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#Si Sostenido

Marilyn | Columna de Juan Jesús Priego

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Marilyn

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Recibí hace poco en mi buzón electrónico un mensaje muy extraño. Decía el encabezado: «¡Ayuda!». Pero como la dirección del remitente me era desconocida, opté por no abrir el e-mail hasta no haber tomado las debidas precauciones. ¿Y si se trataba de uno de esos virus que suelen crear los fabricantes de antivirus para hacer obsoleta su penúltima versión y obligarnos así a comprar la última? Aquella misma tarde pregunté a mis amigos si por casualidad no habían recibido también ellos un mensaje parecido. Me dijeron que no. Entonces les conté lo que me pasaba. Uno de entre los que allí estaban –nunca falta una mentalidad cibernética, ni aun entre las corporaciones clericales- se limitó a sonreír, diciéndome que leyera el mensaje sin miedo y que, en caso de que se tratara de lo que yo tanto temía, él tenía a su disposición la última arma para combatirlo. Animado por tal seguridad aquella misma noche abrí el mensaje.

En efecto, no era ningún virus, sino el fragmento de una especie de diario del que la autora quería «una opinión». ¿Una opinión de qué tipo? No lo precisaba. Como quiera que sea, algo le respondí al día siguiente –no recuerdo con precisión qué-, y hasta le pedí permiso para utilizar en un escrito mío (éste) algunos de sus párrafos, advirtiéndole que no iba a criticarla a ella, sino una actitud muy común entre los hombres y mujeres que se creen muy solos. Le agradezco de todo corazón que me lo haya concedido sin ningún tipo de trabas y hasta con cierto entusiasmo.

«Hoy –así empezaba el documento electrónico- el día estuvo gris todo el tiempo, y mi humor también. Afuera hubo truenos y relámpagos; adentro, en mi pecho, una gran pesadumbre. ¿He de acostumbrarme a estos altibajos de mi temperamento o debo combatirlos? Y si hay que combatirlos, ¿cómo es que debo hacerlo? ¿Con la física o con la química, es decir, con voluntad o con tabletas? (…) 

«A las 5,25 de la tarde me telefoneó Ofelia para invitarme a un café. ¡Un café en un día como éste! ¡Pero estás loca!, le dije: el día está que se derrite. ¡Asistimos, querida, al diluvio universal! Además, corremos el riesgo de pillar un resfrío. La verdad es que no tenía ninguna gana de salir de casa. Ella insistía. Seguramente quería encontrarse con uno de sus amigos y deseaba utilizarme sólo como dama de compañía. No, no, yo no me presto a esos juegos. ¡Como si no conociera la treta, como si desconociera a Ofelia! O tal vez quería ponerme al tanto de los últimos rumores. ¿Pero qué me importan a mí los últimos rumores? Rogaba, imploraba, insistía. Hube de colgar el teléfono con cierta brusquedad. 

«A las 6,06 sonó el teléfono otra vez. Era Raúl, mi hermano. Había decidido ir al cine con su esposa (daban Amores perros) y hablaba para invitarme a salir  con ellos. ¡Por supuesto que no acepté! ¿Es que no había oído decir que Amores perros era una película extremadamente violenta? Además, según me han dicho, pintan en ella a los mexicanos de un modo que da lástima verlos. Para desembarazarme de él lo más pronto posible hube de recordarle mi último altercado con Rosa, su mujer, en el que ésta se mostró particularmente grosera conmigo. «Recuerda que mi cuñada y yo no nos hablamos, Raúl. Si salgo con ustedes, es casi seguro que les echo a perder la tarde. En todo caso, ya será en otra ocasión. En todo caso, ya será en la otra vida. Adiós».

«8,35. Otra vez el teléfono. Pero esta vez no contesté. Tampoco me interesa saber quién era. Ni me importa. Seguramente hablaban de algún banco. ¿De un banco a estas horas? ¿Y por qué no? Si me hablaron un domingo a las 6 de la mañana, ¿por qué no pensar que podían hablarme un viernes a las 8,35 de la noche? 

«Hacia las 2 de la madrugada tuve que levantarme a tomar una pastilla para tranquilizarme un poco. Se me vino a la mente aquel verso de… que dice: «Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes». No pude dejar de sentirme un poco Marilyn Monroe. Era insoportable ese sentimiento de ahogo que me hacía revolverme en mi cama… ¿Es así como se deja sentir la angustia? Pero yo llamo a Dios en mi soledad, como dice no sé con precisión quién. ¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¡Estoy tan sola! Para aliviarme un poco, tomo el bolígrafo y escribo. Esto me consuela. Mi mejor terapia es siempre la hoja en blanco. ¿Terapia narrativa la llaman hoy?»…

Sí, y sin embargo durante el día hubo tres llamadas, tres solicitaciones rotundamente denegadas. ¿Por qué decir siempre que no? Los demás nos buscan una, dos, tres, cuatro veces; excepcionalmente una quinta vez, pero si no nos encuentran nunca, se cansan y se van. Es natural: como nosotros, también ellos sienten la urgencia del tiempo, la necesidad de adelantársele a la muerte y, aunque quisieran, no podrían esperarnos toda la vida.

