enero 28, 2022

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#Si Sostenido

Interés redentor | Columna de Juan Jesús Priego

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«¿Para qué ayunamos si tú no nos ves?, ¿mortificarnos, si tú no te fijas?» (Isaías 58,3), gritaban los judíos a Dios en el Antiguo Testamento a manera de reproche. «¿Para qué nos afligimos si tú no te enteras?». Sí, hay en el hombre el deseo natural de ser visto, pues es en los ojos del otro mucho más que en las notarías públicas donde se extiende su verdadera acta de nacimiento, la confirmación de su existir.

-No me vio, no me vio -se queja la joven que esperaba gustar a su compañero de clase. Había llevado ese día su vestido rojo y su mejor sonrisa. Pero él pasó de largo.

-¡Si por lo menos me hubiera visto! –vuelve a decir, profundamente desanimada.

Habría bastado una mirada, ese fugaz encuentro de los ojos, para que ella hubiera podido esperar que… Pero no, de nada habían servido ni su vestido rojo ni su mejor sonrisa.

En clase acababan de explicarle que «materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio». Ahora se preguntaba si ser hombre o mujer –si existir- no será ocupar el espacio de una pupila, reflejarse en ella aunque no sea más que por un breve tiempo; pero de esto no había dicho nada su profesor de física…

No basta ver; es necesario que también nos vean. La mirada, sobre todo la mirada ajena, posee un poder altamente creador. En realidad no existimos más que para aquellos por quienes somos mirados. Los jóvenes que van al concierto de su cantante favorito regresan felices porque lo vieron, pero en el fondo infelices porque él no los vio: asistieron a un espectáculo, pero de ninguna manera a un encuentro.

      «La atención es la forma más rara y pura de la generosidad. A poquísimos espíritus les es dado descubrir que las cosas y los seres existen», escribió Simone Weil (1909-1943) en una carta de 1942 a Joë Bousquet.

      Descubrir que los demás existen, verlos caminar, correr y asombrarse por su misterio es, quizá, la forma más elemental y más pura de la generosidad. Con demasiada frecuencia tendemos a creer que ser generosos es realizar en favor de los otros quién sabe qué serie de cosas complicadas. Y puede ser que no sea así; en ocasiones, ser generosos no es más que ejecutar el humilde acto de reparar en ellos. Como dice Erich Fromm (1900-1980) en ese bellísimo libro que es El arte de amar, «respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra, la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única».

      Es fácil oprimir un botón cuando las víctimas de nuestro acto se encuentran a mil millas de distancia y no las vemos: es fácil, muy fácil, matar a larga distancia; pero cuando vemos los ojos de los otros, cuando percibimos su miedo y los vemos moverse en actitud suplicante, entonces ya no es posible apretar el botón; entonces matar ya no es tan fácil.

      La vida en las grandes ciudades suele ser dura precisamente por esto: porque nadie ve allí a nadie; porque cada uno hace lo suyo sin percatarse de quien le está enfrente: anonimato total, indiferencia simple y pura. «Aquí es necesario haber hecho algo particular para que te miren; la gente ya no te mira sólo por que existes», se lamenta el pequeño Tarwater al ir a la ciudad –donde se siente desamparado- en una novela de Flannery O’connor (1925-1964), la novelista norteamericana. Y en su Diario nocturno Ennio Flaiano (1910-1972), desanimado, escribió un día: «He aquí una mujer en la ventana. No soporto su presencia, es decir, me aflige. Acaso ni siquiera se ha dado cuenta de mí, y por consiguiente no sabrá jamás que yo también existo, que he pasado junto a ella».

      Yo también existo: esto es, precisamente, de lo que debe dar fe la mirada ajena. «Existo para él, existo para él», dice emocionada la joven que siente por primera vez sobre sí la mirada de aquel al que ama en silencio. Antes de aquella mirada prácticamente no existía, era como un golpe de aire. «¡Existo para él, existo para él!». No creo que los que no somos aquella joven pidamos otra cosa. También nosotros queremos existir para unos seres diferentes de nosotros mismos. No nos bastan los espejos; es necesario que unos ojos atentos den fe de nuestro paso por un mundo en el que no estaremos mucho tiempo.

