octubre 22, 2026

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#4 Tiempos

Una vez nada más | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Siempre hay algo de milagroso en un encuentro. Que yo, que pude haber nacido en la China de la dinastía Cheng (en el caso de que hubiese existido tal dinastía), me encuentre ahora, y aquí, con aquel señor de la boina colorada, que pudo a su vez haber sido ministro de relaciones exteriores en la corte de Amenofis IV, es algo que francamente se sale de lo ordinario.

¿Cómo es que hemos coincidido no solamente en este mundo (tanto él como yo pudimos no haber nacido), sino también en este continente, en esta nación, en esta ciudad tan violenta, en este tramo del siglo del siglo XXI y en este preciso autobús? De buscarnos, jamás nos habríamos encontrado. Y; sin embargo, henos aquí a los dos, náufragos del tiempo que llegan a la misma isla de este océano inmenso que es la historia.

Diez mil cosas tuvieron que suceder para que tanto él como yo tomáramos el mismo camión. Por lo que a mí toca, fue necesario que saliera a la calle precisamente a las 9,27 de la mañana; que a las 9,26 no hubiera sonado mi teléfono de casa, pues el retraso de un solo minuto habría bastado para frustrar el encuentro; que caminara exactamente a la velocidad que caminé, es decir, a 7,2 kilómetros por hora; que no me hubiera interceptado un amigo en plena avenida para hacerme una confidencia o para invitarme un café.

Por lo que se refiere a lo demás, era necesario que el chofer condujera a una velocidad promedio de 50,15 kilómetros por hora; que el semáforo de dos cuadras más atrás se pusiera en rojo de repente –como suelen ponerse los semáforos siempre que no deseamos detenernos-, pues de otra forma me habría sido imposible tomar el autobús; que la empleada de la tienda en que compró el conductor sus cigarrillos esta mañana no tuviera cambio de un billete de 200 pesos y lo hiciera esperar cuatro minutos. Y esto sólo por hablar de lo evidente, aunque aún está por decir lo que necesitó haber hecho el hombre de la boina colorada. Pero dejémoslo ahí, porque no acabríamos nunca.

¡Qué extraordinario ha sido este encuentro! Sin embargo, lo más extraordinario es que nadie lo celebró: ni yo, ni el chofer del autobús (mediador de él a pleno título), ni el señor de la boina colorada, puesto que nos limitamos a vernos de reojo y a desviar la mirada, como si todo hubiese sido de lo más ordinario, como si así hubiera tenido que ser por no sé qué especie de necesidad.

Quizá nunca más volvamos a encontrarnos. Como en la canción de Agustín Lara, todo en esta vida es una vez nada más. Una vez nada más esta vida, una vez nada más esta hora de la mañana, una vez nada más este autobús. Una vez nada más y nunca jamás. Y, al bajar, no nos decimos adiós, sino que, como hombres acostumbrados a los milagros, nos encogemos de hombros en signo evidente de aprobación. Nos alejamos el uno del otro como si nuestra despedida no fuera en cierto sentido para siempre.

A lo mejor hay alguien en este vasto universo que busca desde hace tiempo al señor de la boina colorada, que lo busca sin encontrarlo. Y yo lo tengo enfrente, ante mis narices, sin celebrar el milagro, mirando con indiferencia hacia el otro lado de la ciudad a través de la ventana.

Todos los días cien, mil, doscientos mil encuentros (según mis incursiones por las calles de la ciudad), doscientos mil milagros que no agradezco ni noto; doscientas mil casualidades producto de otros doscientos mil millones de casualidades que pasan ante mi vista como pasan por el suelo las motas de polvo.

Nadie sabe qué era lo que Dios había querido suscitar con estos encuentros. Sea como sea, fueron encuentros frustrados, pues no nos marcaron en absoluto, ni dejaron en nuestra memoria material para el recuerdo. Y porque son en cierta manera abortos, abortos que nosotros mismos provocamos, es necesario pedir perdón por ellos.

Creo que fue Bruce Marshall (1899-1987), el escritor escocés, quien hizo aparecer en una de sus novelas a un personaje que oraba a Dios todas las noches por cada una de las personas con las que se había encontrado durante el día, y creo que fue en A cada uno un denario, aunque no estoy muy seguro. Sea como fuere, la idea es bella. Ya que no pudimos celebrar el extraordinario encuentro con aquellos otros náufragos del tiempo (por timidez, por pudor, por indiferencia, por prisa o por lo que sea), es justo pedir a Dios que les dé todo el afecto que, dadas las circunstancias, nosotros no pudimos o no nos atrevimos a darles; que algún día, cuando Él quiera y disponga, si es posible, nos volvamos a ver, y que ahora sí podamos reconocernos como dos hermanos que, aunque nacidos del mismo Padre, no se conocían por haber nacido en casas distintas y en barrios distantes.

Pero lo que hay que pedir sobre toda otra cosa es que no nos habituemos nunca a los milagros, esos sucesos extraordinarios que por acaecer minuto a minuto son confundidos con esa cosa estúpida e inexistente que llamamos azar.

Tener allí, al alcance de la mano, el pan de cada día, ¿no es milagroso?

¡Cotidianamente Dios multiplica los panes y los peces para que no quede sin respuesta una de las peticiones que solemos hacerle al rezar el Padrenuestro!

«Aquel que hizo brotar vino en las bodas de Caná –explica San Agustín (354-430) en su Comentario al Evangelio de San Juan- es el mismo que lo produce todos los años en los viñedos. Pero no nos admiramos de este último fenómeno porque  sucede cada año: su constante renovación ha hecho desaparecer en nosotros la admiración».

Dice el rey Berenguer a Julieta, la sirvienta del palacio, en El rey se muere, la bellísma pieza tetral de Eugène Ionesco: «Respiras, no piensas nunca en que respiras. Piensa en ello. Recuérdalo. Estoy seguro de que no prestas atención. Es un milagro». ¡Y vaya que lo es! Pero, como estamos habituados a él…

Admirarse de tener algo que comer, maravillarse de ver y respirar, agradecer cada encuentro cual si fuese un don del cielo: he aquí un necesario ejercicio espiritual. Dijo Chesterton una vez: «Si el mundo sucumbe, no será ciertamente por falta de milagros, sino por falta de asombro».

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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Acento Ajeno

Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.

Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.

Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.

Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.

Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.

Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual

y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.

La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.

Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?

Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.

“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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