julio 5, 2022

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#Si Sostenido

Interés redentor | Columna de Juan Jesús Priego

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«¿Para qué ayunamos si tú no nos ves?, ¿mortificarnos, si tú no te fijas?» (Isaías 58,3), gritaban los judíos a Dios en el Antiguo Testamento a manera de reproche. «¿Para qué nos afligimos si tú no te enteras?». Sí, hay en el hombre el deseo natural de ser visto, pues es en los ojos del otro mucho más que en las notarías públicas donde se extiende su verdadera acta de nacimiento, la confirmación de su existir.

-No me vio, no me vio -se queja la joven que esperaba gustar a su compañero de clase. Había llevado ese día su vestido rojo y su mejor sonrisa. Pero él pasó de largo.

-¡Si por lo menos me hubiera visto! –vuelve a decir, profundamente desanimada.

Habría bastado una mirada, ese fugaz encuentro de los ojos, para que ella hubiera podido esperar que… Pero no, de nada habían servido ni su vestido rojo ni su mejor sonrisa.

En clase acababan de explicarle que «materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio». Ahora se preguntaba si ser hombre o mujer –si existir- no será ocupar el espacio de una pupila, reflejarse en ella aunque no sea más que por un breve tiempo; pero de esto no había dicho nada su profesor de física…

No basta ver; es necesario que también nos vean. La mirada, sobre todo la mirada ajena, posee un poder altamente creador. En realidad no existimos más que para aquellos por quienes somos mirados. Los jóvenes que van al concierto de su cantante favorito regresan felices porque lo vieron, pero en el fondo infelices porque él no los vio: asistieron a un espectáculo, pero de ninguna manera a un encuentro.

      «La atención es la forma más rara y pura de la generosidad. A poquísimos espíritus les es dado descubrir que las cosas y los seres existen», escribió Simone Weil (1909-1943) en una carta de 1942 a Joë Bousquet.

      Descubrir que los demás existen, verlos caminar, correr y asombrarse por su misterio es, quizá, la forma más elemental y más pura de la generosidad. Con demasiada frecuencia tendemos a creer que ser generosos es realizar en favor de los otros quién sabe qué serie de cosas complicadas. Y puede ser que no sea así; en ocasiones, ser generosos no es más que ejecutar el humilde acto de reparar en ellos. Como dice Erich Fromm (1900-1980) en ese bellísimo libro que es El arte de amar, «respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra, la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única».

      Es fácil oprimir un botón cuando las víctimas de nuestro acto se encuentran a mil millas de distancia y no las vemos: es fácil, muy fácil, matar a larga distancia; pero cuando vemos los ojos de los otros, cuando percibimos su miedo y los vemos moverse en actitud suplicante, entonces ya no es posible apretar el botón; entonces matar ya no es tan fácil.

      La vida en las grandes ciudades suele ser dura precisamente por esto: porque nadie ve allí a nadie; porque cada uno hace lo suyo sin percatarse de quien le está enfrente: anonimato total, indiferencia simple y pura. «Aquí es necesario haber hecho algo particular para que te miren; la gente ya no te mira sólo por que existes», se lamenta el pequeño Tarwater al ir a la ciudad –donde se siente desamparado- en una novela de Flannery O’connor (1925-1964), la novelista norteamericana. Y en su

Diario nocturno Ennio Flaiano (1910-1972), desanimado, escribió un día: «He aquí una mujer en la ventana. No soporto su presencia, es decir, me aflige. Acaso ni siquiera se ha dado cuenta de mí, y por consiguiente no sabrá jamás que yo también existo, que he pasado junto a ella».

      Yo también existo: esto es, precisamente, de lo que debe dar fe la mirada ajena. «Existo para él, existo para él», dice emocionada la joven que siente por primera vez sobre sí la mirada de aquel al que ama en silencio. Antes de aquella mirada prácticamente no existía, era como un golpe de aire. «¡Existo para él, existo para él!». No creo que los que no somos aquella joven pidamos otra cosa. También nosotros queremos existir para unos seres diferentes de nosotros mismos. No nos bastan los espejos; es necesario que unos ojos atentos den fe de nuestro paso por un mundo en el que no estaremos mucho tiempo.

