octubre 21, 2026

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#4 Tiempos

Carta a un amigo atediado | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

La última vez que nos vimos, Ernesto, me dijiste que te hallabas un tanto atediado y que ya el hecho de mover un brazo o una pierna exigía de ti fuerzas sobrehumanas. Utilizaste la palabra tedio y no esa especie de comodín lingüístico denominado estrés que nuestros contemporáneos barajan cada vez que se hallan en la necesidad de hablar tanto de sus cansancios como de sus derrotas. Estrés: baúl de sastre, caja de herramientas en la que todo cabe, desde la depresión y la neurosis hasta la angustia y el hastío.

No es mi intención abrumarte con prolijos análisis etimológicos, pero antes de pasar adelante es necesario saber lo que debe entenderse por tedio o aburrimiento. Del aburrimiento se dice que procede del latín abhorrere, que significa aversión, o bien disgusto. A su vez, abhorrere viene de horrere, que significa lo que tú ya podrás imaginarte: horror. Aburrirse es, entonces, tanto horrorizarse como aborrecer. Pero, ¿horrorizarse de qué, aborrecer qué?

El Diccionario UNESCO de Ciencias Sociales define el aburrimiento de la siguiente manera: «Es un estado de ánimo que se caracteriza por un sentimiento de desazón, sin llegar a angustia, y por la conciencia de que el tiempo pasa demasiado lentamente, sin que, por otra parte, existan móviles de acción inmediatos». Más adelante, dicho diccionario –que es una verdadera joya, Ernesto, y si te lo encontraras por ahí deberías comprarlo– dice que la palabra aburrimiento apareció tarde y que hasta el siglo XV se usó más bien el término acedía, que era algo así como «una sensación de vacuidad vital sentida como desinterés frente a las incitaciones del mundo exterior». Pero la duda sigue ahí: ¿aborrecer qué? La vida, naturalmente; la vida con todo lo que ella  nos ofrece.

De una película decimos que es tediosa cuando, después de cierto tiempo, ya no produce emoción, sino que discurre de la manera más chata y previsible. De una canción decimos lo mismo cuando faltan en ella variaciones y los ritmos adquieren esa especie de fatigante monotonía que nos hace revolvernos en la silla. ¿Te ha sucedido alguna vez apagar de pronto el estéreo de tu auto y suspirar aliviado porque ya no soportabas más aquellos ruidos insulsos que te herían el tímpano? Te sentías incómodo, malhumorado, aunque no sabías por qué; pero instintivamente lo descubriste y una de tus manos se dirigió veloz hacia el botón rojo mientras te preguntas cómo es que no habías tomado antes tan drástica determinación: aquella, sin duda, era una canción tediosa.

Ahora bien, Ernesto, ¿es posible decir lo mismo de la vida? ¿En qué momento se vuelve ésta insoportable y sosa? Digámoslo de una vez: cuando todo nos parece igual, cuando los días se nos muestran idénticos unos a otros, cuando falta la emoción y la sorpresa. Lo que los antiguos llamaban tedium vitae tiene lugar cuando las novedades escasean y todo se convierte en una repetición monótona de lo mismo (o por lo menos cuando así nos lo parece). Ir al trabajo, regresar a casa, encender la televisión a la hora del telediario para escuchar las mismas –malas- noticias de siempre, irse a la cama, dormir, despertar y comenzar de nuevo otro día que transcurrirá igual que al anterior, y así por semanas, meses y años. Jamás un reconocimiento por parte de los superiores, jamás una palabra amable por parte de los que se supone que nos quieren, nunca un encuentro que rompa el cerco de esa rutina a la que con tanta paciencia hemos ido dando forma a lo largo de los años. ¿Cómo no atediarnos cuando la vida es tan insulsa, tan monótona?

El hastío –o tedio, o aburrimiento: llámalo como quieras- es como una irrupción de la nada en la vida de todos los días; es ese sentimiento extraño que de pronto se apodera de nosotros y nos hace exclamar: «¡Qué pocas cosas valen la pena!». El hombre bíblico también experimentó este sentimiento y expresó su malestar con las siguientes palabras, que ya conoces: «¡Vanidad de vanidades, y todo vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, una generación viene, pero la tierra para siempre permanece… Todos los ríos van a dar al mar, y el mar nunca se llena. Todas las cosas dan fastidio… Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada hay nuevo bajo el sol» (Qohelet, 1, 1-9).

El aburrimiento es una especie de descontento, de malestar –de horror, dice la etimología- por todo aquello que el mundo da, por las cosas que la vida ofrece y, por eso, es un sentimiento que puede hacernos alcanzar cumbres metafísicas con tal de que no nos abandonemos por entero a él. «La historia no me satisface, el mundo no me satisface», dijo Ionesco repetidamente en las páginas de su Diario; pues bien, eso es precisamente el aburrimiento: que nada parece estar hecho a la medida de nuestros deseos.

¿Cómo salir de él? Te propongo lo siguiente. Repasa una y otra vez estas palabras que escribió el filósofo francés Gustave Thibon (1903-2001) en uno de sus libros: «Comparar un hombre con otro hombre, un instante con otro instante, es traicionar la originalidad, la irreductible soledad de cada realidad; es, sobre todo, traicionar la plenitud de la elección divina, que dilata todas las cosas hasta lo absoluto. Empezamos a comparar cuando ya no amamos, cuando cesamos de acoger cada realidad como mensajera única del Dios único».

¿Te parece que un día es igual a otro? Te equivocas, porque Dios no se repite, y así como cada rostro es diferente a los miles de millones de rostros que hay o que ya fueron, así son de diferentes los minutos de esta vida. ¡Ninguno, absolutamente ninguno es igual al que pasó! Lo que sucede es que, como ya nos lo advirtió San Agustín, «el tiempo imita de lejos a la eternidad» haciéndonos creer que los días son todos iguales. Pero no lo son, y tu deber consiste en reconocer la originalidad de cada uno.

Los rostros no se repiten, y los días tampoco. Intenta vivir, pues, cada uno como una novedad, como si con él empezara la cuenta del tiempo. Porque es verdad: aunque no lo notemos, cada vez que amanece empieza el tiempo. 

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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Acento Ajeno

Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.

Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.

Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.

Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.

Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.

Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual

y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.

La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.

Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?

Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.

“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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