mayo 23, 2026

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Columna de Nefrox

This is América | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Mundial de Clubes

Testeando

 

Mexicanos, argentinos, colombianos, paraguayos y hasta un holandés, esas son las nacionalidades que conforman el equipo de Rayados de Monterrey, un equipo que le plantó cara al mejor equipo del mundo actualmente, llevándolo a sufrir para ganar por un escueto 2-1 en el Mundial de Clubes

Gran partido del equipo norteamericano ante el campeón de Europa, pero yo no me quiero detener hoy en esos 95 minutos, malditos 95 minutos. 

Resulta que en la previa del encuentro, el extravagante director técnico de los Reds, el alemán Jürgen Klopp presumía ante los medios sus últimas vacaciones, mismas que disfrutó justo en el caribe mexicano, en las playas de Tulum. Tristemente cuestionó a un reportero preguntándole a qué región pertenecía México, ¿Centro, Norte o Sudamérica? 

Más allá del chiste o lo gracioso que pudo ser para el alemán, queda algo de resentimiento ante esa cuestión, el “eurocentrismo” vive y se glorifica en algo como el futbol, aún seguimos hablando de que el mejor futbol del mundo se juega en el viejo continente. 

¡Basta! Esto es América, y no me importa si es norte, centro o sur, somos un continente, de donde por cierto, salen muchos de los mejores jugadores que nutren las ligas europeas. 

¡Basta! Esto es América, donde existen tres países que han levantado la Copa Mundial y donde los EUA son la principal potencia en el futbol femenil. 

¡Basta! Esto es América, donde han nacido tres de los más grandes jugadores de la historia de este deporte

¡Basta! Esto es América, donde desgraciadamente los europeos dejaron escuela de la corrupción y el robo para que nuestros países vivan en la miseria y desgraciadam ente muchos jugadores tengan que emigrar. 

Caray, en lo personal no bajo de “lamentables” las declaraciones de un gran director técnico

, alguien que ha demostrado darle un giro a este deporte y marcar una época con sus clubes. Es triste que ellos no puedan tomarse un tiempo y voltear a ver ligas lejanas a su territorio, es triste que muchos desprecien el futbol en América solo porque ven al europeo muy por encima. 

Pero la cosa no es solo de los técnicos: hay muchos aficionados y jugadores que sueñan con vivir las ligas europeas, y hoy lo puedo entender, mas no compartir. Hace muchos años que Europa y América viven en dos universos alejados, donde los americanos ya no podemos siquiera competir cuando se habla del futbol. Triste pero cierto. 

Pero mira, Jürgen, cuando vuelvas a visitar cualquier país primero pregúntate dos cosas: ¿dónde estás? y ¿qué se hace con la profesión a la que te dedicas? Lo sé, no me vas a leer, sin embargo, dejo esos consejos para cualquiera que tenga un mínimo de respeto para los lugares que visita y el amor por su profesión. 

Ojalá hoy, terminando el partido contra Rayados, ese Klopp tome su celular y registre ese partido como uno que le ha costado un poquito de humildad para su tremendo ego europeo.

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La respuesta siempre ha estado en casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Durante años, el fútbol mexicano se acostumbró a mirar hacia afuera cada vez que necesitaba un entrenador. Como si la solución siempre hablara otro idioma o español con diferente acento. Como si la experiencia solo valiera cuando venía de Europa o Sudamérica. Como si aquí no pudiera construirse algo propio.

Y entonces aparece esta final.

Cruz Azul contra Pumas.

Joel Huiqui contra Efraín Juárez.

Dos técnicos mexicanos. Dos procesos jóvenes.
Dos historias que, hasta hace poco, parecían destinadas a esperar más tiempo.

Porque el fútbol mexicano suele ser impaciente con los entrenadores nacionales. Les exige resultados inmediatos, pero les niega margen. Los quiere preparados, pero rara vez les permite equivocarse. Y aun así, aquí están. A noventa minutos (o un poco más) de tocar el campeonato.

Lo de Joel Huiqui tiene algo profundamente simbólico. Un hombre que entendió durante años lo que significa cargar la presión de Cruz Azul desde adentro, ahora intentando devolverle identidad desde el banquillo. Sin reflectores exagerados, sin vender revoluciones tácticas, pero construyendo un equipo serio, compacto y emocionalmente estable. Que en Cruz Azul, después de tantos años de caos emocional, ya parece muchísimo.

Porque este equipo no juega desesperado.
No corre por ansiedad. No se rompe cuando recibe un golpe.

