mayo 9, 2021

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Columna de Guillermo Carregha

The Call Of The Wild (2020) | Columna de G. Carregha

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Criticaciones

 

Es momento de celebrar: el cine ha muerto. Finalmente, después de mucho deliberar, el gobierno tomó la decisión de prohibir los cines. Nos tomó años de lucha, más de cien, pero logramos nuestro objetivo: acabar con el entretenimiento vacío más popular después de los narcocorridos. Como colectivo de más de un millón de individuos invertimos cantidades inimaginables de sudor, sangre y lágrimas – sin olvidar dinero en sobornos a nivel ejecutivo federal que provenía de “donaciones” realizadas por nuestros adeptos – para poder decir que, por lo menos una vez en la historia de la humanidad, hicimos que el sentido común reinara por sobre el capitalismo mismo.

Desde el comienzo teníamos en claro que sólo había una manera de llegar a la meta: abrirles la mente a las personas, un comentario negativo en redes sociales, un bot de Twitter a la vez, hasta obtener el desbloqueo colectivo de nuestro séptimo ojo. Sólo así la gente notaría el daño real que le ha estado provocando los cines a sus cabezas, la manera tan temible en la que nos han estado insertando identidades o pensamientos a través de cuadros de filme desde tiempos inmemoriales, llevándonos a los lugares mentales que quieren, haciéndonos pulpa manipulable marca Mi Alegría.

Aquella que fuera la herramienta de control de masas más útil desde la invención del pan de caja, sucumbió ante el poder de la razón. Ahora somos libres; libres de pensar, de crear personalidades propias sin tener que recurrir al clásico “soy una mezcla de X de [inserte película aquí] y Z de [inserte otra película aquí]”, libres de decir cualquier frase sin temor a que nos digan “¿eso no es de [inserte una tercera película aquí]?” El mundo, por fin, volverá a la normalidad; volveremos a tener una vida vacía donde las maneras de olvidar la existencia misma son tan tristes y deprimentes como, pues, la existencia misma. Volveremos a crear héroes de la literatura de autoayuda, regresaremos a imaginar los textos de las novelas del siglo XV sin tener en mente la cara de ningún actor, se dejarán de generar videojuegos mediocres basados en películas aún más mediocres y, lo mejor de todo, podremos volver a ignorar al teatro.

Las razones de por qué llevamos cinco semanas con todas las salas de cine en el país cerradas es superflua. Poco importa que, por sexta o séptima vez – dependiendo de la edad de cada quien – nos encontremos incrustados justo en el centro de otro “suceso histórico único en la vida” que “cambiará para siempre la manera en que los seres humanos se relacionarán entre sí”. Es irrelevante que, en pos de evitar una matanza colectiva que no haya sido ordenada por el presidente en turno, los miembros de nuestra autoridad suprema hayan decidido prohibir el derecho a reunirse en masa para prevenir muertes innecesarias. Aquellos son meros detalles. Lo importante es el resultado: Ya no hay cine. Las únicas películas a las que podemos acceder son las que son propiedad de Disney y que nos permiten ver en línea. “La industria” ha congelado los presupuestos destinados a generar más bazofias audiovisuales para nuestro entretenimiento en la pantalla grande porque ya no hay nadie que las vea. Las palomitas han vuelto a costar menos de treinta pesos.

Nuestra realidad ha vuelto, una vez más, a ser un bodrio. Tal como siempre debió de serlo.

Y, a pesar de haber dedicado mi vida entera a la erradicación de este supuesto arte, a pesar de haber gastado tiempo, energía y dinero en acabar con él, me pesa mucho decir que extraño al cine. Sonará hipócrita el enunciado, pero para acabar con tu enemigo debes conocer a tu enemigo, debes de acercarte a él lo más posible, de lo contrario terminas ignorando sus puntos débiles, terminas atacándole sin rima o razón. Lo malo es que también terminas agarrándole cariño a lo que juraste destruir, empiezas a ver en él cualidades positivas, a generar recuerdos estelarizados por él. Empiezas a decir cosas como “extraño ir al cine” sin un dejo de sarcasmo o cinismo cimbrado en las palabras. Empiezas a tener sentimientos contrarios a los que te llevaron a iniciar esta cruzada desde un inicio. Es como si, de pronto, hubiera atravesado uno de esos arcos argumentales de los que tanto se habla en los foros.

