enero 24, 2022

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#Si Sostenido

Toledo, el infinito, el melancólico de Juchitán | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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Francisco Toledo

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“La obra de arte nos deja entrever, en un instante, el allá en el aquí, el siempre en el ahora (…) me pesa no haber escrito sobre Francisco Toledo”. -Octavio Paz

La obra gráfica, pictórica y escultórica de Francisco Toledo de experimentación e interrogación constante, muestra efluvios de flora, fauna y embrujos zapotecos (lo mismo eróticos que escleróticos) exportados a cuanto confín comprende el cosmos del arte. Es un artista mestizo mexicano de expresión moderna y contemporánea excepcional.

Francisco, hombre tímido, de trashumar recurrente juvenil, inteligente e insaciable por el saber, experimentar, indagar/interrogar y leer. Pronto reconocido por su creatividad, vivirá la paradoja agridulce de la fama inevitable a la que rehúye y, sin embargo, lo atrapa y acosa. Lo muestra como un hombre multifacético en su ser y hacer, proactivo y cargado de melancolía.

HACEDOR DE ARTE/CULTURA

El arte y solo el realizado por creativos excepcionales, llega a incidir en la cultura si por tal se entiende esa abstracción capaz de generar reflexiones y conductas de pensamiento y degustación estética que interrogan el devenir social e invitan a su reacomodo y transformación propositivas.

CREADOR GENEROSO Y MIGRANTE QUE RETORNA

  • Francisco Toledo, con fama a cuestas y éxito en el mercado del arte, nunca renunció a un proceder discreto y vida sobria.
  • Aún niño va con la familia al estado de Veracruz.
  • Luego, la Ciudad de México será su primer enclave para ensanchar su visión del arte. Ahí permanece dos años, guiado en sus correrías artístico/indagatorias por el pintor potosino Roberto Donís, quien lo acerca a galerías de arte en esa metrópolis y le anima a ir a Europa.
  • Su punto de encuentro es París, primero de penurias y luego de estabilidad cuando consigue residir en la Casa de México en la Ciudad Universitaria de París, y dónde producir obra gráfica.
  • Uno de sus gurúes para la degustación del arte universal fue entonces Octavio Paz

Esto y más muestra la película/documental “El informe Toledo”, realizada por Albino Álvarez , además de una completa y creativa semblanza biográfico/artística de Francisco Toledo, su militancia en la COCEI (Coalición Obrera, Campesina, Estudiantil del Istmo), movimiento político/social que consiguió el triunfo electoral de Juchitán, tierra natal de Toledo, -entre 1981 y 1983- cuando consiguió ser el primer municipio no priista del país. Eran tiempos de escasa y tolerada oposición. A la postre, el movimiento fue ultrajado y aplastado, pero sentó precedentes de lucha por la equidad y aseo en competencias electorales en otros confines nacionales.

Más tarde, lucharía por el esclarecimiento de diversos excesos y crímenes de estado como el caso de los 43 profesores normalistas desaparecidos. Aquí su reclamo lúdico fue volar papalotes de su propia factura, representativos de los desaparecidos.

LECTOR Y MECENAS DE PRODUCCIÓN PERIODÍSTICA

Formó un significativo patrimonio en libros, documentos y obras de arte que conjuntó en el IAGO o Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. El lugar y su acervo lo donó luego al gobierno municipal de Oaxaca para asegurar su aprovechamiento como bien público comprende, 6 mil piezas de arte gráfico que van desde Alberto Durero (1471-1528)  al arte moderno y contemporáneo, incluidos Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y, entre muchos mexicanos, Rufino Tamayo. También alberga el lugar más de 50 mil libros y documentos de arte, la mayoría de ellos en estantería abierta y, por ello, susceptibles de ser consultados por cualquier visitante. Su público regular más constante está formado por escolares.

Robert Valerio, historiador y analista de arte, nacido en Gran Bretaña y forjado entre su tierra natal, París, Perú y Oaxaca, mientras investigaba el fenómeno pictórico/artístico y artesanal oaxaqueño de vigor ancestral, pero mitificado y en buena medida estereotipado o vuelto cliché debido a la ausencia de reflexión y crítica, ve en Toledo un artista que no solo escapa a ello, sino que gracias al IAGO que muestra en sus libros a los autores europeos, influiría en expresiones vistas como:

“Y sospecho que el amarillo luminoso de Rodolfo Morales se debe más a Van Gogh o Gaugin que a los maizales de Ocotlán” (2).

En 1981 surge el diario La Jornada como órgano informativo sin un inversionista fuerte, sino por compra de acciones de particulares. Toledo, ya con prestigio asentado y cotización significativa de su obra, obsequió 400 piezas de gráfica de mediano formato (tamaño cartel) a varias tintas para la financiación del proyecto.

En la preservación del patrimonio monumental, consiguió la conservación de edificios históricos en el centro de la ciudad de Oaxaca, el aggiornamento de las fincas en ese lugar con una coloratura singular y la no alteración del uso de suelo para negocios de comida chatarra y otros destinos contraculturales.