Y eso también se entrena.

Del otro lado aparece Efraín Juárez, quizá el caso más interesante de los dos.
Porque mientras muchos técnicos mexicanos siguen esperando una oportunidad local, él decidió salir. Aprender lejos. Equivocarse lejos. Crecer lejos.

Y eso pesa.

Su paso por el extranjero le dio algo que pocas veces se ve en entrenadores jóvenes mexicanos, una idea clara de juego y la personalidad suficiente para sostenerla. Pumas no es un equipo perfecto, pero sí es un equipo reconocible. Presiona, intenta ser agresivo, ocupa espacios con intención.

Tiene identidad.

Y en una liga donde muchos equipos cambian de rostro cada tres jornadas, eso ya es una ventaja enorme.

Por eso esta final importa más de lo que parece.

Porque sí, hay un campeonato en juego. Sí, hay historia, afición y presión. Pero también hay un mensaje. Uno que el fútbol mexicano llevaba tiempo necesitando escuchar.

Que los entrenadores mexicanos no tienen que esperar eternamente para estar listos. Que la juventud no es incapacidad. Que las ideas nuevas no necesariamente vienen de afuera.

Y quizá lo más importante: que un técnico mexicano también puede construir equipos modernos, competitivos y emocionalmente fuertes.

Cruz Azul puede romper otra barrera emocional levantando el título con Huiqui. Sería una especie de reconciliación con su propia historia, un hombre de casa devolviendo estabilidad donde tantas veces hubo caos.

Pumas, en cambio, puede confirmar algo distinto con Efraín Juárez, que el técnico mexicano también puede evolucionar, viajar, aprender y regresar más preparado que nunca.

Las dos historias tienen valor.

Las dos se sienten necesarias.

Y quizá por eso esta final tiene algo diferente. Porque más allá de quién levante el trofeo, el fútbol mexicano ya ganó una pequeña batalla que llevaba años perdiendo silenciosamente.

La de volver a confiar en los suyos.

En jóvenes entrenadores mexicanos que dejaron de pedir permiso para competir. Y que ahora, desde los dos banquillos más importantes del país esta semana, están demostrando algo que parecía olvidado, que el futuro también puede hablar con acento mexicano y que la respuesta, siempre estuvo en casa.

 

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Con coherencia en los banquillos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Hay partidos que llegan con tres puntos en juego y otros que llegan con una idea detrás.
El Atlético de San Luis contra Pumas es de esos segundos.

Y es que más allá de la tabla, más allá de si uno necesita meterse o el otro quiere escalar, hay algo que no siempre aparece en el fútbol mexicano: dos entrenadores que entendieron lo que tenían y dejaron de pelearse con eso.

San Luis, por ejemplo, dejó de ser un equipo confundido.
Raúl Chabrand, en silencio, hizo algo que a veces parece revolucionario: ordenar. Volver a lo simple. Apostar por un 4-2-3-1 claro, sin inventos, sin posiciones forzadas, con roles definidos.
Y eso, en un equipo que venía de la incertidumbre, pesa más que cualquier discurso.
Porque San Luis no necesariamente juega mejor que antes, pero eso sí, se entiende mejor, y cuando un equipo se entiende, compite.

Del otro lado está Pumas, que tampoco es casualidad.
Efraín Juárez agarró un equipo que necesitaba identidad más que nombres, y le dio algo que no siempre se nota en la Liga MX: intención. Un sistema que puede mutar, que puede presionar, que puede atacar sin perder orden y los resultados empiezan a acompañar.
Un 3-1 reciente que no solo suma puntos, sino que confirma algo más importante: Pumas sabe a qué juega, que en este fútbol, ya es bastante.

Por eso este partido no es tan simple como parece.
San Luis llega con urgencia. Necesita puntos, necesita creer que todavía está a tiempo a pesar de que el cambio se dio bastante tarde en el torneo.
Pumas llega con confianza. Ya entendió el camino, ahora quiere mejorar el destino, dejando atrás los errores del principio de año que lo desplazaron de Concacaf.

Uno persigue.
El otro se afirma.

Pero los dos comparten algo: coherencia.

Y eso cambia todo.

Porque cuando los equipos tienen idea, los partidos dejan de ser accidentes. Ya no dependen de una jugada aislada, de un error, de un rebote. Empiezan a tener lógica.
San Luis buscará ordenarse desde atrás, sostener el partido, encontrar a João Pedro en momentos clave.
Pumas intentará imponer ritmo, ocupar espacios, hacer que el juego pase por su mediocampo.

