#Si SostenidoColumna de Guillermo Carregha

Peyote | Columna de G. Carregha

Criticaciones

 

SINÓPSIS: Un hombre hundido en la depresión y las drogas se aprovecha de la inocencia de un alumno de preparatoria para convencerlo de ir en busca de peyote con la intención de abusar sexualmente de él en este bello video promocional turístico de Real de Catorce.

Cada que se acerca algún fin de semestre, la fachada externa de Zona Universitaria se tapiza con carteles realizados por los estudiantes de diseño gráfico ahí esclavizados. La idea, supuestamente, es presumir con este desfile de vectores genéricos el nivel que tienen los aspirantes a profesionales del Photoshop durante sus años formativos dentro de la “máxima casa de estudios del estado”. Para no ahogarse en los problemas inherentes del libre albedrío, el enemigo natural de la autonomía universitaria, y poder presentar los resultados de manera ordenada, lo más común es que se le dé al alumnado un tema en el cual basarse para hacer su obra. En pos de representar la creatividad local, cada año repiten el mismo tema “para ti, ¿cuál es la identidad gráfica de San Luis?” o “en tres vectores, ¿cómo ves tú a San Luis Potosí?” Como resultado, más de tres cuartos de estas imágenes termina representando o un peyote o la caja del agua. Los más osados, a pedido expreso de sus maestros, mezclan ambas iconografías para crear algo, increíblemente, todavía más cliché.

Desafortunadamente, este no es un lugar común exclusivo de las recomendaciones docentes, sino algo que permea en lo más profundo de la sociedad local avocada a la cultura. Tanto así que, en la vida de cualquier artista que se tenga tan poco respeto hacia sí mismo como para mantenerse residiendo en la ciudad de San Luis Potosí, siempre llegará un momento en el que, por alguna u otra razón, será menester crear una pieza que haga alusión a la ciudad que los reta a mantenerse con vida. Invariablemente, como si la idea fuera el resultado de un programa ejecutable incrustado en sus mentes desde la adolescencia, más de uno se decantará por basar su obra en la imagen del peyote. Puntos extra si éste viene cubierto o acompañado de patrones huicholes.

A estas alturas de la vida, la sola presencia focal de este símbolo es la manera más sencilla de saber que el artista en cuestión ya no tiene –o en su defecto, nunca tuvo– nada que decir. Es la ordinariez a la que arriban los creadores de contenido para gritar a todo volumen: “lo único que creo que representa a esta ciudad es la droga que los junkies les roban a los huicholes para tener un tema de conversación en las fiestas”. Y, aunque es completamente cierto que, como ciudad, lo único que tenemos para ofrecerle al mundo exterior, además de dicha planta alucinógena, es mano de obra barata para las fábricas transnacionales, siempre existe la posibilidad de evitar lugares comunes en el quehacer diario del arte. Más es difícil no tomar la salida fácil al momento de crear sólo por crear.

Con todo esto fresco en nuestra mente, es hora de hablar de la ópera prima de Omar Flores Sarabia, Peyote.

He sabido sobre la existencia de esta película durante años, años que han parecido eternidades sumándose la una con la otra hasta causar la completa devastación de mi psique espacio-temporal. Desde 2012, por alguna u otra razón, ciertas personas clave de mi vida lograban insertar ya fuera al autor de la película o su título en conversaciones que, véase como se les viera, no tenían relación alguna con esos temas. Aunque, habiéndola visto finalmente, es muy posible que más de la mitad de estas interjecciones de diálogo estuvieran refiriéndose a la planta y no al filme. En retrospectiva, eso haría que frases como “Experimentar Peyote me cambió la vida” finalmente tengan sentido.

