#4 TiemposDesde mi clóset

¿Podré dejar de ser hombre algún día? | Columna de Paul Ibarra Collazo

Desde mi clóset

 

La masculinidad es una toxina que se transmite al nacer. La diagnostica el personal médico que atiende el parto, luego se disemina por todo el cuerpo hasta no dejar un rescoldo siquiera donde pueda escaparse una manifestación diversa. ¿En qué momento hacemos consciente el género? ¿Nacemos con un software preinstalado, una suerte de sistema operativo de fábrica que nos indica el devenir social previo a su tránsito?

Nacemos, crecemos, morimos, y entre este trayecto hay una sentencia que implica la reproducción biológica que facilita la preservación de la especie. La premisa que Darwin coloca como un dispositivo normativo para el ejercicio de la sexualidad pareciera imperceptible. Sin embargo, la reproductividad humana, como un hecho biológico fundante, ha dotado de sentido a la construcción de la ciencia médica para la asignación sexual ¿En qué fase del acontecer histórico se privilegió sólo a los elementos de la especie funcionales para la preservación de la misma? 

La invisibilidad de las corporalidades no hegemónicas, aquellas que han sido patologizadas, permanecen en las oquedades del sistema sexual y de género. Han sido violentadas con un objetivo cuasi exterminador. Pareciera que al ser anomalías, son desechables.

Por tanto, ¿la masculinidad, quien formula la agenda de género, es la responsable del tratamiento corporal de los sujetos humanos? ¿De qué forma opera el dispositivo de la fecundación, como un hecho biológico primordial para asignar, identificar y construir sentido? ¿Acaso los placeres, como actividades fisiológicas son tan insignificantes para el sistema, que son anulables?

La masculinidad arrastra la herencia genética del mamífero terrícola. Busca de forma incisiva estar siempre en la vanguardia. El pavoneo es constante debido a que el mamífero Homo Sapiens está todo el tiempo en celo, no repara en descansar una temporada. El celo no solo implica la posibilidad fisiológica de eyacular y la erección no solo incluye la vasocongestión de los tejidos esponjosos y cavernosos del pene. La erección del varón implica un performance que le permite ser dentro de su contexto. Ese pavoneo significa poder, ese poder que circula por su cuerpo, se disemina en sus pensamientos y lo concibe como el dueño del planeta. Dios le dijo a Adán que tenía el poder de nombrar todo en casa, le dio la potestad del patriarca ungido

Es por ello que la intersexualidad es una suerte de contrapartida que se rebela ante el mito original de la creación. Si Yahvé creo al hombre a su imagen y semejanza, con un pene perfectamente circuncidado, capaz de penetrar la oquedad femenina insaciable, ¿Qué podría hacer un remedo de humano en una tierra provista para sojuzgar la tierra y llenar la tierra de humanos? 

Lo anterior me lleva a cuestionarme si ¿Acaso podré dejar de ser visto como un hombre? ¿De que forma puedo borrar de mi ser esas marcar ancestrales que me proveen de un significado perverso, ostentoso y vil? Aunque no quiera, cargo con el lastre patriarcal de mi cuerpo, que es lo que soy y es lo que tengo. 

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