Columna de Guillermo CarreghaSi Sostenido

The Call Of The Wild (2020) | Columna de G. Carregha

Criticaciones

 

Es momento de celebrar: el cine ha muerto. Finalmente, después de mucho deliberar, el gobierno tomó la decisión de prohibir los cines. Nos tomó años de lucha, más de cien, pero logramos nuestro objetivo: acabar con el entretenimiento vacío más popular después de los narcocorridos. Como colectivo de más de un millón de individuos invertimos cantidades inimaginables de sudor, sangre y lágrimas – sin olvidar dinero en sobornos a nivel ejecutivo federal que provenía de “donaciones” realizadas por nuestros adeptos – para poder decir que, por lo menos una vez en la historia de la humanidad, hicimos que el sentido común reinara por sobre el capitalismo mismo.

Desde el comienzo teníamos en claro que sólo había una manera de llegar a la meta: abrirles la mente a las personas, un comentario negativo en redes sociales, un bot de Twitter a la vez, hasta obtener el desbloqueo colectivo de nuestro séptimo ojo. Sólo así la gente notaría el daño real que le ha estado provocando los cines a sus cabezas, la manera tan temible en la que nos han estado insertando identidades o pensamientos a través de cuadros de filme desde tiempos inmemoriales, llevándonos a los lugares mentales que quieren, haciéndonos pulpa manipulable marca Mi Alegría.

Aquella que fuera la herramienta de control de masas más útil desde la invención del pan de caja, sucumbió ante el poder de la razón. Ahora somos libres; libres de pensar, de crear personalidades propias sin tener que recurrir al clásico “soy una mezcla de X de [inserte película aquí] y Z de [inserte otra película aquí]”, libres de decir cualquier frase sin temor a que nos digan “¿eso no es de [inserte una tercera película aquí]?” El mundo, por fin, volverá a la normalidad; volveremos a tener una vida vacía donde las maneras de olvidar la existencia misma son tan tristes y deprimentes como, pues, la existencia misma. Volveremos a crear héroes de la literatura de autoayuda, regresaremos a imaginar los textos de las novelas del siglo XV sin tener en mente la cara de ningún actor, se dejarán de generar videojuegos mediocres basados en películas aún más mediocres y, lo mejor de todo, podremos volver a ignorar al teatro.

Las razones de por qué llevamos cinco semanas con todas las salas de cine en el país cerradas es superflua. Poco importa que, por sexta o séptima vez – dependiendo de la edad de cada quien – nos encontremos incrustados justo en el centro de otro “suceso histórico único en la vida” que “cambiará para siempre la manera en que los seres humanos se relacionarán entre sí”. Es irrelevante que, en pos de evitar una matanza colectiva que no haya sido ordenada por el presidente en turno, los miembros de nuestra autoridad suprema hayan decidido prohibir el derecho a reunirse en masa para prevenir muertes innecesarias. Aquellos son meros detalles. Lo importante es el resultado: Ya no hay cine. Las únicas películas a las que podemos acceder son las que son propiedad de Disney y que nos permiten ver en línea. “La industria” ha congelado los presupuestos destinados a generar más bazofias audiovisuales para nuestro entretenimiento en la pantalla grande porque ya no hay nadie que las vea. Las palomitas han vuelto a costar menos de treinta pesos.

Nuestra realidad ha vuelto, una vez más, a ser un bodrio. Tal como siempre debió de serlo.

Y, a pesar de haber dedicado mi vida entera a la erradicación de este supuesto arte, a pesar de haber gastado tiempo, energía y dinero en acabar con él, me pesa mucho decir que extraño al cine. Sonará hipócrita el enunciado, pero para acabar con tu enemigo debes conocer a tu enemigo, debes de acercarte a él lo más posible, de lo contrario terminas ignorando sus puntos débiles, terminas atacándole sin rima o razón. Lo malo es que también terminas agarrándole cariño a lo que juraste destruir, empiezas a ver en él cualidades positivas, a generar recuerdos estelarizados por él. Empiezas a decir cosas como “extraño ir al cine” sin un dejo de sarcasmo o cinismo cimbrado en las palabras. Empiezas a tener sentimientos contrarios a los que te llevaron a iniciar esta cruzada desde un inicio. Es como si, de pronto, hubiera atravesado uno de esos arcos argumentales de los que tanto se habla en los foros.

Bueno, no extraño ir al cine, decir eso sería una vil mentira. Extraño la idea del cine. Lo que en realidad quiero decir es “extraño ver películas de calidad variable reflejadas sobre una pantalla del tamaño de mi casa”. Lo que no extraño es el acto de sentarme en un cuarto oscuro repleto de individuos anónimos de olores variables a los que pagué por ignorar. Extraño la idea de retacarme la boca del estómago con cantidades industriales de comida de bajísima calidad, pero no extraño las cifras de tres números que cobran los establecimientos por ellas. Extraño que la idea de consumir pasivamente alguna de las múltiples creaciones audiovisuales de dos horas de quienes insisten en llamarse artistas sea considerada una salida social, pero no extraño las luces titilantes de decenas de celulares revisando WhatsApp porque “llegamos a la parte aburrida de la película”.

