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#Si Sostenido

Esta no es –hoy- una columna de opinión habitual | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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Jorge Ramírez Pardo

[email protected]

 

Esto tampoco es un adiós con hasta luego, sino el fin/principio para una metamorfosis.

ESTO SÍ

Es afianzar esta columna interrogativa y de opinión [email protected], hospedada aquí en La Orquesta ciento cincuenta ocasiones hasta el momento presente.

TRAPECIO EN EQUILIBRIO

El reportero autor de esta escrito, ha recibido la encomienda de coordinar los trabajos para la sección de artes y ciencias del portal informativo Potosí noticias. Realizará esa labor y continuará los lunes en La Orquesta con [email protected] en condición de columna en metamorfosis oscilante y siempre indagatoria.

LOS AGRADECIMIENTOS

Perenne gratitud para Jorge Saldaña, porque, sin nunca antes habernos topado en Puebloquieto (aún levítica capital potosina), aceptó la colaboración de este escribano sin chistar ni cortapisas.

A Roberto Rocha, quien –sin quitar o poner comas- ha dimensionado textos e imágenes aportadas.

Gracias orquestantes también –al inicio de estas colaboraciones periodísticas- por el apoyo informativo/difusión y para el traslado aéreo de infantes de una escuela, asistentes en representación de México a la 22ava edición del evento internacional “Le cinema, cent ans de jeunesse” (El cine, cien años de juventud) realizado en la Cinemateca nacional de Francia.

DE VUELTA LA BREGA

Al inicio de un renovado desafío, se advierte, en la administración de los recursos para actividades artísticas, la denominada Secretaría de Cultura, desluce su consolidada imagen de “navío a punto del naufragio”, como la definió su titular hace más de cuatro años. Hoy todo está por debajo de eso:

  • Prolongación de un cacicazgo/nepotismo colectivo durante más de 25 años, instaurado y sostenido por los sobrinos de los exgobernadores Fonseca y H. Silva. Parece “ser timoratos” su divisa.
  • Exceso de directivos ociosos y en su mayoría sin el perfil adecuado. También, en esa escala, con predominio de exaspirantes a creativos y/o, antes/después, sobreprotegidos con becas selectivas a modo.
  • Presupuesto oneroso destinado en su mayoría a una planta laboral nunca evaluada y sobreprotegida para la complicidad de baja productividad.
  • Con nimias excepciones, capacidades tullidas para promover e impactar y atender al entorno social
  • Diarrea perenne de programación del todoynada, sin orientación a públicos ni formación de los mismos –prometida al inicio de la actual administración estatal-.

LUCES EN LA BOCA DEL TUNEL

Sin embargo, en la dispersa comunidad artística, hay actores en ejercicio artístico reflexivo, atento a la temperatura social e indagatorios. 

INDAGATORIAS RECIENTES

De regreso al reporteo, se descubre en Puebloquieto (capital potosina aún con resabios levíticos):

  • La riqueza humana/creativa de artistas incansables, algunos tenaces a contracorriente.
  • Como el retorno a la localidad de Rodrigo Solo y la producción teatral integral con su grupo Proscenio, con la reciente puesta en escena de dramaturgia original “Nunca serás olvido” y, en preparación, “Valta, el encuentro” -Una insólita historia de amor condenada desde siempre…-. Paráfrasis de “Valta”, Premio dramaturgia Manuel José Othón 1988.
  • O la consolidación de la Galería Gaga –independiente-, con espacios de taller para escultura, grabado, pintura, producción y edición de poemarios. Iniciativa de Jaime Galán y Ana Isabel Vargas.
  • Eventos excepcionales relativamente desapercibidos. Tal es el caso de la muestra pictórica de Enrique Fuentes “Nueva Lotería Mexicana”, ejercicio de arte contemporáneo asentado.
  • Y… tanto a redescubrir.

