julio 19, 2026

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Columna de Nefrox

Abrazos de golazos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Testeando

 

El amor es una extraña emoción que prácticamente todos los seres humanos (y tal vez todos los seres vivos) pueden experimentar, difícil de explicar pero muy simple de representar. 

Tal vez la forma más básica de representar el amor y el respeto por alguien o algo es el tacto: ya sea con un beso, una caricia o un abrazo; siempre reconforta sentirlos de forma sincera y mejor aún si son de una persona amada. 

Dentro del futbol, un deporte de contacto, hay muchos roces entre los jugadores o jugadoras durante los 90 minutos: desde empujones, patadas o manotazos, hasta piquetes de ojo, golpes contundentes en la cara o arteras entradas por detrás. 

Sin embargo, dentro de toda esta violencia existen pequeños espacios para el amor, esos sinceros abrazos de emoción que se despiertan después de anotar un gol. No hay jugador o jugadora que no sienta una emoción (buena o mala) cuando logra meter la pelota a la portería en un partido oficial. 

Justo en esos momentos se dan los abrazos más sinceros del futbol dentro de los 90 minutos. Los jugadores festejan, corren, lloran, gritan, levantan la cara al cielo recordando a alguien o algo y muchas veces se abrazan, un abrazo de gol. 

Basta recordar algunos memorables, como aquel en el mundial de EUA 94, cuando la selección de Bulgaria eliminó en penales a la selección de México: el tiro definitivo lo cobró el bulgaro Letchkov venciendo con un derechazo pegado al poste a Jorge Campos; justo después el resto de sus compañeros corren detrás del número 9 de Bulgaria para abrazarlo, lo tiran y queda grabado para la posteridad el “abrazo” que Kiriakov le da a Balakov mientras están tirados en el pasto (invito al lector a revivir esa tanda de penales y la celebración búlgara para que me entiendan).

Otro momento emblemático de abrazo de gol se dio a finales de 2016 en el encuentro entre Galatasaray y Gaziantepspor. Días antes se llevaron a cabo actos terroristas que cobraron la vida a más de 40 personas, entre ellas 36 policías. El jugador Yasin Oztekin anota un gol en el encuentro y corre a abrazar a algunos policías que cuidaban la seguridad a nivel de cancha, convirtiéndose en un momento muy emotivo para toda la nación. 

El 16 de noviembre de 2009, el futbolista mexicano Antonio de Nigris falleció por un problema cardíaco siendo aún jugador en activo en el AE Larisa del futbol griego

. Cuatro días más tarde, el equipo de Rayados de Monterrey recibía en su estadio al América por los cuartos de final de la liguilla de ese campeonato; el partido se vivió con gran emotividad por la afición del equipo local que rendía homenaje a uno de sus ídolos más recientes y, en la cancha, el homenaje era aún mayor: el hermano menor de Antonio, Aldo, jugaba el partido en la memoria de su hermano. Al minuto 2 del segundo tiempo, en un partido muy trabado, Aldo se desmarcó por el costado derecho y clavó un izquierdazo cruzado para pone el 1-0 que sería definitivo. Aldo corrió rumbo a la tribuna del estadio mientras casi todos sus compañeros lo alcanzaban para abrazarlo: no abrazó a nadie, solo levantó los brazos, miró al cielo y voló un abrazo hasta donde quiera que estuviera su hermano. 

Por último recordemos un abrazo “peculiar”, cuando en el mundial de Alemania 2006, México enfrentó a Argentina por los octavos de final: al minuto 5 Rafael Márquez alcanza un balón que había centrado Pavel Pardo; al anotar, corre efusivamente a festejarlo y detrás de él llega corriendo Jared Borgetti pegando un brinco tan alto que termina subiéndose a los hombros de Márquez que mide 1.85; casi cae de esa altura pero, para su fortuna, Andrés Guardado llega a abrazar a Rafael y a darle equilibrio al malabarista de Borgetti. 

Los abrazos de gol pueden ser divertidos, con simbolismo o hasta chuscos, pero no cabe duda que emocionan (para bien y para mal) a los que amamos este deporte. No hay mejor momento que celebrar un gol con tu equipo, con tus amigos o tu familia, que vengan muchos buenos abrazos de gol.

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El padre de todos los clásicos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Hay rivalidades que nacen por geografía.
Otras por finales.
Y unas cuantas porque el tiempo se encargó de convertirlas en tradición.

Necaxa contra Atlante pertenece a ese último grupo. Mucho antes de que el futbol mexicano se llenara de etiquetas comerciales, de clásicos inventados y de rivalidades que duran lo que dura una buena campaña de marketing, estos dos equipos ya cargaban décadas enfrentándose. Compartieron ciudad, compartieron afición y compartieron una época en la que el futbol comenzaba a convertirse en una pasión nacional.

