#4 Tiempos
Otra lista: Los aspirantes al 2021, pero no a la grande | Apuntes de Jorge Saldaña
No hay secreto, Culto Público, adivinar en este mismo espacio 17 de los 18 de los nombres de los nuevos directores de las escuelas y facultades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí con casi 24 horas de anticipación, no fue obra de poderes sobre naturales o habilidades de prestidigitación.
La lista estaba, como se dice coloquialmente, “planchada” desde mucho antes. Los 55 integrantes del Consejo Directivo Universitario ya conocían los resultados y la votación de ayer no fue sino un mensaje de legitimación para el rector que mostró que tomó y tiene, las riendas de la comunidad de la que está al frente.
Algunos podrán interpretar que el evento electivo se trató de un montaje y que una vez más la imposición vertical de los directores fue producto del “dedazo” del rector como gran elector de los mismos, pero no necesariamente es así.
Para empezar, los vientos de transformación que acompañan al doctor Zermeño no pueden, por el momento, rebasar lo establecido en los estatutos, la elección se debía llevar a cabo ceñida a la normativa, sin embargo hay constancia que la rectoría tomó en cuenta a los consejos técnicos de cada facultad para tomar decisiones a partir de las que se operó de forma impecable para lograr los resultados esperados.
En un microcosmos como la UASLP, con sus particulares dinámicas sociales, no podía ser de otra manera. Una rebatinga abierta sin intervención jerárquica, justificada en democracia electiva, por el momento hubiera acarreado mas problemas que soluciones.
Desde aquí felicitamos a todos los electos, se espera mucho de ustedes en sus nuevos encargos, nuestra Máxima Casa de Estudios debe alcanzar no solamente prestigio, sino convertirse en un referente nacional e internacional como una institución donde caben, se preparan y se fomentan con calidad todas las ideas encaminadas al desarrollo del conocimiento, la ciencia, el arte y la técnica en beneficio de la humanidad. Talento sobra.
LA REESTRUCTURA
Ayer en el Centro de las Artes por fin se reunieron los diputados con el Secretario de Finanzas, Daniel Pedroza. Con todos los elementos, se disiparon dudas de los legisladores respecto a las formas, causas, herramientas y destino de los recursos a los que se pretende acceder a través de reestructurar la deuda pública y así sacar a flote las finanzas públicas que se vieron comprometidas por una pandemia que nadie pudo calcular en el tiempo de los presupuestos.
El gobierno tiene a favor que logró disminuir durante la gestión casi 800 millones de pesos los compromisos de corto plazo y que el manejo financiero está avalado por las principales calificadoras, que la reestructura implica un incremento mínimo respecto a la deuda global y finalmente que en 15 meses, ya sea vendiendo el terreno de la Ford, o alguno de los invernaderos (proceso que no es nada sencillo, no es como ir a vender una caja de jitomates al mercado) podría equilibrar nuevamente sus números.
En contra, la administración de Juan Manuel Carreras tiene los señalamientos de corrupción y malos manejos en la gestión de la Secretaría de Salud, justamente a la que hubo que inyectarle los recursos que hoy tienen en aprietos a las finanzas estatales.
Hasta ayer, por lo menos 17 de los 27 diputados habían ya anunciado su negativa a la reestructura, quién sabe cómo puedan cambiar las opiniones y sentido de la votación después de la reunión con finanzas. Ya se verán los “cabildeos y jaloneos” en los próximos días porque además el asunto urge.
A LO QUE TE TRUJE
Con la vista en el 2021, es natural que la elección que mayores pasiones levanta es la del jefe del ejecutivo, por eso mucho se ha especulado sobre los escenarios, cruces, nombres, alianzas, de hecho o de facto, que pudieran presentarse. Ya habrá tiempo de hablar de todo ello, sin embargo no perdamos de vista que además de gobernador, los potosinos elegiremos a 58 alcaldes, 15 diputados locales de mayoría y 7 diputados federales .
Cada partido deberá pensar en los nombres y perfiles de cada uno de los cargos en competencia, además de tomar en cuenta la paridad de género, de jóvenes y de indígenas que por ley deberán considerar en sus listas de aspirantes.
Si esperan a que se defina en cada partido el nombre del gobernador para que de manera descendente se llenen los espacios, quizás sea demasiado tarde y se cometan los errores de siempre: cambiar de candidatos de último momento, enfrentarse a impugnaciones o postular a lo tonto, sin cálculo, con un alto riesgo violentar la ley o de que los “parches” al 15 para la hora, generen la ruptura de los inconformes.
