junio 9, 2026

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#4 Tiempos

“Pinche”, teoría y practica | Columna de Óscar Esquivel

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Desafinando

 

Todo es lo que parece

 

Las sociedades del mundo son un complejo nido donde cada individuo debe trabajar para que funcione el mecanismo de convivencia, si esta se establece como el principio fundamental para el desarrollo social, económico y político todo marchará bien.  

Convivir es una palabra difícil para algunos, que en su trance diario lo establecen como algo imposible de llevar, se levantan después de dormir un sueño no reparador, porque su mente solo evoca pensamientos negativos, desde que pisan el suelo lo maldicen, su primeros pasos son de molestia, ya no temen al futuro que les causa ansiedad, solo lo aquello que podría ser creativo lo guardan para después, un después que quizás nunca llegue.

Las personas negativas existen en todas partes, así nacieron, así morirán. Su ego profundo lo alimentan con cosas banales, acaparan riquezas materiales, sin darse cuenta que lo más simple de la vida está en disfrutar lo que se tiene y ayudando a construir una sociedad justa e igual. Normalmente llevan tatuado el signo destructivo arrastrando un lastre en su vida, estas personas son útiles para la sociedad, aun cuando pareciera contradictorio, gracias a ellas, nacen otros humanos que su vida la hacen simple y ejemplar, esto no se tratar de ricos y pobres, es tomar lo mejor de nosotros para poder aprender, que la aportación a la sociedad desde cualquier trinchera se beneficie, y lograr la tan anhelada convivencia entre unos y otros.

En la sociedad actual se regula el comportamiento con reglas de convivencia que se traducen en leyes, establecidas en acuerdo y el cómo nos debemos conducir hacia los demás y con los demás. Bajo estos principios los mexicanos nos regimos, aun cuando siempre habrá distintos pareceres, formas de gobernar, reglas que se cumplen y otras que se desechan, pero una cosa es la diversidad de las ideas y otra los venenos de la sinrazón, la anarquía en las palabras que se escupen hacia fuera, como de una fuente que derrama agua lodosa de no moverse. 

Un México que estancó el crecimiento por la locura insensata de unos cuantos de hacernos creer que el a pobreza terminaría en tres décadas y solo produjo millones de pobres, casi la mitad de la población, donde tuvieron la oportunidad privilegiada solo unos cuanto, con educación, salud, acceso a la cultura y todo eso que ya se conocemos.

Hoy después de más de treinta y seis años de neoliberalismo y como una esperanza, treinta millones de votos como aval, se manifestó el “¡estamos cansados de tanta “pinche tranza!”, y cierto, la tranza se convirtió en “pinche”, la tranza no se eliminará por decreto, para algunos, lo “pinche” se irá esfumando. ¿Cuándo? Si no se han dado cuenta que también dentro de la actual administración, existen quienes el desdén, la avaricia, el comportamiento irracional con sus supuestos logros políticos, son únicamente personales y no resultado de la avalancha anti corrupción de AMLO. Si bien el presidente logró la victoria esperada con base a su esfuerzo, también arrastró entre sus redes a personajes de poca reputación, o “sardinitas” que nada tienen que ver con la cuarta transformación.  

El pueblo también se cansa de tanto inútil, gandalla “politiquillo” y simulador. 

Nuestro estado es víctima, lo ”pinche” se relaciona con la opacidad, la corrupción y la ineficiencia del gobierno, como por ejemplo el ex oficial mayor del gobierno del estado, que según datos de Compranet, durante 3 años en el cargo, 79% de las licitaciones, carecen de información, fallos con ganadores encubiertos, nube gris cargada de olor a transa, ¿se la llevaría al PRI?, seguro que nada pasará, seguramente será cobijado comenzando por su “jefe Político” Juan Manuel Carreras. 

Pinche es una grosería. Para el mexicano significa despreciable, mezquino, de baja calidad, pobre, o de bajo costo, “pinche” puede ser el carro, la casa, la comida, el perro, las llaves, o si se quiere, el mundo entero también es pinche, lo pinche carcome todo lo que toca. 

Es un catálogo de expresiones, desde un novio “pinche”, hasta una injuria o como decía José Emilio Pacheco, como un sustantivo inapelable “no te lleves con él, es un tipo de lo más pinche”. 