De cualquier manera, ya fuera porque tengo una tendencia inusual por rodearme de gente que honestamente sigue creyendo que consumir alucinógenos es un rasgo válido de personalidad, la película era un constante latente en mi vida. Escuchaba sobre ella cuando me sometí a la penosa necesidad de regresar al alma mater que me escupió de vuelta al mundo real con menos conocimiento en mi cabeza que con el que entré. Ya fueran menciones honoríficas hechas por asesores de tesis enorgulleciéndose del primer director de cine real que egresaba de sus clases, ya fueran comentarios admirativos soltados al azar dichos por jóvenes que aún no atravesaban la edad en la que sabes que jamás serás alguien en esta vida, las palabras Peyote y Omar Flores Sarabia no dejaban de repicar en mis oídos. Difícil no sentir curiosidad alguna cuando una leyenda a voces sordas se mantiene viva por más de medio lustro.

Sin embargo, muy a pesar de cuánto decidiera esforzarme en conseguir visionarla, nunca pensé que Peyote lograría abandonar el cliché de película independiente mexicana al que se unió desde su concepción – es decir, una película que jamás se estrenaría de manera comercial, cuya distribución en DVD se reduciría a “solo está disponible si conoces al director y él quiere quemar su DVD para darte una copia”, una película que la cineteca mencionaría como un “y además existe esta cosa”, que jamás nadie se atrevería a subir a plataforma alguna de streaming que no fuera “el canal de YouTube del autor.” Sería, como la mayoría de los productos financiados por FIDECINE, una película que existía solo para ser citada en algún trabajo de investigación donde se habla de la producción local, una nota al pie de página en la exposición artística de la vida de su creador.

Pero entonces nos llegó la pandemia – la época en que la ansiedad y el tiempo libre sobraban. E IMCINE vio cómo la gente se veía obligada a pasar más horas de lo normal frente a su computadora, así que tuvo una idea: “¿Por qué no liberamos todas esas películas que tenemos enlatadas en el sótano, esas que ni siquiera nosotros queremos ver, para que las puedan ver gratis los mexicanos y tengamos más tráfico en la página?” Fue así como, perdida entre opciones como Atlético San Pancho, Ocean Blues y Revista De La Universidad, arrojaron sobre nosotros Peyote. No hubo pompa, no hubo platillo, ni anuncio, ni marketing. Sólo un sitio web actualizado que un día no la ofrecía y otro sí.

Después de tanto buscarla en segundo plano, Peyote estaba ahí, frente a mí, en la página principal de Filminlatino. Era como si alguien, en alguna parte del multiverso finalmente hubiera cedido a mi búsqueda y dijera, “mira, ten, aquí está esa película de la que tanto has oído hablar, vela de una vez para que sepas si la anticipación de tantos años ha sido bien infundada”.

Cuando le puse play a la película recordé el fanatismo que empezó a permear incluso en el apartado académico de mi universidad cuando apenas fue del conocimiento popular que la película se estaba fraguando. En cualquier clase, sin importar el tópico que nos competía, los docentes en turno siempre encontraban una manera de colar las palabras “Omar”, “Flores” y “Sarabia” dentro de su cátedra. Y, cada vez, se iluminaban los ojos del maestro de cuya boca hubiera salido ese nombre, como si acabaran de lanzarnos una bendición. Invariablemente miraban hacia el horizonte al paladear las palabras, sus caras a punto de colapsarse en un torrente de lágrimas cargadas con un orgullo inimaginable, como si la existencia de Omar validara su existencia como catedráticos de una universidad que lleva años produciendo más comunicólogos mediocres de los que el mundo puede soportar.

            “Disculpe la interrupción, maestra”, dije un día tras dos meses de continuar en el epicentro de esta rutina autoimpuesta por el orgullo autónomo que era incapaz de resolver mis dudas por sí sola, “pero ¿qué tiene que ver ese tal Omar con el tema de la Agenda Setting?”

            “¡Flores Sarabia es el director de cine que lleva en alto el emblema de esta escuela en su corazón y se lo muestra al mundo! ¡Su existencia es la celebración de 25 años que esta universidad siempre supo merecía!”

