agosto 9, 2022

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#4 Tiempos

La nodriza y la reina (Tergiversación de un cuento de José María Eça de Queiroz) | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Había una vez un rey joven y valiente, señor de un reino abundante en ciudades y campos de labranza, que partió a pelear a tierras lejanas, dejando tras de sí una reina que lo lloraba amargamente y un hijo que, desde su cuna, lo lloraba amargamente también.

La noche lo vio marcharse, llevado por sus sueños de conquista y de fama. Pero no lo vio regresar. Cuatro semanas después, uno de sus hombres de confianza apareció trayendo la noticia de una batalla perdida y de la muerte del rey, atravesado por siete lanzas a orillas de un gran río.

La reina lo lloró durante noches enteras. ¡Cómo lloraba la pobre mujer! Pero su llanto, claro está, no le hizo olvidarse de las cosas prácticas de la vida, como, por ejemplo, que el rey tenía un hermano, que este hermano era codicioso y que lucharía con uñas y dientes para arrebatarle el reino.

Y así fue, en efecto. Tan pronto como el hermano supo de la muerte del rey, formó un ejército numeroso en las montañas, donde se escondía, y se dirigió a la ciudad real para sitiarla y ponerla a sus pies.

Cuando la reina supo que su cuñado venía con un numeroso ejército a quitarle el trono para ocuparlo él, mandó asegurar las puertas de la ciudad con fuertes cadenas y sólidos candados. Pero los mejores hombres habían partido con el rey y habían muerto en la batalla al lado de su señor. Y ahora, dime, ¿qué podría hacer la reina con un ejército de mujeres y niños, de ancianos y enfermos, de lisiados y tuertos? Tanta era su desesperación al oír a lo lejos los cascos de los caballos enemigos que lo único que se sentía con fuerzas de hacer era ir a la cuna del niño y bañarle las mejillas con sus lágrimas.

Una esclava fiel trataba de consolarla diciéndole que no debía temer nada, que ya vería cómo las cosas se arreglarían, etcétera: en fin, lo que suele decirnos la gente cuando no le sale decirnos otra cosa. Por supuesto que la esclava no creía ni ella misma en lo que decía, pero aparte de propinar los consejos que ya escuchamos, hizo también algo más: con un solo enérgico movimiento tomó a su hijo, que era de la misma edad que el príncipe heredero, y lo puso en la cuna real, mientras quitaba a éste y lo colocaba en la cuna de su hijo. Me preguntarás por qué hizo esto la esclava, ¿no es verdad? Es claro: para que, si el hermano del rey entraba a los aposentos reales e intentaba matar al príncipe heredero, a quien mataría sería a un esclavo.

Todo sucedió como la nodriza había sospechado. Bruscamente, un hombre enorme, de cara encendida, con la capa negra sobre la cota de malla, surgió de la puerta de la estancia. Miró, corrió a la cuna de marfil donde los brocados resplandecían, arrebató al niño como si cogiese una bolsa de oro y, ahogando sus gritos con su capa, salió furiosamente.

La reina, que desde el fondo del salón había seguido todos y cada uno de los movimientos de aquel gigante vestido de negro  –que no era otro que su perverso cuñado-, no pudo sofocar un grito de terror y casi se desmaya al ver cómo, a grandes zancadas, se llevaban lejos a su hijo, seguramente para matarlo.

Cuando el raptor desapareció en la negrura de la noche, la esclava se acercó a su ama, y le pasó cariñosamente el dorso de su mano por sus mejillas encendidas, y le alisó los cabellos una y otra vez, y por último le dijo: «No te preocupes, señora mía. El príncipe heredero está a salvo. Cuando sospeché lo que harían con él, puse en su lugar a mi hijo. De modo que ve a la cuna de mimbres, propia de los esclavos, y besa al hijo de tus entrañas».

Pero la reina seguía llorando. Nada lograba consolarla; y cuanto más hablaba la esclava, más violentamente lloraba su señora. ¿Y sabes por qué? Porque como la reina ya había sospechado que matarían a su hijo (ya te he dicho que las mujeres tienen grandes intuiciones, ¿o no te lo he dicho?), queriendo protegerlo, sin que la nodriza se diera cuenta, lo había cambiado de cuna. «Que maten a éste», dijo. De modo que el niño que se había llevado el raptor era realmente el príncipe heredero. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

-No, no. Así no es el cuento –me dijo mi sobrina arrebujándose en las sábanas-. Anoche me lo leyó mi papá en un libro y no terminaba así. En el cuento que me leyó mi papá no se llevaban al príncipe heredero.

