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#Pray4Canelo | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales

 

A decir verdad nunca he sido del todo asiduo a invertir tiempo de mi día a día en Facebook. El uso que le he dado a dicha red social iba más bien enfocado en cuestiones laborales o movidas de compra/venta de algún artículo. Jamás le di el uso social (¿o antisocial?) que realmente tiene.

Resulta que mi desapego a la red social mencionada derivó en un desentendimiento total de un montón de cosas que sucedían por aquellos días. No le voy a hacer el cuento largo, por mi ausencia en Facebook llegué a perderme de cumpleaños de amigos, bodas, presentaciones de bandas y hasta de algunas campañas gratuitas de esterilización para gatitos.

Con el pasar de los años he aprendido que en la vida no existen las casualidades, existen las causalidades. Esas experiencias que suceden no por coincidencias, más bien suceden con un propósito y finalidad específicas. Tal desconexión del submundo que acontece en Facebook  me agarró bastante mal parado cuando tuve mi primer encuentro con Canelo, el perro aventurero. Historia que si usted me permite, culto público, me gustaría contarle a continuación. 

Sucedió en una helada noche de diciembre de 2018. Mi naturaleza noctámbula me había llevado esa noche a salir de la cama para salir a buscar una cerveza y algo de cenar. Al lograr mi objetivo decidí subir a mi camioneta para regresar a mi departamento pero un bulto café me impidió mover mi vehículo. Entre la penumbra de la noche y el efecto de las cervezas pensé que se trataba de un costal o bolsa de basura, pero al mirar más de cerca me encontré con que era un chucho callejero el que había encontrado refugio en la cercanía del motor de mi camioneta.

Al acercarme un poco más noté que el animal tiritaba de frío, y no era para menos, pues el termómetro marcaba no más de 3°C. Pude observar también que el can llevaba un paliacate verde en el cuello con una anotación que rezaba “Soy Canelo, el perro aventurero” y junto un número de celular había sido cuidadosamente escrito sobre la tela. Le ofrecí algo de comida, a lo cual accedió inmediatamente. Fue imposible dejarlo ahí abandonado a su suerte. Lo invité a subir a mi camioneta y decidí llevarlo a casa para que pasara la noche con la única intención de llamar a sus dueños al amanecer y entregarlo sano y salvo. 

Por la mañana lo primero que hice fue lavarme la cara y prepararme un café cargado para despertarme y aclarar un poco las ideas. En seguida tomé mi celular y decidí llamar a los dueños de Canelo. Tras un par de intentos no logré comunicarme y sólo obtuve respuesta del buzón de voz. Intenté de nuevo tras unos minutos sin lograr mi objetivo. Como recurso emergente decidí enviar un WhatsApp diciendo que había encontrado a Canelo perdido en la calle, que había pasado la noche en mi departamento y que en el momento que ellos desearan podían pasar por el para llevarlo a casa. Esta vez la respuesta fue inmediata y me dejó impactado: – Muchas gracias por darle posada a Canelito. Ábrele la puerta y déjalo ir. 

La respuesta me pareció completamente descabellada. Había hecho un esfuerzo por rescatar al animal perdido, darle cobijo por esa noche y encontrar a su dueño para que me pidieran que lo devolviera a la calle. “¡Vaya chusma!” pensé. Para ese momento la ansiedad del animal comenzó a inquietarme pues buscaba escape por las ventanas y puertas del departamento, rasgó un par de mosquiteros y dejó sus garras marcadas en la madera de la puerta principal. Lo único que se me ocurrió en el momento fue subirlo nuevamente a mi camioneta y llevarlo a algún refugio para animales de la calle. Al intentarlo Canelo pegó carrera hacia la avenida principal y simplemente escapó sin dejar rastro.

Decidí que había hecho lo que estaba en mis manos por ayudarlo y que ya no era asunto mío salir a perseguirlo. Le conté la anécdota a un par de amigos a lo que me respondieron sorprendidos que si no sabía quién era Canelo. Me contaron la historia de una suerte de perro rockstar que era conocido por la ciudad entera, que contaba con una página de miles de seguidores en Facebook y que vagaba por las calles mientras todo el mundo aprovechaba la menor oportunidad para tomarse una selfie con el.

Fue así cómo me enteré de quién era Canelo y la importancia que tenía. Fue así como, desde ese día, comencé a poner mayor atención al andar en la calle y me lo encontré un par de veces más durmiendo en las banquetas. Fue así que comprendí que hay algunas veces en las que el respeto por la vida rebaza la maldad humana y deriva en una muestra de amor y cariño desinteresado.

Por años la sociedad potosina ha cuidado de Canelo como si se tratara de un miembro más de la familia. Resulta increíble que muchos jóvenes conozcan más acerca del carismático chucho que de los hombres que dan nombre a las calles en las que Canelo solía vagar.

Hoy Canelo se enfrenta a los inevitables achaques que la edad acarrea. El  ocaso del perro más querido por los potosinos es una dolorosa realidad. La enfermedad de Canelo lo ha obligado a frenar la carrera para ser sometido a quimioterapia. Culto público, si bien es una realidad que, aunque la quimioterapia surta el efecto deseado, la vida de Canelo es una estrella que se apaga poco a poco. Con la ayuda de la sociedad y de su veterinario seguramente los últimos años de Canelo serán de la mejor calidad a la que un animal pueda aspirar.

Todos tenemos una historia vivida con Canelo para contar. La luz de Canelo inevitablemente va a apagarse, pero su vida quedará en la memoria colectiva para la posteridad. Canelo será de esas historias que se albergarán en los libros de leyendas potosinas y que, seguramente, pasarán de boca en boca por las generaciones venideras. 

Gracias Canelo por darnos una lección de vida, por mostrarnos la importancia del respeto a la vida y el valor de las reglas de la convivencia en sociedad. Gracias por hacernos ver que, a pesar de todo lo malo, aún existen historias hermosas para contar.

¡Fuerza Canelo!

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