#4 Tiempos
Otro año de mi vida | Columna de Carlos López Medrano
Mejor dormir
Volví al gimnasio y luego dejé de ir. Desde la noche de un hotel en Querétaro, envié un último mensaje para intentar conectar con una chica, y después no volví a acercarme en absoluto. Ha sido un año de desprenderme con facilidad, de aprender a alejarme de aquellos lugares en los que uno debe esforzarse demasiado para obtener algo que debería caer con la naturalidad de una hoja seca en otoño.
Me invitaron a un seminario sobre migración impartido por un sociólogo de la Universidad de Beirut; escuché con atención durante dos horas y, al final, no supe qué preguntar ni anotar, simplemente me fui.
Después de una cita fallida entré al cine a ver Parthenope, de Sorrentino, uno de los míos, y quedé cautivado. Me remitió a aquellas películas que de niño veía de madrugada en Canal Once y que forjaron buena parte de mi educación sentimental: filmes que avanzaban con un tempo peculiar, casi distraído, y que te hacían desear estar lejos, con esa gente y en esas pinceladas de conversación. La considero una de las películas de mi vida; varios de sus fragmentos regresan a mí de vez en cuando, como ocurre con las obras definitivas. Estaba ya todo previsto con esa otra mujer cuyo nombre empezaba con las mismas letras, aunque entonces no lo supiera.
Fantaseé con la idea de ir a lugares a los que no fui y me sorprendí visitando otros que jamás imaginé conocer. Supe de los Zo’é, una tribu del Pará brasileño en la que las mujeres tienen varios maridos. Un amigo, exiliado nicaragüense, me habló de sucesos paranormales, y sobre todo de lo difícil que resulta lidiar con estadounidenses como parte de su trabajo. Ese mismo día tuve la única cita de mi vida en la que no sentí el menor interés por besar a la contraparte.
Quedé deslumbrado por un caballo llamado Calven Cool en un evento de equitación, aunque un poco menos que por la belleza de la mujer que lo montaba. Probé más vinos que nunca. Mis favoritos, sin orden en específico: el Xolo Nebbiolo del Valle de Guadalupe; el Saperavi de Moldavia; un Josh Cellars Reserve de North Coast; el Pradorey Reserva 2019 de Finca La Mina; un tinto Pesquera Reserva 2020; un Félix Callejo 2018 (el mejor, tal vez); un Gran Valtravieso Reserva 2015; un Cru Garage Nebbiolo 2020; un Taparacá Gran Reserva 2015, abierto en el momento exacto por mi amigo Luis Ángel; un Sirius 2019; The Prisoner Red Blend; el Mas La Plana Cabernet Sauvignon y un Marqués de Murrieta Reserva. Constelación púrpura.
Compré una edición estadounidense de El gran Gatsby, con un fotograma de Robert Redford y Mia farrow como portada (en la adaptación cinematográfica de Jack Clayton de 1974). Cada vez que tengo una edición de esa novela entre las manos leo el inicio y el final: una de las mejores aperturas y, sobre todo, uno de los mejores cierres de la literatura estadounidense. Y así vamos, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado.
Coqueteé, al fin, con la comida del mar, con resultados irregulares. Bien: ceviche negro en Manzanillo (entré al puerto y me regalaron una medalla); carpaccio de salmón en San Miguel de Allende; tostada de atún fresco con base de hummus en Al-Ándalus. Mal: taco de marlín ahumado. Fatal: un trozo de pato frito, que no es comida de mar. Hay que estar realmente mal para comerse a un animal tan simpático como el pato.
Un amigo me contó su aspiración de abandonar su trabajo como director corporativo para volverse cantante. Caminé bajo el sol de Amealco hasta encontrar una taquería llamada Chayan, aunque no pedí nada. Vi una película en la que uno de los personajes dice: «Cambia de cara o te quedarás fea y sola en tu rincón». Fui feliz deambulando por San Ángel; el Templo del Carmen quizá sea mi lugar favorito de la Ciudad de México. Vi un lápiz colgado en una galería de arte contemporáneo.
Visité por fin Veracruz, uno de los estados que me faltaban. Conocí gente entrañable en Coatepec; una de ellas me regaló un chile habanero que guardé en el bolsillo hasta mi regreso a casa. En esas calles con olor a café —el cursi cliché resultó cierto— un gato negro iluminó mi noche con sus ronroneos mientras se restregaba en mis piernas. Comí en un poblado de menos de cinco mil habitantes y me enfermé del estómago. Débil, con náuseas, caminé por Córdoba buscando algo que me ayudara, pero acabé comiendo tacos árabes de cerdo.
