noviembre 26, 2022

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#Si Sostenido

El agua de la vida | Columna de Juan Jesús Priego

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El agua de la vida

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Cuenta una leyenda judía que una vez Salomón, el rey sabio, lloraba desconsoladamente por la brevedad de la vida. «Oh -decía a voz en grito-, ¿cómo es posible que el Señor la haya hecho tan corta? ¡Ay, la vida del hombre es como polvo, es como la hierba que florece por la mañana y por la tarde la siegan y se seca! Nascentes morimur, moribundos nacimos, como dijo el poeta. Desde que nacemos, somos lo suficientemente viejos como para morir. Pero, ¡ay!, no quiero morirme. ¡Me da miedo la muerte! ¡Ay, ay, ay!».

El Señor, que escuchaba las lamentaciones de su siervo, se compadeció de él y le envió un ángel que llevaba en la mano derecha un recipiente luminoso.

-Salomón –le dijo el ángel-, el Altísimo, bendito sea, ha visto desde el cielo tu angustia y te manda esta copa que contiene unas gotas del agua de la vida. Si la bebes, serás inmortal; si no la bebes, todo continuará como hasta ahora y morirás el día que Él tiene señalado para ti. ¡Elige!

¡Qué oferta más tentadora! Pero, ¿traerá aparejada alguna consecuencia imprevista? -se preguntó Salomón, que, no hay que olvidarlo, después de todo era muy sabio-. Es bien sabido que existen los llamados efectos colaterales y que el medicamento que hace bien a un órgano del cuerpo puede ser sumamente funesto para otro. ¡Oh! ¿Quién podrá ayudarme?

-Antes déjame consultarlo con los sabios de mi pueblo -dijo por fin el rey al ángel, que aguardaba una respuesta.

-De acuerdo. Haz las preguntas que consideres pertinentes. Pero mañana, a esta misma hora, regresaré para conocer tu decisión. ¡Sólo este breve lapso de tiempo se te concede!

«¿Debo o no beber el contenido de la copa?», preguntó Salomón a los maestros más ilustres de Israel. Todos le aconsejaron que sí, pues no a cualquiera el Todopoderoso, bendito sea su nombre por los siglos de los siglos, le hacía una oferta semejante. El único que se mostró temeroso y desconfiado fue un anciano llamado Benaia.

-¡Cómo! -gritó extrañado el rey, que en el fondo quería beberse el agua-. ¡Todos han estado de acuerdo en que la beba! ¿Por qué tú no?

Benaia levantó el dedo índice y señaló con él el firmamento; después dijo:

-Si tu vida no tuviera fin, ¡oh rey!, tus hijos, tus esposas y tus amigos partirán de tu lado. Cada día, cada semana tendrás que lamentar una pérdida, y el incesante luto por quienes te rodean colmará tu vida de lamentos y de amargura. Si no son inmortales aquellos que amas, ninguna felicidad podrá reportarte tu propia inmortalidad.

Sí, él viviría, y los demás se irían muriendo de uno en uno: su esposa, sus hijos, sus amigos. Volvería a casarse, tendría otros hijos, otros amigos, que también se le irían muriendo de uno en uno. Luego volvería a casarse y vuelta a empezar. ¿No sería éste el tormento de Sísifo? Benaia tenía razón: su vida, entonces, estaría colmada de lamentos y de amargura.

Si el ángel se os apareciera ofreciéndoos la misma copa que a Salomón, no la aceptéis. Viviríais muy solos y al final acabaríais pidiendo la muerte. Vivir significa encontrar a unos seres y ser sus compañeros de toda la vida. Sin un pasado común y una geografía compartida no seríamos nada para nadie.

