marzo 3, 2026

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Borges no me enseñó nada | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Jorge Luis Borges

Testeando

 

Hace unos día el escritor argentino Rodrigo Fresán dio muchas entrevistas en Buenos Aires para promocionar su nueva novela “La parte recordada” y entre tantas cosas que le preguntaron y tantas más que respondió, hubo algo que causó entre asombro e incredulidad: se le ocurrió cuestionar el valor de Borges, en pleno corazón del puerto de Buenos Aires:

“Borges es como una computadora de 2001, el mundo de los sentimientos se le escapa… no tiene nada para enseñarte, salvo escribir como Borges, lo cual sería un error catastrófico”

Pum, contundentes declaraciones de alguien que además de vivir de las letras como Borges, es un argentino orgulloso de su herencia, como Borges. Y justo esto me hizo pensar, reflexionar: ¿qué me ha enseñado Borges?

Leer a uno de los grandes de la literatura mundial es algo que todo mundo debe realizar, leer a Borges es tan necesario como a Shakespeare o Cervantes, pasear por el Aleph es un proyecto que todo lector debe afrontar, conocer a Beatriz.

No voy a cuestionar ni tantito la grandeza de Jorge Francisco Isidoro Luis, ni voy a atreverme a decir que el porteño es poca cosa, al contrario, pocos tan grandes como Borges. Sin embargo, es por muchos sabida la arrogancia con la que veía el futbol y ese desinterés prácticamente insultante con el que despreciaba al deporte más popular en la Argentina. Ahí es donde Borges pierde… y pierde mucho.

Estadísticamente el país que más consume futbol n o es Argentina, ni siquiera es un país de América Latina, es más, ni siquiera consume su liga local. Ese país es Noruega,

donde el índice de consumo por habitante del deporte (por cierto, futbol inglés) es superior a cualquier otra parte del mundo. Just o ahí, justo en ese extraño lugar, es donde el amor al futbol florece con mayor fuerza; dicho de otra manera, el polo opuesto a la grandeza de Borges y su aberración al futbol, se llama Noruega
.

Leer de futbol es una verdadera delicia para el amante de las letras y del deporte: leer a Valdano o a Sacheri, leer a Villoro o a Caparrós, leer a Galeano o a Panzeri es un placer que se come con los ojos y se saborea en la mente, y no me refiero solo a sus textos del futbol, me refiero a cualquiera de sus textos: esa forma de tratar a las palabras como si de una jugada de Messi se tratara, esa manera de circular el balón por sus verbos como si fueran pases al pie en un desborde por la banda, ese atrevimiento al hablar de temas complejos y explicarlos como una gran atajada de Buffon. En fin, ese goce de leer a un grande.

Pero esos grandes también son humanos y hablan con el corazón y, más allá de todo, a diferencia de Borges, los antes mencionados escribieron de futbol. Pero no lo hicieron solo con la pluma, lo hicieron con su alma: desnudando muchas de sus pasiones y enseñándonos a amar a través de sus palabras, amar a algo tan extraño y efímero como once tipos corriendo detrás de un balón. A diferencia de Borges a los otros les aprendí como se escribe con el alma, como se dicta con el corazón, como se aterriza la locura en la razón de las letras.

Perdón Borges, pero no me enseñaste nada. Te leo, te intento entender, pero hoy (como dijo Fresán) me pareces anacrónico. Te aprendí tan poco que es prácticamente nada, disfruto tus letras pero no las encuentro entre las mías. En fin, gracias por eso que pude leerte pero perdón por no querer (o no poder) parecerme a ti, por tener un fuego enorme en el corazón y amar con locura a una pelota, esa pelota que hace rodar al mundo para gritar un gol.

Perdón, y nuevamente perdón.

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La oportunidad perfecta | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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El calendario no siempre ofrece segundas oportunidades inmediatas, pero esta vez sí. El partido entre San Luis y Puebla llega como una ventana ideal para que el equipo potosino vuelva a afirmarse en casa y recupere sensaciones después del tropiezo frente al Atlas.

