julio 5, 2022

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¿Habrá Wi-Fi en la luna? | Columna de Daniel Tristán

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Luna

LaguNotas mentales

 

“If you believed they put a man on the moon,

If you believe there’s nothing up his sleeve,

then nothing is cool”.

(REM – Man on the Moon).

El pasado 16 de julio se cumplieron 50 años del día en que el hombre conquistó la superficie lunar. Ha pasado medio siglo ya desde el heróico alunizaje a cargo de la tripulación del Apolo 11. Millones de seres humanos se congregaron frente a la pantalla de sus televisiones, que aún mostraban las imágenes llenas de interferencia y sin más color que el blanco y el negro, para ver al primer ser humano dar un paso sobre la inexplorada superficie de nuestro satélite natural.

Cuenta la leyenda que la tripulación del Apolo 11 (conformada por Aldrin, Armstrong y Collins) salió proyectada hacia el espacio exterior por el cohete Saturno V. El complejo espacial de Cabo Kennedy (Florida) se vio invadida por una inmensa nube de humo causada por la propulsión del cohete hacia la frontera de nuestra atmósfera con el espacio exterior. La misión no solo representaba un gran avance para la ciencia y el futuro de la humanidad, sino que declaraba oficialmente la supremacía de los Estados Unidos ante sus contrincantes en la carrera espacial: Rusia.

La misión se desarrolló con total éxito, los tres astronautas desafiaron la lógica y las leyes de nuestro planeta y del universo mismo. Alunizaron sin mayor inconveniente para dedicar un par de días a la exploración a detalle del satélite lunar. Los tres astronautas regresaron sanos y salvos al planeta tierra amerizando en el Océano Pacífico y, tras permanecer en cuarentena, fueron recibidos por una multitud eufórica en Nueva York.

Resulta que al pasar de los años comenzó a surgir una corriente de escépticos que pretendían demostrar que el alunizaje de 1969 había sido una farsa montada por el Gobierno de los Estados Unidos para ganarle la carrera espacial a Rusia. Los simpatizantes de la teoría de la conspiración se ampararon con una buena cantidad de inconsistencias en el material mostrado por la NASA y desde ese momento hasta el día de hoy la credibilidad de la misión del Apolo 11 se ha visto seriamente cuestionada.

Estimado lector, no me gustaría despilfarrar estas líneas enlistando la cantidad de pruebas sólidas que derrumban la veracidad del alunizaje en 1969. YouTube está repleto de documentales al respecto con los cuales podrá emitir su propio juicio sobre el tema. Hay incluso series de televisión, películas y novelas inspiradas en la teoría de la conspiración lunar.

A decir verdad, desde mi particular punto de vista, el alunizaje del Apolo 11 es una farsa. Incluso me atrevería a cuestionar la existencia misma de la luna y de todo lo que nos dicen que está orbitando allá afuera. Aprendí desde niño a dudar de todo, a cuestionar y a no confiar ni en mi propia sombra. Personalmente me resulta difícil de creer el cuento de una explosión en el universo que arrojó como resultado cuerpos astrales perfectamente moldeados y redonditos, que curiosamente se quedaron acomodados muy ordenaditos dando vueltas en perfecta sincronía. Vaya explosión tan caóticamente perfecta, una explosión con tintes de mano artesanal que moldeó esferas bastante bien definidas, en fin.

Independientemente de si está usted del lado de los creyentes del alunizaje o del lado de los conspiracionistas, lo que es una realidad es que la NASA y Donald Trump, dentro del marco de los festejos del 4 de julio, hicieron públicas sus sucias intenciones de poner nuevamente al humano en la luna antes del 2024 y de plantar la bandera norteamericana en Marte mucho antes de lo que creemos .

Supongamos entonces que todo el cuento del Apolo 11 es real, supongamos que la NASA milagrosamente logró remontar la considerable ventaja que le llevaba Rusia a E.U.A. en la carrera espacial y que realmente Neil Armstrong plantó su pie en la luna y no en un desierto convertido en un set de televisión. Supongamos que todo lo que se nos ha dicho en los libros de historia en verdad sucedió. Digamos que las pruebas a favor del alunizaje son contundente e irrefutables y que las intenciones de Trump y la NASA de volver a la luna se materializan.

