mayo 30, 2026

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Los últimos días de Friedrich Nietzsche | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

En 1889 Friedrich Nietzsche era ya muy famoso: había escrito una gran cantidad de libros y su madre estaba orgullosa de él, si bien había en esos libros muchas cosas que ella no lograba entender. Además, a esta buena mujer le bastaba la lectura de sus devocionarios, y no creía que pudiera comprender, ni entonces ni nunca, esos pensamientos sin pies ni cabeza que se le ocurrían a su muchacho.

¡Bien sabía Dios con cuántos sacrificios el pequeño Fritz, como lo llamaba ella cariñosamente, había logrado abrirse paso en la vida! Primero estudió en Bonn, luego en Leipzig, mostrándose siempre muy despejado de mente, y ahora enseñaba filología clásica en la famosa universidad de Basilea. Y, a propósito, ¿qué era eso de filología clásica? Ya estas palabrejas le causaban a la buena mujer no pocos escalofríos. Pero de una cosa no le quedaba duda: que su pequeño Fritz era un genio. 

La madre se conformaba con ver la cubierta de los libros de su hijo y acaso, yendo más allá, sólo los títulos de éstos: El origen de la tragedia (1871), Consideraciones intempestivas (1873-1876), Humano, demasiado humano (1878), Aurora (1880), La gaya ciencia (1882), etcétera. ¡Qué bien! Esto quería decir que Fritz era un hombre importante en la república alemana de la filosofía y las letras. 

Y estos sentimientos de admiración le habrían durado toda la vida si alguien, en cierta ocasión, no le hubiese hecho abrir los libros de su hijo mostrándole todo lo que se podía leer en ellos: «Un día mi nombre irá unido a algo formidable: el recuerdo de una crisis como jamás ha habido otra en la tierra.

Yo no soy un hombre, soy dinamita. Me rebelo como jamás nadie se ha rebelado». ¿Qué había querido decir su pequeño con semejantes palabras? La madre se quedó pensativa durante largo rato, pero no por eso se le aclararon las cosas. Le hicieron abrir otro libro al azar y allí se encontró ahora con el siguiente pensamiento: «El Dios de la cruz es una maldición contra la vida, una flecha indicadora para huir de la vida».

Por supuesto, la mujer ya no pudo seguir mostrándose contenta. ¡Fritz estaba poseído por el demonio! Esto fue lo primero que pensó la buena mujer, y sus sentimientos de orgullo se trocaron en ese mismo instante en lágrimas por ese hijo suyo que acaso hasta hubiera perdido la razón, pues sólo un loco podía decir tales sandeces. Y así era, en efecto: Nietzsche enfermaba cada vez más. Los dolores de cabeza se le volvían insoportables y él se acercaba cada vez con mayor rapidez al precipicio.

¡Nadie, nadie antes que Friedrich Nietzsche había odiado a Cristo y al cristianismo con tal furor! «¡Dios ha muerto!», gritaba; «por lo tanto, todo está permitido; por lo tanto, el tú debes no existe más». A propósito de la publicación de Ecce homo, en 1888, había escrito a uno de sus amigos: «Me he narrado a mí mismo con un cinismo que hará época. El libro se llama Ecce homo y es un ataque sin miramientos al Crucificado; arremete con rayos y truenos contra todo lo cristiano: sí, dejará sin habla ni oído al que lo lea». Pero ya antes de escribir esto, había reprochado a su ídolo de otro tiempo, el famoso compositor alemán Richard Wagner: «¡Ah! Tú también te has inclinado ante la cruz. ¡También tú, también tú eres un vencido!».

No obstante, en enero de 1889 algo sucedió que vino a poner fin a las diatribas de este filósofo furibundo

, y es que mientras caminaba por una calle de Turín sufrió un colapso nervioso del que ya nunca más se pudo recuperar. Fue internado en un manicomio en el que médicos y enfermeros se burlaban de él y le daban palmaditas en la espalda con el fin de amansarlo. 