La derrota anterior dejó ciertas dudas. San Luis no fue superado de forma escandalosa, pero sí evidenció limitaciones cuando el partido exigió claridad y contundencia. Perdió orden en momentos clave y terminó pagando caro errores que en este torneo suelen marcar diferencia, un segundo tiempo donde el equipo no apareció y la expulsión de Águila que verdaderamente pesará no solo en este juego, sino en el ánimo y confianza en el futuro. Por eso, este encuentro adquiere un valor que va más allá de los tres puntos: es una oportunidad para reafirmar el camino, para demostrar que el proyecto no se tambalea ante el primer obstáculo serio.

El Alfonso Lastras o “Libertad Financiera” vuelve a convertirse en escenario clave. San Luis ha entendido que su fortaleza comienza en casa, donde el ritmo, la presión ambiental y la disciplina táctica suelen potenciarlo. Ante Puebla, el equipo tiene la posibilidad concreta de imponer condiciones desde el inicio, de marcar territorio y de enviar el mensaje claro de que la caída ante Atlas fue un accidente, no un síntoma.

Del otro lado, Puebla atraviesa un torneo complicado. Los números no lo acompañan, el funcionamiento ha sido irregular y la confianza parece frágil. Es un equipo que ha sufrido para sostener ventajas y que defensivamente ha mostrado grietas constantes. Todo eso lo coloca, en la previa, en el papel de víctima. Sin embargo, la Liga MX ha demostrado que subestimar a cualquiera es un error que suele castigarse.

San Luis no puede permitirse la relajación. Si algo enseñó la derrota pasada es que los partidos se resuelven en detalles mínimos. Puebla llegará con poco que perder y mucho que intentar rescatar. Cuando un equipo herido visita una plaza complicada, suele apostar por el orden extremo y por resistir lo más posible. La paciencia será clave para que San Luis no confunda dominio con desesperación.

El contexto es favorable, sí. Puebla llega golpeado y San Luis tiene argumentos para imponer condiciones. Pero este partido no se ganará desde la etiqueta previa, sino desde la ejecución. La oportunidad está ahí, volver a ganar en casa, reafirmar el rumbo y recuperar confianza antes de que el torneo entre en una fase más exigente.

Si San Luis entiende la dimensión del momento, este encuentro puede ser el punto de inflexión que confirme estabilidad. Si no, la derrota ante Atlas empezará a sentirse menos circunstancial y más estructural.

El escenario está servido. Ahora toca demostrar que el tropiezo fue lección y no advertencia.

Mención aparte tiene la fiesta en honor a Jacobo Payán, un merecido homenaje que sus amigos le rinden a quien por muchos años fue artífice para bien y para mal del futbol potosino. La imagen de Don Jacobo estuvo en las buenas, en las malas y en las peores, culpable directa o indirectamente de los ascensos y casi todos los descensos o desapariciones. Payán sabía todo del teje y manejo de este humilde equipo. Más allá del bien y mal, merecido homenaje y ojalá que el equipo en la cancha responda también y sea un sábado redondo para el futbol en San Luis Potosí.

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La sorpresa táctica y una victoria de lectura fina | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

El partido entre San Luis y Atlas se presenta envuelto en una sensación poco habitual: la duda como punto de partida. No tanto por el rival, sino por lo que San Luis ha venido mostrando desde la banca, donde las decisiones recientes de Guillermo Abascal han alterado un escenario que parecía más estable de lo que realmente era.

En el encuentro anterior, el técnico español del cuatro potosino sorprendió con una cantidad considerable de cambios en su alineación. No fueron ajustes cosméticos ni solo rotaciones obligadas, sino movimientos que modificaron la estructura del equipo y dejaron claro que solo algunos tienen el puesto asegurado. Esa sacudida abre ahora un interrogante inevitable: resulta complicado anticipar qué versión de San Luis veremos frente al Atlas, y esa incertidumbre convierte la previa en un ejercicio de especulación más que de certeza.

El buen resultado conseguido ante Querétaro sirve como respaldo inmediato, pero también requiere una lectura más profunda. El marcador fue amplio, sí, pero los tres goles llegaron más como consecuencia de un rival desordenado, frágil y superado por sus propios errores que por una exhibición contundente de San Luis. Fue un triunfo valioso en lo anímico, aunque no necesariamente una confirmación absoluta de funcionamiento.

