enero 26, 2023

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#4 Tiempos

¿Xavier Nava? ¿Para qué me lo recuerdan? | Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

 

El ex presidente municipal, Xavier Nava Palacios, puede, con todo el derecho, andar “por ahí de bar en bar, llorando sin podérsela olvidar”… ¿Cuál es el problema?

Si al ex alcalde y actual presidente del Frente Cívico Potosino le gusta estar de antro en antro y apurando el “sirvanmeotra” nadie tiene por qué decirle nada.

Si al líder de los “niños sin hambre”, como fue bautizado su círculo cercano cuando gobernó esta capital, no le importa faltarle el respeto a su esposa, a su familia y a sus hijas, exhibiéndose en la danza nocturna de la polinización humana con cuanta flor o cuanto flor se le atraviese… pues allá él. Al final esa es su vida privada y nadie debe cuestionarla.

El umbral de su conciencia y vergüenza debe ser amplio para derrochar la dignidad en el fondo de los vasos, la “altura moral” en “chaparritas bailadoras”, y el apellido en bajezas públicas, pero a nosotros ¿en qué nos afecta?

No, nada de eso nos debe importar a los potosinos. Muy su vida, muy su sentido de moralidad, ética y escrúpulos. Muy su familia a la que humilla. Muy sus traiciones de conciencia… total: Hay que vivir y dejar vivir.

Por las razones antes expuestas, no escribiré de la vida privada, como jamás lo he hecho, de Xavier Nava Palacios.

Lo que no puede andar haciendo el personaje en cuestión, es “gastándose la piel” sin recordar sus juramentos. Específicamente los que hizo al pueblo potosino, porque esos sí nos conciernen, nos ofenden, esos sí deben ser cuestionados y juzgados, sobre todo porque resultaron mentiras.

De 2018 a 2021 a muchos, los que fuimos críticos desde el principio, los que no compramos el cuento de la profecía navista encarnada en Xavier, los que nos atrevimos a cuestionar al incuestionable, los que vimos más allá de su ligero disfraz, nos llamaron locos, nos señalaron de vendidos, de chayoteros y de mentirosos.

Pingo, el de Pulso, hizo caricaturas a sueldo, por ejemplo. Oscar Valle, Juan Hernández y otros, pagaron campañas negras y sabotearon docenas de páginas y medios adversos a su “son de paz”. El propio Xavier Nava sabe que su jefe de comunicación, Tiburcio Cadena, desvió dinero para pagar la guerra sucia. En su momento, Xavier Azuara, el del PAN, soltaba en cada mesa que éste y otros medios estábamos muy equivocados, la presidenta del DIF, Nancy Puente Orozco, enviaba a docenas de grupos de WhatsApp, calumnias e insultos contra cualquiera que criticara a su impecable consorte.

¿Y qué cree?

Ya se que resulta odioso, jactancioso y presumido decirlo pero, el tiempo nos dio la razón, como históricamente ha ocurrido en un sinfín de temas, a los que nos llamaron locos.

No, no eran mentiras. No era “pegarle” a Xavier por encargo, diversión, odios o deporte. Xavier Nava sí resultó ser un pillo e incompetente y no lo decimos los críticos “vendidos”, sino la propia Auditoría Superior del Estado y el Congreso, con documentos, evidencias y números en la mano.

El señor está inhabilitado para asumir un cargo público porque construyó en un terreno ajeno, con dolo si fue corrupto o sin dolo si fue incapaz.

“Lamento contrariarlos”, pero yo sí lo recuerdo: lo dijimos en su momento y hoy, con las nuevas observaciones hechas públicas por la ASE, por otros 350 millones de pesos se corrobora.

La auditoría observa y “presume” (será la Fiscalía quien lo persiga y el poder judicial quien lo juzgue) que:

Sí hubo sobreprecio en la compra de 400 mil luminarias:

De poder salir gratis, o en menos de 2 mil pesos, las compraron casi en 8 mil.

Sí, hicieron negocio.

Sí, otorgaron contratos de arrendamiento para patrullas a sus amigos con empresas que no rentan patrullas.

Sí, desviaron más de 64 millones de pesos en contratar personal por “fuera” de lo presupuestado.

Sí, hay evidencia de aviadores.

