octubre 15, 2026

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Opinión

A dos años de la reforma al poder judicial: ¿Qué ha salido mal? | Columna de Víctor Ezequiel

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SERENDIPIA

Por Víctor Ezequiel/X: @MrVictorHdz 

En la primera parte de esta reflexión hablábamos de lo que la reforma al Poder Judicial prometió cambiar y de aquello que, después de un año de implementación, todavía permanece pendiente. Hoy vale la pena hablar de algo mucho más concreto: qué ocurre cuando los problemas de un órgano jurisdiccional llegan al límite y la solución institucional vuelve a parecerse demasiado a la de antes.

Hace apenas unas semanas, trabajadores de un Juzgado de Distrito en San Luis Potosí salieron a manifestarse frente a su centro de trabajo. De acuerdo con los testimonios difundidos públicamente, denunciaron presuntos malos tratos, hostigamiento laboral, cargas excesivas y jornadas que llegarían a superar las quince horas diarias. También señalaron que existen quejas en investigación y una demanda laboral promovida por integrantes del cuerpo actuarial.

No corresponde a esta columna determinar si todas esas acusaciones son ciertas. Para eso existen procedimientos de investigación y las autoridades competentes. Pero sí corresponde hacer una pregunta: ¿qué hace una institución cuando un grupo considerable de sus propios trabajadores afirma que algo no está funcionando?

Porque el problema no termina en la puerta del juzgado.

Cuando un órgano jurisdiccional tiene una elevada rotación de personal, ausencias, sobrecarga de trabajo o conflictos internos, la primera consecuencia puede sufrirla el propio trabajador. La segunda, aunque muchas veces pase inadvertida, la recibe el ciudadano que lleva meses o años esperando una resolución.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la transformación judicial: podemos cambiar el nombre de las instituciones, modificar su estructura, elegir nuevos titulares y diseñar nuevos mecanismos de evaluación, pero si dejamos intactos los problemas que ocurren detrás del escritorio, el ciudadano seguirá esperando justicia en la misma silla.

Durante años, una de las respuestas institucionales frente a problemas con determinados titulares fue la readscripción. Es decir, mover a la persona de un órgano a otro.

Una especie de solución administrativa que, vista con cierto sarcasmo, podría resumirse así: si el problema está en la habitación, cambiemos los muebles de lugar.

El inconveniente es evidente: cambiar de lugar a una persona no necesariamente cambia las circunstancias que originaron el problema.

Y justamente por eso llama la atención que, en pleno proceso de transformación del Poder Judicial de la Federación, el Órgano de Administración Judicial haya aprobado nuevas readscripciones de jueces y magistrados.

El acuerdo comunicado el 9 de septiembre contempla diversos movimientos, entre ellos jueces trasladados entre entidades y órganos jurisdiccionales, así como magistrados que cambian de tribunal. Los efectos de varias de estas determinaciones comienzan el 17 de septiembre.

Aclaremos algo: una readscripción no es, por sí misma, una sanción. Puede responder a necesidades de organización, cargas de trabajo, vacantes, especialización u otras razones administrativas. No sería correcto afirmar lo contrario.

El problema aparece cuando la readscripción se utiliza como sustituto de una investigación que debería determinar responsabilidades.

Porque si existen señalamientos contra un titular, lo que esperan los trabajadores no es necesariamente que esa persona sea enviada a otra ciudad. Lo que esperan es saber si las acusaciones tienen fundamento, quién debe responder por ellas y qué medidas deben adoptarse para que el problema no vuelva a repetirse.

Y aquí la reforma enfrenta una prueba importante.

El nuevo modelo prometió mayor evaluación, mayor vigilancia y mejores mecanismos para detectar malas prácticas. Entonces, si un órgano presenta denuncias reiteradas, la respuesta no puede limitarse a mover las piezas del tablero.

El Órgano de Administración Judicial tiene ahora una responsabilidad mucho mayor que simplemente administrar plazas.

Tiene que administrar personas, recursos, cargas de trabajo y, sobre todo, las condiciones necesarias para que los órganos jurisdiccionales funcionen correctamente.

Porque también hay una víctima silenciosa de estos conflictos: el justiciable.

Quien presenta una demanda no debería tener que preguntarse si el personal del juzgado podrá atenderla. Quien espera una sentencia no debería pagar las consecuencias de una mala organización administrativa. Y quien acude a un tribunal tiene derecho a esperar que detrás de la puerta exista un equipo que pueda trabajar en condiciones dignas y razonables.

Por eso resulta insuficiente hablar únicamente de jueces y magistrados.

La independencia judicial también se construye desde abajo.

Un secretario que teme represalias, un actuario saturado, un oficial judicial que acumula funciones, un técnico que trabaja con equipo insuficiente o una persona que debe permanecer quince horas en una oficina no representan simplemente un problema laboral. Son señales de que algo en la organización del servicio de justicia necesita ser revisado.

