julio 4, 2022

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#4 Tiempos

¿Por qué no hay globeros en Tequis? | Columna de Jorge Saldaña

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Tercera Llamada

 

Le contaré, Culto Público, una historia muy breve. Un cuento urbano que encontré en un rincón de mi imaginación junto a una anécdota bochornosa.

Es el cuento de un niño y de un globo. Un globo esclavo de un hilo, y un niño esclavo de su miedo a perder el globo.

Era un domingo caluroso del año de 1981El jardín de Tequis se llenaba de familias que salían apenas de recibir la bendición del padre Lucas que ofició ese día la misa de una.

Los puestos a la salida del templo no eran tan numerosos ni mucho menos variados como hoy, los niños podían comprarse quizás un algodón, una bolsa de recortes de ostias de las Madres Reparadoras, una gelatina con rompope, o los más consentidos un globo.

Resulta pues que uno de esos niños, dicen que de pelo rizado, lentes grandes, camisita marinera y short de domingo, a sus nueve pero casi 10 años cumplidos se separó corriendo de su familia para ir a admirar los productos de un vendedor de globos que por primera, y única vez, se le vio ubicado en la esquina que hacen las calles de Mariano Ávila y Mariano Arista.

Se dice que el flaco jovenzuelo del pelo rizado pidió con insistencia a su padre, primero con ternura, pero después con berrinche, que le comprara un globo grande de color amarillo que llamó su atención.

Por respuesta recibió un -Espera a que te den tu domingo y tú te lo compras- lo que produjo una rabieta más de aquel chiquillo acostumbrado a hacer su voluntad.

Llegó enseguida a casa del abuelo, que se cuenta estaba muy cerca. Ahí, el padre de su padre, un hombre sabio y sereno, escuchó la urgencia de uno de sus nietos por comprar aquel globo.

-Un globo dura poco – le explicó el abuelo – pero si quieres gastar en ello tu domingo, toma tu dinero y úsalo de la mejor manera.

El chiquillo regresó corriendo a la esquina con el globero, sin embargo, y todavía con la voz de su abuelo en la cabeza, pensó: “Es cierto, quiero el globo, pero no quiero gastar mi dinero…tendré que encontrar la manera”.

El chiquillo sin vergüenza y por su cuenta, inició con lisonjas al globero y a sus globos.

“Caray, que bonitos globos vende”, “Mire ese globo amarillo es más vistoso”, “Yo quisiera un globo como ese” le decía al emprendedor de las esferas flotantes.

Luego, el de shorts y camisa marinera, empezó a negociar diciendo que, si aquel globero le prestara aunque sea por un rato el globo, seguramente otros niños lo verían y muchos irían a comprarle un globo igual. “Le conviene señor globero, porque todos los niños de éste jardín me conocen, y seguro si yo tengo un globo como ese, yo me encargaré de traer a todos a que le compren a usted”.

Conmovido un poco por lo lastimoso del papel de aquel chiquillo insistente, el globero terminó por prestarle el globo. “Te lo presto por tres vueltas al jardín, pero si traes a otros niños que me compren, entonces te lo regalo”, propuso el comerciante.

Feliz aquel chiquillo presumió su globo, dio muy lentamente las tres vueltas acordadas porque se entretenía mucho en ver a una niña bonita de moños que los domingos esperaba afuera de la tienda de su padre frente a un edificio de tres pisos contiguo a la panadería Avenida.

En la última vuelta, el chiquillo soltó el globo. Unos dicen que tropezó, otros que se distrajo con la niña de moños, otros aseguran que por pura maldad soltó la esfera voladora prestada, porque ya le había aburrido el color.

Como haya sido (porque esta historia no tiene registros precisos) el niño salió corriendo al puesto del globero a llorar una vez más:

-Señor, me robaron el globo que usted me prestó. Yo no lo solté, yo no lo perdí, yo lo usé de la mejor manera pero alguien llegó a robármelo. Présteme ahora un globo de color azul.

El globo azul ya está vendido. Es de otro niño, no te lo puedo prestar y con el globo amarillo no me diste resultados. Lo siento jovencito.

Pobre hombre, Culto Público, sin saberlo había cometido el peor error de su carrera de comercialización de globos. No supo lo que hizo y su franqueza fue su peor condena.

Montado en cólera, enojado por no poder presumir globo, ni querer gastar su dinero, ni poder impresionar a la niña de los moños, el escuincle de los cabellos rizados y los lentes grandes corrió una vez más a la casa de su abuelo.