Bueno, no extraño ir al cine, decir eso sería una vil mentira. Extraño la idea del cine. Lo que en realidad quiero decir es “extraño ver películas de calidad variable reflejadas sobre una pantalla del tamaño de mi casa”. Lo que no extraño es el acto de sentarme en un cuarto oscuro repleto de individuos anónimos de olores variables a los que pagué por ignorar. Extraño la idea de retacarme la boca del estómago con cantidades industriales de comida de bajísima calidad, pero no extraño las cifras de tres números que cobran los establecimientos por ellas. Extraño que la idea de consumir pasivamente alguna de las múltiples creaciones audiovisuales de dos horas de quienes insisten en llamarse artistas sea considerada una salida social, pero no extraño las luces titilantes de decenas de celulares revisando WhatsApp porque “llegamos a la parte aburrida de la película”.

En otras palabras, la verdad es que no extraño ir al cine. Técnicamente, lo que extraño es la libertad de poder ir al cine. Extraño el poder tener un objeto físico sobre el cual desplegar todo el innecesario odio que la vida me va insertando poco a poco, minuto a minuto. Extraño el poder desdeñar a la gente que dedica su vida al cine, tanto de manera profesional como de manera intelectual a pesar de haberme convertido en uno paulatinamente. Extraño el tener la habilidad de levantarme de la silla de plástico sobre la que se derrite mi persona en cualquier momento indeterminado y gritarle a la nada un “¿saben qué? ¡Me voy al cine!” que solamente escucharán mis pensamientos.

Gracias a la completa erradicación de las salas de proyección comerciales, estamos atravesando un espacio-tiempo en el que decir “voy al cine” equivale a transmitir el contenido de Netflix sobre una televisión de 32 pulgadas en completa soledad. Si la fortuna es aún más reacia en mirarnos que de costumbre, esta actividad se puede hacer en compañía de una persona con tendencias a pausar la película cada doce segundos para actualizar su newsfeed de Facebook. Tiempos inolvidables, que les dicen.

No puedo dejar de pensar, sin embargo, que antes de que el mundo del entretenimiento se acabara, antes de que la máquina Disney dejara de inyectarnos una película nueva de Marvel a la semana, antes de que perdiéramos la autonomía misma de hacer algo además de ver las paredes de nuestras casas por semanas, mi última experiencia cinematográfica fuera ir a ver The Call Of The Wild, la novena o décima adaptación cinematográfica del libro de Jack London del mismo nombre; una película cuya existencia desconocía hasta seis días antes de sentarme a verla.

Un día te imaginas que la vida continuará siendo lo mismo a lo que te han acostumbrado por treinta años, y al día siguiente vives bajo llave en una habitación sin saber si la Tierra seguirá existiendo cuando despiertes. La ansiedad se apodera de ti. Algunas noches, aquellas en que la desesperación del saber que no sobreviviré para ver cómo la sociedad supuestamente se reconstruye a sí misma en una “versión mejor de la misma”, subo a la azotea de mi casa a admirar como el pánico y la ignorancia consumen literal y figurativamente a las personas de mi ciudad. Ahí, entre los sonidos ambientales de cientos de tiendas Elektra siendo saqueadas al calor de las llamas de un desfile de autos en llamas, empiezo a cuestionar mi propia existencia. Entre todas las preguntas ad/hoc que generan mis neuronas basándose en la situación actual, una de las que más se repite es “¿y no podría haber escogido una mejor película para que fuese la swan song de los cines? ¿No podría haber sido algo reveladoramente asombroso o, en su defecto, algo épicamente horrible? ¿Tenía que haber sido algo que estuviera ‘buena’ y nada más? ¿Por qué nadie me avisó que el fin de la civilización se acercaba antes de ir a ver la historia de un perro de casa que aprende a ser un feroz lobo a base de madrazos?”

Las estrellas del firmamento son testigos de lo que sucede después: un pesado golpe de mi palma derecho justo en el centro de mi cara. Malas decisiones; soy un cúmulo de malas decisiones.

