enero 24, 2022

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¿Habrá Wi-Fi en la luna? | Columna de Daniel Tristán

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Luna

LaguNotas mentales

 

“If you believed they put a man on the moon,

If you believe there’s nothing up his sleeve,

then nothing is cool”.

(REM – Man on the Moon).

El pasado 16 de julio se cumplieron 50 años del día en que el hombre conquistó la superficie lunar. Ha pasado medio siglo ya desde el heróico alunizaje a cargo de la tripulación del Apolo 11. Millones de seres humanos se congregaron frente a la pantalla de sus televisiones, que aún mostraban las imágenes llenas de interferencia y sin más color que el blanco y el negro, para ver al primer ser humano dar un paso sobre la inexplorada superficie de nuestro satélite natural.

Cuenta la leyenda que la tripulación del Apolo 11 (conformada por Aldrin, Armstrong y Collins) salió proyectada hacia el espacio exterior por el cohete Saturno V. El complejo espacial de Cabo Kennedy (Florida) se vio invadida por una inmensa nube de humo causada por la propulsión del cohete hacia la frontera de nuestra atmósfera con el espacio exterior. La misión no solo representaba un gran avance para la ciencia y el futuro de la humanidad, sino que declaraba oficialmente la supremacía de los Estados Unidos ante sus contrincantes en la carrera espacial: Rusia.

La misión se desarrolló con total éxito, los tres astronautas desafiaron la lógica y las leyes de nuestro planeta y del universo mismo. Alunizaron sin mayor inconveniente para dedicar un par de días a la exploración a detalle del satélite lunar. Los tres astronautas regresaron sanos y salvos al planeta tierra amerizando en el Océano Pacífico y, tras permanecer en cuarentena, fueron recibidos por una multitud eufórica en Nueva York.

Resulta que al pasar de los años comenzó a surgir una corriente de escépticos que pretendían demostrar que el alunizaje de 1969 había sido una farsa montada por el Gobierno de los Estados Unidos para ganarle la carrera espacial a Rusia. Los simpatizantes de la teoría de la conspiración se ampararon con una buena cantidad de inconsistencias en el material mostrado por la NASA y desde ese momento hasta el día de hoy la credibilidad de la misión del Apolo 11 se ha visto seriamente cuestionada.

Estimado lector, no me gustaría despilfarrar estas líneas enlistando la cantidad de pruebas sólidas que derrumban la veracidad del alunizaje en 1969. YouTube está repleto de documentales al respecto con los cuales podrá emitir su propio juicio sobre el tema. Hay incluso series de televisión, películas y novelas inspiradas en la teoría de la conspiración lunar.

A decir verdad, desde mi particular punto de vista, el alunizaje del Apolo 11 es una farsa. Incluso me atrevería a cuestionar la existencia misma de la luna y de todo lo que nos dicen que está orbitando allá afuera. Aprendí desde niño a dudar de todo, a cuestionar y a no confiar ni en mi propia sombra. Personalmente me resulta difícil de creer el cuento de una explosión en el universo que arrojó como resultado cuerpos astrales perfectamente moldeados y redonditos, que curiosamente se quedaron acomodados muy ordenaditos dando vueltas en perfecta sincronía. Vaya explosión tan caóticamente perfecta, una explosión con tintes de mano artesanal que moldeó esferas bastante bien definidas, en fin.

Independientemente de si está usted del lado de los creyentes del alunizaje o del lado de los conspiracionistas, lo que es una realidad es que la NASA y Donald Trump, dentro del marco de los festejos del 4 de julio, hicieron públicas sus sucias intenciones de poner nuevamente al humano en la luna antes del 2024 y de plantar la bandera norteamericana en Marte mucho antes de lo que creemos .

Supongamos entonces que todo el cuento del Apolo 11 es real, supongamos que la NASA milagrosamente logró remontar la considerable ventaja que le llevaba Rusia a E.U.A. en la carrera espacial y que realmente Neil Armstrong plantó su pie en la luna y no en un desierto convertido en un set de televisión. Supongamos que todo lo que se nos ha dicho en los libros de historia en verdad sucedió. Digamos que las pruebas a favor del alunizaje son contundente e irrefutables y que las intenciones de Trump y la NASA de volver a la luna se materializan.

Muy a pesar de todo esto alguien debería explicarle, no solamente al tremendo granuja naranja de la casa blanca, si no a la humanidad entera que la utopía de mudarnos de la tierra para asentar la primer colonia en la luna jamás se hará realidad. Ya que estamos en el terreno de las suposiciones, digamos también que la humanidad cuenta con las herramientas tecnológicas para colonizar la luna y habitarla exitosamente. Antes de esto debemos entender que la fantasía lunar no va a suceder nunca por una simple y sencilla razón: la raza humana se va a extinguir mucho antes de que seamos capaces de lograrlo.

Me parece ingenuo que pretendamos poner la mira en la luna o en marte y no nos demos cuenta de que la prioridad está acá abajo en la tierra. Han pasado 45 años desde la última vez que un ser humano caminó sobre la luna, no hemos vuelto jamás. Pasarán bastantes años para que esto vuelva a suceder y aquí abajo ya estamos jugando contra reloj. Especialistas pronostican cambios climáticos irreversibles en un lapso de un par de años y en una década, cuando mucho, la situación será realmente alarmante y habrá puntos de nuestro planeta que serán inhabitables.