Sí, hay evidencia de haber desviado recursos y personal a la campaña interna del PAN.

Sí, hay evidencia de haber desviado recursos y personal a la campaña constitucional del ayuntamiento capitalino.

Sí, hay evidencia de compra de medicamento caduco o por caducar (compra caro lo barato y te quedas con la diferencia).

Sí, se despacharon con la cuchara grande.

Sí, usaron al Interapas como caja chica.

Sí, permitieron el abuso y el usufructo del agua a su conveniencia.

Sí, entregaron más de mil permisos a ambulantes.

Sí, entregaron efectivo a diputados para que les autorizaran un aumento a la tarifa (que ni así les salió…).

Sí, destinaron dinero para, desde el poder público, atacar a sus críticos y atentaron contra la libertad de expresión.

, acosaron a sus empleadas (Caso “huele calzones” que fue juzgado y sentenciado hasta que reparó los daños y se disculpó con las afectadas).

Sí, acosaron a sus asistentes (Caso Lujambio).

Sí, hay denuncias y “no hay borrón en su cuaderno”.

Sí, alguien va a ir a dar a la cárcel.

¿Quién va a responder? Xavier Nava, con todo y su decadencia política (y personal, de la que no hablaré) parece estar blindado de estar tras las rejas por sus, todavía, alcances federales pero… ¿y su equipo cercano con los que “vivió algo importante”?

Juan Manuel Carreras por lo menos pudo, con dinero o sin dinero, “rescatar” a Mónica Liliana Rangel. Metió las manos por ella para que saliera libre pero… si Xavier Nava no le es leal ni a su familia (que poco nos importa…) ¿qué esperan sus “amigos” y cómplices?

Los va a negar antes de que cante 1 vez el gallo.

(Yo que ustedes, ya empezaba a revisar el clima en Marbella).

Los potosinos no tenemos “Amnesia”.

Es todo, Culto Público, solo que antes de despedirme hago una pequeña acotación para que no piense usted que me estoy mordiendo la lengua o que estoy escupiendo para arriba. No es secreto que la vida que me doy es permisiva y desfachatada, no escondo ni mis parrandas ni mis desvelos.

Pero a diferencia del personaje en cuestión, yo no tengo que dar cuentas de recursos públicos a nadie, yo no me siento superior moral a nadie, no le soy infiel a nadie, no le hago daño a nadie, no me considero ejemplar, no me desgarro la túnica, no blanqueo mis tumbas, no me escondo de nadie, tengo palabra y sobre todo, nunca me he fallado a mi mismo.

Hasta la próxima.

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#4 Tiempos

Apología del silencio | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Los antiguos, estimado señor –y créame usted que he tardado lo mío en reconocerlo- no eran precisamente unos idiotas. Ellos sabían cosas que nosotros hemos olvidado o que acaso ni siquiera nos interesa ya saber. Pienso, por ejemplo, en lo que enseñaban acerca del silencio.

Recuerdo haber leído en alguna parte que los miembros de cierta tribu africana decían esto a sus hijos para inculcarles desde su más tierna infancia el precioso arte de saber callarse: “Dios os ha dado dos orejas y una boca para que escuchéis lo doble y habléis la mitad”. ¿No es una enseñanza realmente admirable, estimado señor, lo que se dice una enseñanza de vanguardia? Hoy todos se sienten con derecho a hablar o, como dirían los italianos, a dire la sua. ¿Con qué resultado? Con el de que no se cree más en el poder de la palabra. ¿Ha visto usted cómo se desgañitan los panelistas de los talk shows en la televisión? Todos hablan, pero ninguno escucha; todos alegan, pero nadie hace caso al otro. ¡Una vergonzosa orgía de voces de la que no es posible sacar nunca nada en claro!

En cambio, como le digo a usted, los antiguos sabían que existe eso que podría llamarse una retórica del silencio. De los monjes medievales, que eran maestros en el difícil arte de hablar sin palabras, dijo Fray Antonio Pastor en una obra suya de 1661 que “son almas limpias que tienen la lengua hacia dentro, pues saben lo que calla el decir y lo que dice el callar”. ¡Qué frase más elocuente! ¿O no le parece a usted que lo es, estimado señor?