Cae sobre mí, y con todas sus fuerzas, el conocimiento de que lo último que vi en el cine fue el intento póstumo de 20th Century Fox por crear una película familiar de perritos que se viera cada navidad en televisión por cable hasta el fin de los tiempos. Lo último que vi en el cine fue una película enfocada en la maravillosidad de la naturaleza donde todos los animales eran animaciones computarizadas con rangos faciales de caricatura de los 2000s. La última vez que me pude dar el lujo de pagar un boleto de cine antes de que la economía colapsara por décima vez en lo que llevo de vida fue para ver una película donde, inexplicablemente, se quiso replicar el éxito de Gollum al poner a un humano a actuar los movimientos de un perro para pintar encima de él con CGI. Mi última ida al cine fue una que no me enseñó nada, que no me abrió las puertas a un mundo nuevo, que no masajeó mi imaginación. Mi última ida al cine fue una de puro entretenimiento puro. Mi última ida al cine fue una que aunque no me disgustó en absoluto, a la larga, voy a olvidar.

Es aquí, en este mundo en donde finalmente logramos prohibir los cines, que puedo asegurar que no extraño ir al cine. Extraño las posibilidades que éste nos da, como la de haber encontrado un mejor candidato para convertirse en mi elipsis cinematográfica antes de adentrarme en la pausa global de la que no sé si saldré con vida.

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Annabelle (2014) | Columna de G. Carregha

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El sol se escondió en el horizonte de concreto para dar paso a la era conocida como “el fin de semana”. Había comenzado otra noche de viernes que se sentía como tarde de lunes dentro de esta eterna cuarentena en la que nos tiene hundido el pánico mundial. El ajetreo de las calles siendo utilizadas por autos y peatones como si no estuviéramos a punto del colapso humano se colaba por cada rincón del departamento. Sólo el sonido de nuestros cerebros apaciguando la ansiedad a marchas forzadas aderezaba los silencios esporádicos.

Seguíamos enjaulados por voluntad propia. Hacía meses que habíamos firmado un contrato de Sana Distancia™ con las autoridades locales, donde prometíamos no volver a salir al mundo exterior so pena de cárcel preventiva. Desde el exterior habían echado candado a nuestra puerta principal. Hasta tres veces por semana se paseaba por la cuadra una patrulla federal para asegurarse que el candado no hubiese sido comprometido. En fin, éramos un par de periquitos del amor encerrados en una jaula de 2×2, incapaces de volar, incapaces de saber en qué mes o año estábamos realmente.

Del mundo exterior sabíamos poco. La única información que se alcanzaba a filtrar hasta nuestros ojos eran los noticieros de Javier Alatorre y los memes en nuestros perfiles de Facebook. Y, asumiendo que nuestras fuentes de información fueran de fiar, podíamos estar seguros de una sola cosa: el apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina. En cosa de días un ejército de ángeles y dioses bajarían a juzgar a todo ser humano aún con vida, llevándolos al instante, ya fuera al cielo o al infierno, dependiendo de la suma de todas las acciones realizadas a lo largo de sus vidas. Nueva Zelanda fue la primera en desaparecer, después, Tlaxcala. Bueno, eso y que la muñeca Annabelle se había escapado del museo de los Warren. De cierta manera, ambas noticias parecían ser dos caras del mismo pronóstico.

“¿Te imaginas que se nos apareciera aquí, en la casa?”, preguntó Astrid, su cara hundida en la pantalla de su celular como si quisiera fusionarse con ella.

“¿La muñeca?”, pregunté yo con un dejo de ironía en cada sílaba.

“Obvio”, me contestó. “¿No has oído de todas las personas que han muerto de maneras inexplicables después de tocarla? ¡Imagínate que podamos ser los siguientes!”

“¿Te emociona la idea de morir a manos de una muñeca poseída?”

“Claro que no”, mintió, sus mejillas enrojecidas, su mirada perdida en el horizonte opuesto a mi cara.

“Mira, para que eso pasara, en primer lugar, todo este asunto de la muñeca diabólica tendría que ser cierto”, aseguré. Astrid se limitó a bufar directo hacia su pantalla de celular para hacerme notar cuán infeliz le hacía que no le siguiera el juego. “Además”, proseguí, “la muñeca de trapo esa tendría que romper la cadena que nos pusieron los estatales en la puerta. Es un objeto físico, no es como si pudiera atravesar paredes o algo así”.