Ahí lloró y lloró de nuevo. “El globero no me dio mi globo y además se quedó con el dinero de mi domingo”.

¡Vaya injusticia! – expresaron sus padres, sus tíos y sus hermanos. No puede pasarle esto a un niño tan bueno y noble.

Mandaron entre todos al tío del chiquillo a arreglar semejante abuso en contra del menor (en realidad dicen que era su tío político, apenas recién casado con una hermana de su padre y que hacía méritos para quedar bien con la familia)

De la mano y a paso veloz, tío y sobrino se encaminaron a reclamar la injusticia.

“No te preocupes, sobrino, iremos rápido con el injusto globero y tendrá que darte el globo que tu quieras, el de mayor tamaño y el de tu color favorito. Faltaba más, que para eso soy tu tío”.

-Caray señor, el niño miente. Yo ni siquiera tomé su dinero, yo le presté el globo con la mejor voluntad, si lo perdió, ya no puedo regalarle otro.

“Verás que sí se podrá” –espetó el tío-

“Escoge sobrino que, o lo compro, o nos regala todos los globos, o éste globero jamás podrá vender en esta esquina ni alfiler. De eso me encargo yo”.

El chiquillo farsante se salió con la suya. Cuentan que escogió de entre todos los colores y hasta se dio el gusto de soltar uno que otro envalentonado en la figura de su tío.

“Vaya usted, sobrino, a presumir su globo, pero no digas a tu abuelo la forma en que lo conseguimos, el obtenerlo es lo importante y no la forma en que lo hicimos. No se te olvide”.

La escena fue vergonzosa, las familias y los demás niños alrededor sí se dieron cuenta de las mentiras, del llanto fingido y de la actitud dolosa del niño mimado y pillo, sin embargo, con el dinero de su domingo (recuerden que no lo había gastado) compró dulces baratos y chucherías para obtener el silencio de los niños testigos.

Finalmente, y sin castigo, vendría otro domingo qué cobrar por no hacer nada y obtener lo que entonces se le antojase.

Ese fue el primer y último domingo que hubo globos en la esquina de Mariano Ávila y Arista. Del globero generoso pero engañado por el truhan infante, jamás se supo nada.

En cambio, el abusivo niño sí aprendió cosas: aprendió a fingir, mentir, robar, manipular, engañar y comprar complicidades para obtener cualquier cosa en la vida. Finalmente no hubo castigo. Finalmente siempre encontrará a su tío, o al dinero, o al silencio para que, perfumado del buen nombre de su familia, la villanía le rinda frutos.

Se supone que solo unos cuantos saben el nombre de aquel pillo en potencia. Se dice que algunos años después abusó de una sirvienta a la que su familia corrió por mentirosa, por acusar a aquel adolescente inocente, bueno y noble de cometer abusos inconfesables.

Nada se supo tampoco de aquella joven servidumbre…quizás se fugó con globero.

El pilluelo del cuento tendría hoy unos 48 años, algunos dicen que hasta se casó con la bonita de los moños y que como en aquel domingo caluroso, el facineroso y maquiavélico escuincle hoy va por la vida fingiendo el llanto, montando farsas, robando y silenciando conciencias para salirse con la suya, prueba irrefutable de que jamás escuchó o entendió al abuelo sabio.

Aprendida la impunidad, se asegura que aquel niño todavía quiere globo, poco le importa el color y poco le importa cómo conseguirlo, él solo quiere dar 6 vueltas por la plaza y quedarse con su domingo. Su esencia es la misma.

Sí Usted, Culto Público, lo ve por ahí, sí usted lo ubica por lo rizado del pelo o por los gruesos lentes, por alguna pista, dirección o enfermizo comportamiento, por favor denuncie, señale, cobre sus fechorías, pero sobre todo, jamás le preste o regale un globo, ni de los que flotan o mucho menos de los que “botan” (disculpe la mala ortografía).

Solo por ponerle un nombre al personaje del cuento, digamos que se llama Xavier, por ejemplo, y digamos se apellida Nava.

Fin.

Hasta la próxima.