En el sentido opuesto, si se construye de abajo hacia arriba, pensando en perfiles rentables en cada municipio, la suma de éstos que conforman cada distrito local, la conformación de los territorios que conforman los distritos federales y contemplando género, edad y origen de pueblos originarios, quizás se pueda vislumbrar en cada instituto político al personaje y alianza electoralmente más viable. No se, piénsenlo.
Por lo pronto, ¿a quién es muy probable que veamos en competencia por los distritos de la capital tanto locales como federales o de perdido pluris? Aquí algunos pronósticos de candidatos que por lo pronto solo menciono, pero que prometo pronto hacer un mejor análisis de cada uno, sus ventajas, fortalezas y amenazas.
Sin considerar a los posibles candidatos a gobernador, para el resto de los cargos en disputa apuntados, o por lo menos visibles por el PRI están:
Gerardo Serrano Gaviño (Chilito)
Gerardo Aldaco
Jesús Rocha Martínez
Cruz Fragoso
Margarita Hernández
Pilar Delgadillo
Omar Velázquez
Cecilia González Gordoa
Betty Eugenia Benavente Rodríguez
José Luis Mejia
Víctor Hugo Salgado
Jorge Pérez Vilet
Alejandro Díaz
René Díaz González
Luis Mahbub Sarquis
José Luis Romero Calzada
Lady PRI
José Luis Ugalde Montes
Luis Fernando Alonso Molina
Manuel Lozano Nieto
Gustavo Puente Orozco
Fernando Chávez Méndez
Ramiro Robledo López
Mónica Liliana Rangel (aunque usted no lo crea)
Elías Pesina Rodríguez
Alejandro Polanco Acosta
Erika Velázquez Gutiérrez
Jesús Medina
Lucy Lastras
Ezequiel Torres
Marco Octavio Álvarez
Charo Sánchez
Edmundo Torrescano
Hiram Ventura
José Miguel Martínez Medina
René Mendoza
Sandra Alejandra Ramírez
Evelyn Olvera
Guillermo Cabrera
Jesús Monsiváis (¿externo al PRI o independiente?)
Uff, me faltan y se me acabó el espacio, pero mañana seguimos y comenzamos con los perfiles de los apuntados del PAN ¿le parece?
Hasta mañana y no lo olvide: un Do bemol, no es lo mismo que un Sí, sostenido.
Por: Jorge Saldaña
@jfsh007
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#4 Tiempos
El efecto Tam-Tam | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
En Un mundo feliz, su novela más conocida, Aldous Huxley (1894-1963) hace decir lo siguiente a uno de los odiosos personajes que aparecen en ella: «Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad».
¿Quieres que una cosa sea creída y dada por verdadera? Bien, entonces repite sesenta y dos mil cuatrocientas veces la misma cosa. Si es verdad o no lo que dices, eso no importa: te la creerán en la misma medida en que la repitas. Y, por lo demás, ¿no es esto lo que hacen hoy los medios de comunicación para dar la impresión de que son muy veraces y muy objetivos? Si el canal A dice, por ejemplo, que el señor M es un abusador sexual, y el canal B lo repite, y el canal C se hace eco de la nota y el canal D la confirma, entonces no puede haber duda: el señor M es efectivamente un abusador de la peor calaña: todos lo dicen.
¿Y si los canales A, B, C y D fueran del mismo dueño y se hubiesen puesto de acuerdo para difamar al indefenso señor M? Entonces lo sentimos por el señor M. ¿Por qué cometió la imprudencia de enemistarse con un propietario tan poderoso?
Para la mentalidad posmoderna –es decir, la nuestra- la verdad no es algo que haya que buscarse o descubrirse, sino algo que puede construirse a base de repeticiones incesantes. Es curioso –observa Paul Virilio en uno de sus libros- cómo se dio cuenta la gente de que el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no era una escena de ciencia ficción tomada de alguna serie televisiva que se estuviese transmitiendo en aquel momento: «Sólo haciendo zapping y viendo las mismas imágenes en todos los canales, comprendieron finalmente que aquello era verdad».
