enero 21, 2021

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¿Como se diagnostica el sexo y el género? | Columna de Paúl Ibarra Collazo

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el sexo y el género

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La identidad sexual ha sido motivo de estudio a lo largo de la historia moderna. Mientras una buena parte de la ciencia se ha enfrascado por la lucha para explicar la etiología de las expresiones de género diversas, otros muchos estudios se regocijan en documentar sus divergencias.

¿Será que la identidad sexual es un aspecto genético que se hereda, y se disemina generación tras generación? O tal vez ¿es un proceso cultural que se facilita en cada una de las etapas de la vida, y es cambiante, mutable?

Si bien, no hay un consenso que determine el origen de la identidad sexual, lo cierto es que la complejidad de este fundamento propio de la humanidad lo vuelve más que interesante.

John Money, científico controvertido, durante la segunda mitad del siglo pasado, dedicó una parte de su vida a documentar los diferentes elementos que constituyen al sexo y al género. Hoy en día tenemos claro que el sexo no solo involucra la genitalidad, sino además los cromosomas sexuales, las hormonas prenatales, neonatales y puberales; además de las gónadas y los órganos sexuales internos. Que, al final del día se ven mermados por la obra de la obstetricia que, después del parto asigna un sexo con base en la externalidad genital. Sin tomar en cuenta la percepción subjetiva de la cría, que, limitada por las posibilidades comunicativas, no es capaz de opinar sobre sí.

Pero, ¿en qué momento de la historia se decidió segmentar a la humanidad en dos extremos opuestos, invisibilizando la diversidad corporal entre la especie? Existe una necesidad imperiosa por asignar una funcionalidad reproductiva a cada elemento de la especie. Quien no tiene la capacidad de fecundar o ser fecundada, es factible de ser desechada. Incluso, al ser una anomalía, es necesario patologizar, de esta manera es posible corregirle.

Butler asegura que el género se diagnostica, es decir, forma parte de un proceso externo al sujeto. Por lo tanto, ¿qué pasaría si se dejara de asignar un sexo al nacer? Incluso, ¿cuál sería el resultado de no valorar la identidad de una persona con base en una imagen ultrasónica que solo localiza la presencia o ausencia del falo?

La eliminación del diagnóstico del género ¿facilitaría la dimisión de la reproductividad como aspecto fundante de la especie?

Por último, cabe señalar que la ciencia médica como parte del kiriarcado, que, es un sistema social que mantiene el status quo de unas opresiones vinculadas interseccionalmente (Ferguson, 2014), buscará a toda costa suprimir la mayor cantidad de diferencias. Nacer, crecer, REPRODUCIRSE y morir, son el mantra que le ha permitido a la especie humana trascender como la habitante de la Tierra más rapaz y destructiva. ¿Por cuanto tiempo más? Tal vez la respuesta está en la disidencia, en las personas trans, y las intersexualidades.

 

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Castigos en tiempos pandémicos | Columna de Paul Ibarra

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Cuando las sociedades experimentan amenazas, la respuesta de las autoridades tiende al control de las masas. Durante una buena cantidad de tiempo he estado revisando los mensajes que se han circulado en los medios masivos relativos al cuidado en este momento de crisis sanitaria. En su mayoría, se utilizan mensajes amenazantes, que promueven el miedo, incluso el terror psicológico. Se juega con el miedo a la muerte que históricamente ha aquejado a la sociedad occidental. La experiencia nos ha dicho que este tipo de mensajes tienen a funcionar para un sector de la población, sin embargo, siempre hay mentes divergentes que pasan por alto estas directrices y optan por el cuestionamiento que luego se convierte en desobediencia.

Es un patrón histórico. Cuando en Estados Unidos existía el “separados pero iguales”, se crearon campañas de adoctrinamiento para promover la necesidad de la segmentación racial. Una buena cantidad de ciudadanía lo cooptó e hizo suyo el discurso. Pero, hubo quien comenzó a cuestionar la separación. No entendían los criterios para afirmar que una raza era si no superior por lo menos “distinta” a la otra. Se sublevaron y el resto es historia. Incluso hoy mismo los rescoldos de esa lucha empiezan a avivar un fuego que se creía consumido.

