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Ekaterina

Por: Luis Moreno Flores

 

Oh what you’re gonna do, Katie?

You’re a sweet-sweet girl.

But it’s a cruel, cruel world.

A cruel, cruel world.

Alguna noche de esta semana tomé el camino a casa que cruza por la facultad de derecho de la universidad donde estudié. El semáforo y la torpeza de otros conductores, me hicieron detenerme frente a una cafetería en la que hace mucho no pensaba. El negocio anunciaba en un cartel que habían cumplido veinte años. Justo entonces recordé a Ekaterina, una rusa que en el 2002 tenía 16 años y a mí, de doce años, me tenía impactado con su belleza.

Entrenamos tenis juntos. Para mi versión de preadolescente, que nunca había tenido una novia, estuvo siempre fuera de liga; eso no evitó el surgimiento de una amistad que me permitía observarla de cerca. Disfrutaba de su forma de jugar, sus vestidos cortos, su desfachatez para decir groserías en español, ruso o inglés, pero lo que más me gustaba era su pelaje rubio que se le pegaba al rostro y que contrastaba con el rojo de su piel después de unas horas bajo el sol. 

Prefería que le dijéramos Katie. «Los mexicanos no saben pronunciar mi nombre»,  seguro si otra chica hubiera dicho algo similar, ella la habría juzgado con un «pinche mamona». Como fuera, todos acabamos por cumplir su capricho.

El tiempo y la falta de medios para prolongar el contacto hicieron que Katie se extraviara, como tantos recuerdos de adolescencia temprana. Una tarde, de fecha indeterminada, pasé por la cafetería que mencioné al principio. Yo ocupaba el asiento del copiloto en la camioneta de mi mamá, ella me hizo notar la presencia de la rusa que descansaba en una mesa acompañada por un café y un libro.

Configuré algunas posibilidades sobre qué hacía ahí. Tal vez se había quedado en México para estudiar derecho, quizá aguardaba por algún amigo de la facultad o puede que hubiera vuelto a Rusia y solo estuviera de visita relámpago en San Luis y, mientras esperaba a que se acercara la hora de irse, sintió la necesidad de cafeína. Pensé que verla era una premonición de que nuestra relación se iba a restaurar. No fue así. 

La noche de esta semana en que pasé por la cafetería, puse mucha atención en al local por si la encontraba. Nada. Mala suerte, ¿no? Puede que así sea mejor, porque Ekaterina es perfecta si pienso en ella de 16 años mientras juega tenis un martes cualquiera. O de veintitantos con su café y un libro. Pero no estoy tan convencido de que lo sea a sus treinta y un años en la vida real.

Carajo, Katie, puto tiempo y nosotros seguimos aquí.

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