Pese a reclamos sociales, el gobernador Carreras nombró a Mario García Valdez, como director de CONALEP, sabiendo que tiene un proceso judicial abierto por corrupción, si bien no existe sentencia judicial, con este acto, le promueve un manto de impunidad, desde el mismo corazón del ejecutivo. 

Hasta donde se quiera llegar, o hasta donde los intereses lo permitan, la política que se implementa en el estado a través el poder legislativo es prácticamente inexistente, sin rumbo, sin definiciones, sin liderazgo. A cinco meses de haber tomado posesión los diputados, el trabajo legislativo es “pinchisimo”. Bancadas completas de los partidos políticos, han presentado su plataforma de trabajo, como si fuera un examen de la preparatoria.

Si la anterior legislatura era menos que nada, tal parece que el poder otorgado a los imberbes diputados los ha mareado. El Mijis, como artista en revista de farándula, todo se sabe de él por los paparazzi que lo siguen a modo, parecía prometedor el muchacho pero las muchas cuentas pendientes y poco trabajo como diputado, lo han dejado lejos de ser quien decía ser.

Un Oscar Vera embajador de la misoginia y del abuso del poder, insultando y amenazando diputadas… lo peor del caso y como acuerdo parlamentario, “las mujeres callaron”.

Diputados de Morena, ¡pobres! Divina creación por sí mismos, lo dudamos, ellos se deben al Andrés Manuel López Obrador, sus ideas, su lucha, pero no los méritos que dicen estos diputados merecer, sus sueldo una majadería, su actuar es un avispero de chismes de cantina, su aportación a la vida pública en “cero”. Acosos sexuales, laborales, amigos, amantes y cómplices, siempre un tú y yo, los demás poco importa.

Los diputados del PRI con oficio político… pero no salen de su rutina de estar defendiendo lo indefendible del gobierno carrerista y de las oscuras y poco transparentes movimientos de la pasada e innombrable legislatura estatal y su administración.

Panistas bajo la nada, es mejor, nada se ve, nada hacen, nada les embona.

La poca “chamba” hace que la calificación de los diputados potosinos, hasta ahora, sea un “pinchurriento trabajo”.

Así, al significado real de pinche, “ayudante de cocinero”, el mexicano lo convirtió en su palabra entre muchas malsonantes, en su preferida, para denostar enojo, desdén por algo o alguien que les molesta y un de ellas que llevó a López Obrador a la Presidencia de la República, fue la corrupción y transformándose como un sinónimo del lenguaje popular autóctono “¡el pueblo se cansa de tanta pinche transa!”  

Nos saludamos pronto.

 

También lea: Los infiernillos de gobierno y el beso del diablo | Columna de Óscar Esquivel

#4 Tiempos

El efecto Tam-Tam | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

En Un mundo feliz, su novela más conocida, Aldous Huxley (1894-1963) hace decir lo siguiente a uno de los odiosos personajes que aparecen en ella: «Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad».

¿Quieres que una cosa sea creída y dada por verdadera? Bien, entonces repite sesenta y dos mil cuatrocientas veces la misma cosa. Si es verdad o no lo que dices, eso no importa: te la creerán en la misma medida en que la repitas. Y, por lo demás, ¿no es esto lo que hacen hoy los medios de comunicación para dar la impresión de que son muy veraces y muy objetivos? Si el canal A dice, por ejemplo, que el señor M es un abusador sexual, y el canal B lo repite, y el canal C se hace eco de la nota y el canal D la confirma, entonces no puede haber duda: el señor M es efectivamente un abusador de la peor calaña: todos lo dicen.

¿Y si los canales A, B, C y D fueran del mismo dueño y se hubiesen puesto de acuerdo para difamar al indefenso señor M? Entonces lo sentimos por el señor M. ¿Por qué cometió la imprudencia de enemistarse con un propietario tan poderoso?

Para la mentalidad posmoderna –es decir, la nuestra- la verdad no es algo que haya que buscarse o descubrirse, sino algo que puede construirse a base de repeticiones incesantes. Es curioso –observa Paul Virilio en uno de sus libros- cómo se dio cuenta la gente de que el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no era una escena de ciencia ficción tomada de alguna serie televisiva que se estuviese transmitiendo en aquel momento: «Sólo haciendo zapping y viendo las mismas imágenes en todos los canales, comprendieron finalmente que aquello era verdad».