-Ya lo sé que no. Pero, vanidad aparte, así el cuento es mucho más interesante. La reina, si no hubiera sido tan… tan…

-Tan gandallacompletó mi sobrina.

-Sí, si no hubiera sido la reina tan gandalla, como dices, hubiera visto a su hijo sano y salvo. ¿Por qué no confió en la bondad de la esclava? ¡Pobre reina! Jamás se imaginó que su sirvienta hubiera podido ser capaz de un gesto semejante. Y esta desconfianza, como puedes ver, la pagó muy cara. En este mundo confiar en la generosidad de los demás es algo sumamente necesario; es, incluso, algo esencial.

-Sí –dijo mi sobrina-. Hubo allí un serio problema de comunicación. Si se hubieran puesto de acuerdo en lo que las dos mujeres pensaban hacer…

-No precisamente de comunicación. ¡Cómo se ve que perteneces a la era de Internet! Más que de comunicación, lo que hubo fue una falla de confianza, que pronto se revirtió contra la culpable. Porque has de saber que estas fallas siempre se revierten.

-Sí –dijo mi sobrina -y ya no dijo más porque se quedó dormida.

Y yo salí de su cuarto en punta de pies, con pisadas de gato, más que satisfecho por haberle enmendado la plana nada menos que a un escritor de la talla de José María Eça de Queiroz.

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#4 Tiempos

Las cuatro películas más crudas de Felipe Cazals | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO

 

Canoa (1976). Película cruda y aséptica que nos relata los hechos de manera documental, un narrador aparece hablándole a la cámara varias veces durante el metraje para advertir y poner al espectador en situación de como un pueblo campesino y analfabeto fue manipulado y azuzado por el cura Enrique Meza Pérez, quien en plena efervescencia anticomunista de la década de los 60, inventó un complot contra seis excursionistas, empleados de la Universidad Autónoma de Puebla, que termina con el linchamiento de cuatro de ellos y del campesino que los hospedó. El cura acusó a los universitarios de ser comunistas y de que quemarían las cosechas y violarían a las mujeres del pueblo. La excelente película de Cazals, sigue aún vigente, y es un claro ejemplo de cómo las religiones se aprovechan de la ignorancia de las personas para crear seres manipulables, fanáticos a los que controlar a su antojo.

Las Poquianchis (1976)  Cazals retrata el martirio que las hermanas María y Adelina deben vivir luego de que su padre, un campesino que vive en la pobreza, prácticamente las venda a Las Poquianchis. Así, tras ser engañadas con una oferta de trabajo, ambas serán obligadas a prostituirse, pero no sólo esto, sino que prácticamente serán rehenes, junto con varias decenas de mujeres más, que día a día deben luchar por su vida, ya que todas ellas viven en un prostíbulo con las mínimas condiciones sanitarias, lo cual les causará variadas enfermedades y trastornos. Conforme la trama avanza se nos presentará no sólo el cómo las dos jovencitas acceden poco a poco a prostituirse, sino que también pasarán a convertirse de víctimas a criminales. Basándose en la historia real, Cazals entrega un producto duro y revelador en su contenido; grotesco, sórdido y perturbador.

El Apando (1976) Desde su comienzo hasta su final, la película es agría, dura desesperanzadora, oscura.

Basado en un relato corto de José Revueltas después de sus experiencias en la cárcel por aquellos años de represión mexicana durante la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz. El apando conforma uno de estos títulos de esa filmografía silenciada por años, que expone circunstancias reprobatorias acerca del sistema penitenciario mexicano y el atropello de los derechos humanos, para ese momento. Desde el Palacio Negro de Lecumberri, en el cual los convictos se valían de artimañas para la intromisión y consumo de drogas al penal bajo la corrupción ahí establecida por custodios y los altos mandos. El espectador descubre, el apando, la celda de castigo, un minúsculo espacio que padecen en condiciones extremas, como medida aleccionadora y de correctivo, los reclusos que incurrían en graves faltas.

Los Motivos de Luz (1985) Tomando como punto de partida el interrogatorio al que es sometida Elvira Luz Cruz, para aclarar las circunstancias y los motivos que presuntamente la llevaron a estrangular a sus cuatro hijos, el director mexicano Felipe Cazals desarrolla un filme desgarrador basado en el caso real de esta mujer doblemente enjuiciada; por un lado por las autoridades y por el otro por un sector de la sociedad en franca descomposición. Felipe Cazals captura una realidad lacerante, una situación que prevalece hasta nuestros días, la mezcla entre la pobreza extrema y el espiral de violencia y corrupción que ensombrece a nuestro país.