En otras palabras, la verdad es que no extraño ir al cine. Técnicamente, lo que extraño es la libertad de poder ir al cine. Extraño el poder tener un objeto físico sobre el cual desplegar todo el innecesario odio que la vida me va insertando poco a poco, minuto a minuto. Extraño el poder desdeñar a la gente que dedica su vida al cine, tanto de manera profesional como de manera intelectual a pesar de haberme convertido en uno paulatinamente. Extraño el tener la habilidad de levantarme de la silla de plástico sobre la que se derrite mi persona en cualquier momento indeterminado y gritarle a la nada un “¿saben qué? ¡Me voy al cine!” que solamente escucharán mis pensamientos.

Gracias a la completa erradicación de las salas de proyección comerciales, estamos atravesando un espacio-tiempo en el que decir “voy al cine” equivale a transmitir el contenido de Netflix sobre una televisión de 32 pulgadas en completa soledad. Si la fortuna es aún más reacia en mirarnos que de costumbre, esta actividad se puede hacer en compañía de una persona con tendencias a pausar la película cada doce segundos para actualizar su newsfeed de Facebook. Tiempos inolvidables, que les dicen.

No puedo dejar de pensar, sin embargo, que antes de que el mundo del entretenimiento se acabara, antes de que la máquina Disney dejara de inyectarnos una película nueva de Marvel a la semana, antes de que perdiéramos la autonomía misma de hacer algo además de ver las paredes de nuestras casas por semanas, mi última experiencia cinematográfica fuera ir a ver The Call Of The Wild, la novena o décima adaptación cinematográfica del libro de Jack London del mismo nombre; una película cuya existencia desconocía hasta seis días antes de sentarme a verla.

Un día te imaginas que la vida continuará siendo lo mismo a lo que te han acostumbrado por treinta años, y al día siguiente vives bajo llave en una habitación sin saber si la Tierra seguirá existiendo cuando despiertes. La ansiedad se apodera de ti. Algunas noches, aquellas en que la desesperación del saber que no sobreviviré para ver cómo la sociedad supuestamente se reconstruye a sí misma en una “versión mejor de la misma”, subo a la azotea de mi casa a admirar como el pánico y la ignorancia consumen literal y figurativamente a las personas de mi ciudad. Ahí, entre los sonidos ambientales de cientos de tiendas Elektra siendo saqueadas al calor de las llamas de un desfile de autos en llamas, empiezo a cuestionar mi propia existencia. Entre todas las preguntas ad/hoc que generan mis neuronas basándose en la situación actual, una de las que más se repite es “¿y no podría haber escogido una mejor película para que fuese la swan song de los cines? ¿No podría haber sido algo reveladoramente asombroso o, en su defecto, algo épicamente horrible? ¿Tenía que haber sido algo que estuviera ‘buena’ y nada más? ¿Por qué nadie me avisó que el fin de la civilización se acercaba antes de ir a ver la historia de un perro de casa que aprende a ser un feroz lobo a base de madrazos?”

Las estrellas del firmamento son testigos de lo que sucede después: un pesado golpe de mi palma derecho justo en el centro de mi cara. Malas decisiones; soy un cúmulo de malas decisiones.

Cae sobre mí, y con todas sus fuerzas, el conocimiento de que lo último que vi en el cine fue el intento póstumo de 20th Century Fox por crear una película familiar de perritos que se viera cada navidad en televisión por cable hasta el fin de los tiempos. Lo último que vi en el cine fue una película enfocada en la maravillosidad de la naturaleza donde todos los animales eran animaciones computarizadas con rangos faciales de caricatura de los 2000s. La última vez que me pude dar el lujo de pagar un boleto de cine antes de que la economía colapsara por décima vez en lo que llevo de vida fue para ver una película donde, inexplicablemente, se quiso replicar el éxito de Gollum al poner a un humano a actuar los movimientos de un perro para pintar encima de él con CGI. Mi última ida al cine fue una que no me enseñó nada, que no me abrió las puertas a un mundo nuevo, que no masajeó mi imaginación. Mi última ida al cine fue una de puro entretenimiento puro. Mi última ida al cine fue una que aunque no me disgustó en absoluto, a la larga, voy a olvidar.

Es aquí, en este mundo en donde finalmente logramos prohibir los cines, que puedo asegurar que no extraño ir al cine. Extraño las posibilidades que éste nos da, como la de haber encontrado un mejor candidato para convertirse en mi elipsis cinematográfica antes de adentrarme en la pausa global de la que no sé si saldré con vida.

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