            “Bueno… Eso responde el cincuenta por ciento de mi duda, por lo que, en reciprocidad numérica, le doy las gra.”

A quien no quiero darle ni siquiera las gra es a la experiencia que me dio Peyote, porque a lo largo de sus setenta minutos de duración que se sienten como el doble, la película se tomó la molestia de no decirme nada. Por lo que vi durante mi sesión de visionado, creo que intenta presentar una colección de imágenes de carácter tan bonito como vacío que, supuestamente, cuentan una emotiva historia de amor fugaz que debe calentarnos el corazón hasta que hagamos “awwwww” en el final. Pero, claro, eso sólo sucederá si la audiencia es de la opinión que la de 17 Años de Los Ángeles Azules es una tiernísima carta de amor bailable.

El problema principal de Peyote es el mismo que sobreviene a todos los narradores audiovisuales entre los 18 y 23 años. Si no lo somos nosotros secretamente, entonces todos, en algún momento de la vida, hemos conocido a algún cinéfilo empedernido y mamador, aquel ser que se desvive tirándole alabanzas a la filmografía de Ingmar Bergman o algún otro nombre escandinavo impronunciable a pesar de que no esté muy seguro de qué intentaba decir a través de sus películas. Sin embargo, sabe que se ven bonitas, por lo tanto, asume, el secreto del buen cine es crear imágenes hermosas – si transmiten algo o no, es secundario, si están bien editadas o cuentan una historia, son extras. Lo importante es crear imágenes bonitas y punto.

Así es como obtenemos películas en donde, por poner algún ejemplo, nos vemos sometidos a ver cuatro minutos de un adolescente semidesnudo replicando una pelea de Dragon Ball Z con verduras. O donde la relación amorosa comienza cuando un sujeto en aparente estado de drogadicción obliga a un adolescente que lo videograba a invitarle tacos para comenzar a seducirle. Así obtenemos una película entera donde uno de los protagonistas se ríe de manera autómata e inhumana porque el director no sabe cómo funcionan las relaciones humanas ni sabe gritar “corte” a tiempo. Películas así, donde escenas de personas incapaces de actuar como personas son intercaladas con metáforas obvias de protagonistas atravesando túneles literales cuando se lanzan al abismo del siguiente punto de la trama. Algunos las llaman óperas primas con un lenguaje cinematográfico hermoso, otros les decimos “agarré la cámara para practicar y salió esto” –sentimiento reflejado a la perfección en la secuencia final de la película: un segmento de montaje de escenas grabadas en cámara de video que, a juzgar por la música, deberían evocarme una sonrisa o, al menos, hacer que mi corazón se sonroje.

Lo único que logra es recordarme qué tan malgastado fue el tiempo de mi vida que le regalé a la película. Lo supe desde el primer corte malogrado, desde la primera vez que se rompió la regla de 180°, y lo confirmé cuando intentaron hacer que los Froot Loops azules fueran un símbolo de la inocencia perdida.

Peyote puede resumirse como la versión fílmica del “legalicen a las de 16” de los onvres, pero en homosexual. Y, de alguna forma, debemos de pensar que este sentimiento en audiovisual es algo súper bonito y súper progresivo. ¿Viva el estupro? ¿Qué bonito es aprovecharte de los de prepa cuando son vírgenes? ¿Acosar sexualmente a alguien y hacerle creer que es su decisión está bien si lo haces por depresión? A decir verdad, no estoy muy seguro cuál es el mensaje con el que Omar intenta puntuar su primer largometraje, pero ninguna me parece respetable.

“Después de siete años, ya con la sabiduría de haber vivido más años, honestamente, ¿qué te parece Peyote?”

“Tibia. Un ejercicio a medias”.

Se puede decir, entonces, que es un producto digno de la universidad autónoma que intentó formar a Omar en lo que a lenguaje audiovisual respecta.

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