Columna de Nefrox
Hay algo incómodo en el repechaje | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay algo incómodo en el repechaje.
Como esas conversaciones que llegan tarde, como esos equipos que reaccionan cuando ya no hay margen.
Nadie quiere estar ahí… pero todos quieren salir.
El Mundial de 2026 promete ser el de la inclusión, el de las 48 selecciones, el de “ahora sí hay lugar para más”. Pero en el fondo, el fútbol sigue siendo el mismo de siempre: el que aprieta cuando más duele. Y ahí, en ese rincón donde ya no hay mañana, aparece el repechaje.
No como premio, como castigo.
En Europa, por ejemplo, el repechaje no debería existir para ciertos nombres. Y sin embargo, ahí está Italia, otra vez, jugando con fuego después de haber aprendido (o no) la lección de quedarse fuera.
Ganó 2-0 su primer partido. Sin convencer, sin emocionar, pero ganando. Que a estas alturas ya es suficiente. Porque en estas instancias el fútbol no se juega bonito… se sobrevive.
Alrededor, el mapa es igual de tenso.
Polonia sacó un 2-1 que dice más de sufrimiento que de superioridad.
Suecia resolvió con un 3-1 que parece cómodo, pero que no garantiza nada.
Dinamarca, quizá la más seria de todas, aplastó 4-0 y mandó un mensaje: hay selecciones que sí entendieron dónde estaban paradas.
Y ahora todo se resume a una noche.
Una sola.
Italia contra Bosnia.
Suecia contra Polonia.
Dinamarca contra República Checa.
Turquía contra Kosovo.
Cuatro partidos para decidir quién va al Mundial… y quién se queda viendo cómo pasa la historia.
Así de frío.
Del otro lado del mundo, el repechaje tiene otro tono. No es presión… es oportunidad.
México es la sede de esa última puerta, y eso no es menor. Porque jugarse el Mundial en este país no es lo mismo. Aquí el fútbol se siente distinto: más ruidoso, más emocional, más impredecible.
Y en ese escenario aparecen nombres que no suelen habitar estas conversaciones.
Bolivia, Surinam, Irak.
Jamaica esperando.
Nueva Caledonia soñando.
República Democrática del Congo empujando desde lejos.
Seis selecciones para dos boletos.
Seis historias que no estaban destinadas a este momento… pero que ya están ahí.
Y cuando eso pasa, el fútbol se vuelve peligroso.
Porque el repechaje no clasifica a los mejores.
Clasifica a los que aguantan.
A los que llegan con dudas pero no se rompen.
A los que no cargan historia… y por eso juegan sin miedo.
Y ahí es donde empieza lo interesante.
Porque cada Mundial tiene ese equipo que nadie vio venir. Ese que no tenía obligación de nada y termina incomodando a todos. Muchas veces, ese equipo sale de aquí.
Si Dinamarca entra, nadie la va a querer enfrente.
Si Suecia se mete, será ese rival incómodo que no regala nada.
Y si Jamaica, incluso Bolivia logran colarse… entonces habrá una historia nueva, de esas que no se explican con rankings, de esas que solo se entienden cuando la pelota empieza a rodar.
El repechaje es injusto, sí. Pero también es brutalmente honesto. Porque aquí no hay margen para discursos, ni para proyectos, ni para promesas. Aquí todo se reduce a 90 minutos donde el pasado no sirve de nada, ni los títulos, ni el nombre, ni la historia, solo el presente. Y quizá por eso incomoda tanto. Porque en el fondo, el repechaje nos recuerda algo que el fútbol intenta ocultar todo el tiempo: que no siempre llegan los que más lo merecen…
sino los que sobreviven cuando ya no queda nada.
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Columna de Nefrox
San Luis quiere jugar de otra manera | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay entrenadores que llegan a un equipo para cambiar resultados. Y hay otros que llegan para cambiar la manera en que el equipo entiende el fútbol.
Diego Mejía parece pertenecer al segundo grupo.
Porque si algo ha quedado claro durante estas primeras semanas del Atlético de San Luis es que el técnico no quiere un equipo que simplemente sobreviva los partidos. Quiere que los juegue. Y eso, aunque parezca una diferencia pequeña, cambia absolutamente todo.
San Luis quiere tener la pelota. Pero no por presumir posesión. La quiere porque Mejía entiende que con el balón también se puede defender. Construir desde atrás. Mover al rival. Encontrar espacios. Y cuando se pierde, recuperarla lo más rápido posible.
La famosa presión tras pérdida, esa que parece sencilla cuando se explica pero que requiere muchísimo trabajo cuando se intenta ejecutar.
Ahí comienza a entenderse la idea.
