abril 23, 2021

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#Si Sostenido

Peyote | Columna de G. Carregha

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Criticaciones

 

SINÓPSIS: Un hombre hundido en la depresión y las drogas se aprovecha de la inocencia de un alumno de preparatoria para convencerlo de ir en busca de peyote con la intención de abusar sexualmente de él en este bello video promocional turístico de Real de Catorce.

Cada que se acerca algún fin de semestre, la fachada externa de Zona Universitaria se tapiza con carteles realizados por los estudiantes de diseño gráfico ahí esclavizados. La idea, supuestamente, es presumir con este desfile de vectores genéricos el nivel que tienen los aspirantes a profesionales del Photoshop durante sus años formativos dentro de la “máxima casa de estudios del estado”. Para no ahogarse en los problemas inherentes del libre albedrío, el enemigo natural de la autonomía universitaria, y poder presentar los resultados de manera ordenada, lo más común es que se le dé al alumnado un tema en el cual basarse para hacer su obra. En pos de representar la creatividad local, cada año repiten el mismo tema “para ti, ¿cuál es la identidad gráfica de San Luis?” o “en tres vectores, ¿cómo ves tú a San Luis Potosí?” Como resultado, más de tres cuartos de estas imágenes termina representando o un peyote o la caja del agua. Los más osados, a pedido expreso de sus maestros, mezclan ambas iconografías para crear algo, increíblemente, todavía más cliché.

Desafortunadamente, este no es un lugar común exclusivo de las recomendaciones docentes, sino algo que permea en lo más profundo de la sociedad local avocada a la cultura. Tanto así que, en la vida de cualquier artista que se tenga tan poco respeto hacia sí mismo como para mantenerse residiendo en la ciudad de San Luis Potosí, siempre llegará un momento en el que, por alguna u otra razón, será menester crear una pieza que haga alusión a la ciudad que los reta a mantenerse con vida. Invariablemente, como si la idea fuera el resultado de un programa ejecutable incrustado en sus mentes desde la adolescencia, más de uno se decantará por basar su obra en la imagen del peyote. Puntos extra si éste viene cubierto o acompañado de patrones huicholes.

A estas alturas de la vida, la sola presencia focal de este símbolo es la manera más sencilla de saber que el artista en cuestión ya no tiene –o en su defecto, nunca tuvo– nada que decir. Es la ordinariez a la que arriban los creadores de contenido para gritar a todo volumen: “lo único que creo que representa a esta ciudad es la droga que los junkies les roban a los huicholes para tener un tema de conversación en las fiestas”. Y, aunque es completamente cierto que, como ciudad, lo único que tenemos para ofrecerle al mundo exterior, además de dicha planta alucinógena, es mano de obra barata para las fábricas transnacionales, siempre existe la posibilidad de evitar lugares comunes en el quehacer diario del arte. Más es difícil no tomar la salida fácil al momento de crear sólo por crear.

Con todo esto fresco en nuestra mente, es hora de hablar de la ópera prima de Omar Flores Sarabia, Peyote.

He sabido sobre la existencia de esta película durante años, años que han parecido eternidades sumándose la una con la otra hasta causar la completa devastación de mi psique espacio-temporal. Desde 2012, por alguna u otra razón, ciertas personas clave de mi vida lograban insertar ya fuera al autor de la película o su título en conversaciones que, véase como se les viera, no tenían relación alguna con esos temas. Aunque, habiéndola visto finalmente, es muy posible que más de la mitad de estas interjecciones de diálogo estuvieran refiriéndose a la planta y no al filme. En retrospectiva, eso haría que frases como “Experimentar Peyote me cambió la vida” finalmente tengan sentido.