He aquí, por ejemplo, lo que una mujer dijo un día a Raymond Fosca en Todos los hombres son mortales, la novela de Simone de Beauvoir. Recordemos que Fosca, al haber bebido el elíxir de la vida, no podía ya morir:

-«Me entregué a ti sin reservas Creí que tú también te dabas para la vida, para la muerte, y sólo te prestabas por unos cuantos años –el llanto la ahogaba-. Una mujer entre millones de mujeres. Llegará un día en que ni siquiera recordarás mi nombre. Y seguirás siendo tú, nada más que tú… ¿Qué es tu amor? Cuando dos seres mortales se quieren están moldeados en cuerpo y alma por su amor, es su propia sustancia. Pero para ti es sólo un accidente… ¡Qué sola estoy! Si fueras mortal, yo viviría en ti hasta el fin del mundo, pues tu muerte sería para mí el fin del mundo. En cambio voy a morir en un mundo que nunca terminará. Sé que ha terminado. Voy a irme, me voy sola. Y tú te quedarás aquí sin mí, para siempre. ¡Sola! ¡Dejas que me vaya sola! El sol se pondrá y yo ya no estaré en ninguna parte. Sólo estará mi cuerpo. Y algún día, cuando abras mi ataúd, no habrá más que un poco de ceniza. Hasta los huesos se habrán convertido en ceniza. ¡Hasta los huesos! ¡Y para ti todo seguirá como si yo no hubiera existido! … Si tan siquiera pudiera pensar: va a reunirse conmigo dentro de diez años, de veinte, sería menos duro morir. Pero no, nunca. Me abandonarás para siempre. ¡Te aborrezco!».

En efecto, ¿qué sería esta mujer para Raymond Fosca de aquí a 10 000 años, tras haber conocido a cientos, a miles de otras mujeres? Nada. Ni siquiera un recuerdo. Ni siquiera la sombra de un recuerdo. Pero no hablemos de 10 000 años, que son demasiados: probad a ir a vuestro pueblo natal después de 20 años de ausencia para que descubráis que nadie os conoce, que sois unos extraños. Y si esto es así en tan poco tiempo, ¿qué no será en 100 años o en 200?

Es, pues, verdad: si no son también inmortales los que amamos, de nada podría servirnos nuestra propia inmortalidad

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#4 Tiempos

La competencia en competencia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

Un logro más de este gobierno fue recientemente anunciado por la Secretaría de Educación: no habrá más reprobados, la calificación mínima de cualquier estudiante será 6. En el momento que leí la nota, cruzaron por mi mente tantas noches en vela pensando cómo iba a aprobar el examen de Química Orgánica o el de Biología (una maestra nos obligó a memorizar las tres eras geológicas con sus respectivos períodos y temporalidades) o el de Etimologías (nos obligaban a memorizar los cinco modelos de declinación del latín). Muchos de esos días los viví convencido que no iba a terminar la preparatoria y de que no merecía existir.

En aquel tiempo, la excusa para torturar estudiantes era la competencia, entendida como “la sobrevivencia del más apto”. Se nos atemorizaba, diciéndonos que “allá afuera” en el mundo “real” y no en nuestras vidas de pacotilla, había que competir por todo y sólo el más apto sobrevivía y si se trabajaba tenazmente se podía hasta “triunfar”. Se nos explicaba, ya en tono buena onda, que la verdad de esta postura descansa en la naturaleza: Darwin había descubierto que la evolución se basaba en la competencia entre individuos y especies. El universo entero era una jaula de lucha libre: todos contra todos (o una fiesta de Gobierno del Estado en tiempos de Toranzo). Acto seguido, nos pasaban a la clase de religión y ahí nos explicaban cómo Noé diseñó el arca para que las jirafas no se pelearan con los rinocerontes.