Pensaba decir más al respecto, pero fui interrumpido por el ensordecedor sonido de una mesa pesada siendo arrastrada por el suelo. Se escuchó como si aquel mueble se hubiera movido a dos metros de nosotros, en el mismo interior de nuestro departamento. Esto no solo era imposible, pues en ese instante estábamos sentados en la única mesa que la pobreza millenial nos ha permitido adquirir, sino que éramos los únicos dos seres vivos en el lugar.

“¿Oíste eso?”, pregunté en voz alta con la esperanza de que Astrid contestara con un sencillo ‘¿oír qué?’

“¡Sí!”, gritó Astrid emocionada. “¡¿Crees que sea ella?!”

“Espero que no”, comencé, pero un portazo que hizo retumbar la estructura del edificio se dejó escuchar por lo largo y ancho del departamento, cimbrando incluso al zigzag de huesos al que llamo mi espina dorsal.

“Astrid”, susurré, “creo que estamos en peligro.”

“¿De verdad?”, respondió, su excitación sintiéndose cada vez más evidente con cada respiración pesada que emanaba de su ser.

“¡YA LLEGARON LAS FRÍAS!”, gritó un sujeto desde el piso inferior. “¡AHORA NOMÁS NOS FALTAN LAS PUTAS!”, concluyó, un gallo emanando de su garganta al momento de mencionar a las mujeres de la vida galante. A esto le siguió un aullido de hombre lobo de bajo presupuesto digno de película estudiantil mexicana. Otra macana de aullidos de igual calidad le siguió. Una serie de portazos se dejó escuchar en lo que un tropel de pisadas se arrastraba por el suelo, empujando todo mueble a su paso en respuesta a los anuncios.

“Ah”, exclamó Astrid. “Creo que ya rentaron el piso de abajo.”

Fue entonces cuando una serie de gruñidos y gemidos dignos de una marabunta de hombres heterosexuales de entre dieciocho y veintiún años intentando confirmar su hombría a través de chistes misóginos se mezcló con el oxígeno del aire que respirábamos. La testosterona excesiva mezclada con colonia barata a tropel se alcanzaba a oler aún a pesar del pesado ambiente de aburrimiento y desesperación en el que nos habíamos estado cociendo desde abril. Más, la desesperación sexual emanando de los cuerpos de aquellos individuos era más poderosa que cualquier otra cosa. Lo único que cortaba el ambiente de testosterona era un ardid de gruñidos tan heterosexuales como fingidos.

“¿Y si ponemos la de Annabelle a ver si, no sé, la invocamos y mata a los vecinos o algo?”, preguntó Astrid, por primera vez en todo el día alejando el celular de su cara para poder enfocar otra parte del universo ajeno a esa pantalla; en este caso, la ventana que nos permitía acceder visualmente al área de la fiesta.

“No creo que funcione”, dije, “pero no puede hacernos daño intentarlo…”

Enseguida entramos a Netflix y encontramos el título. A pesar de presionar el botón de play apenas ubicar el póster de la película, tuvimos que esperar cuarenta y cinco minutos para poder verla. Sin importar cuan alto pusiéramos el volumen, o cuan selladas estuvieran las ventanas del departamento, lo único que podíamos escuchar era el juego de “¿quién es el más probable que…?” que se había armado en la fiesta del piso inferior. Por supuesto, todas las preguntas eran de índole sexual y, por supuesto, cada mención a un acto sexual o de los genitales hacía reír como chimpancés en celo al contingente de adolescentes adultos a cuatro metros debajo de nuestros pies.

Sólo nos quedó suspirar, largo y tendido, por casi una hora. La aparición esporádica de memes referentes al escape de la muñeca en nuestros celulares no hacía más que incrementar el hype autogenerado por nosotros mismos.

SINÓPSIS: Un productor de Hollywood vio la cantidad de dinero generada por la película The Conjuring, y decidió entrar a un generador de historias en línea para expandir los primeros cinco minutos de la película original y quedarse con más dinero de adolescentes deseosos de ser espantados en el cine.

En ningún momento de los últimos seis años había sentido la necesidad de ver qué se escondía detrás del poster de la película Annabelle. No me causaba curiosidad el seguir las aventuras de la parte menos interesante de The Conjuring, un segmento de apenas cinco minutos que servía únicamente para explicar el tipo de casos en los que solían involucrarse los Carlos Trejo estadounidenses durante sus años activos. Jamás sentí que, de no visionar esta película, la historia de la familia Perron quedaría inconclusa en mi corazón. Annabelle poseía, para mí, el mismo peso que la maestría sacada de la manga instaurada por mi universidad en un intento vano de llamar la atención de la gente y mantenerse “relevante” en su área. Aunque, en su defensa, ver Annabelle cuesta menos, dura menos, y tiene la misma injerencia en el futuro laboral que el título de maestro en innovación comunicativa para las organizaciones.