De cualquier manera, ya fuera porque tengo una tendencia inusual por rodearme de gente que honestamente sigue creyendo que consumir alucinógenos es un rasgo válido de personalidad, la película era un constante latente en mi vida. Escuchaba sobre ella cuando me sometí a la penosa necesidad de regresar al alma mater que me escupió de vuelta al mundo real con menos conocimiento en mi cabeza que con el que entré. Ya fueran menciones honoríficas hechas por asesores de tesis enorgulleciéndose del primer director de cine real que egresaba de sus clases, ya fueran comentarios admirativos soltados al azar dichos por jóvenes que aún no atravesaban la edad en la que sabes que jamás serás alguien en esta vida, las palabras Peyote y Omar Flores Sarabia no dejaban de repicar en mis oídos. Difícil no sentir curiosidad alguna cuando una leyenda a voces sordas se mantiene viva por más de medio lustro.

Sin embargo, muy a pesar de cuánto decidiera esforzarme en conseguir visionarla, nunca pensé que Peyote lograría abandonar el cliché de película independiente mexicana al que se unió desde su concepción – es decir, una película que jamás se estrenaría de manera comercial, cuya distribución en DVD se reduciría a “solo está disponible si conoces al director y él quiere quemar su DVD para darte una copia”, una película que la cineteca mencionaría como un “y además existe esta cosa”, que jamás nadie se atrevería a subir a plataforma alguna de streaming que no fuera “el canal de YouTube del autor.” Sería, como la mayoría de los productos financiados por FIDECINE, una película que existía solo para ser citada en algún trabajo de investigación donde se habla de la producción local, una nota al pie de página en la exposición artística de la vida de su creador.

Pero entonces nos llegó la pandemia – la época en que la ansiedad y el tiempo libre sobraban. E IMCINE vio cómo la gente se veía obligada a pasar más horas de lo normal frente a su computadora, así que tuvo una idea: “¿Por qué no liberamos todas esas películas que tenemos enlatadas en el sótano, esas que ni siquiera nosotros queremos ver, para que las puedan ver gratis los mexicanos y tengamos más tráfico en la página?” Fue así como, perdida entre opciones como Atlético San Pancho, Ocean Blues y Revista De La Universidad, arrojaron sobre nosotros Peyote. No hubo pompa, no hubo platillo, ni anuncio, ni marketing. Sólo un sitio web actualizado que un día no la ofrecía y otro sí.

Después de tanto buscarla en segundo plano, Peyote estaba ahí, frente a mí, en la página principal de Filminlatino. Era como si alguien, en alguna parte del multiverso finalmente hubiera cedido a mi búsqueda y dijera, “mira, ten, aquí está esa película de la que tanto has oído hablar, vela de una vez para que sepas si la anticipación de tantos años ha sido bien infundada”.

Cuando le puse play a la película recordé el fanatismo que empezó a permear incluso en el apartado académico de mi universidad cuando apenas fue del conocimiento popular que la película se estaba fraguando. En cualquier clase, sin importar el tópico que nos competía, los docentes en turno siempre encontraban una manera de colar las palabras “Omar”, “Flores” y “Sarabia” dentro de su cátedra. Y, cada vez, se iluminaban los ojos del maestro de cuya boca hubiera salido ese nombre, como si acabaran de lanzarnos una bendición. Invariablemente miraban hacia el horizonte al paladear las palabras, sus caras a punto de colapsarse en un torrente de lágrimas cargadas con un orgullo inimaginable, como si la existencia de Omar validara su existencia como catedráticos de una universidad que lleva años produciendo más comunicólogos mediocres de los que el mundo puede soportar.

            “Disculpe la interrupción, maestra”, dije un día tras dos meses de continuar en el epicentro de esta rutina autoimpuesta por el orgullo autónomo que era incapaz de resolver mis dudas por sí sola, “pero ¿qué tiene que ver ese tal Omar con el tema de la Agenda Setting?”

            “¡Flores Sarabia es el director de cine que lleva en alto el emblema de esta escuela en su corazón y se lo muestra al mundo! ¡Su existencia es la celebración de 25 años que esta universidad siempre supo merecía!”