 

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#4 Tiempos

Recomendaciones de cine LGBTQ+ | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO

 

El lugar sin límites (Ripstein. 1978) Con un guión basado en la novela de José Donoso y con la colaboración del novelista argentino Manuel Puig, El lugar sin límites del director mexicano Arturo Ripstein representa un parteaguas en la cinematografía nacional, una película de culto que expone el machismo, la homofobia, el odio, la doble moral, la corrupción y abusos de poder en nuestra sociedad. La película muestra una mirada seria sobre la homosexualidad como no se había visto antes en el cine mexicano, un relato que desafortunadamente se mantiene actual y vigente. Para la posteridad quedan las enormes actuaciones de sus intérpretes, en especial la de Roberto Cobo, quien es todo un icono dentro del cine nacional, tanto por su trabajo como “El Jaibo” en Los olvidados de Buñuel, como por su “Manuela” y su inolvidable baile de la leyenda del beso. Un clásico de culto mexicano.

Prayers for Bobby (Mulcahy. 2009) Película basada en hechos reales, nos muestra el entramado de relaciones de una idílica familia cristiana, en la cual todo funciona a la perfección, cada miembro se mueve según ‘‘la voluntad de Dios’’. Sin embargo el perfecto mundo forjado bajo las férreas doctrinas que inculca la biblia se viene abajo cuando se descubre que Bobby no es el hijo perfecto con el que sus progenitores siempre habían soñado. La madre del joven Bobby, interpretada por Sigourney Weaver, es una señora de creencias evangélicas fundamentalistas que no puede asimilar que su hijo es homosexual. A partir de ahí, el drama va creciendo, hasta llegar a la tragedia. Y la tragedia dará paso al descubrimiento, a la transformación y a la solidaridad. Uno de los objetivos del filme es remover conciencias y hacernos reflexionar. Y sin duda nos hace anhelar el día en que la aceptación, la comprensión y el amor en el sentido más pleno de la palabra, hagan posible que historias como estas no tengan que suceder.

Pride (Warchus. 2014) La película relata la lucha de los mineros contra la Dama de Hierro, sus huelgas y reivindicaciones callejeras. Y como, una cuadrilla de gays y lesbianas, ante el rechazo a su colectivo en 1984, deciden crear una asociación en apoyo a los mineros para quizá así, conseguir aceptación y visualización. Lo que parece una idea alocada, poco a poco va tomando sentido, llegando a prensa, radios y televisión. Matthew Warchus y su guionista Stephen Beresford componen un agradable relato conciliador y emotivo que hace recuperar la fe en el ser humano más allá de todo lo que nos divide y, revindica aquello que nos une, que es el espíritu humano de solidaridad.

Retrato de una mujer en llamas (Sciamma. 2019) Una película que captura la esencia de los profundos sentimientos que sienten dos mujeres atrapadas en un tiempo que no es el suyo, el amor que surge entre ellas y la indeleble huella que les deja para siempre. Una cinta de gran belleza y delicadeza desde el primer fotograma al último, sin demasiados concesiones al sentimentalismo. Tiene momentos mágicos, cómo la canción de la fiesta en el fuego de un grupo exclusivo de mujeres, repleta de lírica, de poesía. Una película con secuencias que por momentos parecen pinturas renacentistas en imperceptible movimiento. Técnicamente es prodigiosa, tanto la fotografía como el sonido, que te transporta a esa época. Extraordinaria.

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#4 Tiempos

La historia de Juan | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Conozco a Juan desde hace mucho, desde el tiempo en que éramos vecinos de banco en la preparatoria y estudiábamos juntos por las tardes en el mismo equipo.

Juan. Lo recuerdo con la mirada siempre fija en la lejanía o inclinado ante la página de un libro abierto por la mitad. Hace treinta y cinco años –¡treinta y cinco años ya!- usaba unas gafas gruesas y verdes que lo hacían parecer más viejo de lo que era, y aunque hoy usa unos lentes más delgados y finos y luce más juvenil que hace dos décadas , sigue siendo el mismo Juan.

En aquel entonces caminaba por los pasillos del colegio siempre pegado a la pared, como si no quisiera robar espacio a los demás o necesitase apoyarse en algo para no caer.

Nunca aceptaba nada. Cuando, por ejemplo, lo invitábamos a comer o a cenar, él siempre se sentía en la obligación de pagar la cuenta, y si uno de nosotros le rogaba que no lo hiciera, él se removía en su silla, visiblemente angustiado. Más de una vez, fingiendo tener que ir al baño, se dirigió a la caja para tomarnos la delantera y pagar la cuenta. Los que no lo estimaban se aprovechaban de él, diciéndose entre ellos: «¿Invitamos a Juan para que pague él?»; los que lo estimábamos habíamos dejado de invitarlo a nuestras reuniones por dos motivos: primero, porque sabíamos que no era rico y nuestras invitaciones le eran gravosas, y, segundo, porque no queríamos apenarlo innecesariamente: nos daban lástima sus gestos de tímido, su cara de huérfano.