Hablar de Necaxa y Atlante es hablar de los cimientos del futbol mexicano.
Es hablar de Horacio Casarín, de los “Prietos”, de los “Electricistas”, de un tiempo donde las camisetas pesaban por su historia y no por la cantidad de patrocinadores que llevaban al frente.

Por eso este partido nunca será uno más. Aunque cambien las generaciones. Aunque cambien las sedes. Aunque ambos hayan recorrido caminos muy distintos.

El futbol, sin embargo, tiene una costumbre inevitable. No vive de la nostalgia, la respeta, pero no juega para ella.

Necaxa derrotó 2-1 al Atlante.

No fue un partido sencillo. Nunca lo son cuando enfrente hay un rival que entiende el significado del escudo que porta. Atlante compitió como compiten los equipos con historia: sin importar la categoría, sin importar el presupuesto y sin importar quién aparezca como favorito.

Pero esta vez el presente terminó imponiéndose.

Necaxa encontró los momentos justos para inclinar el partido y confirmar que atraviesa una etapa distinta. Una donde ya no solamente intenta recuperar el prestigio de otros tiempos, sino construir uno nuevo.

Atlante, en cambio, volvió a demostrar algo que siempre ha acompañado su historia.
Puede cambiar de ciudad.
Puede cambiar de división.
Puede cambiar de propietarios.
Pero nunca deja de competir.

Hay clubes que sobreviven gracias a los títulos. El Atlante sobrevive gracias a su identidad.

Y eso explica por qué cada vez que enfrenta al Necaxa, el partido adquiere un significado diferente.

No importa la tabla. No importa el torneo. Hay recuerdos que siguen jugando aunque los protagonistas sean otros.

Quizá las nuevas generaciones no entiendan del todo por qué este partido sigue despertando tantas emociones.
Ellos crecieron con otros clásicos, con otras camisetas, con otras narrativas.
Pero basta revisar un poco la historia para comprender que antes de los reflectores, antes de las transmisiones internacionales y antes de los contratos millonarios, ya existían partidos como este.

Encuentros que ayudaron a construir la identidad del futbol mexicano.

El 2-1 quedará en las estadísticas.
Necaxa sumará una victoria más.
Atlante volverá a levantarse, como tantas veces lo ha hecho a lo largo de su historia.

Pero hay algo que el marcador no puede modificar.

Cada vez que estos dos equipos se encuentran, el futbol mexicano hace una pequeña pausa para recordar de dónde viene.

Porque algunos clásicos nacen por el presente.
Pero el Padre de Todos los Clásicos sigue vivo gracias a su pasado. Y mientras Necaxa y Atlante sigan encontrándose en una cancha, siempre habrá alguien dispuesto a recordar que, mucho antes de que existieran las grandes campañas publicitarias, ya había partidos capaces de contar la historia completa de nuestro futbol.

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Pongan Caifanes | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Es el país de The Beatles, de Queen, de Led Zeppelin, de Pink Floyd, de Oasis, de The Rolling Stones. Bandas que no solo marcaron una época; prácticamente escribieron el manual de cómo entender la música moderna.

En el fútbol ocurre algo parecido.

Cada generación inglesa parece estar destinada a conquistar el mundo. Siempre aparecen figuras de primer nivel, planteles millonarios y una liga que presume ser la mejor del planeta. Inglaterra carga con ese prestigio que intimida incluso antes de escuchar el silbatazo inicial.

México nunca ha tenido ese privilegio.
Lo suyo ha sido más parecido a Café Tacvba, El Tri, Caifanes o Maná. Bandas que quizá no cambiaron la historia del rock mundial, pero que aprendieron a construir una identidad propia. Que encontraron una manera distinta de emocionar a los suyos sin necesidad de parecerse a nadie.
Y, curiosamente, esa comparación también funciona para este Mundial.
Porque si alguien hubiera visto únicamente los nombres antes de comenzar el torneo, Inglaterra sería el claro favorito.
Pero los Mundiales tienen la mala costumbre de ignorar los currículums.