Sin embargo, a pesar de haber evitado pasivamente por años a Annabelle, durante cada minuto de la película no dejaba de sentir que ya la había visto. Las escenas presentadas en pantalla seguían una lógica marcada por mi mente como algo que ya conocía, como un plan preestablecido que venía integrado con mi software de pretensión, como un aburridísimo déjà vu audiovisual. Cada “y después va a pasar esto” que me decía internamente mi crítico de cine interior se cumplía con todos y cada uno de los detalles generados por mi subconsciente en el tiempo y forma esperados. Incluso era capaz de predecir los excesos de volumen innecesarios y jump scares con casi perfecta exactitud, cual metrónomo de bodrios cinematográficos.

“Quizá la hubiera llegado a ver de reojo en alguna reunión social”, pensé, sabiendo perfectamente que a lo que menos me invitan en este mundo es a reuniones sociales.

Igual y la estaba viendo alguna pareja sentimental un día que le fui a visitar y, sabiéndome mejor que una película de este tipo, decidí ignorarla viendo memes en mi celular”, me propuse, sin recordar una situación similar en los últimos veinte años de mi existencia, en donde ignorara una película en la televisión.

“¿Se las habré puesto a mis alumnos cuando daba clases de análisis de cine y TV para mantenerlos callados un día que no tenía ganas de enseñar?”, indagué en soliloquio mental sabiéndome casi incapaz de gastar una clase de universidad en algo tan frívolo como Annabelle.

“O, tal vez”, concluí, “esta película sigue tan al pie de la letra los tropos de las películas de terror que es más genérica que el queso barato.”

Fuera como fuera, nos estábamos llevando un chasco colectivo aquel viernes por la noche. Lo que en un principio imaginamos sería una versión extendida de la clásica historia de “nuestra muñeca se movió ¡y no había nadie en el departamento!” que decenas de YouTubers han logrado con muchísimo menos presupuesto – y mejores actuaciones –, resultó ser una genérica historia de cultos satánicos setenteros. En resumidas cuentas, estábamos ante la presencia de un cuasi-remake digno del Hallmark Channel de los ochentas de Rosemary’s Baby, pero con dos o tres efectos de un supuesto demonio rondando alrededor del inmueble. Era una película de terror psicológico que quería ser algo, quería resaltar por su propia mano, pero que, de vez en cuando, recordaba que estaba contractualmente obligada a mostrar la imagen de un esperpento de porcelana para ser considerada parte de un universo cinematográfico para conseguir presupuesto. De haberse eliminado la existencia de la muñeca Annabelle, la película podría haberse mantenido sobre sus propios pies como un bodrio predecible de calificación mediocre, pero original.

Siendo incapaces de ser absorbidos por la historia en pantalla por razones tanto inherentes a su bajo nivel de producción como por factores externos, Astrid y yo nos vimos desaprovechando nuestro viernes por la noche observando una versión pobre de “¿qué tal que Charles Manson si hubiera invocado a un demonio?” pero con sonidos de peda adolescente y malos chistes de doble sentido de fondo.

Muy a pesar de cuán predecible puede ser Annabelle, la película misma se rinde a menos de la mitad de su duración. Llega un punto en que, incluso ella misma, quiere acabarse de una vez para hacer algo mejor con su vida. Por ejemplo, de pronto, y sin explicación aparente, nos encontramos con una mujer que, espantada por ver a su muñeca recubierta de sangre de suicida, pide a gritos que se deshagan de ella porque le aterra. Quince minutos después, al ver a la muñeca reaparecer mágicamente en su nuevo hogar, decide que mejor no, que mejor si la quiere, que a fin de cuentas es suya. A esto se le sigue un personaje cuya existencia entera, su forma de hablar, su trasfondo y conocimientos específicos a la trama, parecen predecirle como el ardid final del demonio para llevar a cabo sus planes de robar niños en los setentas. Pues que dice el productor ejecutivo que no, que es más bonito que al final resulte ser bondad honesta y pura que salva el día porque Diosito así lo quiso.