Una vez, por su cumpleaños, le regalé un libro cuyo título no recuerdo ahora. Quizá era El Principito, aunque no estoy muy seguro. Pues bien, al día siguiente fue a dejar a mi casa un libro todavía más caro y más gordo que el que yo le había obsequiado el día anterior diciendo que desde hacía tiempo había pensado llevármelo a la escuela, pero que no lo había hecho por puro descuido de su parte. «Siempre se me olvidaba meterlo en la mochila», me dijo bajando la voz y cerrando los ojos, cual si estuviera pidiéndome perdón. En otras palabras, con él no había remedio.

Un personaje del mundo novelístico de Flannery O’Connor (1925-1964), la escritora norteamericana, era exactamente como Juan: «Después de cada comida buscaba en el bolsillo un pedazo de lápiz y escribía una cifra: aquella que, según él, costaba la comida. A su tiempo restituiría la suma entera». Juan la restituiría pagando a su vez en la próxima reunión.

Por aquellos días, según nos enteramos, Juan tuvo una novia. ¿Le parece a usted extraño? A nosotros, crueles con la crueldad de la juventud, el hecho no sólo nos pareció insólito, sino incluso ridículo. ¿Juan una novia? Sí, y tanto la quería que diariamente le compraba un pequeño ramo de rosas. Y no sólo eso, sino que además la llevaba al cine, o a alguna plaza comercial para invitarle un helado. ¿Todos los días, todos los días? Sí. «Esto acabará mal», sentenciamos en coro sus amigos. Y así sucedió, en efecto, porque cuando, sacando cuentas, vio Juan que aquella relación lo tenía a un paso de la depresión económica, de la ruina financiera, decidió sencillamente terminarla.

La novia, claro está, ni siquiera lo buscó para decirle lo que suele decirse en tales circunstancias, a saber, que volvieran otra vez, que no le importaba recibir cosas, que con regalos o sin ellos ella lo quería lo mismo, o cosas así, sino que simplemente desapareció de su vida como desaparece una cucaracha por el resquicio de una puerta.

Y entonces, claro está, la depresión económica de Juan adquirió también un sesgo marcadamente psicológico que lo dejó al borde del suicidio. «¿Por qué nadie me quiere, por qué nadie quiere quererme?», nos preguntaba a sus amigos, que lo único que hacíamos era darle inofensivas palmaditas en la espalda.

Hoy, sin embargo, sí sabría explicar por qué la cosa tenía que acabar mal: porque el amor es un intercambio en el que se da y se recibe al mismo tiempo, y Juan nunca recibió nada a cambio de lo que daba. Él era el que tenía siempre que hablar, que invitar, que insistir. ¿Y qué recibía en compensación? Ya lo sabe el lector: nada. Como me dijo una vez un hombre de campo, hay quienes gustan de usar sólo el azadón, y cuando tienen que usar la pala se escabullen. La novia de Juan pertenecía, evidentemente, a esta raza malévola.

«Amar –dice Erich Fromm repetidamente en uno de sus libros- es esencialmente dar, no recibir». Sí, y, sin embargo, el que nunca recibe termina cansándose de no ser sino el que siempre da. ¡También a él, alguna vez, le gustaría que le dieran algo! Como dijo Benedicto XVI en Dios es amor, su primera encíclica, «el hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).

Es más, según Anselm Grün, famoso monje benedictino y autor de innumerables libros de espiritualidad, uno de los enemigos de la amistad y del amor es la tentación de estarle siempre dando cosas al otro. «El exceso de favores –escribió una vez- debilita la amistad en lugar de fortalecerla. Hay, efectivamente, personas que regalan muchas cosas a sus amigos. Esto lleva a que el amigo sienta que el otro quiere comprar su amistad. Es verdad que puede reprimir este sentimiento, pero, en seguida, el sentimiento reprimido se transforma en agresividad y, finalmente, conduce al endurecimiento». En otras palabras: los roles acaban consolidándose y el que recibe ya nunca quiere dar; y, así, si el otro esperaba algo a cambio de lo que daba –una palabra de afecto, una declaración de cariño- se queda lindamente con un palmo de narices.