Era claro que ni unos ni otros estaban muy al tanto de quién era este hombre, y la verdad es que se mostraban bien poco interesados en saberlo: para ellos era solamente un lunático; y cuando alguien preguntó a uno de los doctores del establecimiento si había leído sus obras, éste respondió indignado: «Señor, yo no tengo tiempo para leer esas cosas».

Con muchas dificultades consiguió la madre que le entregaran a su hijo, pues todos le aseguraban que el loco, por ser violento, era peligroso. «La matará a usted, señora», le advirtieron los médicos. Pero una madre es siempre una madre, y sus razones se impusieron a las del personal de la institución. Durante once años cuidó esta mujer abnegada a su pequeño Fritz, y lo que sufrió por ello ha quedado debidamente registrado en las cartas que ésta enviaba con regularidad a un viejo amigo de la familia (cartas que, en 1937, fueron publicadas en Viena con el título de Nietzsche enfermo). 

Gracias a ellas podemos enterarnos de que el filósofo había perdido incluso la facultad del habla y que, en el crepúsculo de su vida, hablaba todavía peor que un niño de cuatro años: «No me gustan los caballos», decía, por ejemplo. Todo esto hacía sufrir a su madre indeciblemente; a tal punto, que en una de estas cartas inolvidables, llegó a exclamar: «¡Ah, querido mío, nadie es capaz de entrever lo que yo sufro! Pero uno debe tener paciencia y confiar en la gracia y en la misericordia de Dios, que no nos abandona».

Pese a todo, la madre seguía encomendándose al Señor y permaneciendo en su sitio, como era su deber. ¡Qué bueno que esta abnegada mujer no había podido leer a Friedrich Nietzsche, pues de ser así se habría cruzado de brazos, dejando que el enfermo se ahogase en sus propios excrementos!

Sí –me digo al leer en un libro de Stefan Zweig el relato de los últimos días del filósofo alemán-, los hombres pueden odiar a Dios; pueden incluso gritar que muera, o una de esas cosas que el mundo aplaude por osadas y novedosas, pero estos que así gritan y blasfeman siempre tendrán necesidad, al final, de un ser que por puro amor de Dios les vende las heridas…

¡Qué fácil es gritar! ¡Qué fácil es atacar lo santo! Pero sin lo santo -es preciso confesarlo- somos como huérfanos en este mundo…

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Amor empieza con A | Columna de Juan Jesús Priego

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Me preguntas, estimada lectora, acerca de la muerte del amor: «¿Cuándo se ha dejado de querer a una persona?». Esta pregunta es tan difícil de responder como su contraria, es decir, aquella que inquiere por el día en que se ha empezado a amarlo. ¿Quién podría precisar el año, la fecha exacta en que se ha descubierto uno a sí mismo pensando en alguien más de lo ordinario, o, quizá, de lo debido? 

El amor, como la vejez, llega siempre sin avisar. Nadie envejece de un día para otro, sino que más bien, llegado a un cierto punto de la vida, se descubre viejo. ¿Cómo se hace casi siempre este descubrimiento? Un día, por ejemplo, asistes a una graduación: el que se recibe es tu pariente y quieres estar con él en este acto decisivo. Tú lo ves recibir el diploma, sonreír satisfecho, regresar a su asiento, lanzar al auditorio agradecidas miradas. Y, de pronto, reaccionas: «¡Dios mío! ¡Pero si a este médico yo lo vi gatear y usar chupón!». Estas palabras te producen, por decir así, un ataque de nervios. Y te alegras por él, pero te entristeces por ti. Ya de regreso a casa, observas tu cabeza en el espejo retrovisor y la encuentras más bien gris: en todo caso, tu cabello ya no tiene el bello color de la noche, y vuelves a entristecerte. Y, así, yendo de descubrimiento en descubrimiento y de tristeza en tristeza,  es como uno se da cuenta finalmente de que el tiempo ha pasado.

Pues bien, lo mismo sucede con el amor: no lo vemos nacer, sino que lo descubrimos. Pero tú no quieres saber esto. Tu pregunta se refiere más a la muerte que al nacimiento: quieres saber cuáles son las actitudes reveladoras de que algo bello y bueno ha acabado entre dos seres que se amaban.

