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Borges no me enseñó nada | Columna de Arturo Mena «Nefrox»

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Hace unos día el escritor argentino Rodrigo Fresán dio muchas entrevistas en Buenos Aires para promocionar su nueva novela “La parte recordada” y entre tantas cosas que le preguntaron y tantas más que respondió, hubo algo que causó entre asombro e incredulidad: se le ocurrió cuestionar el valor de Borges, en pleno corazón del puerto de Buenos Aires:

“Borges es como una computadora de 2001, el mundo de los sentimientos se le escapa… no tiene nada para enseñarte, salvo escribir como Borges, lo cual sería un error catastrófico”

Pum, contundentes declaraciones de alguien que además de vivir de las letras como Borges, es un argentino orgulloso de su herencia, como Borges. Y justo esto me hizo pensar, reflexionar: ¿qué me ha enseñado Borges?

Leer a uno de los grandes de la literatura mundial es algo que todo mundo debe realizar, leer a Borges es tan necesario como a Shakespeare o Cervantes, pasear por el Aleph es un proyecto que todo lector debe afrontar, conocer a Beatriz.

No voy a cuestionar ni tantito la grandeza de Jorge Francisco Isidoro Luis, ni voy a atreverme a decir que el porteño es poca cosa, al contrario, pocos tan grandes como Borges. Sin embargo, es por muchos sabida la arrogancia con la que veía el futbol y ese desinterés prácticamente insultante con el que despreciaba al deporte más popular en la Argentina. Ahí es donde Borges pierde… y pierde mucho.

Estadísticamente el país que más consume futbol no es Argentina, ni siquiera es un país de América Latina, es más, ni siquiera consume su liga local. Ese país es Noruega, donde el índice de consumo por habitante del deporte (por cierto, futbol inglés) es superior a cualquier otra parte del mundo. Justo ahí, justo en ese extraño lugar, es donde el amor al futbol florece con mayor fuerza; dicho de otra manera, el polo opuesto a la grandeza de Borges y su aberración al futbol, se llama Noruega.

Leer de futbol es una verdadera delicia para el amante de las letras y del deporte: leer a Valdano o a Sacheri, leer a Villoro o a Caparrós, leer a Galeano o a Panzeri es un placer que se come con los ojos y se saborea en la mente, y no me refiero solo a sus textos del futbol, me refiero a cualquiera de sus textos: esa forma de tratar a las palabras como si de una jugada de Messi se tratara, esa manera de circular el balón por sus verbos como si fueran pases al pie en un desborde por la banda, ese atrevimiento al hablar de temas complejos y explicarlos como una gran atajada de Buffon. En fin, ese goce de leer a un grande.

Pero esos grandes también son humanos y hablan con el corazón y, más allá de todo, a diferencia de Borges, los antes mencionados escribieron de futbol. Pero no lo hicieron solo con la pluma, lo hicieron con su alma: desnudando muchas de sus pasiones y enseñándonos a amar a través de sus palabras, amar a algo tan extraño y efímero como once tipos corriendo detrás de un balón. A diferencia de Borges a los otros les aprendí como se escribe con el alma, como se dicta con el corazón, como se aterriza la locura en la razón de las letras.

Perdón Borges, pero no me enseñaste nada. Te leo, te intento entender, pero hoy (como dijo Fresán) me pareces anacrónico. Te aprendí tan poco que es prácticamente nada, disfruto tus letras pero no las encuentro entre las mías. En fin, gracias por eso que pude leerte pero perdón por no querer (o no poder) parecerme a ti, por tener un fuego enorme en el corazón y amar con locura a una pelota, esa pelota que hace rodar al mundo para gritar un gol.

Perdón, y nuevamente perdón.

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