¿Es esto es lo que había pasado con Juan? Tal vez. Pero ojalá haya aprendido la lección, y en su próximo noviazgo –en el caso de que lo haya, aunque ya sea preocupantemente tardío- confíe más en sí mismo y menos en el valor de sus regalos.

(Posdata: ayer vi a Juan en la calle; llevaba sus gafas modernas y, en las manos, una caja de chocolates. Iba, además, muy sonriente. Ojalá no se trate de lo que estoy pensando…).

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#4 Tiempos

El médico Gregorio Barroeta como profesor de física | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Hace sesenta y cinco años la física moderna se asentaba en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí; en esta sección hemos tratado algunos de sus aspectos y en particular recordamos a profesores de física que de cierta manera allanaron, desde el siglo XIX, el camino para su consolidación, en esta ocasión toca el turno a un personaje al que ya nos hemos referido en anteriores entregas: Gregorio Barroeta Corvalán que fuera profesor de física en varias instituciones educativas del estado, siendo profesor de la cátedra de física en el Instituto Científico y Literario desde 1884 al retirarse el profesor Francisco Javier Estrada.

Gregorio Barroeta, médico y cirujano egresado de la Escuela Nacional de Medicina, fue además un destacado naturalista, director del Observatorio Meteorológico del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí y encargado de la cátedra y del Museo de Historia Natural. De los personajes potosinos ligados a la ciencia del siglo XIX es el único cuyo nombre ostenta una escuela para niños, la que se encuentra en la Ciénega de San José en el enclave minero de Santiago Papasquiaro en la sierra de Durango.

Podemos situar el año de su nacimiento en 1831 en San Luis Potosí, falleció el 25 de octubre de 1906, en su casa habitación ubicada en el número 16 de la 4° calle del cinco de mayo.

Se relacionó con la comunidad científica mundial y varios de ellos visitaron San Luis, compartiendo experiencias científicas. Durante una de esas visitas se fundó la Sociedad Médica de San Luis Potosí.

Perteneció a varias sociedades científicas tanto del país como del extranjero, hablaba siete idiomas y como cirujano era una eminencia, como que fue el primero en toda la república que practicó varias veces, conjuntamente con el médico Esteban Olmedo, la ligadura de la arteria temporal superficial, con anestesia clorofórmica. Ambos realizaron también, hacia 1873 una operación de meningocele cervical. Las descripciones de ambos trabajos fueron publicados en La Fraternidad, publicación del Cuerpo Docente de Médicos y de la Sociedad Médica de San Luis. Se dedicó con especialidad a los estudios biológicos y botánicos, sus investigaciones sobre la flora potosina fueron revisadas por una academia de la ciudad de Viena, quien impuso los nombres científicos de Viola Barroetácea y Barroeta Setosa a unas desconocidas variedades de plantas que él envió y clasificó.

Al encargarse de la cátedra y gabinete de física en el Instituto Científico, siendo el también médico Dr. Doroteo Ledesma egresado de medicina en el propio Instituto su suplente, esta era una de las mejores y más bien dotadas del Instituto y según las crónicas de la época, había sido trasladada a un elegante salón (actual oficina de rectoría de la UASLP) destinado a ese objeto y enriquecido con todos aquellos aparatos que los adelantos de la ciencia reclaman.

En 1879 se abría la cátedra de física en la Escuela Normal para Profesoras, que fuera fundada en 1868, encargándose de la misma el Dr. Gregorio Barroeta; en el Colegio Seminario Cociliar también se incorporaría, junto a las materias religiosas, la materia de física para los estudiantes seminaristas ofreciéndose en el sexto año de estudios preparatorios atendida por el Dr. Barroeta, quien además impartiría la cátedra en el Colegio Politécnico de San Luis que se abriera a fines de la década de los setenta del siglo XIX.

De entre los colegios particulares, uno que enseñaba geografía y cosmografía, así como nociones de ciencias físicas y naturales era el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, establecido en un lote del exconvento del Carmen en 1888, fundado por el Obispo Dr. Ignacio Montes de Oca y Obregón, contando con especialistas para determinadas clases.

De esta forma el número de alumnos que en el último cuarto del siglo XIX, cursaron física o al menos temas de física, no fue del todo bajo, algunos llegarían a figurar con importantes aportaciones en el campo de la ciencia y en particular de la física, y en su formación contribuiría el médico, naturalista y estudioso de la física Dr. Gregorio Barroeta Corvalán. 

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Opinión