Acaso el siguiente pasaje pueda revelarte algo; lo he tomado de una novela de Dan Frank, el escritor francés, titulada La separación. 

Un hombre y una mujer, casados desde hace tiempo, han ido al teatro; sus ojos están fijos en el escenario y, mientras los actores hablan y se mueven, él intenta tomar, para tenerla consigo, la mano de ella. Siempre que van al teatro se toman de la mano; cuando viajan en auto hacen siempre lo mismo. Pero ahora no es como siempre, ahora algo extraño está pasando: 

«Ella dice en voz baja, exasperada: 

-“¡Ya déjame ver la obra! 

«Luego se separa bruscamente y se aleja, para recargarse del otro lado… En el camino de regreso, en moto, ella se mantiene recargada hacia atrás, no anuda los brazos alrededor de su torso, ni apoya la mejilla en su espalda, como acostumbraba. Él le pregunta si tiene frío; ella responde que sí. Él dice: 

“Pon las manos en mi bolsillo”. 

«Pero como ella no se mueve, las toma y las introduce él mismo. Ella las deja allí. Pero se aparta insensiblemente, extendiendo los brazos. Las palmas están lejos del cuerpo. Es una pasajera, ni mujer ni amiga. Él ha perdido la batalla de las manos».

Cuando se ha perdido la batalla de las manos, el amor ha muerto. El cuerpo del otro se ha convertido en un bulto que camina y respira, en una cosa que se agita y se mueve: ya no es una piel que invita al tacto, a la caricia, sino un objeto más entre millones de objetos: se puede pasar ante él con indiferencia y sin detenerse. 

La muerte del amor tiene mucho que ver, según la bellísima expresión del mismo Frank, con «la desaparición de los signos». 

«En la mañana, en la recámara, ella se arregla concienzudamente ante el espejo. Está radiante, pero sin él, o más bien fuera de él». Él, al verla embellecerse acaso para otro, acaso sólo para ella misma, se pregunta: «¿Por qué esos parpadeos?, ¿en qué piensa?, ¿rechazará mi mano?, ¿y mi brazo?, ¿qué pasa?, ¿por fin me mirará? Pero ella no lo mira, y rechaza brazo, mano, todo». 

He aquí, finamente expresados, los estertores de un amor.

Se ha dicho innumerables veces que se deja de amar un ser cuando se deja de esperar en él. Es posible que así sea. Pero antes de dejar de esperar en él se ha dejado de tocarlo y de mirarlo. Sus movimientos ya no son seguidos por una mirada curiosa e interesada: éstos, por decir así, han perdido toda trascendencia y se han vuelto insignificantes. Antes, uno y otro casi se espiaban; hoy, en cambio, apenas se miran. Cuando en otro tiempo salían juntos a dar un paseo por la ciudad, no se percataban de la existencia del mundo exterior: iban hombro con hombro y se miraban a los ojos. Hoy los dos se recargan indolentemente en su respectiva ventanilla y fingen un extraño interés por las fachadas de los edificios y los monumentos históricos, es decir, por cosas en las que antes ni siquiera reparaban. 

El amor ha muerto cuando el otro ya no nos sorprende ni nos maravilla. 

No es casual que la palabra amor empiece con a, que es la letra del arrebato, el asombro y la admiración (experiencias éstas que igualmente empiezan con a). Te invito a que comiences a decir la palabra amor una vez, y luego una segunda; que te dispongas a decirla una tercera vez, pero sin llegar a pronunciar las letra que siguen, es decir, la m, la o y la r. Quédate por ahora sólo en la primera letra. ¿A qué suena esta a de la palabra amor? Al “¡ah!” del asombro y del azoro, ¿no es verdad? 

Como la filosofía, el amor ha nacido de un “¡ah!” lleno de sorpresa. Sorpresa ante el mundo y la vida en la filosofía; sorpresa ante un rostro, ante una presencia en el amor. Y cuando el otro y todo lo que él es y hace ya no nos hace exclamar: “¡ah!”, entonces el amor ha muerto. 

¿He respondido a tu pregunta, mi querida amiga?