«Veo mi vida –confesó una vez Carlos Fuentes (1928-2012), el novelista mexicano, en el transcurso de una entrevista-, veo la historia, lo que me circunda y siento que por lo menos la mitad de los problemas que hay en el mundo provienen de la falta de atención, del hecho de que no le prestamos atención al otro, lo abandonamos y un día nos decimos: “¿Por qué lo dejé pasar, por qué no le di la atención debida a esa persona?”. Estos reclamos de atención nos rodean y nos asedian, pero el hecho mismo de saber prestar atención creo que constituye el eje de la bondad de una vida». Mirar, sí, es una forma de ser buenos: una manera de acoger. «La mirada es táctil», explicó Carlos Gurménedez en su Teoría de los sentimientos. Sí, mirar es ya tocar, aunque de otra manera; y si además la mirada está llena de simpatía, mirar es ya amar: una caricia a larga distancia, un afecto que se expresa con los ojos. 

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#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse

(si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

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#4 Tiempos

Notas sobre el patrianomio | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Me he topado por la calle a una “señorita de antes”, que es amiga mía, originaria de Cerro de San Pedro y me ha dicho lo siguiente: “me gusta mi pueblo, el Cerro de San Pedro como era antes, pero no en lo que lo han convertido… música fea, gente fea… es una cantina”, en ese momento llega a mi mente la nota del Sol de San Luis (19/05/22) que afirma algo similar, pero de la Ciudad de San Luis Potosí:  el Centro histórico es una cantina: alcohol, fiesta y ruido, y luego regreso a la conversación con mi amiga y le digo: “… es eso que llaman gentrificación…” a lo que me responde: “¡Sabrá Dios, yo no sé qué es eso!”.

La gentrificación es un fenómeno que consiste en el re-aprovechamiento de un espacio deteriorado y en estado de abandono por agentes inmobiliarios con suficiente capital para reorganizar el espacio y volverlo rentable. Se aprovecha que esos predios son baratos para adquirirlos y volverlos cervecerías, cafés, tiendas de chácharas o restaurancitos de moda (y ahora mi mente me lleva a las Historias de Perros Callejeros de Luis Moreno sobre el Miniso, 6/01/22, que encuentra aquí en su portal La Orquesta). Esos espacios urbanos son reocupados sin habitarse, son re-colonizados, modificados y despersonalizados: resulta ser un fenómeno altamente preocupante porque desplaza y margina a los pobladores originales de su propio patrimonio, como mi amiga, que vivió y creció en Cerro de San Pedro y al ver en lo que se convirtió su pueblo, se le forma una perturbación tan o más grande que ver a la misma Minera San Xavier.

A unas cuantas horas de la conversación con mi amiga, en el Centro Histórico se quemaba la casa de la antigua Exposición. Fue un edificio magnífico, como todos lo de ese sector. Sí, ya lo había escrito en otros contrapuntos y volutas: esos edificios quizá son producto del colonialismo, del clasismo y elitismo (chivos expiatorios de nuestra nueva moral burguesa) y probablemente de la usurpación de bienes y recursos, pero para eso la historia pone a cada quién en su lugar y me pregunto si el lugar de mi generación en la historia era convertir esos espacios en locales para después, accidentalmente, quemarlos; entonces las llamas -al igual que dicen de los ladridos de los perros- han de ser señal de que vamos avanzando.

Hace unos días, un hombre delgado y de barba, se me acercó en el Jardín Colón. No lo conozco, pero me dijo que era profesor de inglés y también artista visual.  Este hombre me preguntó si yo sabría qué hacer, porque para él, se está perdiendo el patrimonio histórico, se lo están robando -dijo- “es grave lo que está pasando, pero estamos como dormidos”

. Es el patri-anomio, le respondí.