Escribió Ignacio Ramonet en La tiranía de la comunicación: «¿Qué es verdadero y qué es falso? El sistema en el que evolucionamos funciona de la manera siguiente: si todos los medios de comunicación dicen que algo es verdad, entonces es verdad. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. Los conceptos de verdad y mentira varían de esta forma lógicamente. El receptor no tiene criterios de apreciación, ya que no puede orientarse más que confrontando unos medios con otros. Y si todos dicen lo mismo, está obligado a admitir que ésa es la verdad».
Así pues, ¿qué es la verdad y qué la mentira cuando todos los medios beben de la misma fuente (las agencias de información) y dicen las mismas cosas? ¡Señores, estamos perdidos, sobre todo si pensamos que no hemos podido estar presentes como testigos en el lugar de los hechos para verificar por nosotros mismos si lo que estos señores nos dicen es cierto o no lo es!
Pero no nos desviemos. Estábamos en que sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad. Esto lo dijo el famoso novelista inglés en el ya muy lejano 1932, año en que salió de las prensas por primera vez Un mundo feliz. Pero ya antes que Aldous Huxley –y es lástima que nadie se acuerde de ello, ni se lo tenga en cuenta-, don Miguel de Unamuno había escrito algo muy parecido en un artículo periodístico que más tarde fue incluido en su libro Almas de jóvenes. He aquí lo que don Miguel escribió en aquella ocasión:
«-Es torpe discutir y sacar a nadie de sus ideas; los hombres no quieren dejarse convencer. Lo mejor es dejarlos.
»-No dejarlos –responde entonces un interlocutor imaginario, que no es otro que él mismo-, sino repetir una y dos, y cien, y mil y millones de veces la misma cosa, que a fuerza de oírlo repetir acabarán por creértelo cuando ya no les suene a cosa extraña. Un día y otro, siempre con la misma canción.
»-Pero si una vez no se lo pruebas, ¿te lo van a creer la milésima?
»-Claro que sí. La cuestión es que no les suene ya a cosa extraña y nueva, que sea corriente, que estén hartos de oírla. Lo que se oye a diario acaba por aceptarse, por absurdo que sea… Con el público y con el pueblo no importa dar pruebas de la afirmación que se sustenta cuanto estarlo afirmando de continuo y no hartarse de repetir un día y otro y otro y ciento, sin descanso ni parada, sí, sí, sí, sí, sí, o no, no, no, no, no, y gritar más que los demás, ladrar, ladrar fuerte». ¡Ay, don Miguel! Una vez más usted ha tenido razón mucho antes que los otros. Sí, así es como el público y la gente se acostumbran a esos disparates a los que luego llaman verdades; no es que estos rumores pasen la prueba de la lógica y el buen sentido, pero a base de haberlos oído a toda hora y en todas partes, ya no le queda duda: las cosas, en efecto, son así, pues ¿no es esto lo que dicen todos? Pero yo no pienso ahora en el pobre señor M. Pienso en Cristo. Se ha hablado tan mal de él en los últimos tiempos que a muchos les ha parecido que odiarlo debería ser cosa natural. Una señora a la que conozco me preguntaba hace poco:
-Padre, ¿debo quitarle a mi hijo la cruz que le colgamos al cuello el día de su primera comunión? Es que oí decir hace poco en la televisión que la cruz atrae energías negativas. Lo dijo un yogui o quien haya sido, y al parecer lo dijo en serio. ¿Y qué cree usted? Que al día siguiente, en otro canal, escuché exactamente lo mismo: que una cruz en el cuello deprime siempre a quien la lleva. ¿No ve usted que antes la cruz era un arma mortal? Así dijo el conductor del programa: que traerla al cuello es como cargar una pistola en miniatura o incluso una sillita eléctrica. ¡Y yo no quiero que mi hijo sea un deprimido!
Bien, ya lo dijo uno, ya lo repitió otro, ya lo dirá a su debido tiempo otro más, ya lo proclamarán todos a una y entonces la verdad estará hecha. ¿Para qué añadir nada si todos no pueden equivocarse?
