enero 27, 2021

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#Si Sostenido

Marilyn | Columna de Juan Jesús Priego

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Marilyn

Letras minúsculas 

 

Recibí hace poco en mi buzón electrónico un mensaje muy extraño. Decía el encabezado: «¡Ayuda!». Pero como la dirección del remitente me era desconocida, opté por no abrir el e-mail hasta no haber tomado las debidas precauciones. ¿Y si se trataba de uno de esos virus que suelen crear los fabricantes de antivirus para hacer obsoleta su penúltima versión y obligarnos así a comprar la última? Aquella misma tarde pregunté a mis amigos si por casualidad no habían recibido también ellos un mensaje parecido. Me dijeron que no. Entonces les conté lo que me pasaba. Uno de entre los que allí estaban –nunca falta una mentalidad cibernética, ni aun entre las corporaciones clericales- se limitó a sonreír, diciéndome que leyera el mensaje sin miedo y que, en caso de que se tratara de lo que yo tanto temía, él tenía a su disposición la última arma para combatirlo. Animado por tal seguridad aquella misma noche abrí el mensaje.

En efecto, no era ningún virus, sino el fragmento de una especie de diario del que la autora quería «una opinión». ¿Una opinión de qué tipo? No lo precisaba. Como quiera que sea, algo le respondí al día siguiente –no recuerdo con precisión qué-, y hasta le pedí permiso para utilizar en un escrito mío (éste) algunos de sus párrafos, advirtiéndole que no iba a criticarla a ella, sino una actitud muy común entre los hombres y mujeres que se creen muy solos. Le agradezco de todo corazón que me lo haya concedido sin ningún tipo de trabas y hasta con cierto entusiasmo.

«Hoy –así empezaba el documento electrónico- el día estuvo gris todo el tiempo, y mi humor también. Afuera hubo truenos y relámpagos; adentro, en mi pecho, una gran pesadumbre. ¿He de acostumbrarme a estos altibajos de mi temperamento o debo combatirlos? Y si hay que combatirlos, ¿cómo es que debo hacerlo? ¿Con la física o con la química, es decir, con voluntad o con tabletas? (…) 

«A las 5,25 de la tarde me telefoneó Ofelia para invitarme a un café. ¡Un café en un día como éste! ¡Pero estás loca!, le dije: el día está que se derrite. ¡Asistimos, querida, al diluvio universal! Además, corremos el riesgo de pillar un resfrío. La verdad es que no tenía ninguna gana de salir de casa. Ella insistía. Seguramente quería encontrarse con uno de sus amigos y deseaba utilizarme sólo como dama de compañía. No, no, yo no me presto a esos juegos. ¡Como si no conociera la treta, como si desconociera a Ofelia! O tal vez quería ponerme al tanto de los últimos rumores. ¿Pero qué me importan a mí los últimos rumores? Rogaba, imploraba, insistía. Hube de colgar el teléfono con cierta brusquedad. 

«A las 6,06 sonó el teléfono otra vez. Era Raúl, mi hermano. Había decidido ir al cine con su esposa (daban Amores perros) y hablaba para invitarme a salir  con ellos. ¡Por supuesto que no acepté! ¿Es que no había oído decir que Amores perros era una película extremadamente violenta? Además, según me han dicho, pintan en ella a los mexicanos de un modo que da lástima verlos. Para desembarazarme de él lo más pronto posible hube de recordarle mi último altercado con Rosa, su mujer, en el que ésta se mostró particularmente grosera conmigo. «Recuerda que mi cuñada y yo no nos hablamos, Raúl. Si salgo con ustedes, es casi seguro que les echo a perder la tarde. En todo caso, ya será en otra ocasión. En todo caso, ya será en la otra vida. Adiós».

«8,35. Otra vez el teléfono. Pero esta vez no contesté. Tampoco me interesa saber quién era. Ni me importa. Seguramente hablaban de algún banco. ¿De un banco a estas horas? ¿Y por qué no? Si me hablaron un domingo a las 6 de la mañana, ¿por qué no pensar que podían hablarme un viernes a las 8,35 de la noche? 