Escribió Ignacio Ramonet en La tiranía de la comunicación: «¿Qué es verdadero y qué es falso? El sistema en el que evolucionamos funciona de la manera siguiente: si todos los medios de comunicación dicen que algo es verdad, entonces es verdad. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. Los conceptos de verdad y mentira varían de esta forma lógicamente. El receptor no tiene criterios de apreciación, ya que no puede orientarse más que confrontando unos medios con otros. Y si todos dicen lo mismo, está obligado a admitir que ésa es la verdad».

Así pues, ¿qué es la verdad y qué la mentira cuando todos los medios beben de la misma fuente (las agencias de información) y dicen las mismas cosas? ¡Señores, estamos perdidos, sobre todo si pensamos que no hemos podido estar presentes como testigos en el lugar de los hechos para verificar por nosotros mismos si lo que estos señores nos dicen es cierto o no lo es!

Pero no nos desviemos. Estábamos en que sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad. Esto lo dijo el famoso novelista inglés en el ya muy lejano 1932, año en que salió de las prensas por primera vez Un mundo feliz. Pero ya antes que Aldous Huxley –y es lástima que nadie se acuerde de ello, ni se lo tenga en cuenta-, don Miguel de Unamuno había escrito algo muy parecido en un artículo periodístico que más tarde fue incluido en su libro Almas de jóvenes. He aquí lo que don Miguel escribió en aquella ocasión:

«-Es torpe discutir y sacar a nadie de sus ideas; los hombres no quieren dejarse convencer. Lo mejor es dejarlos.

»-No dejarlos –responde entonces un interlocutor imaginario, que no es otro que él mismo-, sino repetir una y dos, y cien, y mil y millones de veces la misma cosa, que a fuerza de oírlo repetir acabarán por creértelo cuando ya no les suene a cosa extraña. Un día y otro, siempre con la misma canción.

»-Pero si una vez no se lo pruebas, ¿te lo van a creer la milésima?

»-Claro que sí. La cuestión es que no les suene ya a cosa extraña y nueva, que sea corriente, que estén hartos de oírla. Lo que se oye a diario acaba por aceptarse, por absurdo que sea… Con el público y con el pueblo no importa dar pruebas de la afirmación que se sustenta cuanto estarlo afirmando de continuo y no hartarse de repetir un día y otro y otro y ciento, sin descanso ni parada, sí, sí, sí, sí, sí, o no, no, no, no, no, y gritar más que los demás, ladrar, ladrar fuerte». ¡Ay, don Miguel! Una vez más usted ha tenido razón mucho antes que los otros. Sí, así es como el público y la gente se acostumbran a esos disparates a los que luego llaman verdades; no es que estos rumores pasen la prueba de la lógica y el buen sentido, pero a base de haberlos oído a toda hora y en todas partes, ya no le queda duda: las cosas, en efecto, son así, pues ¿no es esto lo que dicen todos? Pero yo no pienso ahora en el pobre señor M. Pienso en Cristo. Se ha hablado tan mal de él en los últimos tiempos que a muchos les ha parecido que odiarlo debería ser cosa natural. Una señora a la que conozco me preguntaba hace poco:

-Padre, ¿debo quitarle a mi hijo la cruz que le colgamos al cuello el día de su primera comunión? Es que oí decir hace poco en la televisión que la cruz atrae energías negativas. Lo dijo un yogui o quien haya sido, y al parecer lo dijo en serio. ¿Y qué cree usted? Que al día siguiente, en otro canal, escuché exactamente lo mismo: que una cruz en el cuello deprime siempre a quien la lleva. ¿No ve usted que antes la cruz era un arma mortal? Así dijo el conductor del programa: que traerla al cuello es como cargar una pistola en miniatura o incluso una sillita eléctrica. ¡Y yo no quiero que mi hijo sea un deprimido!

Bien, ya lo dijo uno, ya lo repitió otro, ya lo dirá a su debido tiempo otro más, ya lo proclamarán todos a una y entonces la verdad estará hecha. ¿Para qué añadir nada si todos no pueden equivocarse?

