julio 6, 2026

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Columna de Nefrox

Hay algo incómodo en el repechaje | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Hay algo incómodo en el repechaje.

Como esas conversaciones que llegan tarde, como esos equipos que reaccionan cuando ya no hay margen.

Nadie quiere estar ahí… pero todos quieren salir.

El Mundial de 2026 promete ser el de la inclusión, el de las 48 selecciones, el de “ahora sí hay lugar para más”. Pero en el fondo, el fútbol sigue siendo el mismo de siempre: el que aprieta cuando más duele. Y ahí, en ese rincón donde ya no hay mañana, aparece el repechaje.

No como premio, como castigo.

En Europa, por ejemplo, el repechaje no debería existir para ciertos nombres. Y sin embargo, ahí está Italia, otra vez, jugando con fuego después de haber aprendido (o no) la lección de quedarse fuera.

Ganó 2-0 su primer partido. Sin convencer, sin emocionar, pero ganando. Que a estas alturas ya es suficiente. Porque en estas instancias el fútbol no se juega bonito… se sobrevive.

Alrededor, el mapa es igual de tenso.

Polonia sacó un 2-1 que dice más de sufrimiento que de superioridad.
Suecia resolvió con un 3-1 que parece cómodo, pero que no garantiza nada.
Dinamarca, quizá la más seria de todas, aplastó 4-0 y mandó un mensaje: hay selecciones que sí entendieron dónde estaban paradas.

Y ahora todo se resume a una noche.
Una sola.

Italia contra Bosnia.
Suecia contra Polonia.
Dinamarca contra República Checa.
Turquía contra Kosovo.

Cuatro partidos para decidir quién va al Mundial… y quién se queda viendo cómo pasa la historia.

Así de frío.

Del otro lado del mundo, el repechaje tiene otro tono. No es presión… es oportunidad.

México es la sede de esa última puerta, y eso no es menor. Porque jugarse el Mundial en este país no es lo mismo. Aquí el fútbol se siente distinto: más ruidoso, más emocional, más impredecible.

Y en ese escenario aparecen nombres que no suelen habitar estas conversaciones.

Bolivia, Surinam, Irak.
Jamaica esperando.
Nueva Caledonia soñando.
República Democrática del Congo empujando desde lejos.

Seis selecciones para dos boletos.
Seis historias que no estaban destinadas a este momento… pero que ya están ahí.

Y cuando eso pasa, el fútbol se vuelve peligroso.
Porque el repechaje no clasifica a los mejores.
Clasifica a los que aguantan.
A los que llegan con dudas pero no se rompen.
A los que no cargan historia… y por eso juegan sin miedo.

Y ahí es donde empieza lo interesante.

Porque cada Mundial tiene ese equipo que nadie vio venir. Ese que no tenía obligación de nada y termina incomodando a todos. Muchas veces, ese equipo sale de aquí.

Si Dinamarca entra, nadie la va a querer enfrente.
Si Suecia se mete, será ese rival incómodo que no regala nada.
Y si Jamaica, incluso Bolivia logran colarse… entonces habrá una historia nueva, de esas que no se explican con rankings, de esas que solo se entienden cuando la pelota empieza a rodar.

El repechaje es injusto, sí. Pero también es brutalmente honesto. Porque aquí no hay margen para discursos, ni para proyectos, ni para promesas. Aquí todo se reduce a 90 minutos donde el pasado no sirve de nada, ni los títulos, ni el nombre, ni la historia, solo el presente. Y quizá por eso incomoda tanto. Porque en el fondo, el repechaje nos recuerda algo que el fútbol intenta ocultar todo el tiempo: que no siempre llegan los que más lo merecen…
sino los que sobreviven cuando ya no queda nada.

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Pongan Caifanes | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Es el país de The Beatles, de Queen, de Led Zeppelin, de Pink Floyd, de Oasis, de The Rolling Stones. Bandas que no solo marcaron una época; prácticamente escribieron el manual de cómo entender la música moderna.

En el fútbol ocurre algo parecido.

Cada generación inglesa parece estar destinada a conquistar el mundo. Siempre aparecen figuras de primer nivel, planteles millonarios y una liga que presume ser la mejor del planeta. Inglaterra carga con ese prestigio que intimida incluso antes de escuchar el silbatazo inicial.