«Hacia las 2 de la madrugada tuve que levantarme a tomar una pastilla para tranquilizarme un poco. Se me vino a la mente aquel verso de… que dice: «Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes». No pude dejar de sentirme un poco Marilyn Monroe. Era insoportable ese sentimiento de ahogo que me hacía revolverme en mi cama… ¿Es así como se deja sentir la angustia? Pero yo llamo a Dios en mi soledad, como dice no sé con precisión quién. ¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¡Estoy tan sola! Para aliviarme un poco, tomo el bolígrafo y escribo. Esto me consuela. Mi mejor terapia es siempre la hoja en blanco. ¿Terapia narrativa la llaman hoy?»…

Sí, y sin embargo durante el día hubo tres llamadas, tres solicitaciones rotundamente denegadas. ¿Por qué decir siempre que no? Los demás nos buscan una, dos, tres, cuatro veces; excepcionalmente una quinta vez, pero si no nos encuentran nunca, se cansan y se van. Es natural: como nosotros, también ellos sienten la urgencia del tiempo, la necesidad de adelantársele a la muerte y, aunque quisieran, no podrían esperarnos toda la vida.

A Dios le preocupa la soledad humana. De hecho, lo primero y casi lo único que dice con respecto al hombre es que «no es bueno que esté solo» (Génesis 2,18).  Pudo, es verdad, haber dicho otras muchas cosas, pero no las dijo, sino que se conformó con esta sola afirmación, como si en ella se encontrara la clave de todo lo demás. 

¿Por qué, pues, rehusar siempre la compañía? Debemos saberlo: no siempre somos tan inocentes como creemos de frente a nuestra propia soledad. Somos culpables de ella la mitad de las veces por rechazar siempre las invitaciones que los otros nos hacen. Y de la otra mitad también, por no tomarnos nosotros la iniciativa de buscarlos. ¿Afirmación demasiado simple? Quizá, pero que encierra un buena –y muy dolorosa- parte de verdad.

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La vida sencilla | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Los libros que hablan de sobriedad, de vida tranquila, de regreso a viejas virtudes olvidadas son hoy leídos con avidez. Pienso, por ejemplo, en las obras de Pierre Sansot (Sobre el buen uso de la lentitud, Vivir con simplicidad, etcétera), que en Francia y en Italia han llegado a convertirse en auténticos bestsellers. Oler el pan recién cocido, pasear por un parque solitario a la hora del crepúsculo, degustar un vino viejo bebiéndolo a pequeños sorbos, charlar apaciblemente con los amigos manteniendo apagados nuestros teléfonos celulares, dar forma a una amistad con el mismo cuidado con que los japoneses de antaño daban forma a los mazos de flores: he aquí una serie de actividades reposadas que, a juzgar por sus lecturas, el hombre hiper-moderno echa bastante de menos.

En el fondo, lo que este hombre quiere saber es si hay alguna manera de volver atrás, de recobrar aunque sólo sea una parte de la calma perdida. «Antes la vida era más fácil –escribe Pedro Álvarez en El vivir humilde-, pero no por cómoda, sino por menos complicada». ¿Existe un camino que nos devuelva al paraíso del que hemos sido expulsados por la ansiedad y la alta tecnología? Pregunta capital es ésta, pues, como se sabe, en el reino tecnológico impera un axioma que dice así: «Lo que se ha inventado, no puede desinventarse». Esto quiere decir que no es posible volver al tiempo en el que Internet no existía; a la época en que los aviones eran sólo el sueño de Ícaro; en que para oír música había que recurrir a aquellas mastodónticas consolas que constituyen hoy las delicias de los anticuarios. ¿Significará también que ya no es posible volver al tiempo en el que éramos más simples porque nos conformábamos con poco?