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#4 Tiempos

Epidemia de empatitis | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Increíble y grave la cantidad de empates en la Liga Mx.

Tomando en cuenta que llevamos 6 jornadas (prácticamente) completas hasta el momento, el número de empates es de preocupar.

Chivas y Pumas son los más graves, 5 empates en 6 partidos. El caso de Chivas es aún peor, ya que solo ha celebrado 3 anotaciones, que los hacen estar entre las peores ofensivas de la historia del club. Por su parte, los universitarios la llevan mal pero su condición de invictos hace que el problema se diluya un poco, sumado a su decente cantidad de goles anotados (7 tantos).

Pero el problema no es solo de eso dos: Puebla, Juárez y San Luis, tienen 4 empates en las 6 jornadas disputadas. Curiosa estadística que nos arroja tan solo a 4 equipos con un handicap favorable de victorias: Tigres, Monterrey, Toluca y Tijuana, los únicos equipos con por lo menos 3 partidos ganados. Del otro lado, Querétaro, Mazatlán y Chivas, no saben qué es lograr 3 puntos en una jornada, y a como van las cosas, ni Gallos ni Chivas parecen muy animados a hacerlo.

El panorama es complejo, la empatitis va a cobrar algunas víctimas pronto, y mientras hay equipos que parece h a sido más mala suerte que mal funcionamiento, otros es seguro que no saben cuál va a ser su cura.

San Luis, que nos importa a nosotros, es uno de esos equipos que simplemente no ha encontrado el gol, un equipo que se defiende bien, que ataca bien, pero que no concreta frente al marco: postes, atajadas y errores han sido la constante en el ataque potosino, sin embargo hay luz al final del túnel, de alguna manera parece que el equipo puede sumar de a tres en los próximos partidos, repito, no se juega mal, el equipo funciona, solo hace falta ser más certeros.

Como apunte final, sigo sin entender a la gente que pide a Vitinho (jugador que aún no ha marcado diferencia en el marcador) o a Sambueza de titulares. Ni el argentino ni el brasileño son goleadores, y meterlos al campo es sacrificar a buenos elementos como Waller, Sanabria, Dourado o Iniestra. Soy de la idea de que los equipos deben armarse de atrás para adelante, lo importante es que no te anoten gol, después llevar el balón por la cancha, para terminar las jugadas, hasta aquí, bien, ahora solo falta terminarlas con gol, y ni Vitinho ni Sambueza son especialistas en eso. Solo así el equipo saldrá del limbo de la epidemia de empatitis de la Liga Mx.

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#4 Tiempos

Monólogo del archivista | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

¿Podría decirme la hora, estimado señor? Créame que lamento mucho tener que molestarlo. ¿Las cuatro y quince? Lo sospechaba. Quiero decir que sospechaba ya que eran más de las cuatro. Lo supuse por el color del cielo. En invierno, pasadas las cuatro, el cielo suele adquirir este tono grisáceo que, para decirlo de una vez, siempre me ha resultado deprimente.

¿Espera desde hace mucho el autobús? ¿Quince minutos, dice usted? Esto quiere decir que, si tenemos suerte, el siguiente pasará pronto. ¡Eso espero! ¿Y no se ha puesto a pensar nunca en cómo se nos va la vida: tan callando, como dice el poeta? «¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Dime: ¿has visto las pisadas de los días?». Así escribió don Francisco de Quevedo y Villegas en el libro de sus Sueños. ¡Ah, señor, esto es poesía en estado puro! Pero no; seamos sinceros: no examinamos casi nunca el valor del tiempo, y si juntáramos nuestros minutos perdidos, es decir, todos los instantes que se nos han robado en espera como éstas a lo largo de la vida, es casi seguro, estimado señor, que nos llevaríamos un susto.

No, de ninguna manera es usted indiscreto al preguntarme acerca de mi profesión. Soy archivista. Esto quiere decir que un día hago una cosa y otro día otra. Por ejemplo, una mañana recorto artículos de periódico, los agrupo según cierta unidad temática y por último los guardo en unas cajas amarillas que más tarde –cada medio año, según mis cálculos- un conserje recoge para llevarlas a quemar. La mañana siguiente, en cambio…

¿Que por qué recorto entonces todos esos artículos? En realidad, no lo sé. Supongo que para eso me pagan, después de todo. ¡Sin embargo, imagine usted lo que pasaría si conserváramos para siempre todos esos papeles que tan pronto como uno los recorta empiezan a ponerse amarillos! Esto llevo haciéndolo desde hace veinticinco años, estimado señor. ¿Le parecen demasiados? A mí también.

