abril 22, 2021

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The Invisible Man (2020) | Columna de G. Carregha

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The Invisible Man

Criticaciones

 

Hoy es la fecha en que debía realizarse el careo con mi acosador de la preparatoria. Así acordaron las autoridades a pesar de mi negativa y la de mi equipo legal. No era humano, argumentamos, que aquel ser tuviera la oportunidad legal de estar tan cerca de mí en un espacio tan cerrado. Mi ansiedad no iba a poder soportarlo. Desde que me senté en la silla destinada a “la víctima” sentí como si todo esto fuera una broma orquestada por el mismísimo juez presidiendo la sala. Era casi como si las autoridades mismas hubieran decidido premiarle su proceder con mi cercanía, como si tras tantos años de hostigarme se hubiera ganado la oportunidad de verme, olerme, sentirme, bajo el supuesto amparo de una autoridad para quien yo era desechable.

De acuerdo al citatorio, nuestro careo debía comenzar a la una en punto. Se hizo especial énfasis, además, en que no habría cámaras presentes puesto que el caso no era lo suficientemente mediático como para que alguien quisiera guardarlo para la posteridad. Pasan ya de las tres de la tarde y no hay rastro visible de aquel. Los miembros del tribunal dicen, por lo bajo, como si el sonido pudiera esconderse dentro de este cuartito de siete metros cuadrados, que si “el victimario” no hace acto de presencia dentro de los próximos quince minutos se verán obligados a multarlo por más de dos mil pesos – una burla.

“Posiblemente”, me dice mi abogado, “se vaya a posponer todo el proceso. Vamos a tener que repetir esto.”

“Pero él está aquí”, le digo. “Él ya estaba dentro de la sala desde antes de que yo llegara”.

“¿Dónde?”

“No lo sé”, contesto, “pero puedo sentir su mirada, clavándose en mi espalda como lo hizo en ese entonces, como lo hizo por tanto tiempo.”

“¿De qué estás hablando?”

A modo de respuesta, encaro a la silla vacía del otro lado de la habitación. La miro fijamente, como esperando encontrar un glitch en su superficie que desvele su locación. No sé dónde está, sólo sé que me está viendo, que lo ha estado haciendo por todo el día. Una lágrima se escapa de mis ojos cuando tomo aire para hablarle directamente, cuando intento tomar la fuerza para encarar a quien me hizo tanto daño en tan poco tiempo.

“Tenía apenas dieciséis cuando apareciste en mi vida. No creo haber hecho nada particular para llamar tu atención. No te pensé, no llamé tu nombre a mitad de la noche en un parque abandonado, ni siquiera te entregué algún regalo hecho por mis manos. Sólo entraste en mi vida, como si te hubiera abierto una puerta y te hubiera invitado a pasar por una tacita de té. Poco a poco te convertiste en el protagonista de mis historias y de mis decisiones, en mi único tema de conversación, en la razón por la que me sentía incapaz de confiar en la gente.

“Yo ya sabía de ti desde hacía años, pero jamás te otorgue mucho espacio de memoria en mi cabeza. En otras palabras, eras solo un dato trivial en mi imaginación. Pero para ti yo era algo completamente distinto. No sé por qué, pero logré convertirme en uno de tus objetos de deseo. Simplemente el hecho de existir en el mismo plano físico que tú fue suficiente para que me vieras como un algo que necesitabas poseer.

“Me vigilabas desde las sombras con tanta intensidad que no podía dejar de sentirte cerca, escondido en algún punto ciego de mi perímetro, tu mirada clavada siempre sobre mí – como ahora. Nunca te importó la posición del sol o la cantidad de campanadas que diera el reloj, ni siquiera el temporal, lo único que te interesaba era estar ahí, seguir cada uno de mis movimientos. Ibas pistas a tu paso, evidencias de tu presencia continua por mi vida, indicios de tu cercanía relativa omnipresente.

“Tu primer acercamiento tuvo lugar a finales de febrero, cuando apenas iniciaba mi estadía en el cuarto semestre de la preparatoria, cuando todo a nuestro alrededor eran tintes de inocencia adolescente y una fotografía ambiental acorde. No te acercaste a mí en persona. Preferiste enviarme una nota impresa en papel couché y diseñada profesionalmente. Mi nombre iba escrito a mano con bolígrafo en aras de darle un toque personalizado a pesar de los altos valores de producción. En ese momento, quizás gracias a la impersonal propuesta impresa en la nota, me pareció un acto algo inocente. Tanto así que, cuando llegó a mis manos no pude evitar reírme.

