mayo 5, 2021

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Defensa del cielo | Columna de Juan Jesús Priego

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El Cielo

LETRAS minúsculas

 

«No es que quiera hacer la bestia, pero no le encuentro sentido a la dicha de los ángeles». La frase es de Albert Camus, el pensador francés, y la dejó para siempre allí, en El verano, la obra de arranque de su carrera literaria. Pero, ¿realmente es sosa la dicha de lo ángeles? Y si es sosa, ¿por qué razón lo es?

Para Simone de Beauvoir el cielo debe ser aburridísimo por dos razones: primero, porque el cielo «es el reposo, la trascendencia abolida, un estado de cosas que se da y no puede ser superado» (Pirrus et Cineas); y, segundo, porque el hombre es por naturaleza inquietud, desasosiego, movimiento: ¿qué va ir a hacer un hombre al cielo?, ¿cómo se adaptaría a él?; no, no se adaptaría; más bien se moriría de nostalgia, de tedio, de aburrimiento. Cielo y hombre –dice la novelista, filósofa- son como aceite y agua: no están hechos el uno para el otro.

Y, por lo demás, ¿cómo es el cielo? Nadie ha podido decírnoslo. Para imaginarnos el infierno no nos falta imaginación, pero del cielo no sabemos nada. Dante mismo, según nos dicen los que saben, fue más poeta describiendo el horror que cantando la gloria. «Menos divina es la Comedia cuando su teatro es el Paraíso, que cuando lo fueron el Infierno y el Purgatorio –dice don Eugenio d’Ors, el pensador español-. Su cantor, alma de amargura, fue más excelente en el denuesto que en la loa». Otro escritor, para explicar esta anómala situación, dijo así para justificar tanto a Dante como al cielo: «El ser humano, acorde a sus inclinaciones tenebrosas, posee un poder imaginativo mucho mayor en el terreno de lo horroroso que en el beatífico» (Franz Werfel). Y en sus Glosas de Sigüenza dice también Gabriel Miró: «Los artistas traducen en la piedra, en los retablos, en los vitrales, en las miniaturas, la delirante obsesión del suplicio de las almas. El paraíso, no; casi siempre escasea la glosa plástica y literaria de la bienaventuranza. Más que ansia de paraíso, siéntese miedo de infierno. La fantasía más inflamada se alimenta siempre de realidades, y el artista tiene más documentos de dolor que de felicidad». Son explicaciones válidas, después de todo.

Cuenta una historia judía que una vez Abrahamino Bloom, aburridísimo como estaba en el paraíso, fue a pedir audiencia al Todopoderoso:

-Señor del mundo, estoy harto. Me aburro enormemente.
-¡Cómo! ¿Te aburres aquí, en medio de serafines, arcángeles, potestades y profetas?
-La verdad es que sí. Quisiera algo diferente. Me gustaría regresar a París. ¡Ay, cómo se divertía uno en los tugurios de París!
-De acuerdo –concedió el Altísimo-. Ve adonde el arcángel Gabriel y pídele un boleto de ida y vuelta a París, abierto para quince días.
Abrahamino fue volando a París, se divirtió como loco –un poco así como se divierten nuestros jóvenes en los penumbrosos antros posmodernos-, y el último día de su estancia en la tierra se encontró en la calle a uno de sus amigos.
-¡Qué cara más sombría tienes, Abrahamino! ¿Te sucede algo?
-Estoy terriblemente preocupado, amigo mío. Nadie ha querido comprarme un boleto de ida al Paraíso.
-Comprendo, comprendo –dijo el amigo -. Pero, ¿y si lo regalas?
-Ya lo intenté, pero no lo aceptan ni gratis.

¡Y para que un judío no quiera algo ni gratis, algo debe andar mal allí!: tal parece ser la moraleja de la historia (tomada, precisamente, de un libro de chistes judíos).

Sería interesante investigar de dónde nos habrá venido la idea de que el cielo es aburrido. ¿De las descripciones de los teólogos o de la iconografía? Sin embargo, es verdad: la actitud estática, arrobada, ha sido siempre la actitud en la que se ha representado a los santos. Me preguntó en cierta ocasión una mujer: «¿No cree usted que será muy aburrido estar en esa posición por toda la eternidad?». Acababa de ver una pintura de San Ignacio de Loyola en pleno éxtasis místico y quería saber si a ella le esperaba lo mismo en caso de salvarse. Estaba en verdad preocupadísima, pues tanta beatitud le resultaba insoportable. Mucho más despreocupado fue Mark Twain, quien, en un acceso de ironía, declaró: «Al paraíso lo prefiero por el clima; al infierno, por la compañía».

Pero si en este momento aquella señora volviera a hacerme su pregunta, le respondería citando a Alain, el filósofo francés, quien dijo así en uno de sus libros: «La felicidad es un estado que no desearíamos que acabara nunca». El hombre feliz no busca el movimiento, no quiere cambios ni innovaciones: está bien como está. Desearía que su felicidad no tuviera fin: exactamente como le sucede a los bienaventurados. Ellos menos que nadie desearían un cambio en el orden de las cosas; son empecinadamente conservadores: a toda costa querrían eternizar su status quo por los siglos de los siglos. Y le citaría también al filósofo italiano Remo Cantoni: «El hombre feliz es aquel que no quiere evadirse de su propio estado. Por eso la perfecta beatitud es la perfecta quietud». Los antiguos pintores no se equivocaban, y además no es preciso exigirles tanto: representar a los bienaventurados eternamente quietos e inmóviles era la única manera que tenían de decir que eran perfectamente felices, que no deseaban otra cosa pues estaban bien así.

Reloj, no marques las horas porque voy a enloquecer, cantaba el enamorado de la canción. Ahora bien, ¿por qué quería el enamorado que las horas no pasaran? Porque llegaría el momento en que habría de separarse de la mujer que amaba. Lo mismo pedía Goethe: «¡Instante, detente: eres tan bello!», sin ningún resultado, pues el tiempo seguía transcurriendo como si tal cosa. Pero a Dios sí lo obedece. Y a ese instante detenido para siempre lo llamamos simplemente eternidad.

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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