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El Cronopio

El mejor actor de la Época de Oro del Cine en México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Filmada en 1936, Vámonos con Pancho Villa, es considerada una de las mejores películas de la época de oro del cine mexicano. El protagonista: el potosino Antonio R. Frausto que participó en alrededor de 96 películas para el cine mexicano, así como en programas de televisión. Considerado como el mejor actor de esa gran época del cine en México. Presente en casi todos los rodajes que ahora son un hito en el cine nacional, destacó son su trabajo actoral en filmes como “Santa”, primera película sonora mexicana, “México de mis Recuerdos”, “El Tigre de Yautepec”, “Sobre las Olas”, “Ahí Está el Detalle”, “Cuando los Hijos se Van”, “Los Tres García”, “Los Tres Huastecos”, “El Siete Machos” entre muchas más.

Su nombre se une a los pioneros potosinos que participaron en el cine mexicano, principalmente en los inicios del cine sonoro en 1932, como Adolfo Girón Landell, Lupe Vélez, Enriqueta Ramírez Verastegui “Ligia Dy Golconda”, Emma Roldan, de quienes hemos tratado ya en esta columna, así como Noé Murayama, Lupe Inclán, Carlos López Moctezuma, Arturo Martínez Chávez, entre otros grandes actores.

Antonio R. Frausto nació en San Luis Potosí el 20 de septiembre de 1897, poco se sabe de la vida de Antonio Frausto, que se liga a la actuación que practicó de manera autodidacta, pues mostró un don natural para ello, y comenzara su carrera actoral con el inicio del cine sonoro en México. Su vida queda como su reconocimiento popular en el cine mexicano, al ser hecho a un lado por las leyendas como Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, aunque en la industria cinematográfica es recordado como el mejor actor y uno de los más prolíficos al participar en la mayoría de las películas mexicanas que han trascendido en la historia del cine en México.

Su personaje por excelencia fue Porfirio Díaz al encarnarlo en varias películas, por lo que fue bautizado como el “eterno Porfirio” en el medio cinematográfico. Recordarlo, es apreciando su trabajo en esa infinidad de películas que ahora pueden disfrutarse remasterizadas.

Hizo su vida, cotidiana y actoral, al lado de su esposa la actriz y maquillista, Dolores Sepúlveda Camarillo, también potosina, conocida en el medio como Dolores Camarillo, Fraustita, otra pionera potosina en el cine mexicano, que nació en San Luis Potosí en 1910 y que estuviera por un tiempo en Estados Unidos, hija de actores potosinos.

Trabajaron juntos en algunas cintas, como El Tigre de Yautepec de 1933, entre otras, convirtiéndose en una de las apreciables parejas en el mundo del espectáculo fílmico.

La importante cantidad de cintas interpretadas por Antonio R. Fraustro, fue interrumpida tras su muerte en pleno auge del cine de oro mexicano, acaecida el 29 de enero de 1954 en la Ciudad de México, a los cincuenta y seis años de edad, la cual hubiera sido aún más impresionante.

Antonio R. Frausto, así como su esposa Dolores Camarillo, dieron brillo a la actuación de potosinos brillantes que en buen número contribuyeron al desarrollo del espectáculo en México y en especial al cine en el país, figurando entre los mejores actores de la época de Oro del Cine en México y en particular Antonio R. Frausto, considerado por la crítica como el mejor actor en el ranking de las mejores películas, actores y actrices del Cine de Oro en México.

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#4 Tiempos

La sociedad de la indiferencia | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

“Quizá dejé abierta una de las ventanillas”, dijo alarmado un amigo mío mientras se acercaba a su coche; yo iba con él. Uno nunca sabe por qué presiente estas cosas, pero la verdad es que las presiente. “Sí –repitió en voz baja-, quizá olvidé cerrar la ventanilla trasera”. El corazón le latía de prisa, con violencia, como un trote de caballos.

Pero no, el vidrio no estaba abierto: estaba roto. Lo supimos por el crujido de los vidrios que pisábamos. Además, nada de lo que había en el auto seguía allí: unos libros todavía sin abrir, un estéreo de la mejor marca, varios estuches con discos, cinco o seis camisas que acababa él de pasar a recoger a la lavandería y algunas cosas más. En los asientos sólo había vidrios y un desarmador estropeado que, por supuesto, no era suyo.

Justo enfrente de donde había estacionado el coche un hombre picaba fruta; corrimos hacia él.

-Me robaron –dijo mi amigo-. Acaban de robarme. ¿No vio usted quién fue?

El hombre meneó la cabeza y hundió los ojos en la fruta que picaba. Silencio absoluto, total.

