo le da cantar que pintar, que actuar o cagarse en Las Cibeles. Envidia de la buena. Envida de la buena ser libre y tener billetes para cagarse en Las Cibeles o pagar para ver llorar a Cher.

Qué preciosa pistola, es de acero. Miro en mi clóset y descubro que tengo más de seiscientas corbatas, en su mayoría azules. Las hay desde azul marino hasta azul turquesa, pasando por toda su infinita gama de azules. Juntas hacen una sinfonía de azules, cantan como sirenas tristes alguna canción sobre el éxito y la buena vida. La pistola está guardada en el clóset, tengo las municiones listas.

De pronto se aparece el tipo del puesto de café con sus manazas haciendo malabares con diez naranjas grandes y me pregunta: “Chico, ¿cómo es que sabes exactamente que tienes esa cantidad de corbatas?”

No sé qué decirle, hace unos malabares estupendos. Me quedo en silencio viendo el espectáculo de naranjas. Luego le pregunto: “¿Cómo es que puede hacer eso? ¿Alguna vez le ha arrancado la cabeza a alguien?” Escojo una corbata, acaricio la pistola. Estoy impecable, mis zapatos siempre están perfectos. Salgo en mi carro a toda velocidad, brilla su lujo por donde le mires. Hoy es día de farándula y coffeebreaks, de reporteras interesadas en lo que sea que pueda yo darles a cambio de sus culos. Hay una delgada línea que me separa de los culos y las municiones, de la vida de mierda y la muerte tranquila. Por ahora, decido quedarme.

Imagen: Gun, Andy Warhol

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