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Robots Joviales | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

La señorita acababa de perder a su madre, de modo que aquel día se mostraba aún un tanto pensativa y silenciosa. Su madre… ¡Cómo había sufrido en la vida! Durante muchos años había estado enferma y, pese a todo, nunca se quedó en la cama compadeciéndose a sí misma ni quejándose de la vida. El desayuno siempre estuvo listo, la casa siempre estuvo limpia: la enfermedad no le impidió jamás cumplir con sus deberes.

-¿Encontró todo lo que buscaba? ¿Necesita tiempo aire para su teléfono? –preguntó la señorita mientras se esforzaba por no romper a llorar y sin levantar la cabeza. Tenía que hacer la pregunta en voz alta, y la hizo, pero sin demasiado entusiasmo. 

No escuchó la respuesta; en realidad, no le interesaba que los clientes hubieran encontrado o no lo que buscaban; había otras cosas mucho más importantes en qué pensar: «La enfermedad –se dijo a sí misma la señorita-, la enfermedad, cualquiera que ésta sea, es siempre absurda. ¿Es que no nos vamos a morir? Ya esto es suficiente, ya esto es incluso demasiado. ¿Es que no nos vamos a morir? ¡Y, por si esto fuera poco, antes de morirnos hemos de padecer muchos males! Hay quienes, como mi madre, no hicieron en la vida más que ir de una enfermedad a otra. ¡Pobres de nosotros! Si por lo menos pudiéramos vivir apaciblemente los años que preceden a la muerte. Pero aun esto nos ha sido negado».

Así pensaba la señorita cuando oyó que una voz enérgica y malhumorada le decía: 

Pues no, no he encontrado todo lo que buscaba. Busqué amabilidad y no la he encontrado; busqué con un poco de atención por parte del personal y ya ve usted con lo que me encuentro: con un trozo de hielo. ¿Qué clase de tienda es ésta? ¿Así se cuidan aquí las relaciones públicas? 

La señorita se encogió de hombros, cortó de un tirón el ticket que debía entregar y lo tendió, sin verlo, a la dama vociferante. 

-¡Qué educación! –gritó la mujer-. Aquí ni siquiera le sonríen a una, ni la saludan. Ahora mismo iré a quejarme a la gerencia. 

La señorita no se atrevió a seguir con la mirada los movimientos de la dama: ella seguía pensando en su madre, a la que ya no encontraría en casa cuando volviera a ella. «Sí –se decía-, ¿es que no nos vamos a morir? ¿Por qué, pues, este mar de sufrimiento?».

El gerente de la tienda llegó a la caja, pidió a la señorita que la acompañara a algún lugar y le dijo enérgicamente, para que todos lo oyeran, que así no se podía tratar a la clientela. 

-Mírese usted en un espejo –le dijo el gerente-. Tiene cara de drogada. ¿Es que no duerme usted por las noches?

Anoche no pude dormir. 

-Lo siento por usted. ¿Por qué no va con un médico para que la revise y le dé un sedante  o lo que sea? ¡Usted, así, no puede seguir viniendo! Causa lástima, ¿no lo entiende? Y nuestro personal no tiene que causar lástima.

La señorita no decía nada; se limitaba a escuchar. 

-Usted bien sabe que a los clientes hay que saludarlos y sonreírles. ¡Usted debe mostrarse feliz de pertenecer a esta gran empresa! ¡La felicidad de pertenecer a esta gran empresa debe vérs ele desde todos los ángulos!

También, por supuesto, desde el otro lado de la caja…

Esta semana ha muerto mi madre –cortó la señorita. No quería conmover, sino sólo informar. ¿Conmover a quién, o por qué? ¿A quién podría interesarle la muerte de su madre más que a ella?

-Lo lamento –dijo el gerente-. Todos lo lamentamos. Pero mientras esté usted en la caja, olvídese de su madre. Durante las ocho horas que esté aquí, tiene usted prohibido pensar en ella.

