#4 TiemposDesde mi clóset

Crisis, inseguridad e ignominia | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

 

En las últimas semanas la ciudad de San Luis Potosí se ha plagado de una serie de noticias parecieran sacadas de la nota roja del periódico más amarillista del condado. Mientras la población se debate entre creer en el gobierno, ponerse a llenar baldes de agua para la crisis que se aproxima o simplemente esperar la nueva temporada de Luis Miguel en Netflix. 

Vivir en San Luis Potosí, mejor dicho, sobrevivir en esta ciudad ya es ganancia. Los asaltos a comercios están a la alza. Imaginate estimada lectora, estimado lector, que decides invertir tus ahorros en un negocio. Pasados los días llega una advertencia de pago de derecho de piso. Al negarte un comando, un día cualquiera rafaguea con armas de alto calibre el establecimiento, además de robar la caja. Mientras, la autoridad estatal está preocupada por encontrar al sucesor del doctor Carreras.

De nada sirven las madrugadas de un delegado federal que prefiere mandar indirectas a sus “adversarios” en Facebook y tomarse selfies con sus admiradoras “siervas de la nación (hay que disimular el precio), que atender los asuntos que aquejan al estado. Igual el subdelegado metropolitano, que aunque intenta hacer méritos para 2021, lo cierto es que su trabajo es bastante cuestionable. Qué decir del Gobierno Municipal, con un presidente que ya se cree paloma, enviando cartas de la otrora última bastión del navismo cuasi extinto. 

Tampoco nos sirven los progres, que aunque hoy gobernantes, siguen creyendo que el poder es una posesión, sólo alcanzaron a leer a Marx, ese filósofo varón que escribía solo para ellos, los hombres. No han entendido que el poder es una relación, circula por entre las personas. Foucault lo ubica como una práctica, un ejercicio no un bien. Y es que no basta con ser de izquierda, eso no quita para nada las fobias. O cómo explicamos lo que ocurre en el sur. ¿Ya voltearon para ese cardinal? No hay verbenas, no hay cantos ni regocijo. Hay mexicanos con uniforme que están reprimiendo personas, que están violentando a la niñez centroamericana. El muro que quería Trump, teñido en escala de grises, con blanco y negro, se postra sobre el Suchiate. No requirió concreto ni ladrillos, el muro es de carne y hueso, es mestizo y habla español.

El colmo de los colmos en la tierra de las tunas es el extrañísimo asesinato de Aurelio Gancedo. La Fiscalía tiene “unas líneas de investigación”, está por detener a los responsables. Pero, ¿fue un ajuste de cuentas? ¿Un asalto a mano armada? ¿Un crimen de odio? ¿Un accidente? Y las respuestas no buscan alimentar el morbo. Las respuestas favorecerá sabernos en un estado gobernable, con estado de derecho. Y tampoco buscamos un “castigo ejemplar” para los responsables. Ya superamos la época en la que el infractor era exhibido en la plaza pública y castigado frente al pueblo regocijado por el ejercicio justiciero del señor feudal o rey, que a través del verdugo expiaba los pecados del pueblo. También intentamos superar el panóptismo (Deleuze, 1987) que el sistema de reinserción que por lo menos durante el siglo XX no trajo una disminución en las conductas consideradas como delictivas. 

La cuestión es saber qué vamos hacer como comunidades para construir relaciones humanas pacíficas y más sanas. Valga la analogía con la salud, porque estamos en una sociedad enferma. Enferma por las diversas violencias que nos aquejan. Enferma por la desigualdad que mantiene empobrecida a la mitad del planeta, y con recursos ilimitados a poco más de dos mil personas. Insensible y más cercana a la Matrix que a las emociones que nos proporcionan satisfacción, bienestar como humanidad. 

Apostemos por derribar el individualismo que solo le beneficia al capital. Pensemos en comunidad. Costará trabajo, pero es eso no seguir destruyéndose entre sí solo para satisfacer a unos cuantos en el planeta. 

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