#4 Tiempos
Una vez nada más | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Siempre hay algo de milagroso en un encuentro. Que yo, que pude haber nacido en la China de la dinastía Cheng (en el caso de que hubiese existido tal dinastía), me encuentre ahora, y aquí, con aquel señor de la boina colorada, que pudo a su vez haber sido ministro de relaciones exteriores en la corte de Amenofis IV, es algo que francamente se sale de lo ordinario.
¿Cómo es que hemos coincidido no solamente en este mundo (tanto él como yo pudimos no haber nacido), sino también en este continente, en esta nación, en esta ciudad tan violenta, en este tramo del siglo del siglo XXI y en este preciso autobús? De buscarnos, jamás nos habríamos encontrado. Y; sin embargo, henos aquí a los dos, náufragos del tiempo que llegan a la misma isla de este océano inmenso que es la historia.
Diez mil cosas tuvieron que suceder para que tanto él como yo tomáramos el mismo camión. Por lo que a mí toca, fue necesario que saliera a la calle precisamente a las 9,27 de la mañana; que a las 9,26 no hubiera sonado mi teléfono de casa, pues el retraso de un solo minuto habría bastado para frustrar el encuentro; que caminara exactamente a la velocidad que caminé, es decir, a 7,2 kilómetros por hora; que no me hubiera interceptado un amigo en plena avenida para hacerme una confidencia o para invitarme un café.
Por lo que se refiere a lo demás, era necesario que el chofer condujera a una velocidad promedio de 50,15 kilómetros por hora; que el semáforo de dos cuadras más atrás se pusiera en rojo de repente –como suelen ponerse los semáforos siempre que no deseamos detenernos-, pues de otra forma me habría sido imposible tomar el autobús; que la empleada de la tienda en que compró el conductor sus cigarrillos esta mañana no tuviera cambio de un billete de 200 pesos y lo hiciera esperar cuatro minutos. Y esto sólo por hablar de lo evidente, aunque aún está por decir lo que necesitó haber hecho el hombre de la boina colorada. Pero dejémoslo ahí, porque no acabríamos nunca.
¡Qué extraordinario ha sido este encuentro! Sin embargo, lo más extraordinario es que nadie lo celebró: ni yo, ni el chofer del autobús (mediador de él a pleno título), ni el señor de la boina colorada, puesto que nos limitamos a vernos de reojo y a desviar la mirada, como si todo hubiese sido de lo más ordinario, como si así hubiera tenido que ser por no sé qué especie de necesidad.
Quizá nunca más volvamos a encontrarnos. Como en la canción de Agustín Lara, todo en esta vida es una vez nada más. Una vez nada más esta vida, una vez nada más esta hora de la mañana, una vez nada más este autobús. Una vez nada más y nunca jamás. Y, al bajar, no nos decimos adiós, sino que, como hombres acostumbrados a los milagros, nos encogemos de hombros en signo evidente de aprobación. Nos alejamos el uno del otro como si nuestra despedida no fuera en cierto sentido para siempre.
A lo mejor hay alguien en este vasto universo que busca desde hace tiempo al señor de la boina colorada, que lo busca sin encontrarlo. Y yo lo tengo enfrente, ante mis narices, sin celebrar el milagro, mirando con indiferencia hacia el otro lado de la ciudad a través de la ventana.
Todos los días cien, mil, doscientos mil encuentros (según mis incursiones por las calles de la ciudad), doscientos mil milagros que no agradezco ni noto; doscientas mil casualidades producto de otros doscientos mil millones de casualidades que pasan ante mi vista como pasan por el suelo las motas de polvo.
Nadie sabe qué era lo que Dios había querido suscitar con estos encuentros. Sea como sea, fueron encuentros frustrados, pues no nos marcaron en absoluto, ni dejaron en nuestra memoria material para el recuerdo. Y porque son en cierta manera abortos, abortos que nosotros mismos provocamos, es necesario pedir perdón por ellos.
Creo que fue Bruce Marshall (1899-1987), el escritor escocés, quien hizo aparecer en una de sus novelas a un personaje que oraba a Dios todas las noches por cada una de las personas con las que se había encontrado durante el día, y creo que fue en A cada uno un denario, aunque no estoy muy seguro. Sea como fuere, la idea es bella. Ya que no pudimos celebrar el extraordinario encuentro con aquellos otros náufragos del tiempo (por timidez, por pudor, por indiferencia, por prisa o por lo que sea), es justo pedir a Dios que les dé todo el afecto que, dadas las circunstancias, nosotros no pudimos o no nos atrevimos a darles; que algún día, cuando Él quiera y disponga, si es posible, nos volvamos a ver, y que ahora sí podamos reconocernos como dos hermanos que, aunque nacidos del mismo Padre, no se conocían por haber nacido en casas distintas y en barrios distantes.
Pero lo que hay que pedir sobre toda otra cosa es que no nos habituemos nunca a los milagros, esos sucesos extraordinarios que por acaecer minuto a minuto son confundidos con esa cosa estúpida e inexistente que llamamos azar.
Tener allí, al alcance de la mano, el pan de cada día, ¿no es milagroso?
¡Cotidianamente Dios multiplica los panes y los peces para que no quede sin respuesta una de las peticiones que solemos hacerle al rezar el Padrenuestro!
«Aquel que hizo brotar vino en las bodas de Caná –explica San Agustín (354-430) en su Comentario al Evangelio de San Juan- es el mismo que lo produce todos los años en los viñedos. Pero no nos admiramos de este último fenómeno porque sucede cada año: su constante renovación ha hecho desaparecer en nosotros la admiración».
Dice el rey Berenguer a Julieta, la sirvienta del palacio, en El rey se muere, la bellísma pieza tetral de Eugène Ionesco: «Respiras, no piensas nunca en que respiras. Piensa en ello. Recuérdalo. Estoy seguro de que no prestas atención. Es un milagro». ¡Y vaya que lo es! Pero, como estamos habituados a él…
Admirarse de tener algo que comer, maravillarse de ver y respirar, agradecer cada encuentro cual si fuese un don del cielo: he aquí un necesario ejercicio espiritual. Dijo Chesterton una vez: «Si el mundo sucumbe, no será ciertamente por falta de milagros, sino por falta de asombro».

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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
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Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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