Permítame decirle que durante mucho tiempo mantuve la costumbre de decir siempre lo que pensaba. ¡Y cuánta pena me vino de este malhadado hábito, de este vicio nefando para la paz de los espíritus! Ora se enojaba este conmigo, ora se disgustaba aquel, ora dejaba de dirigirme la palabra el de más allá. ¡Cuántos enemigos me gané acausa de mi imprudente sinceridad! ¡Y cuántos amigos perdí por atreverme a decir lo que debía mantener en secreto! Para decirlo de una vez, tiraba mis verdades al primero que pasaba como arrojan monedas los padrinos al final de un bautizo. Hoy he comprendido que con el silencio podemos decir exactamente las mismas cosas que el hablador -y más cosas todavía-, pero sin la desventaja de parecer demasiado crueles. ¿Qué necesidad tenemos de correr la suerte de los peces? Estas criaturas acuáticas, estimado señor, como usted lo sabe bien, mueren siempre por su propia boca…

¡Qué majestuoso y qué solemne me parece ahora el hombre que sabe callar! Uno lo respeta como a la esfinge, conocedora de todos los secretos. ¡Ah, señor, este que así procede dice más con la boca cerrada que los vocingleros con todos sus discursos!

Seamos sinceros: nos quejamos demasiado, hablamos demasiado. ¿Y a quién conmovemos con nuestros gemidos? A nadie, señor, y acaso entre más nos quejemos menos nos compadecerán. Sí, tal vez nos escuchen, pero reprimiendo el bostezo y acaso preguntándose para sus adentros: “Y éste, ¿a qué hora va a cerrar el pico?”.

Mucho calla el decir; mucho dice el callar. ¿Aprenderemos alguna vez, estimado señor, el arte de guardar silencio? Cada día me resultan más claras estas palabras que Jesucristo dijo una vez a sus contemporáneos: “Nada hay oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse”. Así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que dijimos. ¿Cómo le hacen?, ¿qué viento misterioso les lleva nuestros susurros? Mire usted lo que decía ese sabio desengañado que escribió el libro del Eclesiastés (que, no hay que olvidarlo, es incluso Palabra de Dios): “Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso, pues un pajarillo del cielo le lleva la voz y un volátil le da a conocer tu palabra” (10, 20).

Sí, así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que murmuramos. ¿No es esto misterioso? Sí que lo es, señor, pero de que se enterará no hay la menor duda. ¡Y cuántas aflicciones nos vienen de estos diálogos que nosotros creíamos confidenciales, cuántos disgustos! Un refrán judío dice así: “Tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto”.

Llevo aquí –déjeme mostrárselo-, oculto en mi cartera, un billete en el que he escrito algunas máximas del abate Dinouart acerca del arte de callar que pienso leerle ahora; escuche usted: «”ólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”. “El hombre nunca es más dueño de sí que en el silencio: cuando habla parece, por así decir, derramarse y disiparse por el discurso, de forma que pertenece menos a sí mismo que a los demás”.

También quisiera leerle –si me lo permite usted- esto que transcribí hace poco en otro billete que aquí traigo: es sólo un pensamiento tomado de un libro famoso escrito por un cierto teólogo jesuita llamado Ladislaus Boros:

“Los hombres más fecundos y arrebatadores son siempre los más callados, aquellos que han aprendido a escuchar a Dios. A lo más íntimo de la existencia cristiana no se llega cuando se habla, sino cuando se calla”. ¿Se asombra usted, amigo? Pero permítame continuar: “Sin embargo, este estar callado hay que aprenderlo. Debemos alzarlo contra el interminable parloteo del mundo. Pero el ruido exterior es sólo una cara del problema, y quizá ni siquiera el peor. La otra cara es la agitación interior, el revuelo de los pensamientos, los temores y los deseos. Una vida bien ordenada ha de incluir el ejercicio de aprender a callar. Hay que empezar por cerrar la boca siempre que lo requiera el deber profesional. Pero esto es sólo el comienzo: deberíamos superar las ganas de abrir la boca. ¡Cuántas cosas superficiales decimos a lo largo del día, y cuántas tonterías!”.

¡Sí, sobre todo cuántas tonterías! ¡Y cuántas injusticias! Señor, recuérdelo: así hable usted con la pared, los demás siempre se enterarán. Medite en ello y saque todas las consecuencias pertinentes al caso. Es una verdad probada. Y si no me cree, mírese usted, por favor, en este espejo.