Ese matiz es c lave para entender el momento. San Luis aprovechó lo que Querétaro le ofreció

, algo que también cuenta en la Liga MX, pero ahora enfrentará a un Atlas que suele cometer menos errores no forzados y que rara vez se descompone con facilidad. Ante un rival más sólido, la eficacia y la claridad táctica serán más exigidas.

Atlas llega como un equipo acostumbrado a partidos cerrados, cómodo en escenarios donde el rival aún está ajustando piezas. No necesita controlar el juego para competirlo y suele crecer cuando detecta dudas estructurales enfrente. En ese sentido, la posible rotación de San Luis puede ser tanto una ventaja como un riesgo, dependiendo de qué tan rápido el equipo logre reconocerse en el campo.

Este partido se empezará a jugar desde la alineación. La lectura inicial, los nombres elegidos y los roles asignados dirán mucho más que cualquier discurso previo. Si San Luis logra sostener orden pese a los cambios, el mensaje será positivo: hay profundidad y alternativas. Si no, la sensación será que el triunfo anterior maquilló problemas que siguen ahí.

Frente al Atlas, San Luis no solo defiende un resultado reciente, sino una idea en construcción. En la Liga MX, ganar ayuda, pero entender por qué se gana es lo que realmente define el rumbo. Y este encuentro será una prueba clara de si los cambios recientes fueron el inicio de una evolución… o solo una reacción momentánea ante un rival que se equivocó demasiado.

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El clásico de la gente | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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El clásico entre San Luis y Querétaro es uno de esos partidos que no se explican únicamente desde lo futbolístico. No nace de finales, títulos ni de una historia prolongada de choques decisivos. Su verdadera raíz está en otro lado: en la tribuna, en el viaje, en el orgullo regional y en una rivalidad que las aficiones se han encargado de alimentar con el paso de los años.

En la cancha, el enfrentamiento suele ser más sobrio de lo que la previa anticipa. Ni los jugadores ni los cuerpos técnicos cargan con una animadversión profunda; los planteles cambian, los proyectos se renuevan y las prioridades pasan por sumar puntos más que por saldar cuentas históricas. Pero fuera del rectángulo verde, el partido se vive con otra intensidad. Ahí es donde el clásico cobra sentido.

San Luis llega a este duelo con la obligación de hacerse respetar en casa. El Alfonso Lastras se transforma cuando aparece Querétaro en el calendario, no tanto por lo que representa el rival en términos deportivos, sino por lo que despierta en la afición local. Ganar este partido es una forma de reafirmar identidad, de sostener una narrativa que va más allá de la tabla y que conecta directamente con la grada.

Querétaro, en cambio, asume el papel de visitante incómodo. No necesita dominar el juego para competirlo; le basta con resistir el ambiente y aprovechar cualquier momento de desconcentración. En este tipo de clásicos, el equipo que mejor entiende el contexto suele sacar ventaja, porque sabe que el partido puede romperse por tensión, no por talento.

La rivalidad, entonces, se manifiesta más en los cánticos que en las barridas, más en el color de las tribunas que en los esquemas tácticos. Los futbolistas juegan un partido importante

, sí, pero no uno que defina su historia personal. Para la afición, en cambio, este encuentro sí pesa distinto: es conversación de semana completa, es memoria compartida, es rivalidad de las redes y comparación inevitable.

Eso no significa que el partido carezca de intensidad. Al contrario. Precisamente porque se carga desde fuera, el margen de error se reduce. Nadie quiere ser el responsable de un tropiezo en un partido que la gente siente propio. Cada balón dividido se juega con un poco más de cuidado, cada decisión arbitral se magnifica y cada gol tiene un eco que trasciende los noventa minutos.

El clásico San Luis–Querétaro no necesita exagerar su importancia deportiva para existir. Su valor está en el entorno, en la cercanía geográfica, en la rivalidad que se construyó sin manual y sin guion. Es un partido donde los jugadores cumplen su función y los entrenadores hacen su trabajo, pero donde las aficiones son las verdaderas protagonistas.

Al final, como ocurre con muchos clásicos regionales, el resultado importa, pero no lo es todo. Lo que queda es la sensación de haber defendido colores, de haber impuesto presencia y de haber ganado (o perdido) un duelo que se juega tanto en la memoria como en el marcador. Y en la Liga MX, esos partidos, aunque no siempre definan campeonatos, sí terminan definiendo identidades.

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