A Dios le preocupa la soledad humana. De hecho, lo primero y casi lo único que dice con respecto al hombre es que «no es bueno que esté solo» (Génesis 2,18).  Pudo, es verdad, haber dicho otras muchas cosas, pero no las dijo, sino que se conformó con esta sola afirmación, como si en ella se encontrara la clave de todo lo demás. 

¿Por qué, pues, rehusar siempre la compañía? Debemos saberlo: no siempre somos tan inocentes como creemos de frente a nuestra propia soledad. Somos culpables de ella la mitad de las veces por rechazar siempre las invitaciones que los otros nos hacen. Y de la otra mitad también, por no tomarnos nosotros la iniciativa de buscarlos. ¿Afirmación demasiado simple? Quizá, pero que encierra un buena –y muy dolorosa- parte de verdad.

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

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La divina gracia de abrir puertas | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Los cerrajeros pertenecen, con los mecánicos, los vulcanizadores, los médicos y los abogados, al conjunto de oficios que se ganan la vida sacando de apuros a las personas. A todos nos ha pasado que, por una razón o por otra, no podemos abrir una puerta, porque se nos pierden o se nos olvidan las mugres llaves. Con inocencia intentamos forzar inútilmente la cerradura hasta que, con resignación se solicita la intervención del especialista que, empleando unos fierritos con artes misteriosas, convence al cerraje de abrirse. Tan útil es que se nos abra una puerta, que decidí, querido y culto público de La Orquesta, dedicar esta columna a los cerrajeros, a las puertas y al dilema de abrirlas o cerrarlas.

Primero, para valorar aun más a quienes abren puertas, le sugiero empezar por las antípodas de la cerrajería, es decir por aquellos especialistas en impedir el paso. Los más comunes: policías, secretarias o ventanillas que le preguntan a uno la razón por la que se visita un lugar. Cuando se desea ingresar a un lugar se requiere del visto bueno del portero, luego se pasa a escribir en un diario el nombre, la fecha, la hora y el “asunto”. Hoy día ya no se puede visitar un lugar (aunque sea público) nada más porque a uno le dio la gana y sin una buena excusa. La burocracia moderna organiza la obstaculización del espacio en círculos concéntricos, como un infierno dantesco: después del portero siguen ventanillas, escritorios, señoritas, asistentes, auxiliares, encargados de despacho, cuya principal función es la de obstaculizar lo más posible el acceso a los funcionarios que pueden solucionar los problemas.

La sistematización de la atención al público es llevar el infierno burocrático a otro nivel. Consiste en que, en vez de cerrar la puerta, el “sistema” ingresa a un ciudadano, derechohabiente o usuario a un laberinto angustiante para convencerlo de que su problema no tiene solución. Se marca un número telefónico, responde una máquina parlante que ofrece opciones y más opciones dentro de las opciones que no llevan a ningún lugar, hasta que el usuario cansado de ingresar los 16 dígitos de su cuenta y sin cabellos qué arrancarse, cobra consciencia de que la única solución posible es aceptar a Dios como el salvador de su alma miserable.

Culto público de La Orquesta, hay otra clase de obstáculos modernos que se han inventado para impedir el ingreso a los nuevos espacios residenciales, cuyo sistema se basa en la discriminación, el clasismo y el racismo con tan poco apego a la Constitución, que lo dejaré para otra columna. También cabrían aquí, los hoteles que impiden el disfrute de las playas nacionales y esos grupos amafiados de artistas, deportistas o académicos que cierran las puertas desde dentro de las instituciones para impedir el acceso de los demás: efectivamente, los cotos en la vida pública son miserables.

Consideremos ahora que, los próceres fueron esa clase de personas que lograron abrir puertas no solo para ellos, sino para todos los demás. Así me da por pensar en don Ponciano Arriaga, quien abrió las puertas de la justicia proponiendo el derecho de amparo, en don José María Morelos quién nos abrió la puerta de este lugar que hoy seguimos llamando “Nuestra Nación”. En Francisco I. Madero y en todos aquellos que abrieron las puertas de la democracia.