No quiero entretenerla mucho cuestionando estas ideas, pero déjeme separar algunas piedritas de este arroz. La frase de la supervivencia del más apto no fue de Darwin sino de Spencer (Darwin dijo “adaptado” y Spencer dijo “apto”, que no son lo mismo). Si Darwin vio competencia entre especies fue porque su modelo lo tomó del capitalismo bebé, pues cuando Darwin vio las tortugas galápagos no tenía ninguna formación como biólogo, pero sí conocía a Adam Smith y a Thomas Malthus. Siendo estrictos Darwin casi no habló de evolución, sino de origen de las especies y podría decirse que hasta antievolucionista era, en el sentido que Darwin pensaba que cada especie estaba adaptada a su medio ambiente y esto no significaba ser mejor o peor. De hecho, parece que le molestaba la arrogancia del ser humano de sentirse superior al resto de las especies: todos estamos adaptados a nuestras circunstancias y en la naturaleza no hay circunstancias mejores que otras. ¿Entonces la naturaleza está en competencia o no? Pues cada quién ve lo que le conviene, pero en la naturaleza operan otros muchos procesos además de la competencia.

Hasta aquí, estimada y culta lectora de La Orquesta, parece que trato de convencerla de unirse al movimiento contra la competitividad que ha lanzado la SEP, pero nada de eso. Yo me declaro un defensor de la competencia, no por los argumentos evolucionistas, ni por defender al capitalismo transnochado, sino por la simple razón que la competencia genera felicidad y cuando no la hay se reciben amarguras tremendas. Le propongo algunos ejemplos: 

Casi toda persona ha tenido que comer una torta de central camionera. Las venden en localitos ubicados en la zona de andenes, para aquellos pasajeros de paso que tienen 15 minutos antes de abordar su camión. Seguramente son las peores tortas del mundo: insípidas, vacías, con ingredientes de mala calidad ahumados con diesel, preparadas de mala gana y carísimas. Se trata de tortas carentes de competencia. Esos torteros se aprovechan de que sus clientes nunca son los mismos y no hay manera de reclamarles. Quienes hemos pagado $60.00 pesos por una torta de esas es porque el instinto de supervivencia obliga a comer lo que sea antes de morir de hambre.

El segundo ejemplo es el SAT. Si hubiera dos SAT en competencia por captar contribuyentes, el servicio mejoraría muchísimo: imagine que usted llega a las oficinas a preguntar cualquier cosa y lo recibe una chica qué le orienta con amabilidad. “No haga filas, venga a este SAT, su SAT de confianza” o “No permita que lo traten como ganado, aquí todos nuestros contribuyentes son personas”. Sin regaños, sin páginas indescifrables, sin laberintos burocráticos, sin trámites innecesarios. ¡Qué maravilla! Hasta dan ganas de pagar impuestos.

El tercer ejemplo está en la llamada “Liga Mx”. También se trata de un monopolio. Los espectadores no tenemos de otra: vemos un juego del San Luis contra el Puebla o renunciamos a nuestra afición futbolera. Con una tenacidad notable, la Liga Mexicana de Futbol ha logrado lo que parecía imposible: quitarles a los deportistas las ganas de competir. Decisiones como que el último equipo ya no desciende a la liga inferior o limitar el número de jugadores extranjeros dizque para “proteger” al jugador mexicano producen resultados “más peores” que las tortas de la Central Camionera, les faltó decir que, en adelante, ya no habrá equipos perdedores, todos somos ganadores por decreto de la SEP.

Fíjese que, la solidaridad es la competencia de la competencia y también es muy necesaria, pero de eso platicamos otro día.

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#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse (si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

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#4 Tiempos

Notas sobre el patrianomio | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Me he topado por la calle a una “señorita de antes”, que es amiga mía, originaria de Cerro de San Pedro y me ha dicho lo siguiente: “me gusta mi pueblo, el Cerro de San Pedro como era antes, pero no en lo que lo han convertido… música fea, gente fea… es una cantina”, en ese momento llega a mi mente la nota del Sol de San Luis (19/05/22) que afirma algo similar, pero de la Ciudad de San Luis Potosí:  el Centro histórico es una cantina: alcohol, fiesta y ruido, y luego regreso a la conversación con mi amiga y le digo: “… es eso que llaman gentrificación…” a lo que me responde: “¡Sabrá Dios, yo no sé qué es eso!”.

