#Si SostenidoColumna de Guillermo Carregha

The Invisible Man (2020) | Columna de G. Carregha

Criticaciones

 

Hoy es la fecha en que debía realizarse el careo con mi acosador de la preparatoria. Así acordaron las autoridades a pesar de mi negativa y la de mi equipo legal. No era humano, argumentamos, que aquel ser tuviera la oportunidad legal de estar tan cerca de mí en un espacio tan cerrado. Mi ansiedad no iba a poder soportarlo. Desde que me senté en la silla destinada a “la víctima” sentí como si todo esto fuera una broma orquestada por el mismísimo juez presidiendo la sala. Era casi como si las autoridades mismas hubieran decidido premiarle su proceder con mi cercanía, como si tras tantos años de hostigarme se hubiera ganado la oportunidad de verme, olerme, sentirme, bajo el supuesto amparo de una autoridad para quien yo era desechable.

De acuerdo al citatorio, nuestro careo debía comenzar a la una en punto. Se hizo especial énfasis, además, en que no habría cámaras presentes puesto que el caso no era lo suficientemente mediático como para que alguien quisiera guardarlo para la posteridad. Pasan ya de las tres de la tarde y no hay rastro visible de aquel. Los miembros del tribunal dicen, por lo bajo, como si el sonido pudiera esconderse dentro de este cuartito de siete metros cuadrados, que si “el victimario” no hace acto de presencia dentro de los próximos quince minutos se verán obligados a multarlo por más de dos mil pesos – una burla.

“Posiblemente”, me dice mi abogado, “se vaya a posponer todo el proceso. Vamos a tener que repetir esto.”

“Pero él está aquí”, le digo. “Él ya estaba dentro de la sala desde antes de que yo llegara”.

“¿Dónde?”

“No lo sé”, contesto, “pero puedo sentir su mirada, clavándose en mi espalda como lo hizo en ese entonces, como lo hizo por tanto tiempo.”

“¿De qué estás hablando?”

A modo de respuesta, encaro a la silla vacía del otro lado de la habitación. La miro fijamente, como esperando encontrar un glitch en su superficie que desvele su locación. No sé dónde está, sólo sé que me está viendo, que lo ha estado haciendo por todo el día. Una lágrima se escapa de mis ojos cuando tomo aire para hablarle directamente, cuando intento tomar la fuerza para encarar a quien me hizo tanto daño en tan poco tiempo.

“Tenía apenas dieciséis cuando apareciste en mi vida. No creo haber hecho nada particular para llamar tu atención. No te pensé, no llamé tu nombre a mitad de la noche en un parque abandonado, ni siquiera te entregué algún regalo hecho por mis manos. Sólo entraste en mi vida, como si te hubiera abierto una puerta y te hubiera invitado a pasar por una tacita de té. Poco a poco te convertiste en el protagonista de mis historias y de mis decisiones, en mi único tema de conversación, en la razón por la que me sentía incapaz de confiar en la gente.

“Yo ya sabía de ti desde hacía años, pero jamás te otorgue mucho espacio de memoria en mi cabeza. En otras palabras, eras solo un dato trivial en mi imaginación. Pero para ti yo era algo completamente distinto. No sé por qué, pero logré convertirme en uno de tus objetos de deseo. Simplemente el hecho de existir en el mismo plano físico que tú fue suficiente para que me vieras como un algo que necesitabas poseer.

“Me vigilabas desde las sombras con tanta intensidad que no podía dejar de sentirte cerca, escondido en algún punto ciego de mi perímetro, tu mirada clavada siempre sobre mí – como ahora. Nunca te importó la posición del sol o la cantidad de campanadas que diera el reloj, ni siquiera el temporal, lo único que te interesaba era estar ahí, seguir cada uno de mis movimientos. Ibas pistas a tu paso, evidencias de tu presencia continua por mi vida, indicios de tu cercanía relativa omnipresente.

“Tu primer acercamiento tuvo lugar a finales de febrero, cuando apenas iniciaba mi estadía en el cuarto semestre de la preparatoria, cuando todo a nuestro alrededor eran tintes de inocencia adolescente y una fotografía ambiental acorde. No te acercaste a mí en persona. Preferiste enviarme una nota impresa en papel couché y diseñada profesionalmente. Mi nombre iba escrito a mano con bolígrafo en aras de darle un toque personalizado a pesar de los altos valores de producción. En ese momento, quizás gracias a la impersonal propuesta impresa en la nota, me pareció un acto algo inocente. Tanto así que, cuando llegó a mis manos no pude evitar reírme.