Cristóbal Colón, ese navegante genovés, abrió las puertas más grandes del mundo, las del Océano Atlántico y con ese suceso histórico que inició un 3 de agosto en el puerto de Palos y terminó el 12 de octubre de 1492 en las actuales Bahamas, recordamos y celebramos que nos conocimos y reconocimos las naciones de aquí y las de allá, con heridas profundas y dolores (como el esclavismo y la colonia) pero también con gozos y bienes muchos. Tenga usted un feliz día del encuentro de dos mundos como lo llamó el Dr. Miguel León Portilla o de la invención de América como lo cuestionó Edmundo O’Gorman.

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Esa delgada línea | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Gun, Andy Warhol

Dicen que estamos condenados. Lo saben, por eso lo dicen. Las generaciones, también aseguran, ellos, los que por sentado nos han condenado, tienden a repetirse. Hay aciertos y hay errores, pero ni unos ni los otros tendrían a qué repetirse, reproducirse, entre nosotros, los nuevos, o aun peor, con aquellos, los que vienen.

Que ellos hayan tenido una vida de mierda no confirma que la nuestra sea, de igual forma, una mierda. Subsistimos gracias a una suerte de milagros. No es que yo sea un hombre de fe, nunca lo he sido. Pero no hay otra forma de ver las cosas, o de equilibrarlas, que atribuyendo la existencia a una suerte de milagros.

Me gusta la farándula y los coffeebreaks, esos donde las reporteras van de falda corta y clavan su mirada en mi entrepierna. Un consultor de la arena pública como yo sabe que la prensa no es sino una trampa de grotescas formas, y como tal está puesta a cazar a quien sea que se distraiga. Me dedico a abrir el camino, a quitar lo que estorba. Aquí y en todo el mundo siempre se juega al cazador y la presa. No se sabe a simple vista quién es quién en este juego. Cada cual asume el rol que quiere, a sabiendas, desde luego, que si se ha equivocado en escoger, el resultado, no por esperado, será menos doloroso.

Lo disfruto. Eso, la farándula y sus obscenas formas de conducirse, las minis dejando entrever los calzones de las reporteras y el animal dispuesto tras mi pantalón. Mientras pueda, siempre veré por ser el cazador, nunca la presa.

Las barras de los bares están hechas para tipos solitarios, las hacen muy resistentes para que el peso de los infelices no las eche abajo. Las culpas ahí se reposan, diluyen, refrescan. Somos varios solitarios en esta barra. Aquí mi única cosa es quedarme callado, me meto de lleno en el silencio. Meto la cabeza hasta el fondo de mi cerveza. Me siento tranquilo.

Tengo varias decenas de empleados comiendo de mi mano. Comen de mi talento, de mi carisma. Si me lo propongo, me doy a desear como un objeto inalcanzable, es decir, no como el príncipe y su riqueza, sino como el genio que vuelve príncipe al mendigo. Mis clientes, que no se andan a las inesperadas, sino que se saben a las inmediatas, ven en mí a un eficaz administrador del peligro, un calculador de riesgos políticos. Me pagan bien, no me quejo.

Para todos los demás soy como un Cristo, saben respetar. Mis empleados, a menudo gente motivada por la esperanza de trepar a uno, dos, tres, cuatro, o cinco escalones, me ven aún más grande. Por lo demás, a mí me viene estupendo aquello de la esperanza. Aunque de vez en cuando, si yo quiero que todos callen, me convierto en el dueño de su silencio, y ahí nada de esperanzas imbéciles ni de compasivas atenciones. Es por el bien de todos.

Por estos días un hombre me ofreció un arma. Me compré un arma. Hay mucha mierda junta a mi redonda, muchos hijos de puta sueltos. Vaya a saberse si a las tantas de mi continuo éxito alguno que otro perturbado quiera matarme. La posibilidad de que al menos uno de tantos locos entre en mi casa de noche es real. Vienen a lanzarse a matarme sin más. Toda aquella mierda junta en contra mía. Mi asesino, algún enfermo de rabia, odio y derrota, aguarda en silencio, recorre los pasillos de mis oficinas, merodea esperando el momento, creyéndose así el cazador de este juego.

El arma es preciosa, un ejemplar italiano de locura. Es de un brillante color metálico; un trozo de acero que en otro tiempo hubo sido un simpático soldadito de juguete, fundido tras la prohibición del plomo y hecho arma. Si estos fierros no hubieran sido fabricados para matar, hubieran funcionado para jugar. A veces cualquier cosa, en cualquier momento, se convierte en el artefacto de entretenimiento que estabas buscando. A qué negar, en cambio, que si no la hubiese comprado loco de paranoia, la habría encontrado para jugar en contra mía, o a favor mía, da lo mismo.

A poco que puede, la belleza del arma se marcha para volverse una constante obsesión con la muerte. Crece el deseo de utilizar sus fines en mi contra.

Olvidadas ya las primeras impresiones de su compra, su precioso color metálico se volvió opaco, de una consistencia absoluta, un pedazo de plomo hecho a la medida de la tapa de mis sesos.