Para el caso de la actual crisis sanitaria pasa algo parecido, más no idéntico que lo ocurrido con pandemias anteriores, como la de la década anterior provocada por la gripe porcina. Hoy se sigue promoviendo el estigma acompañado del escarnio para las personas que deciden de manera autónoma, por ejemplo, no usar cubrebocas o salir a las calles. Algunas personas piden que se extremen las medidas restrictivas al grado de limitar la circulación, el libre tránsito y el flujo de la actividad económica. Incitan a desarrollar medidas punitivas, incluso penales, para sancionar a quienes desobedecen los protocolos estatales.

Como sociedades no hemos entendido que el excesivo control de los cuerpos traerá consigo cuestionamientos legítimos. No se ha avanzado tanto de los mecanismos medievales que subyugaban a los súbditos al grado de que el poder hegemónico ejercido por un puñado de humanos podía decidir incluso sobre la vida de los demás.

Hoy en día, el panóptico del que hablaba Foucault dejó de ser físico. Hoy en día es digital y nos vigila de forma constante. La cacería en redes sociales es despiadada, los políticos conocen su magnitud y utilizan toda la fuerza del estado para girar la balanza a su favor. Pero no solo ellos, también los grupos de poder oligárquicos, quienes desde la magnificencia económica hacen lo propio.

Dicho esto, resulta fundamental hacer un análisis crítico de las políticas utilizadas por los Estados para controlar el avance de este virus llamado COVID-19. Desde mi punto de vista, la solución no es sancionar a la sociedad civil, no es multar al que hace fiestas, al que no trae cubrebocas, o al que decide salir a pasear a la plaza pública. Lo que hay que hacer es generar las condiciones institucionales para que el estado no colapse en una crisis de este tipo. Ya que no es la magnitud. Todas las personas deberíamos tener garantizado el acceso al derecho humano a la salud. En San Luis Potosí somos casi tres millones de habitantes, la pregunta es, ¿ese número de personas tenemos garantizado el acceso a la salud? Si la respuesta es negativa, ni con todas las medidas sanitarias se va a detener el avance de ninguna epidemia. Lo único que se hará es aplazar lo inminente, el colapso de un sistema plagado de corrupción.

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México es un país con un humor muy particular. Nos burlamos de todo. Hacemos escarnio del desventurado. Criticamos a la suegra enojona. Nos mofamos de la niñez y la adolescencia. El etcétera es grande. Para el caso de la homosexualidad, la cultura mexicana está plagada de un sinfín de referencias fálicas que hacen apologías de la penetración anal entre hombres. Esas referencias implican un performance de subyugación al falo masculino, es decir, domina el que “se la meta” primero al otro, el que tenga más “huevos”, el mas “verga”. “Te la ensarté” “te pasas de reata”, son algunas expresiones a través de las cuales el machismo mexicano se expresa con lujo de descaro. 

En primera instancia estas alusiones al sexo anal no tendrían un significado impertinente, sin embargo, están sesgadas por el machismo. Así el “joto” que provenía de la crujía “J” en Lecumberri, ese maricón, mampo, manfloro que se “deja” penetrar era visto como un ser inferior, casi humano, que puede utilizarse a contentillo del amo misógino en el México antiguo. Ese sujeto fue ridiculizado, vejado, humillado durante una buena cantidad de horas contenido en los diversos medios de comunicación, incluido el cine de oro. Durante años el “joteo” en los medios de comunicación era una constante para hacer reír a la audiencia. 

Varias generaciones crecimos con la idea de que el homosexual era un ser estridente, dedicado al estilismo, al trabajo sexual y siempre cómico. La primera imagen que recuerdo de un personaje gay en la televisión es la de Eugenio Derbez como Julio Esteban. Yo no conocía a Walter Mercado aún. Recuerdo que el personaje me llamaba mucho la atención, algo me identificaba con él. Por supuesto no entendía los chistes de doble sentido a los seis años. Luego conocí a Pablo Cheng, el “oh cielos”, a todo el mundo hacia reír, mi madre prefería cambiarle cuando ese personaje salía. Luego aparecieron la hora pico, Omar Chaparro, y todos esos personajes cómicos del Canal de las estrellas. Todos tenían un común denominador, eran estilistas, meseros o modistos, hacían reír todo el tiempo y nadie les tomaba en serio. 