“Pero no hice nada para detenerte. Tu acercamiento unidireccional hacia mi persona, aunque no me llamara la atención, era algo que la sociedad me había enseñado que debía considerar normal. Lo único que podía y debía hacer era sonreírte de vuelta y soltar una que otra risita nerviosa para que, con suerte, notaras mi falta de interés. Obviamente esto no funcionó.

“Peor aún, en vez de mantenerme en silencio y aceptar tus invitaciones con dignidad, osé tirar dicha nota a la basura. Me tomé la molestia de hacerlo en un sitio retirado de la escuela para que no vieras, pero me imagino que me seguiste camino a casa, buscando ver mi reacción de primera mano. Pero creo que al verme estrujar esa hoja de papel couché imaginaste que le hacía eso a tu corazón, que te estrujaba a ti sin importarme cómo te sentías.

“A raíz de eso te volviste más insistente, más violento. Los mensajes impresos me llegaban día a día en el salón de clases, incluso, algunas veces, ya estaban sobre mi mesabanco antes de que yo llegara a la escuela. Después, cuando era obvio que las ignoraba, que me deshacía de ellas sin siquiera mirarlas, empezaste a dejarlas en mi hogar. Cada mañana el buzón de mi casa despertaba repleto de mensajes de tu parte, de notas impresas en papel couché con mi nombre escrito en bolígrafo, siempre repitiendo los mismos mensajes, las mismas promesas vacías.

“En cuestión de meras semanas, decidiste subir de nivel. Las notas ya no eran suficiente. Necesitabas más espacio impreso para acosarme. Empezaste a hacer revistas donde hablabas de todas las cosas que podríamos hacer si estuviera contigo, si aceptara tus invitaciones. Revistas que lanzabas hacia la puerta de mi casa, hacia las ventanas, como queriendo romper algún pedazo del mi hogar para llamar mi atención. Solías tocar el timbre antes de depositar una revista, como la alarma que avisaba del disparo de guerra que ya había sido lanzado. Pero no timbrabas una sola vez, no. Te tomabas la molestia de hacer sinfonías de timbre, mientras más molestas, mientras más complejas, mejor. No tenías un horario definido, siempre tocabas a horas indecentes, a mitad de la madrugada, cuando alguien acababa de entrar a la casa; cuando pensabas que nos haría más daño. Tuvimos que desactivar el timbre para poder dormir en paz, para poder sentir aunque fuera un ápice de paz en nuestro propio hogar.

“De alguna forma conseguiste mi número telefónico. La primera vez que me marcaste no te reconocí. El identificador de llamadas arrojaba un número que nunca había visto, pero no por eso le tuve miedo. Cuando saludaste y pediste hablar conmigo por nombre, me confundí, más no me preocupé. Pero después de escuchar por dos largos minutos cuáles eran los beneficios de estar contigo, grité de espanto. Colgué tan fuerte que rompí el auricular. Y a partir de ese día, a partir de que te confirmé que aquel era el número que te conectaba a mí específicamente, el teléfono no dejó de sonar ni un segundo. Al igual que el timbre, lo tuvimos que desconectar. Nos habías aislado por completo del mundo. Asumo que ese era tu plan. Dejarme en completo abandono social para que corriera a tus brazos, te pidiera perdón por ignorarte y dar inicio a una larga relación entre tú y yo. Pero no iba a rendirme así de fácil. No iba a caer en tus garras.

“Después tuvo lugar un extraño episodio surrealista en un restaurante donde, de alguna forma, lograste acabar con la vida de uno de mis seres queridos de una manera un tanto inverosímil donde acabé absorbiendo la culpa por completo. Si, lo acepto, el resultado del asesinato causó el efecto deseado en mí, rompiendo mi psique y todo lo que quieras, pero aún no siento que el truco fue muy convincente. Sea como sea, el miedo a que me abordaras me hizo perderme el funeral de aquella persona. Fue la peor época de mi vida.