Porque este Atlético de San Luis no quiere esperar. Quiere provocar. Quiere que el rival tenga que tomar decisiones. Quiere avanzar con la pelota desde el fondo y asumir riesgos.
Y eso implica algo que quizá no siempre será agradable para la afición: habrá errores y muchos con el nivel de jugadores que se tienen.
Porque jugar con valentía significa aceptar que alguna vez el riesgo puede salir mal. Mejía lo ha dicho de manera bastante clara: busca un equipo que tome riesgos y que sea capaz de atacar mucho. No parece una promesa. Parece una declaración de principios.
Y quizá ahí está lo más interesante. Diego Mejía no llegó a San Luis solamente con la intención de cambiar nombres.
Llegó con una idea.
Una idea que comenzó a construir desde su experiencia anterior, particularmente durante su paso por Atlético Ottawa, donde consiguió el campeonato de la Canadian Premier League en 2025. Antes de eso también acumuló experiencia como auxiliar y entrenador en México, además de una etapa de formación y scouting en el Manchester City.
Eso ayuda a entender de dónde viene su obsesión por los detalles.
El fútbol no comienza cuando el árbitro pita. Comienza desde la salida. Desde la posición de los centrales. Desde dónde recibe el mediocampista. Desde cómo se mueve el extremo cuando la pelota está en el otro costado. Desde qué hace el equipo cinco segundos después de perderla.
Y ahí aparece una palabra que quizá define mejor su propuesta: intensidad.
Pero no solamente correr. Correr con sentido. Presionar con sentido. Atacar con sentido.
Porque correr detrás de la pelota durante noventa minutos no es intensidad. Es cansancio.
La intensidad que busca Mejía parece estar más relacionada con controlar el partido mediante las decisiones que toma el equipo. El técnico potosino ha dejado claro que no entiende el fútbol desde una postura excesivamente defensiva, busca ofender, propone, pero su equipo no le responde, su diseño no corresponde al nivel de plantel.
Eso también explica algunos partidos que hemos visto. San Luis puede tener más la pelota y, aun así, no ganar. Puede llegar más veces y no encontrar el gol. Puede dominar territorialmente y terminar empatando. Y ahí está la parte que todavía necesita madurar. Porque una cosa es construir una identidad.
Otra es convertir esa identidad en resultados. El Atlético todavía está aprendiendo.
La propuesta tiene riesgos. Y muchos. Si los laterales avanzan, habrá espacios. Si el mediocampo pierde la pelota mal parado, habrá contragolpes. Si los centrales tienen que defender demasiados metros a su espalda, aparecerán problemas.
Pero también hay una recompensa. Cuando el sistema funciona, San Luis puede convertirse en un equipo incómodo. Uno que no te deja respirar. Uno que te obliga a defender durante largos periodos. Uno que recupera la pelota cerca del área rival y vuelve a atacar antes de que puedas acomodarte.
Eso es lo que Mejía está buscando.
Quizá por eso sería injusto evaluar su trabajo solamente desde la tabla. Los resultados importan. Por supuesto que importan. Pero también hay que observar qué está intentando construir.
Porque después de varios años en los que San Luis encontró identidad con diferentes entrenadores, ahora parece estar intentando algo distinto: que la identidad no dependa solamente del rival.
Que San Luis tenga una manera propia de jugar.
Que no importe si enfrente está Cruz Azul, América, Pachuca o cualquier otro.
Que el equipo pueda decir: así queremos jugar.
Y quizá esa sea la apuesta más grande de Diego Mejía. No promete que San Luis ganará todos los partidos. Promete, con sus decisiones, que San Luis intentará ser protagonista.
Eso puede salir bien.
Puede salir mal.
Puede tardar.
Pero al menos en momentos, parece que hay una idea.
Y en el fútbol mexicano, donde muchas veces los equipos cambian de entrenador antes de terminar de entender lo que quieren ser, tener una idea ya es un comienzo.
Ahora falta lo más difícil. Convertirla en costumbre. Y después, convertir la costumbre en resultados.
Porque jugar bonito puede ilusionar.
Jugar con identidad puede enamorar. Pero al final, como siempre, el fútbol termina haciendo la misma pregunta:
¿Y los puntos?
Ahí comienza el verdadero examen para Diego Mejía.
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¿Cómo volver a ganar? | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Diego.
Hay comienzos que preocupan. Y hay comienzos que simplemente obligan a poner atención.
El Atlético de San Luis está parado justo en ese lugar.
Cuatro jornadas del Apertura 2026 y el equipo de Diego Mejía todavía no sabe lo que es ganar. Dos empates y dos derrotas. Dos puntos de doce posibles. Un arranque que, visto únicamente desde la tabla, invita a encender las alarmas.