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El Cronopio
El mejor actor de la Época de Oro del Cine en México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
Filmada en 1936, Vámonos con Pancho Villa, es considerada una de las mejores películas de la época de oro del cine mexicano. El protagonista: el potosino Antonio R. Frausto que participó en alrededor de 96 películas para el cine mexicano, así como en programas de televisión. Considerado como el mejor actor de esa gran época del cine en México. Presente en casi todos los rodajes que ahora son un hito en el cine nacional, destacó son su trabajo actoral en filmes como “Santa”, primera película sonora mexicana, “México de mis Recuerdos”, “El Tigre de Yautepec”, “Sobre las Olas”, “Ahí Está el Detalle”, “Cuando los Hijos se Van”, “Los Tres García”, “Los Tres Huastecos”, “El Siete Machos” entre muchas más.
Su nombre se une a los pioneros potosinos que participaron en el cine mexicano, principalmente en los inicios del cine sonoro en 1932, como Adolfo Girón Landell, Lupe Vélez, Enriqueta Ramírez Verastegui “Ligia Dy Golconda”, Emma Roldan, de quienes hemos tratado ya en esta columna, así como Noé Murayama, Lupe Inclán, Carlos López Moctezuma, Arturo Martínez Chávez, entre otros grandes actores.
Antonio R. Frausto nació en San Luis Potosí el 20 de septiembre de 1897, poco se sabe de la vida de Antonio Frausto, que se liga a la actuación que practicó de manera autodidacta, pues mostró un don natural para ello, y comenzara su carrera actoral con el inicio del cine sonoro en México. Su vida queda como su reconocimiento popular en el cine mexicano, al ser hecho a un lado por las leyendas como Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, aunque en la industria cinematográfica es recordado como el mejor actor y uno de los más prolíficos al participar en la mayoría de las películas mexicanas que han trascendido en la historia del cine en México.
Su personaje por excelencia fue Porfirio Díaz al encarnarlo en varias películas, por lo que fue bautizado como el “eterno Porfirio” en el medio cinematográfico. Recordarlo, es apreciando su trabajo en esa infinidad de películas que ahora pueden disfrutarse remasterizadas.
Hizo su vida, cotidiana y actoral, al lado de su esposa la actriz y maquillista, Dolores Sepúlveda Camarillo, también potosina, conocida en el medio como Dolores Camarillo, Fraustita, otra pionera potosina en el cine mexicano, que nació en San Luis Potosí en 1910 y que estuviera por un tiempo en Estados Unidos, hija de actores potosinos.
Trabajaron juntos en algunas cintas, como El Tigre de Yautepec de 1933, entre otras, convirtiéndose en una de las apreciables parejas en el mundo del espectáculo fílmico.
La importante cantidad de cintas interpretadas por Antonio R. Fraustro, fue interrumpida tras su muerte en pleno auge del cine de oro mexicano, acaecida el 29 de enero de 1954 en la Ciudad de México, a los cincuenta y seis años de edad, la cual hubiera sido aún más impresionante.
Antonio R. Frausto, así como su esposa Dolores Camarillo, dieron brillo a la actuación de potosinos brillantes que en buen número contribuyeron al desarrollo del espectáculo en México y en especial al cine en el país, figurando entre los mejores actores de la época de Oro del Cine en México y en particular Antonio R. Frausto, considerado por la crítica como el mejor actor en el ranking de las mejores películas, actores y actrices del Cine de Oro en México.
Lee también: Elke Köppen y la sociología visual | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
#4 Tiempos
La sociedad de la indiferencia | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
“Quizá dejé abierta una de las ventanillas”, dijo alarmado un amigo mío mientras se acercaba a su coche; yo iba con él. Uno nunca sabe por qué presiente estas cosas, pero la verdad es que las presiente. “Sí –repitió en voz baja-, quizá olvidé cerrar la ventanilla trasera”. El corazón le latía de prisa, con violencia, como un trote de caballos.
Pero no, el vidrio no estaba abierto: estaba roto. Lo supimos por el crujido de los vidrios que pisábamos. Además, nada de lo que había en el auto seguía allí: unos libros todavía sin abrir, un estéreo de la mejor marca, varios estuches con discos, cinco o seis camisas que acababa él de pasar a recoger a la lavandería y algunas cosas más. En los asientos sólo había vidrios y un desarmador estropeado que, por supuesto, no era suyo.
Justo enfrente de donde había estacionado el coche un hombre picaba fruta; corrimos hacia él.
-Me robaron –dijo mi amigo-. Acaban de robarme. ¿No vio usted quién fue?
El hombre meneó la cabeza y hundió los ojos en la fruta que picaba. Silencio absoluto, total.