Si no le parece inoportuno o fuera de lugar, permítame leerle un párrafo del libro que durante esta semana a andado conmigo adondequiera que voy. Se trata de una fina observación psicológica que, por decir así, ha acabado por quitarme la venda de los ojos. Pero antes debo ponerlo en contexto, como suele decirse. Bien, el contexto es éste: un hombre acaba de llegar a una cárcel siberiana y, al recoger sus primeras impresiones acerca de los trabajos que son forzados a realizar los prisioneros de aquel lugar, hace la siguiente digresión; escúchela usted. «En cuanto a los trabajos, me parecen menos penosos por su dureza que por el hecho de ser impuestos… Nuestros campesinos trabajan mucho más; algunos, sobre todo en verano, trabajan durante la noche; pero se fatigaban por su propia cuenta, en su interés, y por eso se cansaban infinitamente menos que el forzado, el cual realiza un trabajo impuesto y absolutamente inútil para él.

»Un día se me ocurrió la idea de que si quisiera aniquilar a un hombre, destrozarlo moralmente y castigarlo de manera implacable, bastaría dar a su trabajo un carácter de absoluta inutilidad, haciendo que resultara absurdo. Si, por ejemplo, se le obligara a trasladar agua de un tonel a otro, y de este otra vez al primero, o a triturar arena, o llevar montones de tierra de un sitio a otro para volver a transportarlo después al lugar en el que estaba al principio, estoy persuadido de que al cabo de unos días se ahorcaría o cometería infinidad de atrocidades con el fin de merecer la muerte y escapar a tal bajeza, a semejante vergüenza y tormento».

Estaba seguro, estimado señor, que le interesaría. Es una página esplendida, ¿no le parece? Mire usted cómo y de qué manera he subrayado párrafos y más párrafos a lo largo del libro. A que no adivina usted quién lo escribió. Nada menos que Fedor Dostoievsky. Se trata de un pasaje de La casa de los muertos. ¡Qué gran escritor fue este hombre! Todos los problemas filosóficos verdaderamente serios fueron ya planteados en sus novelas. Si quiere usted aprender filosofía, estimado señor, no lea usted a Bertrand Russell; lea a Dostoievsky.

¿Y no le parece que estas observaciones suyas acerca de los trabajos forzados no son sólo atinadas sino incluso aterradoras? En efecto, si quiere usted matar a un hombre, póngalo todo el día a hacer cosas intrascendentes. Si quiere usted hacerle estallar los nervios, póngalo a ejecutar tareas que no le interesan en modo alguno y a las que nos les encuentra ninguna utilidad. Es el caso de muchos oficinistas de nuestra ciudad. En resumen, es mi caso. Porque sé a dónde irán a parar mis recortes de periódico, así como los innumerables papeles que un día sí y otro no me veo en el deber de catalogar.

Créame, estimado señor: si hoy vivimos en la era de la depresión, como se la llama, no es más que por eso. Quiero decir, no porque vivamos de prisa –aunque también esto tenga que ver no poco con este malestar que de pronto se ha apoderado de nuestra civilización-, sino porque no encontramos sentido a nuestro diario ajetreo: porque nos vemos en el deber de ocuparnos durante demasiado tiempo de cosas a las que no les vemos la utilidad desde ninguna perspectiva. Véanos usted, estimado señor, véanos usted. Estamos destrozados de los nervios, estamos rotos. ¡Ah, si tuviéramos tiempo para realizar aquello que nos conmueve, y sólo para eso! Por lo demás, observe usted las plantas: ¿crecen por ventura flores en el desierto o tunas en las selvas profundas? Cada fruto requiere el ambiente que le es más propicio, y lo que decimos de los frutos es preciso decirlo igualmente de las almas. ¡Pero qué me dice usted! ¡No sabía que usted también perteneciera al gremio de los míos, a la raza de los infelices! En ese caso, olvide lo que he dicho. Haga usted como si no hubiera escuchado nada, entierre mis palabras en ese cementerio que debe ser su cansado corazón.

¡Vaya! Veo que finalmente aparece nuestro autobús. Ya era tiempo, ¿no le parece? Deme el brazo, estimado señor. La grada es alta. No se vaya a caer. Pues sin nosotros, ¿qué sería de la organización, después de todo?

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