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#ConfíaleUnHijoAlSacerdoteChallenge | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas mentales

 

«Fe significa no querer saber la verdad»
Friedrich Nietzche.

Antes de comenzar me gustaría advertir que pretendo hacer uso de esta columna para expresar las ideas sin tapujos ni pelos en la lengua. Estoy seguro de que voy a tocar algunas fibras sensibles por lo cual lo invito a hacer uso de su libertad y dejar de leer si estas líneas lo ofenden. Es momento de que digamos las cosas como son y nos dejemos de los cuentos de la abejita y la flor. No hay nada que confunda más que no llamar a las cosas por su nombre. Me gustaría también dejar en claro que no pretendo poner en tela de juicio la fe de nadie, ni sus creencias ni ideales religiosos. Aclarado esto podemos continuar si es usted gustoso de seguir leyendo.

Resulta que, para bien o para mal, estamos viviendo tiempos en los que el individuo busca a toda costa el sentido de pertenencia y la aceptación. Si nos tomamos el tiempo de observar un poco nuestro entorno podemos darnos cuenta de que a pesar de que somos seres con un cierto intelecto, a final de cuentas estamos profundamente dominados por nuestro instinto animal. He llegado a la conclusión de que la totalidad de los comportamientos y conductas del ser humano desembocan en un fin único: la reproducción. Si usted observa a su alrededor caerá en cuenta de que cada acción, decisión y movimiento del ser humano es encaminado de manera inconsciente hacia ese fin.

Buscamos tener un buen empleo para tener un buen sueldo, mismo que nos dará un cierto status y la oportunidad de tener una casa linda y varios ceros en nuestra cuenta de banco para lograr ser lo que la gente llama «un buen partido». Los buenos partidos sobresalen de entre todos los malos partidos, es en los buenos partidos en los que los demás se fijan y es con los buenos partidos con los que la gente busca tener una cita. Ya en una cita ambas personas buscarán usar ropa atractiva, oler bien y dar su mejor ángulo durante la charla. Todas estas acciones los acercan poco a poco a romper el hielo y dar paso a la recompensa deseada. Tal vez primero un beso, después seguramente el coito.

Insisto, todo esto lo hacemos muchas veces de manera inconsciente. Pero si nos tomamos el tiempo de analizarnos nos daremos cuenta de que es así como funcionamos las 24 horas del día. Queremos el mejor celular, muchos seguidores en nuestras redes sociales, dinero, reconocimiento, estética en nuestra persona. Todo para resaltar del resto de la gente y convertirnos en objeto de deseo. Está en nuestra naturaleza, todas estas conductas lo único que buscan es la preservación de la especie. Si no atraemos a la pareja deseada jamás habrá acercamiento, si no hay acercamiento no hay coito y si no hay coito simple y sencillamente sería inevitable la extinción de la raza humana.

Dejando en claro que este comportamiento es natural en el ser humano podemos dar por entendido que el comportamiento reproductivo es, de igual manera, algo normal en nuestra especie (y en todas las demás). Ahora bien, muchas personas se preguntan por qué es que el macho humano tiende a tener líbido más elevado que las hembras humanas, por qué el macho está pensando todo el tiempo en sexo y por qué les resulta casi imposible contener el deseo sexual. Pues bien, permítame explicarle. Resulta que el macho produce semen, mismo que se acumula y, al igual que una jarra que se llena de agua, tarde o temprano se tiene que derramar. Se trata de una necesidad fisiológica, una necesidad de sentido común. El recipiente se llena y debe vaciarse, punto. Ojo, no justifico con esta idea la promiscuidad o la infidelidad del macho, no justifico tampoco esa conducta de darle a lo que se mueva. Simple y sencillamente digo que por cuestión de lógica el cuerpo no puede almacenar semen eternamente. Los métodos y los modos de expulsarlo pueden variar, sin necesariamente convertirse en un cerdo promiscuo y violador.

Ahora bien, en este punto estamos todos de acuerdo en esta idea. El problema viene cuando a alguien se le ocurre ir contra natura y pretende vendernos el cuento de que en nuestra sociedad existen unos seres que tienen prohibido el coito con cualquier otro ser humano, que para poder servir a sus fines e intereses deben reprimir su líbido, enterrar su deseo sexual y, en pocas palabras, mantener la llave abierta eternamente pero no permitir que el agua se derrame de la bañera, ni una sola gota. Vaya, sin rodeos, esos seres deben mantener el semen en sus testículos, punto. Así es, me refiero a los sacerdotes.

Estará de acuerdo conmigo, mi estimado lector, que no hay peor infortunio para un macho de la especie que usted quiera y mande que renunciar a liberar el semen de su cuerpo. No coito, no masturbación, no nada de nada. Seguramente está pensando lo mismo que yo, es simple y sencillamente imposible. No es de extrañar entonces que por décadas, y me atrevería a decir que incluso desde el inicio de la iglesia como institución, el abuso sexual por parte de sacerdotes hacia monaguillos, monjas, y cuanto ser vivo se les atraviese sea una práctica de lo más común. Está de más decir que repudio absolutamente este tipo de conducta, pero hasta cierto punto se me hace lógico. Ya lo dice el viejo refrán: A mayor prohibición mayor perversión.

Es así de sencillo, no puedo más que sentir lástima al ver la represión a la que los sacerdotes son sometidos para ser validados como elementos dignos de pertenecer a la iglesia. Se trata entonces de un asunto de sentido común, dejar a un niño al cuidado de un sacerdote es dejar al pequeño ratón encerrado en la jaula del gato gordo y hambriento, es darle la llave de su casa al más infame de los ladrones, es dejar a solas a un alcohólico en una cantina. Es una tristeza ver cómo estos hombres, en su afán de acercarse a Dios son víctimas de una imposición antinatural que hace que se les enreden los pies con una soga y más que acercarlos a la espiritualidad termina alejándolos de ella. Resulta igual de triste que aquél pobre hombre que sufre de obesidad, y al intentar desesperadamente perder peso es víctima de las dietas milagrosas que, en lugar de ayudarle lo dejan doblemente obeso a causa del rebote.

Ahora que sin pelos en la lengua entendemos que estos pobres hombres de fe están condenados a la tortura de las «blue balls» eternas, ahora que entendemos que el deseo sexual de estos infortunados es una bomba de tiempo, una auténtica olla express. Ahora que nos encontramos en tiempos de búsqueda de pertenencia en los que los retos en Internet determinan muchos de los comportamientos de la sociedad hambrienta de encajar en determinados grupos, ahora, justo ahora me atrevo a preguntarle: ¿Le entraría usted al #ConfíaleUnHijoAlSacerdoteChallenge?

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