Y hay algo todavía más incómodo.

Si la nueva estructura pretende ser distinta a la anterior, no puede reproducir automáticamente sus viejas soluciones.

No tendría sentido haber realizado una reforma constitucional de semejante magnitud, una elección judicial y una reestructuración administrativa para terminar utilizando exactamente las mismas recetas que durante años fueron cuestionadas.

Cambiar las piezas puede ser necesario.

Investigar por qué se mueve cada pieza es indispensable.

No se trata de proteger a un trabajador frente a un juez, ni a un juez frente a sus trabajadores. Se trata de que existan reglas claras para ambos.

Si hay una denuncia, que se investigue.

Si no hay responsabilidad, que se determine.

Si existe responsabilidad, que se sancione conforme a derecho.

Y si el problema es estructural, que se corrija la estructura.

Lo que no puede ocurrir es que cada conflicto termine convertido en un juego de ajedrez administrativo en el que el Órgano de Administración Judicial decide qué pieza mover, a qué casilla enviarla y quién ocupará el espacio que deja.

Porque detrás de cada pieza hay una persona.

Y detrás de cada expediente hay otra.

Culto público, quizá esta sea una de las mejores pruebas para saber si la reforma realmente está cambiando al Poder Judicial: no observar únicamente quién ocupa los cargos, sino qué ocurre cuando alguien denuncia que algo está funcionando mal.

La justicia no será más independiente porque cambiemos a un juez de ciudad.

Será más independiente cuando ningún trabajador tenga que salir a la calle para ser escuchado, cuando cualquier denuncia sea investigada con seriedad y cuando ningún justiciable tenga que esperar más de lo razonable porque la institución no pudo resolver sus propios problemas internos.

La reforma ya cambió las reglas del juego.

Ahora falta demostrar que también cambió la manera de jugarlo.

Porque mover las piezas puede ser administración.

Resolver el problema es gobernanza.

Y eso, precisamente, es lo que todavía está pendiente.

También lee: A dos años de la reforma al Poder Judicial y un año de su implementación: ¿qué estuvo bien?, ¿qué estuvo mal? y ¿qué sigue? | Columna de Víctor Ezequiel

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Opinión

IMSS: cuando quienes cuidan la salud también tienen que salir a defender sus derechos | Columna de Víctor Ezequiel

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SERENDIPIA

En octubre de 2026, trabajadores activos y jubilados del Instituto Mexicano del Seguro Social se han manifestado en distintas entidades del país. En la Ciudad de México hubo bloqueos de avenidas principales para exigir mejores condiciones laborales, mayor incremento salarial y abasto suficiente de medicamentos. El conflicto no es menor: detrás de las pancartas hay una disputa por los derechos laborales, la representación sindical y la calidad de un servicio del que dependen millones de personas.

¿Qué reclaman los trabajadores?

Uno de los puntos centrales es el aumento salarial de 6.8% aprobado por el Congreso Nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social (SNTSS): 2.9% al salario tabular y 3.9% en prestaciones. Los inconformes consideran insuficiente el acuerdo y cuestionan que la dirigencia lo haya aprobado sin reflejar adecuadamente su voluntad. Por ello, el sindicato anunció una consulta nacional para hoy 14 de octubre, con voto libre, personal, directo y secreto.

También se han planteado demandas sobre cobertura de plazas, condiciones de trabajo, abasto de insumos y el retorno al Régimen de Jubilaciones y Pensiones, así como la eliminación de las Afores para los trabajadores que impulsan esa exigencia. Es importante precisar que no todas las demandas tienen la misma solución jurídica: algunas pueden negociarse con el Instituto; otras, como modificar el marco legal de pensiones, requieren cambios normativos y no se resuelven con una instrucción administrativa.

El contrato colectivo no es una concesión graciosa

El Contrato Colectivo de Trabajo 2025-2027 regula las condiciones laborales entre el IMSS y su sindicato. La Ley Federal del Trabajo, en su artículo 386, define precisamente la función de este instrumento: establecer las condiciones bajo las cuales se presta el trabajo. No es un regalo del patrón ni un documento decorativo para presumir buenas relaciones laborales.

Su cláusula 110 incorpora el Régimen de Jubilaciones y Pensiones pactado para los trabajadores comprendidos en él. Sin embargo, no todos los empleados tienen necesariamente el mismo esquema pensionario: importan la fecha de ingreso, el régimen aplicable y las reformas legales correspondientes. Por eso, afirmar que todos perdieron exactamente la misma prestación sería engañoso.