Prohibido pensar en ella. Mientras la señorita se secaba las lágrimas al contarme este incidente, yo pensaba en lo que el sociólogo norteamericano C. Wright Mills (1916-1962) había dicho en uno de sus libros, a saber: que hoy a los trabajadores se les pide que sean externamente robots joviales (cheerful robots), aunque por dentro estén sintiendo que se los lleva el diablo. Sí, dicen los modernos manuales de relaciones públicas, hay que sonreír, hay que dar palmadas en el hombro de los clientes, hay que hacerles sentir que están en el mejor de los mundos posibles y en el que, por lo tanto, no hay ni puede haber razones para llorar… 

Esa misma noche, al escribir este artículo, me puse a buscar el libro en el que había leído la afirmación de Mills y copié la cita entera, que ahora transcribo aquí: 

«De este modo la sonrisa, la mirada amable, el modo de andar, la voz y todas las cualidades externas que puedan hacer atractiva la personalidad del vendedor se convierten en objetos de manipulación encaminados a un fin. Se abusa de ellos en aras del lucro y dejan de ser una efusión originaria de la personalidad del hombre. Con esto los rasgos personales adquiridos, la sonrisa y la sencillez adquiridas deben convertirse realmente en una parte integrante del hombre, porque sólo así convencen, porque sólo así venden. De este modo el hombre se aparta de su propio ser y se apropia una personalidad extraña. El hombre se aparta de sí mismo, pero se aparta también del prójimo, porque se convierte en un objeto de manipulación, un objeto al que hay que saber calibrar acertadamente”.

La señorita perdió el trabajo. Había defendido de tal manera su derecho a no sonreír al menos en esos momentos, que su defensa le costó cara. Y mientras yo casi lloro con ella, pienso en qué va a ser –y hacia dónde se encamina- una sociedad en la que por afán de dinero se le puede decir a alguien: “Sí, es triste lo que ha pasado. Todos lo lamentamos, pero mientras esté en la caja olvídese de su madre. Durante las ocho horas laborables tiene usted prohibido pensar en ella»…

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#4 Tiempos

Al salir de la tienda | Columna de Juan Jesús Priego

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Al salir de la tienda la mujer se ve contenta: casi se diría que un relámpago de felicidad ha iluminado su rostro. Pero, sin duda, se trata sólo de un relámpago, pues de aquí a unas horas, cuando esté ya en casa, mirará con espanto las cifras que todo eso que va en las bolsas le ha costado y que deberá pagar tarde o temprano (ojalá que temprano, por su bien). ¡Dios mío, cuántas bolsas! Apenas puede con ellas. Yo le ayudaría a cargarlas, pero no creo que se fíe de un simple transeúnte cual soy yo, encontrado como al acaso.

Una conocida mía, cuando se siente sola y deprimida, va a las tiendas.

  -¡Son para mí -me dijo un día- una excelente terapia! Veo, compro, y al comprar me distraigo.

Sí, yo todo esto lo entendía, pero una vez que estuvo especialmente deprimida compró en una sola tarde la nada risible cantidad de 30.000 pesos en faldas, blusas, vestidos y pantalones. Es claro que, a la hora de enseñar las notas, el que quiso darse un tiro en la cabeza fue su marido, aunque no lo hizo por puro respeto al qué dirán.

¿También esta mujer a la que veo salir se sintió deprimida y ha querido curarse comprando? La sigo de lejos; ahora, de hecho, sólo la veo de espaldas. Camina con dificultad y las bolsas de plástico, que no son pocas –hay verdes, amarillas, rojas, pero todas son grandes, como para caber uno dentro-, se le vienen de las manos a cada diez o quince pasos y entonces se detiene para tomar aire y acomodarlas. Yo también me detengo. La mujer, viéndolo bien, no es fea, aunque viéndolo mejor tampoco es bonita: diría que, en cuestión de belleza, es uno de esos seres que, como se dice, ni fu ni fa.