La saga de The Conjuring es una basada en la existencia de los demonios, pero, también, es una que está obligada a concluir todas sus historias con un literal Deus Ex Machina que deja a la audiencia sintiéndose insatisfecha, pero sabiendo que la religión es siempre la respuesta a tus problemas.

Por nuestra parte, al no haber sido capaces de invocar a Annabelle con su película, Astrid y yo decidimos inspirarnos en ella para apaciguar la fiesta en el departamento de debajo de una vez por todas. Si cerrar las ventanas o poner una película de terror a todo volumen no funcionaba, las canciones de alabanza de Martín Valverde a volúmenes profanos serían el arma perfecta para la retaliación.

Increíblemente funcionó. Cual demonios inventados, los borrachos al sur de nuestros pies decidieron cerrar sus ventanas abiertas, ahogarse en su propio hedor a cerveza barata y cigarros, con tal de dejar de escuchar canciones religiosas.

El universo de The Conjuring no estaba tan equivocado después de todo.

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Baba Yaga: Terror Of The Dark Forest (2020) | Columna de G. Carregha

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Baba Yaga

Criticaciones

 

El suicidio está sobrevalorado. Lo que antes era un arte es, ahora, algo menos que un punto argumental de poca monta en la existencia de cualquier persona en el universo.

En lo que viene llamándose “hoy”, la vida vale aún menos que cuando José Alfredo Jiménez descubrió el hilo negro del bodrio de existir en forma de canción. Lejos quedaron los días en los que morir significaba algo. Es un mero recuerdo del mundo antiguo en el que, incluso, se podía apostar la vida en un juego de ruleta rusa para evocar las memorias de la buena época de Vietnam. 

Ahora, no somos más que numeritos en un sitio web encargado de recordarnos lo frágil que es la vida. Las muertes diarias se proyectan en forma de contadores, como si se estuviera averiguando el número de chupadas necesarias para llegar al centro de una Tutsi Pop.

Jugarse la vida se ha convertido en una actividad de recreo. Algo tan inútil como el honor o las causas que son más grandes que uno mismo no son suficientes para que alguien se atreva a apostar algo de tan poco valor monetario como la vida. El mazacote de gente actual, aquella que representa el futuro de la nación, prefiere jugarse la vida por algo más comercial, más insulso, más duradero. Algo como una película de terror rusa doblada al inglés con subtítulos en español proyectada en un cine mexicano en mitad del supuesto pico de la pandemia, por ejemplo.

SINÓPSIS: Una malévola madeja de hilo rojo intenta comer niños en su tranquila cabaña en el bosque, lo cual lograría de no ser por esos chicos entrometidos y su estúpido vagabundo.

“El acto de ir al cine durante esta época de la historia humana es una acción en igual partes valiente y estúpida. Es un grito de guerra que anuncia, sin tapujos, que apoyar a la industria del entretenimiento es más valioso para algunos que la vida misma. Es irrisoria la idea de que alguien quiera exponerse ante el apocalipsis microscópico a la puerta de su hogar sólo para ver una película que podría descargarse en línea en un segundo. Quizás, y aplicando una corriente de pensamiento meramente teorética, podría comprenderse esta falta de amor para con uno mismo si existiera la promesa de ser parte de lo que los tráilers llaman “el evento cinematográfico del año” – es decir, la última producción del director de moda, el punto final de una saga cinematográfica que inició hace una década o lo que sea que haya sido CATS. Fuera de estas opciones, es justo decir que, ir al cine durante este periodo, es una de las decisiones más idiotas que alguien podría tomar.”

Reí al leer para mis adentros estas líneas que escribiera dentro de los comentarios de algún grupo de discusión de Facebook hacía apenas dos días. En aquel lejano entonces, me sentaba en un trono de superioridad moral en vez de en la silla de la sala de cine en la que estaba en ese momento, esperando impacientemente que comenzara la función de Baba Yaga, una película que no sabía que existía hasta hacía media hora. Las risas apagadas que soltaba desde la garganta empezaron a inflar y desinflar el interior de mi cubrebocas, llenándolo de manchas de saliva que se alcanzaban a ver desde afuera, cosa que llamó la atención de mi vecina a dos sillas de distancia. Me miraba con lo que, asumo, era una parte de curiosidad y dos de asco, más me fue difícil interpretar su expresión sin poder ver su boca.