Fui a la UNAM un 14 de febrero y añoré la vitalidad y facilidad romántica de aquellos muchachos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, un aura entrañable, aunque ya solo dispuesta a lo lejos, sin dejarse tocar.
Usé un extinguidor por primera vez. Tuve un déjà vu en una zona residencial de Campeche, como si hubiera vivido ahí de niño, aunque era la primera vez que pisaba ese lugar. Acabé con el cuerpo raspado tras una capacitación de seguridad en un campo militar, en la que conocí personas bastante simpáticas de otras ciudades. Tomé un negroni mientras veía pasar una cucaracha en la cantina El Tío Pepe, en el Centro Histórico.
Vi por segunda vez al Liverpool ganar la Premier League. Conocí a Luis Pérez Sabido, autor de la letra de «Yo sé que volverás», en un entrañable local de dueños cubanos en Mérida. Tomé vino japonés y recorrí de noche el Museo de las Culturas con colegas y la ayuda de lámparas de celular. Probé un licor japonés llamado Shibitakojo Kuro Kirishima Genshu que me resultó mucho mejor que el sake, pero que no me atreveré a pronunciar en un bar.
Las habitaciones de Médica Sur me parecieron superiores a las de muchos hoteles. Coincidí con alguien a quien no veía desde hacía años; como aquella última vez, nos cruzamos por azar en una ciudad inmensa entre millones de habitantes, pero esta vez ya no nos saludamos. Encontré una nota tirada en la calle: «$150 de bistec, ¼ de chuleta ahumada, ½ de jitomate (6)». La reunión de Oasis me sacó del retiro de conciertos; fui a la segunda fecha y pensé que, aunque lo creamos, nunca nos alejamos tanto de la adolescencia.
Estado de ánimo: fastidiado. A menudo me sesentendido por días de otras personas y de lo que importa.
Unos admiradores de Pulp me invitaron a escuchar el nuevo álbum en un sitio especializado y recordé cuánto me gustaba esa banda; su concierto de 2012 en el Palacio de los Deportes sigue en mi top cinco de eventos musicales. Pedí un coctel malo con sabor chícharo solo porque se llamaba como mi canción favorita de Bob Dylan: «Simple Twist of Fate». Una amiga dedicada a la medicina me habló de su road trip universitario por Francia y España y de su deseo de repetirlo algún día.
Recuperé mi reloj favorito gracias a un relojero avezado que tardó un año en encontrar la refacción de un reloj ya descontinuado que nunca se vendió en México. Me reencontré con una compañera de secundaria después de veinte años; quizá pasen otros veinte antes de volver a verla (o ni eso). Caminé por Iztacalco, Tláhuac e Iztapalapa por primera vez, con esa atmósfera tan aparte. Me faltan Milpa Alta y Magdalena Contreras para cerrar el circuito de la Ciudad de México, aunque no llevo ansias.
Un amigo de San Luis y su hija vinieron de visita y comimos como si el tiempo no hubiera pasado, aunque claramente sí lo había hecho. En Coyoacán, una chica me dijo que sus abuelos se conocieron cerca de ahí. Luego fuimos a uno de mis Sanborns favoritos. El pastel que comí en mi cumpleaños llegó desde San Luis de parte con la persona que me mantiene conectado por allá.
Falleció mi abuelo materno; siempre llevaré conmigo su nobleza y hedonismo. Vinimos a estar sentados y tomar una copa. Llevó una vida buena y tranquila. Me conmoví leyendo la autobiografía del papa Francisco y me desarmé al releer la contundencia del Credo católico, que no repasaba desde que era niño.
Hablé de jazz —esa vieja amante a la que había oxidado— con una gran conocedora del tema. Recordé mis primeros contactos con el género, hace más de veinte años, con el Kind of Blue de Miles Davis y el Blue Train de John Coltrane, que marcaron al jazz como algo definitivamente nocturno y azul para mí.
Titular de una vieja revista encontrada en San Fernando: «El peligroso acto de tragar espadas». Hubo una sola canción de los Stones a la que recurrí con constancia: «Fool to Cry». Fui jurado en una cata de vinos españoles, aunque las quince copas me supieron casi iguales porque apenas salía de una gripe prolongada.