México nunca ha tenido ese privilegio.
Lo suyo ha sido más parecido a Café Tacvba, El Tri, Caifanes o Maná. Bandas que quizá no cambiaron la historia del rock mundial, pero que aprendieron a construir una identidad propia. Que encontraron una manera distinta de emocionar a los suyos sin necesidad de parecerse a nadie.
Y, curiosamente, esa comparación también funciona para este Mundial.
Porque si alguien hubiera visto únicamente los nombres antes de comenzar el torneo, Inglaterra sería el claro favorito.
Pero los Mundiales tienen la mala costumbre de ignorar los currículums.

México llega a estos octavos enamorando al mundo.
Eso ya lo dijimos.
No ha sido un vendaval ofensivo, pero ha ganado todos sus partidos.
No ha monopolizado la pelota, pero ha sido preciso y efectivo.
No ha regalado exhibiciones para la historia, pero es la mejor defensa del torneo.
Hay muchas cosas que no pueden ignorarse.
No ha recibido un solo gol, en todos los partidos ha anotado y juega por nota, enamora.
En un torneo donde cualquier desconcentración cuesta una eliminación, la Selección ha encontrado en la defensa una virtud que hace tiempo no presumía. Ha aprendido a sufrir sin desesperarse, a defender sin regalar espacios y a competir con una disciplina que pocas veces acompañó a los equipos mexicanos en las Copas del Mundo.
Y eso también gana partidos.

Además, hay un detalle imposible de medir con estadísticas.

El Estadio Azteca.
Hay estadios que son escenarios.
El Azteca es un personaje.
Respira distinto.
Presiona distinto.
Pesa distinto.
No necesita recordar que ahí levantó la Copa Pelé ni que Maradona escribió una de las páginas más contradictorias y brillantes de la historia del fútbol justo contra Inglaterra. Todo eso ya vive en sus tribunas.
Los rivales lo saben.
Y México también.
Por eso terminar primero del grupo significó mucho más que evitar un rival o quedarse en la misma ciudad.
Significó quedarse en casa.
Seguir escuchando un himno que retumba difer ente cuando más de ochenta mil personas lo cantan al mismo tiempo.
Seguir jugando en un lugar donde la historia no garantiza victorias… pero sí obliga a creer en ellas

.

Inglaterra llega como favorito en la estadística histórica, y sería absurdo decir lo contrario.
Tiene mejores individualidades.
Más experiencia en las grandes ligas.
Más profundidad en prácticamente todas las posiciones.
Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es si eso alcanza cuando enfrente hay un equipo que ha aprendido a competir sin desesperarse.
Porque México no necesita ser mejor durante noventa minutos.
Necesita ser mejor en los momentos importantes.
Como lo ha sido hasta ahora.

Quizá esta no sea la mejor selección mexicana que hemos visto.
Pero sí parece una de las que mejor entiende sus limitaciones.
Y eso, en un Mundial, vale mucho más de lo que suele reconocerse.
Los grandes equipos no siempre son los que juegan más bonito.
Muchas veces son los que obligan al rival a jugar incómodo.
Y México ha convertido esa incomodidad en su principal argumento.

Dicen que las grandes bandas nunca desafinan en los escenarios importantes.
También dicen que las sorpresas son las que terminan convirtiéndose en leyenda.
Inglaterra tiene detrás décadas de historia, de talento y de prestigio.
México tiene un estadio que empuja, una defensa que todavía no conoce el error y un país entero convencido de que las noches imposibles existen precisamente para intentar romperlas.
Porque el rock inglés podrá haber conquistado al mundo.
Y el fútbol inglés podrá seguir apareciendo en todas las quinielas.
Pero los Mundiales, como los mejores conciertos, nunca terminan exactamente como estaban escritos en el programa.

Ellos siempre tendrán a The Beatles, a los Rolling o a Queen, pero aquí, no es así, aquí afuera, siempre estará el tío que desde algún lugar en silencio gritará como el diablito “Pongan Caifanes”.

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#4 Tiempos

Aún quedan 102 | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Comenzó la fiesta, la bola rodó en CDMX y Guadalajara, México y Corea pegaron primero y se llevaron los primeros puntos, se gritaron los primeros goles y la primera voltereta se dio en Jalisco. Así se cierra el primer día de actividades en tierra azteca. La pelota ahora va a Canadá y Estados Unidos.

En CDMX México ganó pero dejó dudas, un 2-0 que debió ser mucho más contundente, un equipo que no resolvió y un arquero sudafricano que salió inspirado fueron una constante en los 90, México con nerviosismo pudo romper la estadística de nunca haber triunfado en un partido inaugural después de 7 anteriores, lo hizo bien a secas y con una tarjeta roja que aunque cuestionable se sanciona y deja a la selección con una ausencia importante para el siguiente partido.