“Pero no hice nada para detenerte. Tu acercamiento unidireccional hacia mi persona, aunque no me llamara la atención, era algo que la sociedad me había enseñado que debía considerar normal. Lo único que podía y debía hacer era sonreírte de vuelta y soltar una que otra risita nerviosa para que, con suerte, notaras mi falta de interés. Obviamente esto no funcionó.

“Peor aún, en vez de mantenerme en silencio y aceptar tus invitaciones con dignidad, osé tirar dicha nota a la basura. Me tomé la molestia de hacerlo en un sitio retirado de la escuela para que no vieras, pero me imagino que me seguiste camino a casa, buscando ver mi reacción de primera mano. Pero creo que al verme estrujar esa hoja de papel couché imaginaste que le hacía eso a tu corazón, que te estrujaba a ti sin importarme cómo te sentías.

“A raíz de eso te volviste más insistente, más violento. Los mensajes impresos me llegaban día a día en el salón de clases, incluso, algunas veces, ya estaban sobre mi mesabanco antes de que yo llegara a la escuela. Después, cuando era obvio que las ignoraba, que me deshacía de ellas sin siquiera mirarlas, empezaste a dejarlas en mi hogar. Cada mañana el buzón de mi casa despertaba repleto de mensajes de tu parte, de notas impresas en papel couché con mi nombre escrito en bolígrafo, siempre repitiendo los mismos mensajes, las mismas promesas vacías.

“En cuestión de meras semanas, decidiste subir de nivel. Las notas ya no eran suficiente. Necesitabas más espacio impreso para acosarme. Empezaste a hacer revistas donde hablabas de todas las cosas que podríamos hacer si estuviera contigo, si aceptara tus invitaciones. Revistas que lanzabas hacia la puerta de mi casa, hacia las ventanas, como queriendo romper algún pedazo del mi hogar para llamar mi atención. Solías tocar el timbre antes de depositar una revista, como la alarma que avisaba del disparo de guerra que ya había sido lanzado. Pero no timbrabas una sola vez, no. Te tomabas la molestia de hacer sinfonías de timbre, mientras más molestas, mientras más complejas, mejor. No tenías un horario definido, siempre tocabas a horas indecentes, a mitad de la madrugada, cuando alguien acababa de entrar a la casa; cuando pensabas que nos haría más daño. Tuvimos que desactivar el timbre para poder dormir en paz, para poder sentir aunque fuera un ápice de paz en nuestro propio hogar.

“De alguna forma conseguiste mi número telefónico. La primera vez que me marcaste no te reconocí. El identificador de llamadas arrojaba un número que nunca había visto, pero no por eso le tuve miedo. Cuando saludaste y pediste hablar conmigo por nombre, me confundí, más no me preocupé. Pero después de escuchar por dos largos minutos cuáles eran los beneficios de estar contigo, grité de espanto. Colgué tan fuerte que rompí el auricular. Y a partir de ese día, a partir de que te confirmé que aquel era el número que te conectaba a mí específicamente, el teléfono no dejó de sonar ni un segundo. Al igual que el timbre, lo tuvimos que desconectar. Nos habías aislado por completo del mundo. Asumo que ese era tu plan. Dejarme en completo abandono social para que corriera a tus brazos, te pidiera perdón por ignorarte y dar inicio a una larga relación entre tú y yo. Pero no iba a rendirme así de fácil. No iba a caer en tus garras.

“Después tuvo lugar un extraño episodio surrealista en un restaurante donde, de alguna forma, lograste acabar con la vida de uno de mis seres queridos de una manera un tanto inverosímil donde acabé absorbiendo la culpa por completo. Si, lo acepto, el resultado del asesinato causó el efecto deseado en mí, rompiendo mi psique y todo lo que quieras, pero aún no siento que el truco fue muy convincente. Sea como sea, el miedo a que me abordaras me hizo perderme el funeral de aquella persona. Fue la peor época de mi vida.

