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Lecturas sobre la aberración | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

Las definiciones sobre literatura son tan extensas como la misma producción literaria: dependiendo de la época, el término se adapta y se flexibiliza. Pero, si algo tendrán en común las conceptualizaciones de literatura es buscar ser refugio del pensamiento humano. Y los pensamientos no siempre suelen estar dentro de la moral. La literatura es, entonces, también refugio para las cavilaciones más oscuras y aberrantes. Asesinos, psicópatas, violadores y pedofilos también encuentran su espacio entre líneas. No se trata de hacer veneración a dichos malos, ni buscar su reproducción en la sociedad. Por el contrario, se necesitan en las letras para que el lector sea capaz de discernir lo que no quiere en su vida, por ejemplo, un pedófilo. En 2016 aparecen dos novelas que centran su historia alrededor de estos seres, El mounstro pentápodo (Tusquets, 2016), de Liliana V. Blum; y Fuera de lugar (Anagrama, 2016), de Martin Kohan.

Fuera de lugar es la ultima novela del escritor argentino Martin Kohan. En tan sólo 224 paginas el autor pone a disposición del lector lo que no debería suceder, pero sucede: la aberración de la pedofilia. Con una prosa implacable y un ritmo acelerado que me imposibilitó a soltar la novela, por más que mi interior gritará la incomodidad por el tema central. Kohan narra de una manera cruda, pero sin necesidad de recurrir a un lenguaje explícito, la producción y comercialización de fotografías de niños desnudos. No hay actos sexuales, sólo la explicación detallada de los pequeños cuerpos frente al lente. Posiblemente son estas descripciones las que te mantienen tan fuera de lugar, pues provocan impotencia, dolor, asco, pero sobre todo, morbo de imaginar la realidad de cientos de niños que posan sin ni siquiera saber que se trata de un negocio multinacional y millonario. La historia desarrollada a finales de los noventa en la cordillera argentina, sufre un giro de 180 grados, pues nuestro victimario pasa ser víctima del internet. El miedo a no saber el alcance de las redes y ser descubierto como el pedófilo que se oculta detrás de mostrador de un hotel, lo mantiene alerta las veinticuatro horas. He aquí el logro de la prosa de Kohan: me hace sentir un poco de pena y misericordia por alguien que no debería merecer ni siquiera una muerte piadosa, pero el buen uso del lenguaje minimiza la atrocidad de posar desnudo junto a unos pequeños.

Por su lado, El mounstro pentápodo muestra con mayor crudeza el secuestro y abuso sexual de una pequeña de menos de nueve años que será sometida a todo tipo de fantasías sexuales por parte de su agresor que, al igual que en la novela de Kohan, es una persona íntegra y reconocida por la sociedad. Por momentos, la historia te repele y es imposible continuar con el relato. El lenguaje tan duro y explícito que retrata los actos sexuales provoca repudio en el lector, pero la construcción del relato también genera el morbo por seguir la historia de los personajes. Pero, sin duda, el acierto en la novela de Liliana Blum es escribir sin tapujos y sin romanticismo el efecto devastador del desvío sexual de una persona sobre una infanta que sólo tuvo la culpa de tener un cuerpo infantil sin rasgos de pubertad.

Me gustaría afirmar que las historias relatadas son producto de la imaginación de los autores, pero la realidad y los datos nos dicen que, al menos en nuestro país, 4.5 millones de infantes sufren, al año, abuso sexual, convirtiendo a México el primer lugar en Latinoamérica. La invitación es a leer no sólo lo que nos gusta, lo bonito y lo que nos aleja de la realidad, también leer lo que nos provoca asco y repulsión para saber qué existe dentro y fuera de los libros.

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