Más tarde en Guadalajara, el estadio de las Chivas fue testigo de un insípido primer tiempo que terminó 0-0

, partido nada digno de una justa tan importante, para la segunda parte los asiáticos comenzaron perdiendo, un tremendo saque de banda que fue catapultado emulando a un tiro de esquina consigue llevar un remate de cabeza impresionante, de ahí, Corea se levanta para terminar ganando 2-1 y sacar los tres puntos muy importantes para colocarse en segundo del grupo, solo por diferencia de goles detrás de México.

Buen arranque de la fiesta aunque el fútbol de nivel sigue y probablemente seguirá ausente en esta primera ronda, el estallido de la copa se verá a partir del fin de semana, cuando arranquen hasta 4 partidos diarios. Justo ahí la fiesta se habrá puesto completamente buena.

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Que arranque la fiesta | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Hay fechas que aparecen en el calendario. Y hay otras que parecen escritas desde hace décadas.

El 11 de junio de 2026 pertenece a la segunda categoría.

Porque cuando la pelota se lance en el Estadio Azteca, no comenzará solamente un Mundial. Comenzará una historia que México lleva años esperando volver a contar. Será la tercera vez que el país reciba una Copa del Mundo y la tercera vez que el Azteca ocupe un lugar central en la memoria del fútbol. Ningún otro estadio puede decir eso.
Durante meses hablamos de sedes, remodelaciones, boletos y logística.

Ahora ya no.

Ahora empieza el fútbol.

Y eso cambia todo.

México tendrá partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El Azteca volverá a ser protagonista con el partido inaugural y encuentros de eliminación directa; Guadalajara y Monterrey también recibirán juegos de fase de grupos y la sultana del norte, uno de ronda posterior.

Habrá aficionados de todos los continentes.
Habrá camisetas imposibles de encontrar juntas en otro lugar.
Y por unas semanas, el país volverá a sentirse el centro del mundo futbolístico.
Quizá por eso resulta tan difícil dimensionar lo que viene. Porque los Mundiales no se entienden antes de empezar.

Se sienten.

Se sienten cuando aparece la primera ceremonia. Cuando suena el primer himno. Cuando una selección desconocida le complica la vida a un favorito. Y, sobre todo, cuando descubrimos que los pronósticos casi nunca sobreviven intactos a julio.

Claro que hay candidatos.

Los de siempre.

La vigente campeona, la selección de Argentina, llega con el peso de defender una corona que pocas veces permite relajaciones.
Francia sigue teniendo una generación que parece diseñada para competir en cualquier escenario.
Brasil nunca deja de ser Brasil, incluso cuando las dudas aparecen.
España llega respaldada por una nueva generación que ha demostrado que el talento no entiende de ciclos.
Y luego están Alemania, Inglaterra y Portugal, selecciones que parecen estar siempre a una buena racha de distancia de la gloria.

Pero los Mundiales nunca pertenecen únicamente a los favoritos

. Si algo ha enseñado la historia es que siempre aparece alguien inesperado.

Croacia lo hizo.
Marruecos lo hizo.
Corea del Sur lo hizo.

Y este torneo también tendrá su sorpresa.
Porque siempre la tiene. Quizá una selección africana que encuentre confianza demasiado pronto. Quizá un equipo europeo que llegue sin reflectores. Quizá una nación americana que descubra que el miedo cambia de bando cuando avanzan las rondas.

Y en medio de todo eso está México.

El anfitrión.

El equipo que carga con la ilusión de una generación entera que sueña con ver algo distinto. Con romper una barrera que parece eterna. Con aprovechar la ventaja de jugar en casa. Porque un Mundial en México nunca es solamente un torneo. Es una conversación nacional. Una pausa colectiva.
Un momento donde millones de personas hablan el mismo idioma durante noventa minutos.

Dentro de algunos años recordaremos quién levantó la copa. Pero también recordaremos otras cosas. La primera vez que vimos el Azteca vestido de Mundial por tercera ocasión.
La fiesta en Guadalajara.
Las noches de Monterrey.
Las historias que todavía no conocemos.

Porque así funcionan los Mundiales. Empiezan con favoritos. Empiezan con estadísticas. Empiezan con pronósticos. Y terminan convirtiéndose en algo mucho más grande.

Algo que durante unas semanas nos hace creer que el futbol puede detener el tiempo.

Y, para fortuna de México, ese momento está a punto de comenzar, aquí.

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