Hace unos días cayó en mis manos un viejo libro de don Alfonso Junco –data el amarillento volumen de 1939, año en que estallaba la Segunda Guerra- cuyo título era La vida sencilla. En él el autor transcribía párrafos y pasajes de un libro más antiguo aún, encontrado por él en un bazar madrileño, en el que un tal Carlos Wagner encomiaba la sencillez de la vida y daba sugerencias prácticas para conseguirla. Transcribo y comento ahora algunos de estos consejos. ¿Quiere usted vivir apaciblemente y con sencillez? Entonces, escuche usted:

Ante todo, es necesario no sucumbir a la fáustica tentación de querer saberlo todo; he aquí lo que escribió Junco citando a Wagner: «Así como no hay necesidad de agotar toda el agua de las fuentes para apagar nuestra sed, tampoco necesitamos saberlo todo para vivir». Vale esta recomendación para aquellos que, queriendo estar al día en todas las cosas, se pasan la vida entre libros y documentos, telediarios y noticieros, de manera que muy raramente tienen tiempo para los demás y casi nunca para ellos mismos. ¡Hay que reencontrar las amistades perdidas y reanudar los lazos rotos! Hay quienes creen que los grandes amores mueren de traición, pero la verdad es que más frecuentemente mueren de olvido, o de descuido.

El segundo consejo se reduce a esto: evitar los pensamientos pesimistas: «Cuando se sabe que un manjar es peligroso para la salud, no se come. Y cuando un cierto modo de pensar nos quita la confianza, la alegría y la fuerza, hay que rechazarlo, seguros de que no es sólo un alimento detestable para el espíritu, sino que es falso… La esperanza más sencilla está más cerca de la verdad que la desesperanza más razonada».

Tercero: hacer concreto nuestro amor a la humanidad. Ya a principios de siglo decía Péguy, el poeta francés, que hay quienes creen que aman a Dios simplemente porque no aman a nadie; de igual manera, habría que decir que hay quienes creen amar a la Humanidad simplemente porque no son capaces de amar con amor sincero a aquellos que separadamente la componen, es decir, a los individuos. «Nos apasionamos por la comunidad –escribe Junco-, por el bien público, por las lejanas desgracias, mientras vamos pisando a los transeúntes, o empujándolos». ¡Pensamos en los lejanos, pero ignoramos a quienes tenemos a un lado! Los jóvenes posmodernos sentados a la mesa en silencio, pero maniobrando su teléfono mientras sus padres le hablan, son una excelente muestra de esta raza abominable.

Cuarto: conspirar a favor de la alegría. «El que se dedica a mantenerla, hace una labor tan provechosa como la del que hace puentes, perfora túneles o cultiva la tierra… Proporcionar un poco de placer, desarrugar las frentes preocupadas, introducir un poco de luz en los caminos oscuros, ¡qué oficio tan verdaderamente divino para esta pobre humanidad!».

Quinto: buscar a los de la misma casa. «Nuestros hijos –prosigue Junco- heredan un mundo que no es alegre… Deje la alegría de ser un género de exportación. Reunamos a nuestros hijos, multipliquemos las fiestas caseras, las recepciones y las excursiones en familia. Elevemos en nosotros el buen humor a la altura de una intuición… No hay nada semejante para comprender bien a un profesor que el haber reído junto a él. Recibid sencillamente, reuníos sencillamente. Veréis el fruto».

Sexto: amar el propio hogar, ese refugio donde el amor encuentra su escondite. «¡Cómo suspiran por el hogar los que lo han perdido! ¡Cómo, los que nunca probaron su acogedora plenitud! Así el norteamericano que conoce apenas el hogar porque en la mañana se dispersan todos al trabajo, a mediodía cada quien toma su lunch en la calle, por la noche cada uno se pasea por su lado… Porque el hombre no es un nómada. Le gusta, sí, salir y vagar; pero le gusta tener donde volver».