Muy a pesar de todo esto alguien debería explicarle, no solamente al tremendo granuja naranja de la casa blanca, si no a la humanidad entera que la utopía de mudarnos de la tierra para asentar la primer colonia en la luna jamás se hará realidad. Ya que estamos en el terreno de las suposiciones, digamos también que la humanidad cuenta con las herramientas tecnológicas para colonizar la luna y habitarla exitosamente. Antes de esto debemos entender que la fantasía lunar no va a suceder nunca por una simple y sencilla razón: la raza humana se va a extinguir mucho antes de que seamos capaces de lograrlo.

Me parece ingenuo que pretendamos poner la mira en la luna o en marte y no nos demos cuenta de que la prioridad está acá abajo en la tierra. Han pasado 45 años desde la última vez que un ser humano caminó sobre la luna, no hemos vuelto jamás. Pasarán bastantes años para que esto vuelva a suceder y aquí abajo ya estamos jugando contra reloj. Especialistas pronostican cambios climáticos irreversibles en un lapso de un par de años y en una década, cuando mucho, la situación será realmente alarmante y habrá puntos de nuestro planeta que serán inhabitables.

¿No sería más prudente enfocar todas las mentes maestras de la humanidad en el tema del calentamiento global? Tal vez sería más realista comprender que la verdadera batalla está aquí en el planeta tierra y que de nada sirven los sueños de ciencia ficción si no somos capaces de solucionar los problemas aquí en casa. Estamos soñando con abandonar nuestro planeta para invadir la luna y eventualmente darle en la madre también. Viajaríamos a nuestro satélite lunar cargando con todas nuestras malas mañas en las maletas. Huír no es la solución a los genes destructivos. Soñar con conquistar la luna y vivir en ella es la muestra más contundente del optimismo tóxico y la ingenuidad de nuestra raza.

Es entonces conveniente reformular la pregunta, ya no se trata de creer o no si el hombre llegó a la luna en 1969, ahora la cuestión radica en saber si el tiempo le alcanzará al hombre para lograr salir vivo del planeta tierra antes de que este se canse de una vez por todas de nosotros y nos elimine del panorama con un chasquido de dedos.

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#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse

(si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

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#4 Tiempos

Notas sobre el patrianomio | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Me he topado por la calle a una “señorita de antes”, que es amiga mía, originaria de Cerro de San Pedro y me ha dicho lo siguiente: “me gusta mi pueblo, el Cerro de San Pedro como era antes, pero no en lo que lo han convertido… música fea, gente fea… es una cantina”, en ese momento llega a mi mente la nota del Sol de San Luis (19/05/22) que afirma algo similar, pero de la Ciudad de San Luis Potosí:  el Centro histórico es una cantina: alcohol, fiesta y ruido, y luego regreso a la conversación con mi amiga y le digo: “… es eso que llaman gentrificación…” a lo que me responde: “¡Sabrá Dios, yo no sé qué es eso!”.

La gentrificación es un fenómeno que consiste en el re-aprovechamiento de un espacio deteriorado y en estado de abandono por agentes inmobiliarios con suficiente capital para reorganizar el espacio y volverlo rentable. Se aprovecha que esos predios son baratos para adquirirlos y volverlos cervecerías, cafés, tiendas de chácharas o restaurancitos de moda (y ahora mi mente me lleva a las Historias de Perros Callejeros de Luis Moreno sobre el Miniso, 6/01/22, que encuentra aquí en su portal La Orquesta). Esos espacios urbanos son reocupados sin habitarse, son re-colonizados, modificados y despersonalizados: resulta ser un fenómeno altamente preocupante porque desplaza y margina a los pobladores originales de su propio patrimonio, como mi amiga, que vivió y creció en Cerro de San Pedro y al ver en lo que se convirtió su pueblo, se le forma una perturbación tan o más grande que ver a la misma Minera San Xavier.

A unas cuantas horas de la conversación con mi amiga, en el Centro Histórico se quemaba la casa de la antigua Exposición. Fue un edificio magnífico, como todos lo de ese sector. Sí, ya lo había escrito en otros contrapuntos y volutas: esos edificios quizá son producto del colonialismo, del clasismo y elitismo (chivos expiatorios de nuestra nueva moral burguesa) y probablemente de la usurpación de bienes y recursos, pero para eso la historia pone a cada quién en su lugar y me pregunto si el lugar de mi generación en la historia era convertir esos espacios en locales para después, accidentalmente, quemarlos; entonces las llamas -al igual que dicen de los ladridos de los perros- han de ser señal de que vamos avanzando.