La anomia es la enfermedad social: ocurre cuando las instituciones no pueden cumplir la función para la que fueron hechas. Ocurre cuando las normas no tienen fuerza, cuando los significados pierden su sentido. La simulación, la depresión, la perversión y la corrupción son hijitas de la anomia. El patrianomio surge cuando una generación no quiere heredar a sus descendientes, les niega los significados, los margina del proceso de herencia, pero también ocurre cuando las generaciones herederas desprecian, ignoran o desplazan (repudian, dicen los abogados) la herencia de sus padres.

Hace poco, Ana, una colega de La Orquesta me preguntaba por los taquitos rojos, que si estaban en riesgo, y yo respondí que no, pero ahora me pregunto cuántas mujeres jóvenes actuales estarán aprendiendo de la abuela o de la tía a cocinarlos. ¿En el futuro habrá abuelas que enseñen a sus nietas a cocinar taquitos rojos? Esta pérdida en la transmisión de la herencia cultural es el patrianomio.

El patrimonio cultural, al igual que la educación tienen dos partes. Una que emite y otra que recibe. El fallo puede estar en ambas: ni hemos sabido heredar, ni tampoco recibir. Otra parte del problema está en el testamento: ni sabemos qué dejamos, ni qué recibimos, ni qué dejamos de recibir. La última parte del problema está en el gobierno: ¿quién se encarga de hacer los inventarios de nuestro patrimonio? ¿quién se responsabiliza por la pérdida del patrimonio? ¿quién hace valer la ley? Preguntas que les toca responder a varias administraciones de la Secretaría de Cultura, INAH y Secretaría de Educación Pública y que siguen en silencio, pero por lo pronto una muy importante

¿Hasta cuándo los potosinos podremos acceder a un padrón o inventario de bienes culturales que conforman nuestro patrimonio?

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#Si Sostenido

Sur Carolina: historias de migración desde SLP

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La Orquesta conversó Octavio Guerrero, ganador del premio Federico García Lorca, que este viernes presenta su libro en casa

Por: Soledad Alatorre

Hace unos días empezó la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en la cual hay actividades culturales, presentaciones de libros y otras actividades. Este 18 de marzo, será presentado el libro Sur Carolina, escrito por Octavio Guerrero Torres, quien conversó con La Orquesta acerca de su trayectoria en las letras.

Octavio dijo que su primer libro consta de ocho cuentos con un léxico que oscila entre español y el inglés, en el que aborda temáticas vinculadas con la migración y los oficios de quienes buscan una mejor vida en Estados Unidos.

Guerrero contó que empezó a escribir el libro un verano que estaba en Estados Unidos, a raíz de cosas que vivía y veía, “un domingo me desperté muy temprano y desde antes tenía la idea de escribir un cuento, ese día salió el primero, brotaron y cuando regresé a la Facultad de Humanidades después de las vacaciones escribí los demás con ayuda de maestros y compañeros. Luego me fui de intercambio a España con el esbozo del libro y una amiga me pasó la convocatoria del premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada, lo gané y así pude publicarlo”.

Octavio Guerrero también explicó cómo fue su acercamiento a la literatura: “en segundo semestre de preparatoria tuve a David Ortiz Celestino como profeso, nos encargó leer a Carlos Velázquez con el texto “La marrana negra de la literatura rosa”; además, mis dos compañeras Mariana y Sarahí siempre estaban leyendo y me prestaron un libro de Nicholas Sparks, así empecé en la literatura y mi primer relato lo escribí a los 17 años

”.

El autor estudió en la Facultad de Economía de la UASLP durante dos años, pero finalmente migró a la Facultad de Humanidades y encontró Lengua y Literatura Hispanoamericanas: “no tenía idea de que se trataba, solo quería seguir leyendo y que de eso se tratara mi educación”.

Sobre la presentación que tendrá este viernes en la Feria del Libro apuntó: “estoy agradecido con la oportunidad de presentar el libro, era algo con lo que soñaba, algún día poder sacarlo adelante y quería hablar de migración desde otro sitio y dejar mi marca”.

Finalmente, el escritor invitó a todas las personas interesadas en conocer su libro a asistir a la presentación y contactarlo por redes sociales para compartirles el texto de forma digital.

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Opinión