¿No sería más prudente enfocar todas las mentes maestras de la humanidad en el tema del calentamiento global? Tal vez sería más realista comprender que la verdadera batalla está aquí en el planeta tierra y que de nada sirven los sueños de ciencia ficción si no somos capaces de solucionar los problemas aquí en casa. Estamos soñando con abandonar nuestro planeta para invadir la luna y eventualmente darle en la madre también. Viajaríamos a nuestro satélite lunar cargando con todas nuestras malas mañas en las maletas. Huír no es la solución a los genes destructivos. Soñar con conquistar la luna y vivir en ella es la muestra más contundente del optimismo tóxico y la ingenuidad de nuestra raza.

Es entonces conveniente reformular la pregunta, ya no se trata de creer o no si el hombre llegó a la luna en 1969, ahora la cuestión radica en saber si el tiempo le alcanzará al hombre para lograr salir vivo del planeta tierra antes de que este se canse de una vez por todas de nosotros y nos elimine del panorama con un chasquido de dedos.

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¿Arte sano? | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

El campo de las artesanías tiene más contradicciones que un recinto lleno de diputados. Ahí están las artesanías mexicanas tan coloridas, tan bonitas, tan sorprendentes… ¡tan curiositas!, pero ¡ay, no son obras de arte! Sí, son bonitas, nadie lo niega, pero a diferencia de las obras de arte, es que las artesanías las fabricó un artesano para venderlas, y aunque no las fabricó en serie, no son objetos únicos: cualquier gringo de medio pelo ha comprado un ídolo de barro que parece prehispánico, cuántas chicas tienen atiborrados sus alhajeros de aretes huicholes y muchas familias presumen una escultura tolteca en la sala de su casa o, por lo menos, han regalado una muñeca otomí.

Dicen los expertos, que las obras de arte se hacen por el arte mismo (aunque se vendan) y son piezas únicas (aunque existan copias). Las artesanías generalmente van acompañadas de una función: sirven para hacer chocolate como los molinillos, para protegerse del frío como los rebozos y sarapes, para jugar como los trompos y baleros, para regalarse como esos perros de feria que tienen un hoyo debajo o para consumirse como la pirotecnia hoy tan odiada en algunos sectores de petfriends.

Es un problema, porque lo que algunos funcionarios públicos achacan a las artesanías es que, estarán muy bonitas las máscaras que fabrican en la Huasteca, pero no sirven para nada. Casi nadie que compre un petate lo usará para dormir y las ollas de alfarería indígena no se usarán para cocinar nada. Así que el trabajo de algunos funcionarios públicos es encontrar una utilidad a las artesanías: las figuras de barro pueden ser portalápices, los petates alhajeros, los bordados tortilleros, las máscaras pueden volverse souvenirs si se hacen más pequeñas y se les pega un imán detrás y hay a quién se le ha ocurrido hacer aretes con piedras de cantera rosa esculpidas por artesanos de Escalerillas. Lo que sea con tal de “atraer al mercado”.

También es un problema porque otros funcionarios han insistido en revalorar las artesanías como parte de la identidad y del patrimonio cultural. No se trata sólo de un quechquémetl, sino es toda una visión del mundo, un mapa del universo que una anciana sabia tejió y bordó con sus manos pensando en sus ancestros y que agradece que una turista se lo haya comprado sin regatear mucho, para poder pagar la recarga de su celular y poder recibir la llamada de su hijo migrante.

Las instituciones, autoridades, funcionarios públicos y académicos lograron la especialidad de la casa: un revoltillo de contradicciones. Hoy no se sabe, si las artesanías deben ser dirigidas por una política cultural (a cargo de la Secretaría de Cultura), de asistencia social (DIF), de desarrollo social (Sedesol) o de Desarrollo Económico (Sedeco) o de Turismo. Tampoco se sabe si se debe seguir impulsando su desarrollo financiero para que los artesanos puedan competir contra la oferta china convirtiéndolos en fábricas, si los artesanos deben adquirir capacitación administrativa para convertirse en empresarios, si deben adaptarse a lo que el mercado les pide, o si deben educar al mercado.

Hay quién se pregunta ¿hasta dónde deben seguir produciendo la misma artesanía que cada vez resulta más caro producir y vender?

En Michoacán, los artesanos reboceros, recibieron apoyos múltiples de su gobierno del estado y de los capitales migrantes (y otros innombrables) para el establecimiento de pequeñas fábricas textiles a lo largo de toda la meseta. Los trajes purépechas ahora se bordan en computadora y han diversificado toda clase de prendas: guayaberas, quechquémetls, rebozos, blusas y rollos. Los fabrican casi en serie y los venden a todos precios, dependiendo de la calidad de los materiales y el tipo de prenda. Hay para todos los bolsillos. Las chicas purépechas, uaris, el día de una fiesta en Cocucho, para presumir usan un rebozo de Santa María del Río…

Todo esto se lo comento, estimado y culto público de La Orquesta, porque todo indica que el problema de las artesanías en San Luis Potosí le seguirá dando dolores de cabeza a varios funcionarios de gobierno.

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Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

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Filosofía para qué | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

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Opinión