Ahora bien, con toda esa ropa que lleva en las bolsas, ¿qué es lo que pretende? ¿Gustar? En días pasados había escrito en mi diario –sí, señores, debo confesarlo, yo también llevo un diario en el que, por desgracia, casi nunca escribo a diario- lo siguiente:

«No hay manera de provocar el amor, no hay ninguna manera. Aquí la cosmética no sirve de nada. Se ama o no se ama, se gusta o no. Si comprendiéramos esto, el mundo aún tendría esperanzas de durar. Pero se producen zapatos, camisas, corbatas, pulseras, abrigos y autos a ritmos vertiginosos con el único fin de hacernos creer que se puede, con eso, seducir a los demás. La sabiduría consiste, sin embargo, en no engañarnos: ¿qué puede un auto, un perfume o un lápiz labial para suscitar el amor? El amor es gracia, es pura gracia, y el que crea poder provocarlo quedará siempre, al final, decepcionado. Saber esto, aceptar esto tendría que hacernos más naturales, más sencillos. Y también más resignados».

Miro a la mujer con ternura. Ella cree que con todas esas chácharas podrá ser más amada. Pero no, no será así como conseguirá lo que busca. No sé cuánto le durará la felicidad que he creído verle en el rostro. Deseo de todo corazón que le dure mucho. Adiós, amiga mía, adiós. Quisiera para ti la alegría.

Algunos días después de aquello, ya por la noche y antes de dormirme, me puse a leer un libro de Viktor E. Frankl (1905-1997), y en él pude encontrarme con esto que ahora me tomo el trabajo de transcribir porque confirma mis más negras sospechas:

«La impresión externa de la apariencia física de una persona es indiferente en cuanto a las posibilidades de que se la ame

. Esto debe llevarnos a una actitud de retraimiento en lo que respecta a afeites y cosméticos. En efecto, hasta los lunares y los defectos de la belleza forman parte integrante e inseparable de la persona a quien se ama. Sabemos, por ejemplo, de una paciente que abrigaba la intención de embellecer su busto mediante una operación plástica de reducción del pecho, creyendo que con ello aseguraría mejor el amor de su esposo. El médico a quien pidió consejo la disuadió de hacerlo; entendió que si su marido la quería de verdad, como al parecer era el caso, la quería, indudablemente, tal y como era. Tampoco los vestidos de noche impresionan al hombre de por sí, sino solamente puestos en la mujer amada que los viste. Por último, la mujer de nuestro caso, inquieta, pidió su parecer al propio marido. Y éste le dio a entender, en efecto, con toda claridad, que el resultado de aquella operación sólo traería consecuencias perturbadoras, pues le llevaría, tal vez, a pensar: Ésta ya no es mi mujer; me la han cambiado». Y concluye el doctor Frankl: «En efecto, los hombres tienden generalmente a olvidar cuán relativamente pequeña es la importancia de los atavíos externos y cómo lo que importa en la vida amorosa es, fundamentalmente, la personalidad. Todos conocemos claros –y consoladores- ejemplos de cómo personas exteriormente poco atractivas e incluso insignificantes, triunfan en la vida amorosa gracias a su personalidad y a su encanto» (Psicoanálisis y existencialismo).

Cerré el libro y pensé de pronto en aquella mujer que había visto salir de los almacenes en días pasados. La ternura volvió a apoderarse de mí. Sí, me dije, a los comerciantes les interesa hacernos creer que el amor se consigue impresionando; sin embargo, los orígenes de toda relación son más humildes. Pregúntale a este hombre mata el tiempo tomándose un café o a aquel otro que cruza apresurado la avenida –sí, el del periódico bajo el brazo- qué vestido llevaba su mujer cuando la conoció y verás que no te lo dice. ¡Ni siquiera vio el vestido! Lo impresionó ella, no lo que ella llevaba puesto.

Y, de pronto, me escucho a mí mismo hablando con aquella desconocida apresurada: «No, amiga, no. Eso que traía usted hace unos días con tanta felicidad en las bolsas no sirve para lo que cree usted. Sirve, si usted quiere, para andar por la vida decorosamente y con cierta dignidad, pero sólo para eso sirve. Trate, más bien, de ser gentil, delicada, dulce; en una palabra, encantadora, y entonces se habrá hecho usted lo que se llama una personalidad. Y, cuando ya la tenga, verá que cuanto se ponga le vendrá siempre bien.

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