Platiqué sobre música con un grupo de guatemaltecos mientras nos guarecíamos de la tormenta bajo una pequeña estructura de lámina, una versión chabacana de Lifeboat o Extraños en un Tren. Canté «Romance te puedo dar» en un karaoke con japoneses. Vi un par de veces a Ana, a quien aprecio, aunque no lo muestre de forma alguna. No tengo mucho por ofrecer.
Inicié el año en San Luis Potosí. En una pared leí: «Sal del bucle, cierra el círculo». Una muchacha punk me regaló un pin en el Bizarro Café. Le pedí a un peluquero que no me cortara mucho el cabello y me lo cortó mucho. Un chef de la costa del Pacífico me animó a comer un taco de lengua, algo a lo que hasta entonces me había negado rotundamente por darme repelús. El sabor fue maravilloso, pero intuí que fue por una preparación muy especial que no sé si encuentre en otro lado.
Pensé que debería filmarse una película nocturna en el Club France. Fui a bares con una mujer que no bebía. Encontré una carta intensa entre las páginas de un libro que hace mucho no abría; al leerla me sorprendí al no recordar el nombre de la autora y lamenté que no viniera firmada. Llegué tarde a un evento de L’Oréal.
Una desconocida en la calle me regaló una bolsa de tela luego de que se me rompiera la bolsa de papel en la que llevaba unos aguacates y estos cayeran dramáticamente al suelo. Fue uno de los mayores actos de bondad que recibí el año y reconocí nuevamente ese aire de misericordia que hay en las mujeres mexicanas. En los peores momentos siempre ha habido una mujer dispuesta a ayudarme.
Escuché sobre todo Beatles, boleros y canciones románticas, convencido de que los Beatles son una banda latina. Regalé un poemario que no fue valorado. Una piña, la última foto de un celular que perdí y que de manera infructuosa (y absurda) intenté rescatar al otro día en Iztacalco.
En medio de una reunión, me desencajé al enterarme de la muerte de Diane Keaton, esa mujer que muchos hombres buscamos y que, cuando se va —cuando se vuelve inalcanzable o simplemente desaparece—, queda adherida a la memoria para el resto de los días. Pensé entonces en la escena de las langostas de Annie Hall, un pequeño tratado sobre los amores irrecuperables: aquellos que creemos haber dejado atrás, pero que en realidad siguen ahí, acompañándonos, discretos y persistentes, como una forma añeja del recuerdo.
Fui a san Miguel de Allende después de más de veinte años; vi a un perro con las cejas pintadas, compré una figura de San Miguel Arcángel y me dio un ataque de tos antes de una reunión de trabajo. Una muchacha sentada en una banca me recordó a alguien del pasado. Probé ron de Santa Lucía y un destilado danés llamado Empirical que me invitó Clover, la talentosa hija de mi amigo Oswaldo.
En Insurgentes Sur, un anciano con el rostro cubierto por un paliacate me gritó «ÁNIMO, GÜERO, ÁNIMO» con tal enjundia que me levantó la emoción perdida, lo cabizbajo. Pensé que a menudo Dios se manifiesta a través de personas que están ahí afuera, aunque luego desaparezcan en la esquina.
Di un tour de 5 minutos por un museo a unos visitantes del exterior antes de que tuvieran que correr al aeropuerto para olvidarse de México. Una persona muy generosa preparó tinga para mí, entre otros detalles invaluables. Leí que en Año Nuevo los griegos untaban aceite en la frente a los niños deseándoles que vivieran tanto tiempo como los olivos.
En la Narvarte vi a un amigo más ilusionado que nunca. Otro amigo cumplió dos años con su novia y lo vi más ilusionado que nunca (y me regaló unas plumas que me inspiraron a volver a escribir). Y aquí estoy, con la esperanza de escribir más el próximo año.
Contacto:
Correo: yomiss[arroba]gmail.com
Twitter: @Bigmaud
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#4 Tiempos
El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.
Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.
Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.
En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.
Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.
La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.
En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.
Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.
En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.
La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.
Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.
Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.
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#4 Tiempos
Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:
–¿Alguien quiere este billete?
Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?
El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:
-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.
Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!
Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.
-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.
Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.
-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.
El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:
-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?
Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…
Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.
Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.
El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.
Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:
-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?
-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.
-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?
El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…
¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.
También lee: Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego
El Cronopio
El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
J.R. Martínez/Dr. Flash
En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.
Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.
Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.
En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.
Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela , la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.
En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).
Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.
En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.
Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.
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