En el camino de las letras, artes y preguntas nos encontramos…

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

SABER_RUGIR_5

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También lee: El universo cuántico es el barco del rey Teseo

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La divina gracia de abrir puertas | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Los cerrajeros pertenecen, con los mecánicos, los vulcanizadores, los médicos y los abogados, al conjunto de oficios que se ganan la vida sacando de apuros a las personas. A todos nos ha pasado que, por una razón o por otra, no podemos abrir una puerta, porque se nos pierden o se nos olvidan las mugres llaves. Con inocencia intentamos forzar inútilmente la cerradura hasta que, con resignación se solicita la intervención del especialista que, empleando unos fierritos con artes misteriosas, convence al cerraje de abrirse. Tan útil es que se nos abra una puerta, que decidí, querido y culto público de La Orquesta, dedicar esta columna a los cerrajeros, a las puertas y al dilema de abrirlas o cerrarlas.

Primero, para valorar aun más a quienes abren puertas, le sugiero empezar por las antípodas de la cerrajería, es decir por aquellos especialistas en impedir el paso. Los más comunes: policías, secretarias o ventanillas que le preguntan a uno la razón por la que se visita un lugar. Cuando se desea ingresar a un lugar se requiere del visto bueno del portero, luego se pasa a escribir en un diario el nombre, la fecha, la hora y el “asunto”. Hoy día ya no se puede visitar un lugar (aunque sea público) nada más porque a uno le dio la gana y sin una buena excusa. La burocracia moderna organiza la obstaculización del espacio en círculos concéntricos, como un infierno dantesco: después del portero siguen ventanillas, escritorios, señoritas, asistentes, auxiliares, encargados de despacho, cuya principal función es la de obstaculizar lo más posible el acceso a los funcionarios que pueden solucionar los problemas.

La sistematización de la atención al público es llevar el infierno burocrático a otro nivel. Consiste en que, en vez de cerrar la puerta, el “sistema” ingresa a un ciudadano, derechohabiente o usuario a un laberinto angustiante para convencerlo de que su problema no tiene solución. Se marca un número telefónico, responde una máquina parlante que ofrece opciones y más opciones dentro de las opciones que no llevan a ningún lugar, hasta que el usuario cansado de ingresar los 16 dígitos de su cuenta y sin cabellos qué arrancarse, cobra consciencia de que la única solución posible es aceptar a Dios como el salvador de su alma miserable.

Culto público de La Orquesta, hay otra clase de obstáculos modernos que se han inventado para impedir el ingreso a los nuevos espacios residenciales, cuyo sistema se basa en la discriminación, el clasismo y el racismo con tan poco apego a la Constitución, que lo dejaré para otra columna. También cabrían aquí, los hoteles que impiden el disfrute de las playas nacionales y esos grupos amafiados de artistas, deportistas o académicos que cierran las puertas desde dentro de las instituciones para impedir el acceso de los demás: efectivamente, los cotos en la vida pública son miserables.

Consideremos ahora que, los próceres fueron esa clase de personas que lograron abrir puertas no solo para ellos, sino para todos los demás. Así me da por pensar en don Ponciano Arriaga, quien abrió las puertas de la justicia proponiendo el derecho de amparo, en don José María Morelos quién nos abrió la puerta de este lugar que hoy seguimos llamando “Nuestra Nación”. En Francisco I. Madero y en todos aquellos que abrieron las puertas de la democracia.

Cristóbal Colón, ese navegante genovés, abrió las puertas más grandes del mundo, las del Océano Atlántico y con ese suceso histórico que inició un 3 de agosto en el puerto de Palos y terminó el 12 de octubre de 1492 en las actuales Bahamas, recordamos y celebramos que nos conocimos y reconocimos las naciones de aquí y las de allá, con heridas profundas y dolores (como el esclavismo y la colonia) pero también con gozos y bienes muchos. Tenga usted un feliz día del encuentro de dos mundos como lo llamó el Dr. Miguel León Portilla o de la invención de América como lo cuestionó Edmundo O’Gorman.

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Esa delgada línea | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Gun, Andy Warhol

Dicen que estamos condenados. Lo saben, por eso lo dicen. Las generaciones, también aseguran, ellos, los que por sentado nos han condenado, tienden a repetirse. Hay aciertos y hay errores, pero ni unos ni los otros tendrían a qué repetirse, reproducirse, entre nosotros, los nuevos, o aun peor, con aquellos, los que vienen.

Que ellos hayan tenido una vida de mierda no confirma que la nuestra sea, de igual forma, una mierda. Subsistimos gracias a una suerte de milagros. No es que yo sea un hombre de fe, nunca lo he sido. Pero no hay otra forma de ver las cosas, o de equilibrarlas, que atribuyendo la existencia a una suerte de milagros.