Pero me detengo aquí, porque se ha hecho tarde ¿Son válidos estos consejos en el año 2021 así como lo fueron en 1939 y en 1913 (años en que fueron publicados, respectivamente, los libros de Junco y Wagner?). Júzguelo el lector; o, mejor aún, haga la prueba y verá.

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Paloma debe ser la candidata de Morena en SLP | Columna de Luis Moreno

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HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Es un hecho, Paloma Rachel Aguilar Correa se inscribirá el lunes al proceso interno de Morena para definir quién será su candidata a gobernadora y es una de las favoritas a quedarse con la nominación, así lo confirmaron al menos tres fuentes diferentes.

Uno de los trascendidos apuntó a que el propio presidente López Obrador fue quien le solicitó a Paloma ser la candidata y la instrucción fue clara: hacer una campaña digna.

No una mentira ni tampoco un lance machista asegurar que hoy los perfiles más fuertes de Morena en San Luis son hombres: Leonel Serrato, Juan Ramiro Roble y Primo Dothé, pero la posibilidad de verlos en la boleta es lejana, por no decir imposible, pues implicaría la modificación de alguna de las ocho candidaturas para hombres en otros estados.

A finales del año anterior, cuando Mario Delgado, dirigente nacional morenista, hizo el anuncio de que en San Luis tendrían a una candidata, el proceso electoral se convulsionó, pues antes de eso muchos anticipábamos una victoria de Morena sin muchos contratiempos, pero considerando lo poco conocidas que son y los negativos que tienen las tres inscritas originalmente para la postulación: Francisca Reséndiz, Marcelina Oviedo y María del Consuelo Jonguitud, dio la impresión de que el partido quería perder y con su derrota abrirle paso a otro candidato para quedarse con el voto de las izquierdas.

Luego de eso surgieron voces que sentaban a Mónica Rangel, secretaria de Salud, en la postulación de Morena, una posibilidad que sigue latente, de hecho en el escritorio de Mario Delgado los expediente de Mónica y Paloma son los más adelantados, sin embargo, elegir a la funcionaria carrerista es un suicidio partidista para Morena, pues causaría una decepción irreparable no solo entre su militancia (que es muy poca), sino entre sus simpatizantes (que son muchos y muchas); ya que Mónica, además de no ser parte de Morena, tiene acusaciones serias por uso indebido de recursos públicos, lo que traería una retahíla, no para el partido, sino para el presidente López Obrador, que suficiente tiene con los cuestionamientos contra Félix Salgado Macedonio en Guerrero.

Hacer una campaña digna no es sinónimo de ganar, pues se puede ganar siendo indigno, pero es un triunfo a largo plazo, uno que urgentemente necesita Morena San Luis, pues liderazgos guiados por los complejos y mediocres como el de Sergio Serrano han condenado al partido oficial a un marasmo que lo hace parecer una izquierda de los años 70 y lo aleja de la visión progresista de las y los morenistas en la Ciudad de México que, sin problema, es capaz de convencer a las clases medias aspiracionales y juveniles, algo por ahora impensable en el estado.

Estoy convencido de que si es real que Andrés Manuel ha depositado esa encomienda en Paloma Rachel, ella cuenta con todos los elementos para cumplirla.

En primer lugar tiene el perfil político: es fundadora de Morena en el estado, tiene la inteligencia, la retórica y la oratoria. Fue brigadista de López Obrador, le ha sido leal durante toda su trayectoria y el presidente le responde igual. Y en un tema más trivial, pero que no se debe soslayar (las elecciones son en buena medida un tema de imagen), tiene el atractivo que ofrece la juventud.

Paloma puede ser la punta del inicio de una refundación de Morena en San Luis, en la que deben tener un lugar preponderante otros liderazgos importantes como Leonel Serrato. Su presencia en la boleta sería incontestable, no así la de muchas de las interesadas y de paso, en una de esas, con una elección dividida entre Ricardo Gallardo, Octavio Pedroza, Xavier Nava (si logra romper la coalición) y lo que logren juntar entre Juan Carlos Machinena, Arturo Segoviano, los representantes del PES y RSP, puede que la elección acabe por ponerse al alcance de todas, siempre y cuando se salven pleitos con viejos, se busquen aliados y se acuda a un discurso del siglo XXI.