El hombre del puesto de café tiene unas manos enormes. También sirve jugos de frutas. Con una sola mano puede exprimirle el jugo a dos mitades de una naranja de buen tamaño. Con la otra mano sostiene el colador. Ambas manazas podrían arrancarte la cabeza del cuerpo. Me pregunta: –Chico, ¿cómo has llegado tan lejos? Eres muy joven.

He llegado hasta aquí gracias a la mezcla de ignorancia, inconsciencia y buena suerte. Hay que confiar más seguido en la suerte. Así que siga confiando en que no viviré más allá de los 40, sólo los tontos viven tanto, y los tontos casi siempre carecen de buena suerte.

Le respondo al señor de las manos grandes: “soy un chico con mucha suerte”.

Hay una delgada línea entre estar en el abismo y perseguir culos dispuestos de chicas interesadas.

Entrar en el bar y sentarse a cantar las canciones de la rocola con mi cerveza o acariciar el arma a solas en mi casa. Tratar bien al empleado para que me sonría una vez o tratarlo mal para que me sonría siempre. Café o jugo de naranja. Políticos o señores de puestos de cafés con manos que destrozan cabezas. Demasiado jóvenes o suficientemente viejos para el trabajo. Enfermos o sanos.

Toda la buena suerte del mundo o toda la esperanza de quienes no tienen nada suerte.

Ema es la reportera de un portal mediocre de noticias, pero tiene las mejores tetas que yo haya visto nunca. Tienen la forma perfecta de una gota de agua. Seguido se pasea por mis oficinas, va a limosnear uno que otro dato que pueda servirle, a veces le paso unos muy buenos a través de mis empleados.

Hace poco Ema se enojó conmigo. Después de tirármela, me dijo: “Yo solo hago este tipo de trabajos por amor”. Ema no me cobra una tarifa, nunca lo hace, pero esta vez habló sobre trabajo y amor. Saqué unos billetes del pantalón y se los di con mucha amabilidad. Entonces se enojó, me dejó con los billetes en la mano y se largó.

La vi el lunes siguiente, no hablamos, nunca hablamos en las áreas de trabajo. El miércoles siguiente alguien me informa que ella formalizó con uno de mis empleados. Pobre Ema, hubiera escogido quedarse con mis billetes, de lejos le hubiera ido mejor.

Cuando yo era pequeño mi padre me dijo: “Escucha bien, Christopher, nunca confíes en las mujeres, porque lo mismo ellas no confiarán en ti nunca, y te va a doler mucho cuando te des cuenta”. Mi papá era un fracasado, pero sospecho que los fracasados a menudo tienen la razón. Era un buen hombre mi padre, un día me dijo aquello de las mujeres y luego se lanzó de un puente por encima de una corriente de autos que iban a toda velocidad. Dejó su cuerpo esparcido en la avenida, como mantequilla sobre un pan.

Qué buena vida se pegan los artistas. Los que cantan o actúan en grandes producciones, esos que tienen la posibilidad de hacer lo que quieran, los que no conviven con la porquería tan de cerca. Me puse a ver videos en YouTube, di con una entrevista a C. Tangana. Se dice artista y lo mismo le da cantar que pintar, que actuar o cagarse en Las Cibeles. Envidia de la buena. Envida de la buena ser libre y tener billetes para cagarse en Las Cibeles o pagar para ver llorar a Cher.

Qué preciosa pistola, es de acero. Miro en mi clóset y descubro que tengo más de seiscientas corbatas, en su mayoría azules. Las hay desde azul marino hasta azul turquesa, pasando por toda su infinita gama de azules. Juntas hacen una sinfonía de azules, cantan como sirenas tristes alguna canción sobre el éxito y la buena vida. La pistola está guardada en el clóset, tengo las municiones listas.

De pronto se aparece el tipo del puesto de café con sus manazas haciendo malabares con diez naranjas grandes y me pregunta: “Chico, ¿cómo es que sabes exactamente que tienes esa cantidad de corbatas?”

No sé qué decirle, hace unos malabares estupendos. Me quedo en silencio viendo el espectáculo de naranjas. Luego le pregunto: “¿Cómo es que puede hacer eso? ¿Alguna vez le ha arrancado la cabeza a alguien?” Escojo una corbata, acaricio la pistola. Estoy impecable, mis zapatos siempre están perfectos. Salgo en mi carro a toda velocidad, brilla su lujo por donde le mires. Hoy es día de farándula y coffeebreaks, de reporteras interesadas en lo que sea que pueda yo darles a cambio de sus culos. Hay una delgada línea que me separa de los culos y las municiones, de la vida de mierda y la muerte tranquila. Por ahora, decido quedarme.

Imagen: Gun, Andy Warhol

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