«Veo mi vida –confesó una vez Carlos Fuentes (1928-2012), el novelista mexicano, en el transcurso de una entrevista-, veo la historia, lo que me circunda y siento que por lo menos la mitad de los problemas que hay en el mundo provienen de la falta de atención, del hecho de que no le prestamos atención al otro, lo abandonamos y un día nos decimos: “¿Por qué lo dejé pasar, por qué no le di la atención debida a esa persona?”. Estos reclamos de atención nos rodean y nos asedian, pero el hecho mismo de saber prestar atención creo que constituye el eje de la bondad de una vida». Mirar, sí, es una forma de ser buenos: una manera de acoger. «La mirada es táctil», explicó Carlos Gurménedez en su Teoría de los sentimientos. Sí, mirar es ya tocar, aunque de otra manera; y si además la mirada está llena de simpatía, mirar es ya amar: una caricia a larga distancia, un afecto que se expresa con los ojos. 

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¿Arte sano? | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

El campo de las artesanías tiene más contradicciones que un recinto lleno de diputados. Ahí están las artesanías mexicanas tan coloridas, tan bonitas, tan sorprendentes… ¡tan curiositas!, pero ¡ay, no son obras de arte! Sí, son bonitas, nadie lo niega, pero a diferencia de las obras de arte, es que las artesanías las fabricó un artesano para venderlas, y aunque no las fabricó en serie, no son objetos únicos: cualquier gringo de medio pelo ha comprado un ídolo de barro que parece prehispánico, cuántas chicas tienen atiborrados sus alhajeros de aretes huicholes y muchas familias presumen una escultura tolteca en la sala de su casa o, por lo menos, han regalado una muñeca otomí.

Dicen los expertos, que las obras de arte se hacen por el arte mismo (aunque se vendan) y son piezas únicas (aunque existan copias). Las artesanías generalmente van acompañadas de una función: sirven para hacer chocolate como los molinillos, para protegerse del frío como los rebozos y sarapes, para jugar como los trompos y baleros, para regalarse como esos perros de feria que tienen un hoyo debajo o para consumirse como la pirotecnia hoy tan odiada en algunos sectores de petfriends.

Es un problema, porque lo que algunos funcionarios públicos achacan a las artesanías es que, estarán muy bonitas las máscaras que fabrican en la Huasteca, pero no sirven para nada. Casi nadie que compre un petate lo usará para dormir y las ollas de alfarería indígena no se usarán para cocinar nada. Así que el trabajo de algunos funcionarios públicos es encontrar una utilidad a las artesanías: las figuras de barro pueden ser portalápices, los petates alhajeros, los bordados tortilleros, las máscaras pueden volverse souvenirs si se hacen más pequeñas y se les pega un imán detrás y hay a quién se le ha ocurrido hacer aretes con piedras de cantera rosa esculpidas por artesanos de Escalerillas. Lo que sea con tal de “atraer al mercado”.

También es un problema porque otros funcionarios han insistido en revalorar las artesanías como parte de la identidad y del patrimonio cultural. No se trata sólo de un quechquémetl, sino es toda una visión del mundo, un mapa del universo que una anciana sabia tejió y bordó con sus manos pensando en sus ancestros y que agradece que una turista se lo haya comprado sin regatear mucho, para poder pagar la recarga de su celular y poder recibir la llamada de su hijo migrante.

Las instituciones, autoridades, funcionarios públicos y académicos lograron la especialidad de la casa: un revoltillo de contradicciones. Hoy no se sabe, si las artesanías deben ser dirigidas por una política cultural (a cargo de la Secretaría de Cultura), de asistencia social (DIF), de desarrollo social (Sedesol) o de Desarrollo Económico (Sedeco) o de Turismo. Tampoco se sabe si se debe seguir impulsando su desarrollo financiero para que los artesanos puedan competir contra la oferta china convirtiéndolos en fábricas, si los artesanos deben adquirir capacitación administrativa para convertirse en empresarios, si deben adaptarse a lo que el mercado les pide, o si deben educar al mercado.

Hay quién se pregunta ¿hasta dónde deben seguir produciendo la misma artesanía que cada vez resulta más caro producir y vender?

En Michoacán, los artesanos reboceros, recibieron apoyos múltiples de su gobierno del estado y de los capitales migrantes (y otros innombrables) para el establecimiento de pequeñas fábricas textiles a lo largo de toda la meseta. Los trajes purépechas ahora se bordan en computadora y han diversificado toda clase de prendas: guayaberas, quechquémetls, rebozos, blusas y rollos. Los fabrican casi en serie y los venden a todos precios, dependiendo de la calidad de los materiales y el tipo de prenda. Hay para todos los bolsillos. Las chicas purépechas, uaris, el día de una fiesta en Cocucho, para presumir usan un rebozo de Santa María del Río…

Todo esto se lo comento, estimado y culto público de La Orquesta, porque todo indica que el problema de las artesanías en San Luis Potosí le seguirá dando dolores de cabeza a varios funcionarios de gobierno.

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Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

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Filosofía para qué | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

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Opinión