“No, nada”, le dije, “aquí riéndome de cómo pensaba hace dos días que los que vienen al cine a mitad de la pandemia son unos subnormales.”

La vecina, tras enseñarme su ceño fruncido, decidió recorrerse otras tres sillas hacia la derecha con tal de mantener una sana distancia entre el desprecio que ahora sentía por mí y mi persona. Si existiera el Lysol psicológico, me imagino hubiera intentado lobotomizarme con él en ese momento.

Mientras pensaba en lo ridícula que se había visto la mujer, las luces de la sala se apagaron por completo. El ambiente se llenó del sonido de un proyector digital al que no le han sacudido el polvo por tres meses. Entre la penumbra alumbrada simplemente por anuncios de la cadena de cines mostrándonos a sus empleados cubiertos en plástico de pies a cabeza como si aquello fuera una imagen alentadora, miré hacia mi alrededor. Éramos, aproximadamente, doce personas las que decidimos asistir a las 8 de la noche de un martes al cine para ver una película de terror

Me sentí agradecido pues, debido al continuo trote del jinete del apocalipsis de la peste 3.0, la experiencia de ir al cine de pronto había subido de categoría. Aún si la sala hubiera estado a su capacidad máxima legal, no había manera jurídica de justificar ante PROFECO la presencia de más de 38 personas allí. Por primera vez en muchos años me sentí con el privilegio de poder disfrutar una ida al cine sin pensar en cuán probable sería que conociera de primera mano el olor de un sobaco ajeno empapado o me meciera al ritmo de las patadas del vecino de atrás en contra de mi respaldo. La perfección estaba, finalmente, llegando a las salas de cine.

A pesar de mi falta de interés previo por la película, sonreí tan amplio como el resorte de mi cubrebocas lo permitía. Me acomodé sobre mi asiento y suspiré contento. Y, así, la primera escena de la película apareció en pantalla. Una versión más cuadrada de Freddy Highmore estaba parado en una calle abandonada y oscura. Del lado opuesto, una niña de cabello oscuro caminaba hacía él envuelta en el sonido de unos tacones moviéndose dentro del cuarto con más eco de la civilización humana, una imagen sonora en completa asincronía con los zapatos de alumna de secundaria que llevaba puestos, su respectiva suela plana incluida.

“Como que algo no cuadra, ¿no?”, le comenté a la vecina lejana sin siquiera dignarme a voltearla a ver. “¡Shhhhh!”, me contestó, en lo que pude identificar como una clara sílaba de apoyo.

Los dos personajes iniciaron un diálogo para interrumpirme. La extrañeza que sentía no hizo más que aumentar. No sólo las voces no parecían ir a tono con la forma física de los seres humanos en pantalla, sino que tampoco había algún tipo de sincronización con sus labios. Una bandera roja salto de inmediato en mi cerebro. Posiblemente, quise imaginar, siendo esta una producción de horror, se había decidido jugar con el sonido como una manera de agregarle una pizca de paranormalidad sonora a la producción. Eso, como descubrí segundos más tarde, fue nada más que ilusiones vanas de mi parte.

Lo que en realidad sucedía se llamaba avaricia –o tacañería, dependiendo cómo se le quiere ver. Algún ejecutivo de Cinépolis, en su prisa por rellenar la cartelera endémica de su empresa, descubrió que era más barato comprar los derechos de proyección de una película doblada en Estados Unidos que los de su versión original. Y, a juzgar por la calidad de actores de doblaje contratados, cualquier oído podría notar en seguida cuán baratos estaban esos derechos.

Mucho me he quejado a lo largo de mi exacerbadamente larga existencia acerca de cómo me harta que, aún en pleno siglo XXI, la única manera de ver ciertas películas o series en este país es con las voces de latinos pegadas por encima del audio original. Peor aún si estas voces le pertenecen a alguna luminaria del YouTube latino o a los vagabundos desempleados que contrataron para doblar FRIENDS cuando pasaba por televisión abierta. Pero la molestia que me causa escuchar que Bruce Willis, Jim Carrey y Gokú tienen exactamente la misma voz no se compara en absoluto con el desastre que es el doblaje estadounidense. La industria del doblaje del país vecino, si por sus resultados la medimos, debe estar compuesta por individuos con micrófonos de calidad élite asistiendo a tantas conferencias padre-maestro como puedan hallar a lo largo y ancho de los Estados Unidos para, sin previo aviso, encargarle a uno de los guardianes legales ahí presentes que lea el guión que le acaban de poner frente a la cara. Una sola toma para minimizar gastos. Se lee el punto final y se cierra la toma. ¡A la sala de edición!