Hace unos días, un hombre delgado y de barba, se me acercó en el Jardín Colón. No lo conozco, pero me dijo que era profesor de inglés y también artista visual.  Este hombre me preguntó si yo sabría qué hacer, porque para él, se está perdiendo el patrimonio histórico, se lo están robando -dijo- “es grave lo que está pasando, pero estamos como dormidos”

. Es el patri-anomio, le respondí.

La anomia es la enfermedad social: ocurre cuando las instituciones no pueden cumplir la función para la que fueron hechas. Ocurre cuando las normas no tienen fuerza, cuando los significados pierden su sentido. La simulación, la depresión, la perversión y la corrupción son hijitas de la anomia. El patrianomio surge cuando una generación no quiere heredar a sus descendientes, les niega los significados, los margina del proceso de herencia, pero también ocurre cuando las generaciones herederas desprecian, ignoran o desplazan (repudian, dicen los abogados) la herencia de sus padres.

Hace poco, Ana, una colega de La Orquesta me preguntaba por los taquitos rojos, que si estaban en riesgo, y yo respondí que no, pero ahora me pregunto cuántas mujeres jóvenes actuales estarán aprendiendo de la abuela o de la tía a cocinarlos. ¿En el futuro habrá abuelas que enseñen a sus nietas a cocinar taquitos rojos? Esta pérdida en la transmisión de la herencia cultural es el patrianomio.

El patrimonio cultural, al igual que la educación tienen dos partes. Una que emite y otra que recibe. El fallo puede estar en ambas: ni hemos sabido heredar, ni tampoco recibir. Otra parte del problema está en el testamento: ni sabemos qué dejamos, ni qué recibimos, ni qué dejamos de recibir. La última parte del problema está en el gobierno: ¿quién se encarga de hacer los inventarios de nuestro patrimonio? ¿quién se responsabiliza por la pérdida del patrimonio? ¿quién hace valer la ley? Preguntas que les toca responder a varias administraciones de la Secretaría de Cultura, INAH y Secretaría de Educación Pública y que siguen en silencio, pero por lo pronto una muy importante

¿Hasta cuándo los potosinos podremos acceder a un padrón o inventario de bienes culturales que conforman nuestro patrimonio?

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#Si Sostenido

Sur Carolina: historias de migración desde SLP

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La Orquesta conversó Octavio Guerrero, ganador del premio Federico García Lorca, que este viernes presenta su libro en casa

Por: Soledad Alatorre

Hace unos días empezó la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en la cual hay actividades culturales, presentaciones de libros y otras actividades. Este 18 de marzo, será presentado el libro Sur Carolina, escrito por Octavio Guerrero Torres, quien conversó con La Orquesta acerca de su trayectoria en las letras.

Octavio dijo que su primer libro consta de ocho cuentos con un léxico que oscila entre español y el inglés, en el que aborda temáticas vinculadas con la migración y los oficios de quienes buscan una mejor vida en Estados Unidos.

Guerrero contó que empezó a escribir el libro un verano que estaba en Estados Unidos, a raíz de cosas que vivía y veía, “un domingo me desperté muy temprano y desde antes tenía la idea de escribir un cuento, ese día salió el primero, brotaron y cuando regresé a la Facultad de Humanidades después de las vacaciones escribí los demás con ayuda de maestros y compañeros. Luego me fui de intercambio a España con el esbozo del libro y una amiga me pasó la convocatoria del premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada, lo gané y así pude publicarlo”.

Octavio Guerrero también explicó cómo fue su acercamiento a la literatura: “en segundo semestre de preparatoria tuve a David Ortiz Celestino como profeso, nos encargó leer a Carlos Velázquez con el texto “La marrana negra de la literatura rosa”; además, mis dos compañeras Mariana y Sarahí siempre estaban leyendo y me prestaron un libro de Nicholas Sparks, así empecé en la literatura y mi primer relato lo escribí a los 17 años

”.

El autor estudió en la Facultad de Economía de la UASLP durante dos años, pero finalmente migró a la Facultad de Humanidades y encontró Lengua y Literatura Hispanoamericanas: “no tenía idea de que se trataba, solo quería seguir leyendo y que de eso se tratara mi educación”.

Sobre la presentación que tendrá este viernes en la Feria del Libro apuntó: “estoy agradecido con la oportunidad de presentar el libro, era algo con lo que soñaba, algún día poder sacarlo adelante y quería hablar de migración desde otro sitio y dejar mi marca”.

Finalmente, el escritor invitó a todas las personas interesadas en conocer su libro a asistir a la presentación y contactarlo por redes sociales para compartirles el texto de forma digital.

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Opinión