Esos eran los jotos, quienes nunca estuvieron en mi pensamiento como hombres, sino como un tipo distinto de personas, donde parecía yo caber. Tuve mucho miedo durante un periodo muy largo. Me escondía porque no quería ser humillado como Carmelo, y no tenia intenciones de hacer reír todo el tiempo como Yahairo. 

En esta cultura, la mexicana, hay una fuerte tendencia mediática que perpetua ideas erróneas sobre la homosexualidad. Somos más que un personaje cómico. Walter Mercado, Juan Gabriel y Francis son un ejemplo de ello. Desde la expresión de su feminidad, de manera digna y respetuosa, llevaron en alto la bandera de la diversidad como pudieron, como el medio se los permitió para sobrevivir, pero sobre todo con respeto. 

Hoy en día resulta fundamental replantear esos estereotipos homofóbicos que humillan, atentan contra la dignidad y estereotipan a las personas homosexuales. 

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La Biología asegura que el ser humano es en esencia sexuado. Es decir, para la reproducción se requiere de un elemento macho y una hembra. Esta premisa que explica la diferencia sexual primigenia coloca la anatomía genital como la primera diferencia visible del sujeto. Luego, conforme avanza en años acentúa diferencias secundarias que afianzan su calidad dentro del dimorfismo. Esta teoría de la diferencia sexual explica la posibilidad de sujetos duales, complementarios. Por tal motivo los estudios relacionados con este tema, desde las ciencias médica y biológica, dan cuenta de la importancia de mantener este par inamovible.

John Money investigó durante décadas los fenómenos psicobiológicos y sociales que llevan a una persona a rebelarse ante esta premisa de la sexuación primigenia. Este científico dedicó su carrera al estudio de las diferencias sexuales al interior de la especie humana. Realizó una buena cantidad de investigaciones relacionadas con la intersexualidad, conocida en ese tiempo como hermafroditismo. Una de las teorías fundamentales para el estudio de las identidades sexuales fue la acuñación del término gender que luego fue complicado traducir el español. Money diferenció la categoría sexo de lo que denominó gender (género, en español) y propuso la existencia de diversos estadios de la identidad sexual humana. En su teoría afirma que “no existe una dicotomía absoluta macho-hembra” (Money, 1982, pág. 6) por lo que es uno de los primeros científicos que cuestiona el carácter exclusivamente reproductivo de la especie.

Los estudios de Money utilizaron el empirismo como la base metodológica de sus aportaciones. Este científico ha sido fuertemente criticado debido a los métodos para la obtención de sus resultados. En diversas ocasiones utilizó a personas, tanto infantes como adultas, para obtener datos en sesiones terapéuticas que luego fueron expuestas a la divulgación científica sin autorización. El caso mas controversial incluso le llevó a la corte para responder un proceso judicial por el suicidio de una de las personas usuarias de sus servicios terapéuticos.

A pesar de sus cuestionables procedimientos John Money es un referente obligado para adentrarse al conocimiento de teorías que cuestionan la diferencia sexual como el génesis de la identidad sexo-genérico-afectivo-erótica. Al criticar el carácter reductivo que la ciencia había colocado a la diferencia sexual postula una teoría relativa a la complejidad de la asignación del sexo. En apartados posteriores analizaré los siete criterios para asignarle un sexo al sujeto. Que van desde la diferencia cromosómica hasta el sexo puberal, lo que pasa por diferentes características gonadales, hormonales e inclusive socioculturales (Money, 1982). Este planteamiento, incluso atravesado por la aritmética, permite dilucidar en la existencia de múltiples combinaciones para la asignación de un sexo. Por tal motivo, es posible afirmar que en la especie existen, además de machos y hembras, una variedad indeterminada de posibilidades de constitución sexual. Muchas de estas expresiones han sido patologizadas, tal es el caso de los síndromes de Klinefelter y Turner, entre otras “patologías” en el espectro intersexual.

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