La gentrificación es un fenómeno que consiste en el re-aprovechamiento de un espacio deteriorado y en estado de abandono por agentes inmobiliarios con suficiente capital para reorganizar el espacio y volverlo rentable. Se aprovecha que esos predios son baratos para adquirirlos y volverlos cervecerías, cafés, tiendas de chácharas o restaurancitos de moda (y ahora mi mente me lleva a las Historias de Perros Callejeros de Luis Moreno sobre el Miniso, 6/01/22, que encuentra aquí en su portal La Orquesta). Esos espacios urbanos son reocupados sin habitarse, son re-colonizados, modificados y despersonalizados: resulta ser un fenómeno altamente preocupante porque desplaza y margina a los pobladores originales de su propio patrimonio, como mi amiga, que vivió y creció en Cerro de San Pedro y al ver en lo que se convirtió su pueblo, se le forma una perturbación tan o más grande que ver a la misma Minera San Xavier.

A unas cuantas horas de la conversación con mi amiga, en el Centro Histórico se quemaba la casa de la antigua Exposición. Fue un edificio magnífico, como todos lo de ese sector. Sí, ya lo había escrito en otros contrapuntos y volutas: esos edificios quizá son producto del colonialismo, del clasismo y elitismo (chivos expiatorios de nuestra nueva moral burguesa) y probablemente de la usurpación de bienes y recursos, pero para eso la historia pone a cada quién en su lugar y me pregunto si el lugar de mi generación en la historia era convertir esos espacios en locales para después, accidentalmente, quemarlos; entonces las llamas -al igual que dicen de los ladridos de los perros- han de ser señal de que vamos avanzando.

Hace unos días, un hombre delgado y de barba, se me acercó en el Jardín Colón. No lo conozco, pero me dijo que era profesor de inglés y también artista visual.  Este hombre me preguntó si yo sabría qué hacer, porque para él, se está perdiendo el patrimonio histórico, se lo están robando -dijo- “es grave lo que está pasando, pero estamos como dormidos”. Es el patri-anomio, le respondí.

La anomia es la enfermedad social: ocurre cuando las instituciones no pueden cumplir la función para la que fueron hechas. Ocurre cuando las normas no tienen fuerza, cuando los significados pierden su sentido. La simulación, la depresión, la perversión y la corrupción son hijitas de la anomia. El patrianomio surge cuando una generación no quiere heredar a sus descendientes, les niega los significados, los margina del proceso de herencia, pero también ocurre cuando las generaciones herederas desprecian, ignoran o desplazan (repudian, dicen los abogados) la herencia de sus padres.

Hace poco, Ana, una colega de La Orquesta me preguntaba por los taquitos rojos, que si estaban en riesgo, y yo respondí que no, pero ahora me pregunto cuántas mujeres jóvenes actuales estarán aprendiendo de la abuela o de la tía a cocinarlos. ¿En el futuro habrá abuelas que enseñen a sus nietas a cocinar taquitos rojos? Esta pérdida en la transmisión de la herencia cultural es el patrianomio.

El patrimonio cultural, al igual que la educación tienen dos partes. Una que emite y otra que recibe. El fallo puede estar en ambas: ni hemos sabido heredar, ni tampoco recibir. Otra parte del problema está en el testamento: ni sabemos qué dejamos, ni qué recibimos, ni qué dejamos de recibir. La última parte del problema está en el gobierno: ¿quién se encarga de hacer los inventarios de nuestro patrimonio? ¿quién se responsabiliza por la pérdida del patrimonio? ¿quién hace valer la ley? Preguntas que les toca responder a varias administraciones de la Secretaría de Cultura, INAH y Secretaría de Educación Pública y que siguen en silencio, pero por lo pronto una muy importante

¿Hasta cuándo los potosinos podremos acceder a un padrón o inventario de bienes culturales que conforman nuestro patrimonio?

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Opinión