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Una charla con Élmer Mendoza | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

El fin de semana pasada se llevó a cabo en diversas sedes de la ciudad el 4to Festival Internacional de Novela Negra Huellas del Crimen. Dentro de las actividades tuve la fortuna de participar en la mesa 11: “Élmer Mendoza: encuentro con sus lectores” con los expertos en la obra del escritor Sinaloense: Ramón Alvarado Ruiz, Joserra Ortiz, Citlali Mendoza, Scarlett Ramírez, Ronnie Medellín y el autor para poder charlar sobre algunos aspectos de su obra en el teatro Polivalente del Centro de las Artes.

Durante dos meses me estuve preparando para saber que preguntarle a Élmer Mendoza, siempre que tengo la fortuna de sentarme a charlar con un escritor me entran las dudas sobre mi persona, sobre todo, sobre mi intelecto. Me da miedo mostrar mi lado más tonto frente a alguien que ha logrado llevar al papel, lo que mis neuronas ni siquiera logran pensar.  Al final, mi preparación mental valió un carajo, pues no fui capaz de cuestionarle sobre si existe una responsabilidad social al escribir novelas sobre la violencia que asecha nuestro país, tampoco le pregunté si cree que sus novelas fomentan de algún modo el imaginario popular de la figura del narco, aquel que viste con camisas Gucci y grandes relojes. En cambio, le cuestioné sobre el origen de su novela No todos los besos son iguales, una novela que reinventa los cuentos de hadas en un espacio muy similar a Sinaloa.  Don Élmer respondió, sin falsas historias o egos elevados, que nació en una noche de borrachera como un reto entre amigos escritores con la única finalidad de causar la risa en el lector.

Mis compañeros de mesa fueron más allá de la anécdota del nacimiento de una idea, pues cuestionaron sobre las influencias más importantes dentro de sus obras y la configuración de los personajes. El autor demostró una vez más que él no es el típico escritor intelectual que presume de sus lecturas más complejas para levantarse el cuello de la camisa. Respondió de la manera más humilde y real, el sólo quería escribir de lo que le pasaba y quizá, como le dijo a un profesor de literatura quería ser más chingón que el mismo James Joyce.

Élmer Mendoza me regresa la fe en los literatos, no es el inalcanzable escritor que se cierra sus lectores, mucho menos mira desde arriba, no, Élmer es un lector como miles de nosotros que ha tenido la disciplina para escribir una docena de libros. Un lector que prende la televisión para ver a los Tomateros de Sinaloa ganar la liga. Aunque sea un amplio conocedor de la violencia en el país, por más que sus personajes se desarrollen entre capos, actrices de narco series y cárteles de la droga, no tiene las respuestas para el problema de narcotráfico de nuestra nación. Él escribe de lo que ve y vive en México y por mucho que incomode la realidad en este país es más cruel que la ficción escrita por Élmer Mendoza.

Élmer Mendoza, conocido por ser pionero en la llamada narconovela, de su obra destaca la saga del detective Edgar “El Zurdo” Mendieta, El amante de Janis Joplin, No todos los besos son iguales, Un asesino solitario y Firmado por un kleenex 

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