Pero quizá todavía sea demasiado pronto para hablar de crisis. Porque también hay que mirar contra quién se ha jugado. Y ahí la historia cambia un poco.
San Luis comenzó enfrentando a Cruz Azul.
Después apareció Tigres.
Luego Tijuana.
Y finalmente América.
No precisamente un calendario diseñado para regalar puntos.
De hecho, en esos primeros cuatro partidos hubo encuentros donde el equipo potosino compitió de tú a tú durante largos pasajes, aunque no siempre encontró la manera de convertir esa competencia en victorias.
El problema es que en el fútbol mexicano las buenas intenciones no aparecen en la tabla.
Después llegó la Leagues Cup.
Y ahí está el otro elemento que puede hacer que este comienzo parezca todavía más complicado.
Porque mientras otros equipos podían concentrarse en corregir sus errores de Liga MX, San Luis tuvo que repartir esfuerzos, preparar partidos distintos y enfrentarse a otra competencia que tampoco terminó de salir como se esperaba.
La Leagues Cup no creó necesariamente una crisis. Pero sí puede agudizar la sensación de que algo no termina de funcionar.
Es como si el calendario hubiera decidido no darle al Atlético ni siquiera una semana para respirar.
Y quizá por eso hay que tener cuidado. Porque una cosa es decir que el equipo no está funcionando como se esperaba. Y otra muy distinta es afirmar que el proyecto de Diego Mejía está en peligro.
Todavía no.
Cuatro jornadas son demasiado pocas para dictar una sentencia.
Más aún cuando el equipo ha enfrentado rivales que, por presupuesto, plantilla y aspiraciones, parten con ventaja.
El problema sería que esta tendencia continuara.
Que los empates comiencen a sentirse como derrotas.
Que las derrotas se conviertan en costumbre.
Que la falta de gol termine afectando la confianza.
Ahí sí habría razones para preocuparse.
Pero el fútbol también tiene una característica maravillosa.
Siempre ofrece una oportunidad para cambiar la historia.
Y la siguiente se llama Pachuca.
El domingo, el Atlético de San Luis volverá a casa para recibir a los Tuzos en la quinta jornada.
Y quizá no podía llegar en mejor momento. Porque hay partidos que sirven para sumar tres puntos. Y hay otros que sirven para cambiar una dinámica. Este puede ser de los segundos.
Pachuca tampoco representa un rival sencillo.
Pero jugar en casa cambia las cosas. El equipo tendrá a su gente. Tendrá la posibilidad de jugar sin el cansancio de un viaje internacional. Y, sobre todo, tendrá la oportunidad de quitarse de encima esas palabras que empiezan a aparecer demasiado pronto: sin triunfo.
Una victoria no solucionaría todo. No borraría la eliminación de la Leagues Cup. No convertiría mágicamente los dos empates y dos derrotas en un buen comienzo.
Pero sí cambiaría la conversación.
Y a veces eso es exactamente lo que necesita un equipo.
Porque todavía hay tiempo. Mucho.
El torneo apenas comienza y la Liga MX ya ha demostrado infinidad de veces que un equipo puede estar abajo en agosto y terminar peleando arriba unos meses después.
San Luis no necesita entrar en pánico.
Necesita mejorar.
Necesita convertir los buenos momentos en goles.
Necesita aprender a cerrar los partidos.
Y necesita que los jugadores que deben marcar diferencia aparezcan cuando más se les necesita.
Eso es todo.
Por ahora.
Porque hay una diferencia enorme entre estar en crisis y estar obligado a reaccionar.
El Atlético de San Luis está en lo segundo.
Todavía.
Pero el fútbol tiene memoria corta.
Y si el domingo vuelve a dejar puntos en casa, entonces la pregunta dejará de ser si hay motivos para preocuparse.
Empezaremos a preguntarnos cuánto tiempo más puede esperar el equipo.
Por eso Pachuca no es solamente la jornada cinco. Es una oportunidad. Una de esas que aparecen justo cuando más falta hacen.
Y quizá San Luis no necesite encontrar todas las respuestas el domingo.
Quizá solamente necesite encontrar una: cómo volver a ganar.
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Columna de Nefrox
Regreso a casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay temporadas que empiezan con ilusión. Otras empiezan con dudas. Y algunas, simplemente, empiezan con la sensación de que el camino será más largo de lo esperado.
El Atlético de San Luis regresó de la Leagues Cup con esa última sensación. No como un equipo que haya sido superado únicamente en el marcador, sino como uno que nunca terminó de encontrarse en la competencia. Un torneo que, para muchos clubes de la Liga MX, se ha convertido en una especie de espejo incómodo ahí donde se mide no solo el nivel, sino también la profundidad real de los planteles.