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Dios es mi hijo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

El 21 de junio de 1940, durante la segunda gran guerra, Jean Paul Sartre (1905-1980), soldado de la resistencia francesa, fue hecho prisionero y llevado a Tréveris, Alemania, donde estuvo recluido durante casi un año. Para ese entonces había publicado ya algunas de sus obras más importantes (La imaginación, El muro, La náusea), y comenzaba a convertirse en el intelectual-símbolo de una época que no estaba dispuesta a vivir más que en absoluta libertad y sin fe.

En Las palabras, su autobiografía, Sartre no vacila en dirigirse a Dios como no lo haría con el peor de sus enemigos. Uno se frota los ojos para cerciorarse de que no está viendo visiones en la página impresa, de que esas frases fueron dichas verdaderamente. Pero no se trata de ninguna visión, por desgracia, ni de ningún error de tipografía.

Sin embargo, según cuenta el dominico Bernard Bro en uno de sus libros (La foi n’est pas ce que vous pensez), durante aquel breve cautiverio, un sacerdote amigo suyo, miembro de su misma congregación, pidió a Sartre la noche de Navidad (era la Navidad de 1940, la única que pasó en el campo aquel) que escribiera algo para recordar el nacimiento del Salvador. Si casi todos los prisioneros eran cristianos y tenían entre ellos a alguien que escribía, y que lo hacía bastante bien, ¿por qué no pedirle una composición?, ¿por qué desaprovechar la oportunidad? He aquí cómo cuenta este episodio el padre Bro:

«Fue (Sartre) uno de los mejores filósofos franceses de los últimos tiempos. Estando en cautiverio, un sacerdote amigo que estaba prisionero con él, le pidió ayuda para que la primera Navidad pasada en el campo no fuera tan siniestra. El filósofo proclamó a menudo que había abandonado la fe. Lo dijo una y mil veces. Y, sin embargo, inesperadamente, compuso una obra de teatro para esta Navidad de cautiverio. En ella evoca a la Virgen, al Niño Jesús y la Sagrada Familia».

He aquí, por ejemplo, lo que Sartre dijo de José en aquella obra que, según sé, acaba de publicar la editorial española Voz de Papel con el título Bariona, el hijo del trueno: «¿Y José? A José no lo pintaría. Simplemente mostraría una sombra y dos ojos brillantes en el fondo del pesebre. Porque no sé qué decir de José, y José no sabe qué decir de sí mismo. Él adora y es feliz adorando. Y se siente un poco desterrado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre al darse cuenta que la mujer que ama se parece a Dios, toma partido por Dios. Porque Dios vino a la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre en este incendio de claridad. Imagino que José se pasará la vida tratando de aceptar todo esto».

En otro pasaje de la misma pieza, el filósofo hace a hablar a María y pone en su boca estas palabras:

Dios… Dios es mi hijo.

Esta carne divina es mi carne.

Está hecho de mí, tiene mis ojos.

La forma de su boca tiene la forma de la mía.

Se parece a mí.

Es Dios y sin embargo se parece a mí.

Ninguna mujer ha podido tener a Dios para ella sola,

un Dios- niño  al que se puede cubrir de besos,

un Dios que sonríe y que respira,

un Dios al que se puede tocar y que sonríe.

A pesar de haber escrito esto más por complacer a los demás que para convencerse a sí mismo, Sartre tenía razón. María, en secreto, debió haber  dicho o pensado algo semejante. Ese niño que tenía allí, tan cerca, era Dios, Dios que se dejaba acariciar como se acaricia un niño.

Celebrar la Navidad es celebrar que Dios tiene una boca como la nuestra, unos ojos como los nuestros, un corazón de carne como el nuestro: que se parece a mí y a ti, que se nos parece. Y que sonríe.

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