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#4 Tiempos

Inicia nueva temporada de La Ciencia en el Bar | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

El próximo miércoles 1 de febrero se realizará la primera charla del ciclo trigésimo quinto de La Ciencia en el Bar; charla a cargo del Dr. Armando Encinas, investigador de la División de Materiales Avanzados del Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica, IPICYT. La charla, dirigida al público en general lleva el título de: La Ley de Faraday Suena a Guitarra Eléctrica y se llevará a cabo en Las Bóvedas, Bar, localizada en la calle de Bolívar número 500 esquina con Madero, a las ocho de la noche, la entrada es libre. Al finalizar la chara y, a ritmo de guitarra eléctrica ameniza el grupo de rock conformado por científicos: Los Barbahanes.

Con esta charla reinician las sesiones presenciales, interrumpidas debido a la pandemia, y que continuaron de manera virtual recordando charlas de anteriores ciclos y que pueden consultarse por youtube en el canal de José Refugio Martínez Mendoza.

Las charlas de La Ciencia en el Bar se realizan una vez por mes, el último o primer miércoles del mes. Una oportunidad para convivir con la comunidad científica potosina y nacional y abrir un espacio de participación ciudadana. El programa de La Ciencia en el Bar se realiza desde hace diecisiete años.

Como parte de las actividades de difusión de la cultura científica que realizamos en San Luis Potosí, se inició en enero del 2006 el programa: La Ciencia en el Bar, tratando de diversificar los escenarios y actividades de nuestro programa de divulgación de la ciencia, el cual tiene como principal objetivo participar en la incorporación de la ciencia en la cultura general de la población.

La Ciencia en el Bar, complementa los escenarios de comunicación del programa de divulgación, con la ventaja que proporciona el ser desarrollado en un ambiente informal, de convivencia y relajado lo que a su vez posibilita la comunicación bidireccional e interdisciplinaria, en contraposición a eventos análogos de divulgación desarrollados en recintos formales, que de cierta forma imponen una barrera en el proceso de comunicación en sociedades como la nuestra. El programa La Ciencia en el Bar, trata de contribuir a enriquecer una cultura científica de la población, consiste en una serie de charlas que tratan de propiciar un diálogo entre el gran público y científicos de diferentes áreas.

La Ciencia en el Bar se establece como un lugar privilegiado de debate ciudadano en los temas de ciencia, y ha resultado ser, no sólo novedoso, sino que ha llamado la atención de los jóvenes estudiantes y del público en general quienes literalmente han abarrotado las diferentes sedes del evento. Es, además, la primera experiencia de este tipo en el país.

La Ciencia en el Bar es una oportunidad para que cada uno se haga su propia idea sobre temas científicos actuales en un lugar informal y de convivencia. En poco tiempo, la idea se extendió a otras partes del país y teniendo sus raíces en San Luis Potosí, se realiza en lugares como la ciudad de Xalapa, en la ciudad de Puebla, en León, Sinaloa, Nayarit, entre otros donde asumen nombres y derivaciones de La Ciencia en el Bar. Estos eventos nacen como consecuencia y, en estrecha relación, de la experiencia en San Luis Potosí.

Desde el punto de vista histórico y cultural La Ciencia en el Bar encierra otra característica y cobra especial importancia, pues sin proponérnoslo, se realiza en su mayor parte en el que fue, el primer laboratorio de física en San Luis Potosí en el siglo XIX; donde Francisco Javier Estrada trabajó e implementó un buen número de aparatos que llevaron a San Luis a un plano mundial, aunque sin el reconocimiento necesario.

El crear un escenario propicio para la participación ciudadana en temas científicos, facilitando el debate público, es uno de los retos que persigue el programa de La Ciencia en el Bar en San Luis Potosí.