Y San Luis, en ese reflejo, no siempre se vio completo.
La Leagues Cup terminó. Pero el fútbol no espera. Y la Liga MX ya volvió a encenderse con la misma exigencia de siempre, quizá incluso con más prisa que antes.
El problema para el Atlético de San Luis es que el reinicio no trajo calma. Trajo calendario, trajo rivales, trajo presión y trajo la sensación de que el torneo apenas comienza, pero el margen de error ya se está reduciendo.
El inicio de la Liga MX no ha sido sencillo. No lo es para nadie, pero en el caso de San Luis se siente distinto. Porque no es un equipo diseñado para dominar.
No es un plantel construido para pelear títulos de manera constante.
Es un proyecto que ha aprendido a competir desde la inteligencia, desde el orden y desde la convicción de que cada punto se gana con más esfuerzo que talento puro.
Y eso, en una liga tan exigente, tiene un precio.
La Leagues Cup dejó heridas deportivas y también preguntas. No tanto por los resultados, sino por las sensaciones. El equipo nunca terminó de asentarse, nunca encontró continuidad y, en muchos momentos, pareció más reactivo que protagonista.
Y cuando un torneo internacional te expone de esa manera, el regreso a la liga local no es un alivio. Es una prueba inmediata. Porque la Liga MX no espera procesos. Exige respuestas. Y San Luis ahora enfrenta un calendario que no da tregua. Partidos que pueden marcar el rumbo del torneo desde muy temprano. Rivales que no perdonan desconcentraciones. Y una tabla que, como siempre, no tiene paciencia para los proyectos en construcción.
Sin embargo, incluso en medio de este inicio complicado, hay señales que no deben perderse. Porque este equipo no es solo su momento.
También son sus nombres. Y en ese sentido, hay futbolistas que han comenzado a levantar la mano cuando el contexto se vuelve más pesado.
David Rodríguez, por ejemplo, ha sido uno de esos jugadores que entienden cuándo acelerar y cuándo sostener el ritmo del partido. No siempre aparece en los reflectores, pero su presencia se siente en la estructura del equipo.
Rafael Llorente, con su capacidad de insistir incluso cuando el partido se vuelve incómodo, ha sido otro de los que intenta sostener al equipo desde la constancia más que desde el brillo. Y el francés, ese jugador que se mantiene con la etiqueta de aportar algo distinto, ha mostrado destellos que recuerdan que el talento no siempre necesita adaptación larga cuando hay calidad real.
Son piezas. No soluciones definitivas. Pero sí señales de vida.
Porque ese es el punto más importante de este Atlético de San Luis. No es un equipo diseñado para ser campeón. Y no debería ser evaluado como tal.
Es un proyecto que compite dentro de sus posibilidades, que intenta sostenerse en una liga donde la diferencia entre presupuestos, planteles y aspiraciones es cada vez más evidente.
Y aun así, sigue compitiendo.
El problema del fútbol moderno es que la paciencia se ha vuelto un lujo. Se exige inmediatez. Se exige espectáculo. Se exige resultado.
Pero no todos los equipos están construidos para responder a todo al mismo tiempo.
Y San Luis, hoy, es uno de esos casos donde el proceso importa tanto como el marcador.
Lo que viene no será sencillo. Las próximas jornadas pondrán a prueba no solo al equipo, sino también a la idea que lo sostiene. Habrá partidos donde el margen será mínimo. Otros donde la exigencia será máxima. Y algunos donde la única forma de competir será resistir.
Pero incluso en ese escenario, hay algo que no debe perderse de vista. Este equipo no está vacío. Tiene futbolistas que compiten. Tiene jugadores que responden. Y tiene una base que, aunque todavía no alcanza para pensar en grandes objetivos, sí alcanza para sostener una identidad.
Quizá el error sería exigirle a este Atlético de San Luis lo que no está diseñado para dar. Quizá la virtud esté en entenderlo antes de juzgarlo.
Porque en el fútbol, como en la vida, no todos los proyectos nacen para ser campeones.
Algunos nacen para resistir.
Para crecer.
Para construir.
Y para, con el tiempo, sorprender cuando nadie lo espera.
Por ahora, el equipo vuelve a la Liga MX con más preguntas que respuestas.
Pero también con algo que no siempre se valora lo suficiente: jugadores que siguen levantando la mano incluso cuando el contexto no ayuda.
Y en un torneo tan largo, tan exigente y tan cambiante como este, a veces eso es suficiente para mantenerse vivo.
Aunque el camino todavía sea largo.
Y aunque el destino, por ahora, no esté escrito para la gloria.
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