Me gusta la farándula y los coffeebreaks, esos donde las reporteras van de falda corta y clavan su mirada en mi entrepierna. Un consultor de la arena pública como yo sabe que la prensa no es sino una trampa de grotescas formas, y como tal está puesta a cazar a quien sea que se distraiga. Me dedico a abrir el camino, a quitar lo que estorba. Aquí y en todo el mundo siempre se juega al cazador y la presa. No se sabe a simple vista quién es quién en este juego. Cada cual asume el rol que quiere, a sabiendas, desde luego, que si se ha equivocado en escoger, el resultado, no por esperado, será menos doloroso.

Lo disfruto. Eso, la farándula y sus obscenas formas de conducirse, las minis dejando entrever los calzones de las reporteras y el animal dispuesto tras mi pantalón. Mientras pueda, siempre veré por ser el cazador, nunca la presa.

Las barras de los bares están hechas para tipos solitarios, las hacen muy resistentes para que el peso de los infelices no las eche abajo. Las culpas ahí se reposan, diluyen, refrescan. Somos varios solitarios en esta barra. Aquí mi única cosa es quedarme callado, me meto de lleno en el silencio. Meto la cabeza hasta el fondo de mi cerveza. Me siento tranquilo.

Tengo varias decenas de empleados comiendo de mi mano. Comen de mi talento, de mi carisma. Si me lo propongo, me doy a desear como un objeto inalcanzable, es decir, no como el príncipe y su riqueza, sino como el genio que vuelve príncipe al mendigo. Mis clientes, que no se andan a las inesperadas, sino que se saben a las inmediatas, ven en mí a un eficaz administrador del peligro, un calculador de riesgos políticos. Me pagan bien, no me quejo.

Para todos los demás soy como un Cristo, saben respetar. Mis empleados, a menudo gente motivada por la esperanza de trepar a uno, dos, tres, cuatro, o cinco escalones, me ven aún más grande. Por lo demás, a mí me viene estupendo aquello de la esperanza. Aunque de vez en cuando, si yo quiero que todos callen, me convierto en el dueño de su silencio, y ahí nada de esperanzas imbéciles ni de compasivas atenciones. Es por el bien de todos.

Por estos días un hombre me ofreció un arma. Me compré un arma. Hay mucha mierda junta a mi redonda, muchos hijos de puta sueltos. Vaya a saberse si a las tantas de mi continuo éxito alguno que otro perturbado quiera matarme. La posibilidad de que al menos uno de tantos locos entre en mi casa de noche es real. Vienen a lanzarse a matarme sin más. Toda aquella mierda junta en contra mía. Mi asesino, algún enfermo de rabia, odio y derrota, aguarda en silencio, recorre los pasillos de mis oficinas, merodea esperando el momento, creyéndose así el cazador de este juego.

El arma es preciosa, un ejemplar italiano de locura. Es de un brillante color metálico; un trozo de acero que en otro tiempo hubo sido un simpático soldadito de juguete, fundido tras la prohibición del plomo y hecho arma. Si estos fierros no hubieran sido fabricados para matar, hubieran funcionado para jugar. A veces cualquier cosa, en cualquier momento, se convierte en el artefacto de entretenimiento que estabas buscando. A qué negar, en cambio, que si no la hubiese comprado loco de paranoia, la habría encontrado para jugar en contra mía, o a favor mía, da lo mismo.

A poco que puede, la belleza del arma se marcha para volverse una constante obsesión con la muerte. Crece el deseo de utilizar sus fines en mi contra.

Olvidadas ya las primeras impresiones de su compra, su precioso color metálico se volvió opaco, de una consistencia absoluta, un pedazo de plomo hecho a la medida de la tapa de mis sesos.

El hombre del puesto de café tiene unas manos enormes. También sirve jugos de frutas. Con una sola mano puede exprimirle el jugo a dos mitades de una naranja de buen tamaño. Con la otra mano sostiene el colador. Ambas manazas podrían arrancarte la cabeza del cuerpo. Me pregunta: –Chico, ¿cómo has llegado tan lejos? Eres muy joven.