También lee: La mina vieja, novela histórica de un geólogo potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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Práctica de vuelo | Columna de Julián de la Canal

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No está a discusión la civilidad del sr. Guillermo Sheridan al denunciar el plagio de la tesis de la sra. Yasmín Esquivel, como tampoco su incivilidad en calidad de presunto aviador, pinchar aquí  y aquí. Si lo primero es loable, lo segundo imputable. La denuncia no ampara la impunidad, pero desde la impunidad reditúa la denuncia. No basta con subrayar que es escritor para justificar una plaza en una institución pública, como no basta con afirmar que la sra. Esquivel es magistrada para exculpar un plagio. La fingida polémica desafía razones de las respectivas defensas que en ningún caso se interesan en aportar verdad al asunto. En realidad, no existe debate: son hechos de naturaleza distinta, ambos reprobables en atención a la higiene social. La sra. Esquivel plagió su tesis de licenciatura por lo que se hace acreedora a sanciones ajustadas a la falta. Si el sr. Sheridan es aviador exige correctivos apegados al reglamento de la Universidad y del Sistema Nacional de Investigadores. Los efectos del affaire Sheridan son nocivos para UNAM y Conacyt porque el trato de favor demerita y agravia a la comunidad académica, a lo que agrega la complicidad de autoridades pasadas y presentes de las respectivas instituciones. Complejo entramado al servicio de un investigador quien compite con trampas y atajos en detrimento de colegas.

La entusiasta defensa del sr. Sheridan se ordena en torno a dos directrices preferentes: “buen escritor” y sentido del humor. Sus valedores argumentan con fervor que es “buen escritor”, olvidando de manera deliberada que también hay matemáticos o plomeros o empresarios o carteros que son buenos escritores y cumplen con sus obligaciones profesionales. El contrato del sr. Sheridan con la UNAM es en calidad de profesor-investigador, no de “buen escritor” aunque se agradece. Sorprende que entre sus fiadores no se incluyan académicos del centro al que está adscrito lo que se asume como acusación de parte. Estridente silencio que expone a consideración el aprecio que merece entre pares. No menos elocuente, la mudez de las autoridades del Instituto de Investigaciones Filológicas habilita doble conjetura: confesión de indecorosa arbitrariedad y reconocimiento del corrupto régimen de excepción. Tampoco lo exonera alegar sentido del humor, del que sin duda hace gala al proclamar apego estricto a la normatividad académica. Habitualmente limitado a la mofa de otros, su humor se reduce a parvedad o patología. Todavía ninguna institución académica contrata a alguien por su sentido del humor, aunque sea abreviado, sino por presunta competencia desplegada en cuatro áreas: clases y dirección de tesis, investigación, extensión, administración. Echar unas risas no se incluye dentro de la nomenclatura, pero se antoja que es atributo aquilatado en lo particular por la claque literaria. Adicta al jolgorio, irrumpe en defensa del humorista portátil apelando a su ingenio. El sr. Sheridan no ingresa de momento las quincenas por sus humoradas, sino presuntamente por cumplir con lo estipulado en protocolos legales, lo que a lo mejor no invita a risa, pero no deja de ser gracioso.

Confortablemente instalado en supuesta impunidad que manipula razones y evidencias, el sr. Sheridan objeta que sus exenciones laborales son aprobadas metódicamente por las autoridades del Instituto de Investigaciones Filológicas. Disimulan uno y otras la violación a los artículos 2 y 61 del Estatuto del Personal Académico, pinchar aquí. Todo indica que es objeto de gratuita deferencia que excede su condición de “buen escritor” puesto que tiene colegas que son “buenos escritores”, que sobrepasa su sentido del humor ya que compañeros lo exhiben más acusado; anomalía a la que permiten una acomodada existencia como “buen escritor” y humorista destacado, excusado de los rigores del oficio. Parece improcedente que se atribuya la defensa de una ética que transgrede a cada oportunidad a no ser que se considere ornato de una parafernalia kitsch. La UNAM se resiste a reparar en una situación abusiva consecuencia de prácticas corruptas que humilla a investigadores comprometidos con la institución, que la respetan en los hechos, que no maniobran a conveniencia. La ejemplaridad de la universidad responde solo a la presión a que la someten medios de comunicación. Las manoseadas integridad y honestidad se aplican en exclusiva a determinadas coyunturas. El deslucido prestigio opera como coartada para el trasiego de presupuestos. En descargo, atendiendo al retrato del mexicano pergeñado por el sr. Sheridan (“el mexicano es por lo general violento, fanático, corrupto, ladrón, caprichoso, temperamental”), su espíritu se expresa con codiciada propiedad como portavoz de la raza.

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