La jurisprudencia también demuestra que estas pensiones son un asunto jurídico real, no una simple consigna. En octubre de 2024, la Suprema Corte determinó que la jubilación por años de servicio prevista en el régimen contractual del IMSS incorpora la pensión de vejez, por lo que no procede cobrar ambas íntegramente como prestaciones independientes. Y en marzo de 2026 se publicó jurisprudencia sobre los límites aplicables a la suma de determinadas pensiones. La lección es clara: los derechos pensionarios dependen del contrato, la ley y los criterios judiciales; cualquier reforma debe explicarse con precisión, no con promesas vagas.

¿Y los pacientes? También pagan las consecuencias

Recibir atención médica en México puede convertirse en una carrera de obstáculos: conseguir cita, esperar horas, trasladarse entre unidades, regresar por estudios o enfrentar la falta de medicamentos. Cuando faltan plazas, equipo o insumos, la carga termina recayendo sobre pacientes y personal de salud.

Trabajadores han denunciado carencias de material y situaciones en las que deben conseguir insumos con recursos propios para poder atender. No existe una estadística nacional completa que permita medir todos esos casos, pero la falta de una cifra consolidada tampoco demuestra que las experiencias no ocurran. Corresponde al Instituto transparentar inventarios, compras, faltantes y mecanismos de denuncia, no limitarse a asegurar que las unidades están abiertas.

El IMSS sostiene que sus servicios esenciales continúan funcionando y que hay mesas de diálogo para atender problemas operativos. Esa postura debe formar parte del análisis, pero no basta con informar que las puertas están abiertas: también importa saber si dentro hay personal, medicamentos y material suficientes para brindar atención digna.

¿Dónde está el sindicato?

Un sindicato existe para representar y defender a sus agremiados, negociar condiciones justas y rendir cuentas. Si una parte de la base considera que sus dirigentes aceptaron un aumento insuficiente o no escucharon sus demandas, la respuesta no debe ser descalificarla, sino permitir que se exprese y que su voto tenga consecuencias.

La consulta de hoy será una prueba relevante. La dirigencia debe explicar cómo se tomó el acuerdo salarial, qué alternativas negoció y qué compromisos obtuvo. Si la representación fue adecuada, debe poder demostrarlo; si hubo omisiones, los trabajadores tienen derecho a cuestionarlas y exigir responsabilidades conforme a las reglas sindicales. La democracia sindical no consiste en convocar a votar únicamente cuando la inconformidad ya estalló.

¿Qué sigue y qué puede hacer la población?

Los trabajadores deben documentar sus reclamos, participar en la consulta, exigir información y utilizar las vías laborales y sindicales que correspondan. La movilización pacífica es una forma legítima de expresión; los conflictos colectivos también tienen cauces legales y no deben confundirse automáticamente con abandono de obligaciones.

A la población le toca exigir que se respeten tanto los derechos laborales como el derecho a la salud. Podemos ser tolerantes con las manifestaciones sin renunciar a pedir que se mantengan libres los accesos para ambulancias, urgencias y pacientes vulnerables.

Hay una pregunta incómoda para las autoridades y para el sindicato: ¿cómo se puede exigir un servicio de calidad cuando quienes lo sostienen denuncian carencias y cuestionan las condiciones en que trabajan?

No basta con pedir vocación al personal médico ni paciencia a los derechohabientes. La vocación no sustituye el material clínico, y la paciencia no cura una enfermedad. Si el IMSS es una institución indispensable, sus trabajadores merecen condiciones dignas y sus pacientes atención efectiva. Defender ambos derechos no es una contradicción: es el mínimo que debería exigirse a un sistema público de salud.

Lee también: “Compramos hasta el material para trabajar”: sindicalizados del IMSS mantienen protesta en SLP

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

También lee: El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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Letras minúsculas

El elíxir de la vida | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

-¡Oh! ¿De modo que no ha sido solamente un lindo sueño? –exclamó el anciano alisándose el cabello, o por lo menos lo que le quedaba de él en la cabeza; su rostro estaba marcado por infinitas arrugas, como un periódico estrujado.

“¿Entonces todo ha sido verdad y lo que contiene esta copa que veo frente a mí no es otra cosa –digámoslo despacio, digámoslo en voz baja- que el elíxir de la vida? ¿De veras este líquido espeso en apariencia es el brebaje buscado por todos los hombres y todas las culturas en su deseo vehemente de vencer a la muerte? ¡Oh, pócima maravillosa, déjame contemplarte de cerca! ¡Cuánto no hubieran dado por poseerte aquellos hombres de barba larga y sueño corto que conocemos con el nombre de alquimistas!”.

Tomó el anciano el frasco entre sus manos y lo levantó a la altura de los ojos, un poco así como el sacerdote levanta el cáliz frente al altar. Su apariencia no era nada extraordinaria y, sin embargo, sus efectos…

-¡Ea! –exclamó-, bebámoslo de una vez.