            “Bueno… Eso responde el cincuenta por ciento de mi duda, por lo que, en reciprocidad numérica, le doy las gra.”

A quien no quiero darle ni siquiera las gra es a la experiencia que me dio Peyote, porque a lo largo de sus setenta minutos de duración que se sienten como el doble, la película se tomó la molestia de no decirme nada. Por lo que vi durante mi sesión de visionado, creo que intenta presentar una colección de imágenes de carácter tan bonito como vacío que, supuestamente, cuentan una emotiva historia de amor fugaz que debe calentarnos el corazón hasta que hagamos “awwwww” en el final. Pero, claro, eso sólo sucederá si la audiencia es de la opinión que la de 17 Años de Los Ángeles Azules es una tiernísima carta de amor bailable.

El problema principal de Peyote es el mismo que sobreviene a todos los narradores audiovisuales entre los 18 y 23 años. Si no lo somos nosotros secretamente, entonces todos, en algún momento de la vida, hemos conocido a algún cinéfilo empedernido y mamador, aquel ser que se desvive tirándole alabanzas a la filmografía de Ingmar Bergman o algún otro nombre escandinavo impronunciable a pesar de que no esté muy seguro de qué intentaba decir a través de sus películas. Sin embargo, sabe que se ven bonitas, por lo tanto, asume, el secreto del buen cine es crear imágenes hermosas – si transmiten algo o no, es secundario, si están bien editadas o cuentan una historia, son extras. Lo importante es crear imágenes bonitas y punto.

Así es como obtenemos películas en donde, por poner algún ejemplo, nos vemos sometidos a ver cuatro minutos de un adolescente semidesnudo replicando una pelea de Dragon Ball Z con verduras. O donde la relación amorosa comienza cuando un sujeto en aparente estado de drogadicción obliga a un adolescente que lo videograba a invitarle tacos para comenzar a seducirle. Así obtenemos una película entera donde uno de los protagonistas se ríe de manera autómata e inhumana porque el director no sabe cómo funcionan las relaciones humanas ni sabe gritar “corte” a tiempo. Películas así, donde escenas de personas incapaces de actuar como personas son intercaladas con metáforas obvias de protagonistas atravesando túneles literales cuando se lanzan al abismo del siguiente punto de la trama. Algunos las llaman óperas primas con un lenguaje cinematográfico hermoso, otros les decimos “agarré la cámara para practicar y salió esto” –sentimiento reflejado a la perfección en la secuencia final de la película: un segmento de montaje de escenas grabadas en cámara de video que, a juzgar por la música, deberían evocarme una sonrisa o, al menos, hacer que mi corazón se sonroje.

Lo único que logra es recordarme qué tan malgastado fue el tiempo de mi vida que le regalé a la película. Lo supe desde el primer corte malogrado, desde la primera vez que se rompió la regla de 180°, y lo confirmé cuando intentaron hacer que los Froot Loops azules fueran un símbolo de la inocencia perdida.

Peyote puede resumirse como la versión fílmica del “legalicen a las de 16” de los onvres, pero en homosexual. Y, de alguna forma, debemos de pensar que este sentimiento en audiovisual es algo súper bonito y súper progresivo. ¿Viva el estupro? ¿Qué bonito es aprovecharte de los de prepa cuando son vírgenes? ¿Acosar sexualmente a alguien y hacerle creer que es su decisión está bien si lo haces por depresión? A decir verdad, no estoy muy seguro cuál es el mensaje con el que Omar intenta puntuar su primer largometraje, pero ninguna me parece respetable.

“Después de siete años, ya con la sabiduría de haber vivido más años, honestamente, ¿qué te parece Peyote?”

“Tibia. Un ejercicio a medias”.

Se puede decir, entonces, que es un producto digno de la universidad autónoma que intentó formar a Omar en lo que a lenguaje audiovisual respecta.

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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