México llega a estos octavos enamorando al mundo.
Eso ya lo dijimos.
No ha sido un vendaval ofensivo, pero ha ganado todos sus partidos.
No ha monopolizado la pelota, pero ha sido preciso y efectivo.
No ha regalado exhibiciones para la historia, pero es la mejor defensa del torneo.
Hay muchas cosas que no pueden ignorarse.
No ha recibido un solo gol, en todos los partidos ha anotado y juega por nota, enamora.
En un torneo donde cualquier desconcentración cuesta una eliminación, la Selección ha encontrado en la defensa una virtud que hace tiempo no presumía. Ha aprendido a sufrir sin desesperarse, a defender sin regalar espacios y a competir con una disciplina que pocas veces acompañó a los equipos mexicanos en las Copas del Mundo.
Y eso también gana partidos.

Además, hay un detalle imposible de medir con estadísticas.

El Estadio Azteca.
Hay estadios que son escenarios.
El Azteca es un personaje.
Respira distinto.
Presiona distinto.
Pesa distinto.
No necesita recordar que ahí levantó la Copa Pelé ni que Maradona escribió una de las páginas más contradictorias y brillantes de la historia del fútbol justo contra Inglaterra. Todo eso ya vive en sus tribunas.
Los rivales lo saben.
Y México también.
Por eso terminar primero del grupo significó mucho más que evitar un rival o quedarse en la misma ciudad.
Significó quedarse en casa.
Seguir escuchando un himno que retumba difer ente cuando más de ochenta mil personas lo cantan al mismo tiempo.
Seguir jugando en un lugar donde la historia no garantiza victorias… pero sí obliga a creer en ellas

.

Inglaterra llega como favorito en la estadística histórica, y sería absurdo decir lo contrario.
Tiene mejores individualidades.
Más experiencia en las grandes ligas.
Más profundidad en prácticamente todas las posiciones.
Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es si eso alcanza cuando enfrente hay un equipo que ha aprendido a competir sin desesperarse.
Porque México no necesita ser mejor durante noventa minutos.
Necesita ser mejor en los momentos importantes.
Como lo ha sido hasta ahora.

Quizá esta no sea la mejor selección mexicana que hemos visto.
Pero sí parece una de las que mejor entiende sus limitaciones.
Y eso, en un Mundial, vale mucho más de lo que suele reconocerse.
Los grandes equipos no siempre son los que juegan más bonito.
Muchas veces son los que obligan al rival a jugar incómodo.
Y México ha convertido esa incomodidad en su principal argumento.

Dicen que las grandes bandas nunca desafinan en los escenarios importantes.
También dicen que las sorpresas son las que terminan convirtiéndose en leyenda.
Inglaterra tiene detrás décadas de historia, de talento y de prestigio.
México tiene un estadio que empuja, una defensa que todavía no conoce el error y un país entero convencido de que las noches imposibles existen precisamente para intentar romperlas.
Porque el rock inglés podrá haber conquistado al mundo.
Y el fútbol inglés podrá seguir apareciendo en todas las quinielas.
Pero los Mundiales, como los mejores conciertos, nunca terminan exactamente como estaban escritos en el programa.

Ellos siempre tendrán a The Beatles, a los Rolling o a Queen, pero aquí, no es así, aquí afuera, siempre estará el tío que desde algún lugar en silencio gritará como el diablito “Pongan Caifanes”.

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#4 Tiempos

Aún quedan 102 | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Comenzó la fiesta, la bola rodó en CDMX y Guadalajara, México y Corea pegaron primero y se llevaron los primeros puntos, se gritaron los primeros goles y la primera voltereta se dio en Jalisco. Así se cierra el primer día de actividades en tierra azteca. La pelota ahora va a Canadá y Estados Unidos.

En CDMX México ganó pero dejó dudas, un 2-0 que debió ser mucho más contundente, un equipo que no resolvió y un arquero sudafricano que salió inspirado fueron una constante en los 90, México con nerviosismo pudo romper la estadística de nunca haber triunfado en un partido inaugural después de 7 anteriores, lo hizo bien a secas y con una tarjeta roja que aunque cuestionable se sanciona y deja a la selección con una ausencia importante para el siguiente partido.

Más tarde en Guadalajara, el estadio de las Chivas fue testigo de un insípido primer tiempo que terminó 0-0

, partido nada digno de una justa tan importante, para la segunda parte los asiáticos comenzaron perdiendo, un tremendo saque de banda que fue catapultado emulando a un tiro de esquina consigue llevar un remate de cabeza impresionante, de ahí, Corea se levanta para terminar ganando 2-1 y sacar los tres puntos muy importantes para colocarse en segundo del grupo, solo por diferencia de goles detrás de México.

Buen arranque de la fiesta aunque el fútbol de nivel sigue y probablemente seguirá ausente en esta primera ronda, el estallido de la copa se verá a partir del fin de semana, cuando arranquen hasta 4 partidos diarios. Justo ahí la fiesta se habrá puesto completamente buena.

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