Pero sus manos le temblaban, y poco después también sus piernas, y por último todos los miembros de su frágil cuerpo. ¿Emoción? Acaso miedo.

“-¿Por qué te agitas, alma mía, ¿qué es lo que temes? –volvió a decir como hablando consigo mismo, o con su otro yo-. ¿No es verdad que te aterraba la idea de morir?, ¿no es cierto que con sólo pensar en la tumba que te espera te volvías loco de pesar? ¡Entonces bébelo! No lo dudes: un solo trago y el futuro será tuyo, un futuro convertido en un continuo presente: lo más parecido a la eternidad. ¿Es que no habías pedido este milagro? Un ángel bueno te lo ha concedido y, no obstante eso, ahora vacilas, ahora retrocedes espantado”. Sudaba, parecía otro.

“-Vamos, vuelve a tomar esa copa y apura su contenido de una vez por todas. Degústalo, bébelo a pequeños sorbos, y empieza a ver la vida con el desprecio con que la ven los inmortales: con la indiferencia de un dios. Sólo los inmortales sobreviven a la tiranía de la pasión; aman protegidos como por una coraza y no sucumben a ningún amor; sus manos no tiemblan, ni sudan, ni conocen los vértigos.

“Bébelo. ¿Qué fue lo que te dijo el ángel a la hora de depositar el frasco en el borde de tu mesa de noche? Recuerda sus palabras: ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. ¿Las recuerdas? ¿Dudas, pues, de la veracidad de sus palabras? No dudes. ¡Tu plegaria ha sido atendida! Y, sin embargo, titubeas. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Te dan miedo estas palabras. ¿O es, quizá, que te recuerdan algo?”.

A este punto de su monólogo, el anciano parecía más viejo que antes; era como si le hubieran caído encima los años que quería vivir de más y lo aplastaran. Casi no podía tenerse en pie. Las palabras del ángel le parecían conocidas, pero no sabía con precisión dónde las había escuchado.

“Trata de recordarlo –se decía a sí mismo-. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Se trata de una feliz promesa y, a pesar de ello, te estremeces. ¡No te estremezcas! Haz memoria. ¿Fue en un cuento de los hermanos Grimm donde la escuchaste? Después de todo, cuando eras pequeño, tu madre solía contarte todas las noches los cuentos de los hermanos Grimm, leyéndolos en un viejo volumen de tapas color marrón. Es entonces muy probable que haya sido en uno de ellos donde…”.

Pero el hombre no estaba muy seguro. ¿Hans Christian Andersen, entonces? No, no, no… Repasó mentalmente todas las lecturas de su infancia; incluso fue a su biblioteca y se puso a hojear pacientemente libro por libro en busca de aquella frase que lo fascinaba y lo turbaba al mismo tiempo. Removió estantes, desempolvó folios, repasó volúmenes, pero no pudo encontrar nada. ¡Esa maldita costumbre suya de dejar las frases importantes sin subrayar!

Ya casi amanecía cuando llegó, por fin, a una vieja Biblia ilustrada por Doré, regalo de sus padres en una ocasión que ni siquiera recordaba. No hubo necesidad de hurgar demasiado; en las primeras páginas encontró lo que buscaba: “La serpiente era la más astuta de todos los animales del campo que Yahvé había hecho, y dijo a la mujer: ‘¿Es cierto que Dios les ha dicho: No coman de ninguno de los árboles del jardín?’. La mujer respondió: ‘Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán’. La serpiente replicó: De ninguna manera morirán” (Génesis 3, 1-4)…

¡En efecto, ésta era la frase que buscaba! De ninguna manera morirán. ¡Y qué parecida era a aquella otra que…!

El anciano tomó el frasco, corrió al baño y dejó que el líquido se fuera por la cañería. Y cuando hubo desaparecido hasta la última gota, suspiró lleno de alivio. ¿Había comprendido que buscar por todos los medios no morirse era tanto como obedecer a la serpiente? ¿Comprendió que aceptar morirse es un acto de humildad por el que Alguien nos recompensará con una vida eterna? Morir es abandonarse a Aquel que nunca dijo: “No morirás”, sino simple y sencillamente: “Vivirás” (Juan 14,19), lo cual es muy distinto, casi lo contrario. ¿Y no dijo Jesús, el Señor, que si el grano de trigo no caía en tierra y moría quedaría estéril para siempre, pero que, si moría, daría mucho fruto (Juan 12,24)?

Sí, cerrar los ojos a este sol era necesario, morir era necesario. Jesús no dijo nunca que no lo fuera. Y, por lo demás, él mismo, enseñando con el ejemplo…

El anciano huyó hacia su cama pensando en el misterio de los granos de trigo y se arrebujó entre las sábanas. No estaba tranquilo, pero tampoco desesperado. Había perdido una batalla, pero había ganado otra.

Cerró los ojos dolorosamente y se quedó dormido.

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