“Y, después de año y medio de sufrimiento, simplemente desapareciste un día, como si yo hubiera pasado de moda, como si hubieras encontrado a alguien más a quien hostigar hasta quererte. Sólo así, un día, hubo silencio en mi vida. Pero jamás fui la misma persona.

“Han pasado ya casi veinte años desde que me rompiste internamente, desde que acabaste con mi paz mental con tu insistencia. No he podido volver a sentirme con la autonomía de tener una vida ordinaria sin temer que te acerques una vez más, con una nota de papel couché en la mano, a pedirme que me acerqué a ti. Quiero detener ese sentimiento, sentirme libre de salir a la calle, de darle mi número a alguien. Sólo busco una disculpa de tu parte. Solo quiero saber que no habrá una segunda parte.”

Y entonces sollozo. Lo hago como no lo he hecho en años, como si mi vida dependiera de la cantidad de lágrimas que logro expeler a través de mis ojos. Fuera de los ruidos que genero desde mi garganta asosegada por la tristeza, el tribunal está en completo silencio. Uno de los miembros del mismo, el que aún no ha podido dejar detrás su barba de veinteañero, aquella cerca de púas púbicas que une a sus patillas de lado a lado a través de una línea de pelos en su cuello, luce particularmente confundido. Lo veo hojear de lado a lado la carpeta conteniendo los fajos del caso en curso. Tras analizar lo ahí escrito, su cara de confusión todavía presente, se acerca a mí, carpeta en mano.

“Disculpe”, me dice, hincándose frente a mí. “Creo que ha habido una equivocación. El caso que nos compete el día de hoy en el juzgado no es en contra de un individuo acosante, sino en contra de la institución educativa conocida como Tecnológico de Monterrey, más en específico, es una demanda en contra de la posible ilegalidad de su publicidad insistente en formato retargeting.”

“¿Pues de que cree que estoy hablando? ¡Esa universidad se pasó chingue y chingue y chingue por año y medio que me ofrecía una beca especial o no sé qué cosas para estudiar en su plantel, y si le decía que no o lo ignoraba, me mandaba más y más y más publicidad! ¡No me dejaban en paz! ¡Me torturaba para que aceptara su cochina beca!”

“Si era una beca especial, ¿por qué no la tomó? ¡Se escucha como una oportunidad inigualable!”

“¡Porque no me interesaba estudiar en el Tec! Y menos con esas tácticas de acoso tan horribles. Además, esas becas son una mentira, ¡te las terminan cobrando con intereses cuando te gradúas! ¡No te becan, te prestan!

“Oh. Qué lástima que piensas así de tan buena universidad. Es una excelente alma mater, si me permites decírtelo. Yo me gradué de uno de sus planteles, incluso ahora soy docente ahí, enseño la materia de Civismo. Pero, no sabe lo mucho que me hizo paro el que me dieran una de sus becas. Si no me la hubieran ofrecido no podría haber estudiado en esa universidad. ¿Te interesa entrar al Tec?, ¿quieres informes? Porque, justo, tengo unos flyers en el portafolio que te pueden ayudar, y mira, si decides inscribirte a una de sus maestrías, ahorita están manejando una beca del ochenta y cinco por–”

“¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Les dije que estaba aquí, les dije que el Tec estaba aquí, espiándome! ¡No me deja en paz! ¡No sé qué quiere de mí!”

Empecé a patalear en contra del supuesto juez, a lanzarle puñetazos al aire a su cara, a intentar destrozarle alguna parte del cuerpo al representante de quien destrozara mi psique de adolescente, de quien, incluso años después de haberme graduado de otra universidad, me seguía persiguiendo para coaccionarme a ser uno de sus alumnos. Previendo mi reacción, mi abogado decidió apelar a la civilidad del mundo moderno y contuvo mis extremidades a tiempo.

“Sólo una pregunta”, me dijo el juez al tiempo que estrujaba una de las hojas de mi denuncia tal como yo había estrujado el primer volante que recibí del Tec y su maravillosa oferta, “¿por qué demandar después de casi dos décadas?”

“Es que acabo de ver la de The Invisible Man, la nueva, la de este año, y cada escena era un flashback a todo lo que sufrí en la prepa por el acoso del Tec. Así, idéntico.”

“¿Entonces es una mala película?”

“No. Chingonsísima.”

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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