-Señor –insistió mi amigo-, es que usted debió haber visto algo; no pudo dejar de ver; tal vez hasta haya oído el ruido de los cristales al romperse…

-No, yo no oí nada –dijo el hombre. Se notaba a las claras que no quería seguir hablando. Bien, en este momento lo dejamos en paz. Adiós para siempre, indiferente señor.

Nos acercamos entonces a una mujer que por la lentitud con que escogía verduras y regateaba el precio debía tener  bastante tiempo parada allí.

-Y usted, señora, ¿no vio nada? –dije yo.

-¿Nada de qué?

-No, no se preocupe, estoy loco –dije. Me quedaba bien claro que la mujer no estaba dispuesta a hablar, aunque supiera bastante bien lo que le estaba preguntando.

Al otro lado del puesto de frutas estaba una joven que vendía gelatinas y flanes.

-¿Usted sabe quién fue, señorita? –pregunté señalando en dirección al auto de mi amigo.

-No –dijo-. Yo no he visto nada.

Nada, nada, nada. Todos estaban ciegos y sordos. Antes de darnos por vencidos, corrimos a buscar al tendero de la esquina con la esperanza de que por lo menos él tuviera algo que decir.

-No –dijo-. No vi. Además, no pensará usted que yo me paso la vida viendo lo que no me importa.

Me le quedé mirando; quería leer la verdad en sus ojos, pero él los cerró, haciéndome creer que lo cegaba el sol. ¡Qué impotencia! De pronto nos sentimos solos, o por lo menos así me sentí yo. Solo en medio de una multitud de hombres y mujeres que preferían callar. Pero yo estaba seguro de una cosa: que el vendedor de fruta vio, que la señorita de las gelatinas vio también, que el tendero de la esquina… Pues bien, me dije, ahora soy yo, ahora somos nosotros, pero mañana serán ellos, y entonces sabrán lo que se siente… Ponemos en marcha el motor del auto y desaparecemos dejando una estela de vidrios rotos.

Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria la escena de una novela de Jay McInerney (“Bright Lights, Big City

”)
en la que un hombre –el protagonista de la historia- sube una mañana al metro de Nueva York y ve que se le acerca un tipo que anda como perdido, que seguramente está drogado y se cree en la luna; de pronto el tipo le palmea el hombre y le dice:

“-Mi cumpleaños es el trece de enero. Cumpliré veintinueve.

“-Magnífico” –responde el protagonista, retomando la lectura de su diario.

“Cuando te palmea el hombro por segunda vez –se dice a sí mismo el narrador- lo miras. Y cuando vuelves a levantar la mirada, el tipo está en la mitad del vagón… Acto seguido, se sienta sobre la falda de una anciana. Ella trata de librarse de él, pero la tiene atrapada.

“-Perdóneme, caballero, pero creo que está sentado arriba de mí -dice la viejecita-. ¿Señor? Perdón, señor…

“Casi todo en el vagón contemplan la escena y simulan no hacerlo. El tipo se cruza de brazos y acomoda sus asentaderas en la falda de la viejecita.

“-Señor, por favor, quiere levantarse de…

No puedes creerlo. Hay por lo menos media docena de hombres saludables en torno a la mujer. Tú mismo estuviste a punto de levantarte pero creíste que reaccionaría alguno más cercano. La mujer está sollozando. Tienes la secreta esperanza de que el tipo se levante y deje tranquila a la viejita.

“-Por favor, señor.

“Te levantas, por fin. En ese preciso instante, el tipo hace lo mismo. Luego se sacude las arrugas del saco con la mano y se aleja por el pasillo del vagón. Te sientes estúpido, de pie. La viejecita se está enjugando las lágrimas con un pañuelo de papel. Te gustaría preguntarle si está bien, pero a esta altura de los acontecimientos no serviría de mucho. Y te sientas”.

A veces -¡oh incurables románticos que somos!- creemos que la soledad es quién sabe qué cosa profunda y misteriosa, cuando en realidad a veces es sólo esto: que tu desgracia no le importe a nadie; que te puedan matar en medio de la multitud y que nadie se mueva para impedirlo; que mientras te mueres, todos estarán viendo lo que sucede, pero cada uno en su mutismo y prosiguiendo su camino para no enredarse en dificultades que no son suyas.

Tal vez vivamos en la civilización de la indiferencia, es decir, de la soledad. Tal vez, en el fondo, estemos más solos de lo que pensamos…

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