#4 TiemposDesde mi clóset

Los cuerpos en la era digital | Columna de Paul Ibarra Collazo

Desde mi clóset

 

La categoría cuerpo ha sido estudiada desde las grandes ramas de la filosofía a lo largo de la historia. Se ha desmontado, vuelto a montar y desmontado nuevamente. Este cuerpo, atravesado por el género y los roles sociales de sexo, envuelve lo femenino y lo masculino en una suerte de entramado que pareciera explicable solo desde el lugar de sitio donde se ubique la episteme.

¿De qué forma se construyen las subjetividades en el siglo actual, en medio de las posibilidades tecnológicas que la modernidad ha traído consigo? ¿Será que el sexo pueda reconfigurar su estadio dentro del sistema patriarcal con el advenimiento de los sujetos cyborgs?

Donna Haraway (1984), plantea la posibilidad de existir de una manera distinta a la proyectada por Descartes, incluso le cuestiona a Hegel ese idealismo absoluto que mantiene al sujeto absorto en sus pensamientos. La posibilidad cyborg preconfigura entonces, una proyección hacia ser más allá de las ideas, incluso del propio cuerpo. La incardinación entre estos dos, produce la virtualidad que dentro del sistema seco-género no se había previsto.

Toda vez que los fenómenos culturales se reconocen dentro de un contexto histórico, es posible localizar la emergencia de subjetividades que reculan ante el dogma que en el Génesis facilitó la explicación del pecado original. Esa diferencia sexual, que va más allá de los pensamientos, y que atraviesa la carne, pero no se desprende de la matrix digital, reconfigura las relaciones sociales.

Es por ello que hoy en día carece de sentido el tratar de ubicar a los géneros dentro de un par de pilares inmutables. Ese ya no los hacen como antes que pregonan las abuelas, adquiere un sentido revelador. Ya no los hacen como antes, y bendita sea que no es así.

Entonces, ¿hasta qué punto la construcción de la identidad sexual está plagada de signos y símbolos que fluctúan desde la web y hasta los confines del aparato cultural circulante?

El advenimiento de los feminismos de la segunda ola, en concordancia con la revolución digital, de la mano con la famosa guerra fría, propinó un momento de crisis al status quo. Esto ha permitido a la ciencia, por lo menos buena parte de ella, desarrollar postulados propicios para explicar desde etiologías hasta reivindicar movimientos.

Sin embargo, esta posibilidad de performar desde un lugar distinto el género preestablecido, ha diluido la discusión. Vemos por ejemplo a Ezra Miller, el actor, con su personalidad flamboyante que le hace atractivo a las miradas, en contraposición con Billy Porter, que desde su corporalidad afro se feminiza; y el primero es un icono de lo “queer” y el segundo un personaje burdo, de acuerdo con el orden hegemónico, debido a qué hay una falta de discusión entre la raza, el género y la etnia, que no termina de encajar en el orden patriarcal.

Las relaciones que acontecen dentro de las aplicaciones de ligue homosexual, son un ejemplo. Se segrega a los femeninos, a las locas, a los gordos, en pos de conseguir un verdadero hombre. Existe un problema con lo femenino que no se dice, y que es impotente visibilizar, esto con el objetivo de desnaturalizar el sexo. Es por ello que lo cyborg es una opción paralela. Pensar construir una identidad que juegue con la dicotomía, que la cuestione y hasta se burle de ella.

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