-Señor –insistió mi amigo-, es que usted debió haber visto algo; no pudo dejar de ver; tal vez hasta haya oído el ruido de los cristales al romperse…
-No, yo no oí nada –dijo el hombre. Se notaba a las claras que no quería seguir hablando. Bien, en este momento lo dejamos en paz. Adiós para siempre, indiferente señor.
Nos acercamos entonces a una mujer que por la lentitud con que escogía verduras y regateaba el precio debía tener bastante tiempo parada allí.
-Y usted, señora, ¿no vio nada? –dije yo.
-¿Nada de qué?
-No, no se preocupe, estoy loco –dije. Me quedaba bien claro que la mujer no estaba dispuesta a hablar, aunque supiera bastante bien lo que le estaba preguntando.
Al otro lado del puesto de frutas estaba una joven que vendía gelatinas y flanes.
-¿Usted sabe quién fue, señorita? –pregunté señalando en dirección al auto de mi amigo.
-No –dijo-. Yo no he visto nada.
Nada, nada, nada. Todos estaban ciegos y sordos. Antes de darnos por vencidos, corrimos a buscar al tendero de la esquina con la esperanza de que por lo menos él tuviera algo que decir.
-No –dijo-. No vi. Además, no pensará usted que yo me paso la vida viendo lo que no me importa.
Me le quedé mirando; quería leer la verdad en sus ojos, pero él los cerró, haciéndome creer que lo cegaba el sol. ¡Qué impotencia! De pronto nos sentimos solos, o por lo menos así me sentí yo. Solo en medio de una multitud de hombres y mujeres que preferían callar. Pero yo estaba seguro de una cosa: que el vendedor de fruta vio, que la señorita de las gelatinas vio también, que el tendero de la esquina… Pues bien, me dije, ahora soy yo, ahora somos nosotros, pero mañana serán ellos, y entonces sabrán lo que se siente… Ponemos en marcha el motor del auto y desaparecemos dejando una estela de vidrios rotos.
Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria la escena de una novela de Jay McInerney (“Bright Lights, Big City ”) en la que un hombre –el protagonista de la historia- sube una mañana al metro de Nueva York y ve que se le acerca un tipo que anda como perdido, que seguramente está drogado y se cree en la luna; de pronto el tipo le palmea el hombre y le dice:
“-Mi cumpleaños es el trece de enero. Cumpliré veintinueve.
“-Magnífico” –responde el protagonista, retomando la lectura de su diario.
“Cuando te palmea el hombro por segunda vez –se dice a sí mismo el narrador- lo miras. Y cuando vuelves a levantar la mirada, el tipo está en la mitad del vagón… Acto seguido, se sienta sobre la falda de una anciana. Ella trata de librarse de él, pero la tiene atrapada.
“-Perdóneme, caballero, pero creo que está sentado arriba de mí -dice la viejecita-. ¿Señor? Perdón, señor…
“Casi todo en el vagón contemplan la escena y simulan no hacerlo. El tipo se cruza de brazos y acomoda sus asentaderas en la falda de la viejecita.
“-Señor, por favor, quiere levantarse de…
“No puedes creerlo. Hay por lo menos media docena de hombres saludables en torno a la mujer. Tú mismo estuviste a punto de levantarte pero creíste que reaccionaría alguno más cercano. La mujer está sollozando. Tienes la secreta esperanza de que el tipo se levante y deje tranquila a la viejita.
“-Por favor, señor.
“Te levantas, por fin. En ese preciso instante, el tipo hace lo mismo. Luego se sacude las arrugas del saco con la mano y se aleja por el pasillo del vagón. Te sientes estúpido, de pie. La viejecita se está enjugando las lágrimas con un pañuelo de papel. Te gustaría preguntarle si está bien, pero a esta altura de los acontecimientos no serviría de mucho. Y te sientas”.
A veces -¡oh incurables románticos que somos!- creemos que la soledad es quién sabe qué cosa profunda y misteriosa, cuando en realidad a veces es sólo esto: que tu desgracia no le importe a nadie; que te puedan matar en medio de la multitud y que nadie se mueva para impedirlo; que mientras te mueres, todos estarán viendo lo que sucede, pero cada uno en su mutismo y prosiguiendo su camino para no enredarse en dificultades que no son suyas.
Tal vez vivamos en la civilización de la indiferencia, es decir, de la soledad. Tal vez, en el fondo, estemos más solos de lo que pensamos…
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