No es un choque de estilos opuestos. Es un choque de ideas bien trabajadas. Y quizá por eso este partido importa más de lo que parece.
Porque en medio de una liga que muchas veces vive de la inercia, ver a dos técnicos que sí están construyendo algo, incomoda.

A veces, es tan simple (y tan difícil) como tener claro qué quieres que haga tu equipo cuando tiene la pelota y cuando no.

Pero más allá del marcador, hay algo que ya se está jugando: la validación de dos procesos que, sin hacer ruido, empiezan a tomar forma.
Y en una liga donde muchas veces todo cambia demasiado rápido, ver a dos equipos que por fin parecen saber hacia dónde van, ya es, en sí mismo, una pequeña victoria.

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Hay algo incómodo en el repechaje | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Hay algo incómodo en el repechaje.

Como esas conversaciones que llegan tarde, como esos equipos que reaccionan cuando ya no hay margen.

Nadie quiere estar ahí… pero todos quieren salir.

El Mundial de 2026 promete ser el de la inclusión, el de las 48 selecciones, el de “ahora sí hay lugar para más”. Pero en el fondo, el fútbol sigue siendo el mismo de siempre: el que aprieta cuando más duele. Y ahí, en ese rincón donde ya no hay mañana, aparece el repechaje.

No como premio, como castigo.

En Europa, por ejemplo, el repechaje no debería existir para ciertos nombres. Y sin embargo, ahí está Italia, otra vez, jugando con fuego después de haber aprendido (o no) la lección de quedarse fuera.

Ganó 2-0 su primer partido. Sin convencer, sin emocionar, pero ganando. Que a estas alturas ya es suficiente. Porque en estas instancias el fútbol no se juega bonito… se sobrevive.

Alrededor, el mapa es igual de tenso.

Polonia sacó un 2-1 que dice más de sufrimiento que de superioridad.
Suecia resolvió con un 3-1 que parece cómodo, pero que no garantiza nada.
Dinamarca, quizá la más seria de todas, aplastó 4-0 y mandó un mensaje: hay selecciones que sí entendieron dónde estaban paradas.

Y ahora todo se resume a una noche.
Una sola.

Italia contra Bosnia.
Suecia contra Polonia.
Dinamarca contra República Checa.
Turquía contra Kosovo.

Cuatro partidos para decidir quién va al Mundial… y quién se queda viendo cómo pasa la historia.

Así de frío.

Del otro lado del mundo, el repechaje tiene otro tono. No es presión… es oportunidad.

México es la sede de esa última puerta, y eso no es menor. Porque jugarse el Mundial en este país no es lo mismo. Aquí el fútbol se siente distinto: más ruidoso, más emocional, más impredecible.

Y en ese escenario aparecen nombres que no suelen habitar estas conversaciones.

Bolivia, Surinam, Irak.
Jamaica esperando.
Nueva Caledonia soñando.
República Democrática del Congo empujando desde lejos.

Seis selecciones para dos boletos.
Seis historias que no estaban destinadas a este momento… pero que ya están ahí.

Y cuando eso pasa, el fútbol se vuelve peligroso.
Porque el repechaje no clasifica a los mejores.
Clasifica a los que aguantan.
A los que llegan con dudas pero no se rompen.
A los que no cargan historia… y por eso juegan sin miedo.

Y ahí es donde empieza lo interesante.

Porque cada Mundial tiene ese equipo que nadie vio venir. Ese que no tenía obligación de nada y termina incomodando a todos. Muchas veces, ese equipo sale de aquí.

Si Dinamarca entra, nadie la va a querer enfrente.
Si Suecia se mete, será ese rival incómodo que no regala nada.
Y si Jamaica, incluso Bolivia logran colarse… entonces habrá una historia nueva, de esas que no se explican con rankings, de esas que solo se entienden cuando la pelota empieza a rodar.

El repechaje es injusto, sí. Pero también es brutalmente honesto. Porque aquí no hay margen para discursos, ni para proyectos, ni para promesas. Aquí todo se reduce a 90 minutos donde el pasado no sirve de nada, ni los títulos, ni el nombre, ni la historia, solo el presente. Y quizá por eso incomoda tanto. Porque en el fondo, el repechaje nos recuerda algo que el fútbol intenta ocultar todo el tiempo: que no siempre llegan los que más lo merecen…
sino los que sobreviven cuando ya no queda nada.

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