#4 Tiempos
Legitimidad | Columna de Víctor Meade C.
SIGAMOS DERECHO.
El Diccionario Jurídico Mexicano de la UNAM define ‘legitimidad’ como el fundamento que ostenta el poder público cuando el gobernante lo ejerce con conciencia de su derecho a gobernar, y los gobernados reconocen de alguna forma ese derecho. De esta definición es posible desprender dos aristas del concepto de legitimidad: la legitimidad de origen, que deviene del derecho a gobernar; y la de ejercicio, que deviene del reconocimiento que los gobernados dan a ese derecho.
La legitimidad de origen, por una parte, se exhibe cuando se llega al poder de acuerdo a los mecanismos y procedimientos contenidos en el marco jurídico vigente (cómo se llega al poder). Por otra parte, la legitimidad de ejercicio es la cualidad de que el poder sea ejercido sin resistencia por parte de los gobernados, como consecuencia de haberse apegado a un determinados valores u objetivos importantes para las y los miembros de esa sociedad (cómo se ejerce ese poder y qué tanto convence).
Por su propia naturaleza, tanto el poder ejecutivo como el legislativo basan su legitimidad de origen en términos democráticos: contarán con ella siempre que hayan sido electos o electas conforme a las reglas del juego y, aparentemente más importante, según el número de votos obtenidos. Es decir, a mayor número de votos, mayor legitimidad de origen tendrán, al menos superficialmente. Al contrario, la legitimidad de origen de quienes conforman al poder judicial es de una naturaleza antidemocrática: los jueces y juezas no son electos por el voto popular sino por otras vías que buscan garantizar su absoluta imparcialidad a la hora de decidir sobre algún asunto.
Ese aparente déficit democrático de origen inherente al poder judicial les obliga a tener que compensarlo con una legitimidad de ejercicio impecable, a través de procedimientos técnicos estrictos y de una judicatura sólida abocada a la supervisión de sus jueces y juezas. A su vez, el poder judicial tiene la encomienda de hacer guardar los valores contenidos en la constitución, que suelen ser rígidos, ordenados y resistentes a cambios bruscos. De nuevo, se trata de una tarea impopular. Mientras tanto, los poderes ejecutivo y judicial gozarán de altos niveles de legitimidad de ejercicio si actúan con apego a los valores que están vigentes en la sociedad, es decir, si las acciones que emprenden son compatibles con las exigencias y necesidades inmediatas de la comunidad. En otras palabras, el ejercicio del poder trae consigo una lucha de fuerzas entre los valores demandados democráticamente y los valores preservados por la constitución, donde muchas veces juega un rol muy importante la legitimidad que posee cada orden de gobierno para determinar qué valores se impondrán.
Arturo Zaldívar, ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia y del Consejo de la Judicatura Federal, anunció la semana pasada que en esta segunda mitad del año se resolverán en la Corte asuntos de gran relevancia: Ley de la Guardia Nacional, Ley Nacional sobre Uso de la Fuerza, Ley de Migración, aborto, matrimonio igualitario e incluso el transitorio décimo tercero de la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación. Muchos de estos asuntos, sabemos, son de especial importancia para el Ejecutivo. Además, el ministro Zaldívar anticipó el viernes pasado que este último asunto —la ampliación de su mandato— se votará antes de que termine el mes y que, independientemente del resultado, él no aprovechará el regalo envenenado que llegó desde Palacio Nacional.
Pensemos, también, que el Tribunal Electoral tiene en puerta la resolución de casos muy relevantes para dar cierre a las pasadas elecciones intermedias. El Tribunal debe desahogar las impugnaciones restantes para antes del 23 de agosto, fecha en que el INE debe comenzar a expedir a cada partido político las Constancias de Asignación de diputados plurinominales. De no resolverse las impugnaciones, el INE entregará las constancias y los diputados y diputadas rendirán protesta; en ese momento, ya no habrá nada qué hacer.
Sin entrar en consideraciones sobre la decisión de Zaldívar de esperar casi hasta el último momento para revelar su postura, hay que decir que la arena en donde se resolverán estos conflictos constitución-democracia pinta con un clima bastante tenso. Por una parte, es sencillo anticipar que, a la luz del anuncio de Zaldívar, López Obrador reforzará su discurso de que el ‘conservadurismo’ sigue primando en la Corte. Ello le ayudará para descalificar los resultados negativos que pueda tener con los asuntos primordiales para su administración —como la estrategia de militarizar la seguridad pública—; aún más si consideramos que estamos muy cerca de que inicie su tercer año de gobierno y que el tiempo le juegue cada vez más en contra.
Por otra parte, me parece muy necesario señalar —contrario a la narrativa oficial— que el Tribunal Electoral no está en crisis por los hechos de la semana pasada; el Tribunal Electoral ha estado en crisis al menos desde noviembre de 2020, que el indecoroso y poco profesional José Luis Vargas asumió su presidencia. Como resultado de esa crisis, un grupo de cinco magistrados y magistrada decidieron poner un responsable alto a Vargas, retirarlo de la presidencia y retomar el timón del desbaratado Tribunal. Sin embargo, el presidente ha impulsado la imprudente idea de que todos y todas renuncien.
El momento que hoy se vive tanto en la Suprema Corte como en el Tribunal Electoral obliga a que sus integrantes piensen dos veces cada uno de sus movimientos. A final de cuentas, el mejor ejercicio del poder es el que mejor comunica y, sobre todo, el que mejor convence. El Poder Judicial no puede darse el lujo de no convencer —a través de sus procedimientos, argumentos y comportamientos— ante un Poder Ejecutivo que tiene una legitimidad de origen nunca antes vista. Si bien es cierto que esa legitimidad de origen no dura para siempre, el Ejecutivo sigue contando un relato que aún logra convencer a gran parte de la sociedad.
Si el desequilibrio en las legitimidades por parte de uno de los poderes del Estado alcanza el nivel suficiente para desacreditar a otro y sobrepasar o limitar el cumplimiento de sus funciones, el Estado entraría en un proceso gradual de descomposición y con dirección a convertirse en un gobierno autocrático o en un ‘gobierno de los jueces’. Cualquiera de los dos igualmente indeseable.
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#4 Tiempos
El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.
Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.
Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.
En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.
Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.
La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.
En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.
Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.
En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.
La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.
Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.
Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.
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#4 Tiempos
Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:
–¿Alguien quiere este billete?
Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?
El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:
-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.
Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!
Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.
-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.
Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.
-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.
El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:
-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?
Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…
Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.
Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.
El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.
Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:
-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?
-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.
-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?
El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…
¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.
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El Cronopio
El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
J.R. Martínez/Dr. Flash
En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.
Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.
Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.
En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.
Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela , la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.
En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).
Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.
En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.
Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.
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