“Y, después de año y medio de sufrimiento, simplemente desapareciste un día, como si yo hubiera pasado de moda, como si hubieras encontrado a alguien más a quien hostigar hasta quererte. Sólo así, un día, hubo silencio en mi vida. Pero jamás fui la misma persona.

“Han pasado ya casi veinte años desde que me rompiste internamente, desde que acabaste con mi paz mental con tu insistencia. No he podido volver a sentirme con la autonomía de tener una vida ordinaria sin temer que te acerques una vez más, con una nota de papel couché en la mano, a pedirme que me acerqué a ti. Quiero detener ese sentimiento, sentirme libre de salir a la calle, de darle mi número a alguien. Sólo busco una disculpa de tu parte. Solo quiero saber que no habrá una segunda parte.”

Y entonces sollozo. Lo hago como no lo he hecho en años, como si mi vida dependiera de la cantidad de lágrimas que logro expeler a través de mis ojos. Fuera de los ruidos que genero desde mi garganta asosegada por la tristeza, el tribunal está en completo silencio. Uno de los miembros del mismo, el que aún no ha podido dejar detrás su barba de veinteañero, aquella cerca de púas púbicas que une a sus patillas de lado a lado a través de una línea de pelos en su cuello, luce particularmente confundido. Lo veo hojear de lado a lado la carpeta conteniendo los fajos del caso en curso. Tras analizar lo ahí escrito, su cara de confusión todavía presente, se acerca a mí, carpeta en mano.

“Disculpe”, me dice, hincándose frente a mí. “Creo que ha habido una equivocación. El caso que nos compete el día de hoy en el juzgado no es en contra de un individuo acosante, sino en contra de la institución educativa conocida como Tecnológico de Monterrey, más en específico, es una demanda en contra de la posible ilegalidad de su publicidad insistente en formato retargeting.”

“¿Pues de que cree que estoy hablando? ¡Esa universidad se pasó chingue y chingue y chingue por año y medio que me ofrecía una beca especial o no sé qué cosas para estudiar en su plantel, y si le decía que no o lo ignoraba, me mandaba más y más y más publicidad! ¡No me dejaban en paz! ¡Me torturaba para que aceptara su cochina beca!”

“Si era una beca especial, ¿por qué no la tomó? ¡Se escucha como una oportunidad inigualable!”

“¡Porque no me interesaba estudiar en el Tec! Y menos con esas tácticas de acoso tan horribles. Además, esas becas son una mentira, ¡te las terminan cobrando con intereses cuando te gradúas! ¡No te becan, te prestan!

“Oh. Qué lástima que piensas así de tan buena universidad. Es una excelente alma mater, si me permites decírtelo. Yo me gradué de uno de sus planteles, incluso ahora soy docente ahí, enseño la materia de Civismo. Pero, no sabe lo mucho que me hizo paro el que me dieran una de sus becas. Si no me la hubieran ofrecido no podría haber estudiado en esa universidad. ¿Te interesa entrar al Tec?, ¿quieres informes? Porque, justo, tengo unos flyers en el portafolio que te pueden ayudar, y mira, si decides inscribirte a una de sus maestrías, ahorita están manejando una beca del ochenta y cinco por–”

“¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Les dije que estaba aquí, les dije que el Tec estaba aquí, espiándome! ¡No me deja en paz! ¡No sé qué quiere de mí!”

Empecé a patalear en contra del supuesto juez, a lanzarle puñetazos al aire a su cara, a intentar destrozarle alguna parte del cuerpo al representante de quien destrozara mi psique de adolescente, de quien, incluso años después de haberme graduado de otra universidad, me seguía persiguiendo para coaccionarme a ser uno de sus alumnos. Previendo mi reacción, mi abogado decidió apelar a la civilidad del mundo moderno y contuvo mis extremidades a tiempo.

“Sólo una pregunta”, me dijo el juez al tiempo que estrujaba una de las hojas de mi denuncia tal como yo había estrujado el primer volante que recibí del Tec y su maravillosa oferta, “¿por qué demandar después de casi dos décadas?”

“Es que acabo de ver la de The Invisible Man, la nueva, la de este año, y cada escena era un flashback a todo lo que sufrí en la prepa por el acoso del Tec. Así, idéntico.”

“¿Entonces es una mala película?”

“No. Chingonsísima.”

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