He llegado hasta aquí gracias a la mezcla de ignorancia, inconsciencia y buena suerte. Hay que confiar más seguido en la suerte. Así que siga confiando en que no viviré más allá de los 40, sólo los tontos viven tanto, y los tontos casi siempre carecen de buena suerte.

Le respondo al señor de las manos grandes: “soy un chico con mucha suerte”.

Hay una delgada línea entre estar en el abismo y perseguir culos dispuestos de chicas interesadas.

Entrar en el bar y sentarse a cantar las canciones de la rocola con mi cerveza o acariciar el arma a solas en mi casa. Tratar bien al empleado para que me sonría una vez o tratarlo mal para que me sonría siempre. Café o jugo de naranja. Políticos o señores de puestos de cafés con manos que destrozan cabezas. Demasiado jóvenes o suficientemente viejos para el trabajo. Enfermos o sanos.

Toda la buena suerte del mundo o toda la esperanza de quienes no tienen nada suerte.

Ema es la reportera de un portal mediocre de noticias, pero tiene las mejores tetas que yo haya visto nunca. Tienen la forma perfecta de una gota de agua. Seguido se pasea por mis oficinas, va a limosnear uno que otro dato que pueda servirle, a veces le paso unos muy buenos a través de mis empleados.

Hace poco Ema se enojó conmigo. Después de tirármela, me dijo: “Yo solo hago este tipo de trabajos por amor”. Ema no me cobra una tarifa, nunca lo hace, pero esta vez habló sobre trabajo y amor. Saqué unos billetes del pantalón y se los di con mucha amabilidad. Entonces se enojó, me dejó con los billetes en la mano y se largó.

La vi el lunes siguiente, no hablamos, nunca hablamos en las áreas de trabajo. El miércoles siguiente alguien me informa que ella formalizó con uno de mis empleados. Pobre Ema, hubiera escogido quedarse con mis billetes, de lejos le hubiera ido mejor.

Cuando yo era pequeño mi padre me dijo: “Escucha bien, Christopher, nunca confíes en las mujeres, porque lo mismo ellas no confiarán en ti nunca, y te va a doler mucho cuando te des cuenta”. Mi papá era un fracasado, pero sospecho que los fracasados a menudo tienen la razón. Era un buen hombre mi padre, un día me dijo aquello de las mujeres y luego se lanzó de un puente por encima de una corriente de autos que iban a toda velocidad. Dejó su cuerpo esparcido en la avenida, como mantequilla sobre un pan.

Qué buena vida se pegan los artistas. Los que cantan o actúan en grandes producciones, esos que tienen la posibilidad de hacer lo que quieran, los que no conviven con la porquería tan de cerca. Me puse a ver videos en YouTube, di con una entrevista a C. Tangana. Se dice artista y lo mismo le da cantar que pintar, que actuar o cagarse en Las Cibeles. Envidia de la buena. Envida de la buena ser libre y tener billetes para cagarse en Las Cibeles o pagar para ver llorar a Cher.

Qué preciosa pistola, es de acero. Miro en mi clóset y descubro que tengo más de seiscientas corbatas, en su mayoría azules. Las hay desde azul marino hasta azul turquesa, pasando por toda su infinita gama de azules. Juntas hacen una sinfonía de azules, cantan como sirenas tristes alguna canción sobre el éxito y la buena vida. La pistola está guardada en el clóset, tengo las municiones listas.

De pronto se aparece el tipo del puesto de café con sus manazas haciendo malabares con diez naranjas grandes y me pregunta: “Chico, ¿cómo es que sabes exactamente que tienes esa cantidad de corbatas?”

No sé qué decirle, hace unos malabares estupendos. Me quedo en silencio viendo el espectáculo de naranjas. Luego le pregunto: “¿Cómo es que puede hacer eso? ¿Alguna vez le ha arrancado la cabeza a alguien?” Escojo una corbata, acaricio la pistola. Estoy impecable, mis zapatos siempre están perfectos. Salgo en mi carro a toda velocidad, brilla su lujo por donde le mires. Hoy es día de farándula y coffeebreaks, de reporteras interesadas en lo que sea que pueda yo darles a cambio de sus culos. Hay una delgada línea que me separa de los culos y las municiones, de la vida de mierda y la muerte tranquila. Por ahora, decido quedarme.

Imagen: Gun, Andy Warhol

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