En el prólogo para Pintado en México, muestra colectiva en la que participó Toledo en Madrid, 1983, consigna Octavio Paz:

 “…Nuestros artistas han sufrido la fascinación y el vértigo del centro mundial, pero han sabido ser fieles a sí mismos (…) deben conservar su herencia y cambiarla, exponerse a todos los vientos y no cesar de ser ellos mismos. Gracias a ellos el Arte mexicano posee carácter y diversidad, osadía y madurez (…) muestran no sólo lo que es hoy la pintura mexicana, sino lo que será mañana”. (1)

Tamayo, otro interlocutor/mentor de Toledo, dejó esta reflexión:

“Tener los pies firmes, hundidos si es preciso en el terruño, pero tener también los ojos, la mente y los oídos bien abiertos, escudriñando todos los horizontes” (2).

Francisco Toledo, artista indispensable, humanitario y militante, hizo aportes culturales en la medida que su trabajo creativo incide en aspectos económico/político/sociales. Su obra va y oscila entre lo artístico y lo cultural.

También lee: Memoria, cortometrajes fílmicos y aproximaciones | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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¿Arte sano? | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

El campo de las artesanías tiene más contradicciones que un recinto lleno de diputados. Ahí están las artesanías mexicanas tan coloridas, tan bonitas, tan sorprendentes… ¡tan curiositas!, pero ¡ay, no son obras de arte! Sí, son bonitas, nadie lo niega, pero a diferencia de las obras de arte, es que las artesanías las fabricó un artesano para venderlas, y aunque no las fabricó en serie, no son objetos únicos: cualquier gringo de medio pelo ha comprado un ídolo de barro que parece prehispánico, cuántas chicas tienen atiborrados sus alhajeros de aretes huicholes y muchas familias presumen una escultura tolteca en la sala de su casa o, por lo menos, han regalado una muñeca otomí.

Dicen los expertos, que las obras de arte se hacen por el arte mismo (aunque se vendan) y son piezas únicas (aunque existan copias). Las artesanías generalmente van acompañadas de una función: sirven para hacer chocolate como los molinillos, para protegerse del frío como los rebozos y sarapes, para jugar como los trompos y baleros, para regalarse como esos perros de feria que tienen un hoyo debajo o para consumirse como la pirotecnia hoy tan odiada en algunos sectores de petfriends.

Es un problema, porque lo que algunos funcionarios públicos achacan a las artesanías es que, estarán muy bonitas las máscaras que fabrican en la Huasteca, pero no sirven para nada. Casi nadie que compre un petate lo usará para dormir y las ollas de alfarería indígena no se usarán para cocinar nada. Así que el trabajo de algunos funcionarios públicos es encontrar una utilidad a las artesanías: las figuras de barro pueden ser portalápices, los petates alhajeros, los bordados tortilleros, las máscaras pueden volverse souvenirs si se hacen más pequeñas y se les pega un imán detrás y hay a quién se le ha ocurrido hacer aretes con piedras de cantera rosa esculpidas por artesanos de Escalerillas. Lo que sea con tal de “atraer al mercado”.

También es un problema porque otros funcionarios han insistido en revalorar las artesanías como parte de la identidad y del patrimonio cultural. No se trata sólo de un quechquémetl, sino es toda una visión del mundo, un mapa del universo que una anciana sabia tejió y bordó con sus manos pensando en sus ancestros y que agradece que una turista se lo haya comprado sin regatear mucho, para poder pagar la recarga de su celular y poder recibir la llamada de su hijo migrante.

Las instituciones, autoridades, funcionarios públicos y académicos lograron la especialidad de la casa: un revoltillo de contradicciones. Hoy no se sabe, si las artesanías deben ser dirigidas por una política cultural (a cargo de la Secretaría de Cultura), de asistencia social (DIF), de desarrollo social (Sedesol) o de Desarrollo Económico (Sedeco) o de Turismo. Tampoco se sabe si se debe seguir impulsando su desarrollo financiero para que los artesanos puedan competir contra la oferta china convirtiéndolos en fábricas, si los artesanos deben adquirir capacitación administrativa para convertirse en empresarios, si deben adaptarse a lo que el mercado les pide, o si deben educar al mercado.

Hay quién se pregunta ¿hasta dónde deben seguir produciendo la misma artesanía que cada vez resulta más caro producir y vender?

En Michoacán, los artesanos reboceros, recibieron apoyos múltiples de su gobierno del estado y de los capitales migrantes (y otros innombrables) para el establecimiento de pequeñas fábricas textiles a lo largo de toda la meseta. Los trajes purépechas ahora se bordan en computadora y han diversificado toda clase de prendas: guayaberas, quechquémetls, rebozos, blusas y rollos. Los fabrican casi en serie y los venden a todos precios, dependiendo de la calidad de los materiales y el tipo de prenda. Hay para todos los bolsillos. Las chicas purépechas, uaris, el día de una fiesta en Cocucho, para presumir usan un rebozo de Santa María del Río…

Todo esto se lo comento, estimado y culto público de La Orquesta, porque todo indica que el problema de las artesanías en San Luis Potosí le seguirá dando dolores de cabeza a varios funcionarios de gobierno.

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Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

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Filosofía para qué | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

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Opinión