Por un segundo consideré la idea de salir a quejarme de este hecho, pero me detuve casi de inmediato. Vale, me quejo, pero, ¿qué estaría buscando que sucediera? No iban a poder cambiar el audio de la película a media proyección, la tecnología para ello aún no llega a México. ¿Un reembolso, quizá? ¿En serio iba a salir a hablar con un ser humano encubierto por un tapabocas y mascarilla, que sólo le deja ver al mundo exterior un par de ojos cansados, para recuperar menos de 80 pesos? La pobreza acecha, pero la poca dignidad que me queda cuesta un poco más. Sólo un poco.

“Pues así la dejamos, ¿no?”, le comenté a la vecina como si ella hubiera podido escuchar mi diálogo interno. Con un movimiento de completo hartazgo acompañado de un bufido, la mujer a mi derecha se levantó de su asiento y caminó dos filas hacia atrás hasta encontrar un nuevo lugar todavía más lejos de mí. “Qué irresponsabilidad”, murmuré, “con todo esto de la pandemia y se cambia de lugar así de fácil, sin saber si desinfectaron la otra silla o no”. Acto seguido, me rasqué debajo de la nariz por encima de mi cubrebocas.

Dadas las circunstancias, pasé a apagar mi cerebro y tratar de entretener a mis ojos con la producción rusa frente a mí. Pero, mientras más avanzaba la película, más extrañeza se cernía sobre mi mente. Había algo raro con el flujo de la historia, como si, de pronto se presentaran plot points y conflictos interesantes que, dos escenas después, la película olvidaba resolver. Parecía que sólo se preocupara por mostrarnos imágenes impactantes que carecían de sentido común, evitando dar explicaciones de los por qués pues serían “demasiado aburridos para el público”.

Era como si, además de estar pésimamente doblada, nos estaban mostrando una versión que había sido recortada en aras de presentar un producto más comercial para exportar fuera de la madre patria. Los villanos se volvían héroes al inicio de la siguiente escena nada más porque el guión lo necesitaba, las apariciones desaparecían de la película pues ya no se requerían sus jump scares, se generaban conflictos mundiales a raíz de parpadeos; todo en meros segundos. Más de una vez sentí cómo la proyección se saltaba pedazos de diez minutos con información importante sólo para que la experiencia de ver cómo un grupo de niños que intentan vencer a un ente que come niños fuera, supuestamente, más fluida.

Yo puse mi vida en la línea y, a cambio, lo único que obtuve fue una copia rusa de IT que sólo alcanzó a robarse el sentido visual del director de fotografía y uno o dos rasgos de su premisa. 

Sin embargo, lo más hermoso de la experiencia de ir al cine a media pandemia fue el proceso de salida. Apenas comenzaron los créditos finales, las luces se encendieron y apareció un empleado del cine al frente de la sala. Detrás de él, se proyectó un video instructivo de cómo debíamos salir: en fila y por filas. Siguiendo el compás de las palabras leídas por el video instructivo, el sujeto anónimo imitaba fielmente los movimientos de las mejores azafatas de avión en el mundo para traducir el mensaje en lenguaje corporal. Fue un momento en igual parte intimidante y tierno.

Solo por estos pequeños segundos de mi vida, cuando una azafata del cine me indicó que era mi turno de abandonar la sala, agradezco haberme bajado de mi montaña de superioridad moral para ir al cine a mitad de un momento histórico. Apostar la vida a veces sí puede valer la pena.

“¿O no, señora?”, le pregunté a mi vecina de fila al verla caminar por el lobby unos minutos después. Una tos seca fue su única respuesta.

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Criticaciones

 

SINÓPSIS: Un hombre hundido en la depresión y las drogas se aprovecha de la inocencia de un alumno de preparatoria para convencerlo de ir en busca de peyote con la intención de abusar sexualmente de él en este bello video promocional turístico de Real de Catorce.

Cada que se acerca algún fin de semestre, la fachada externa de Zona Universitaria se tapiza con carteles realizados por los estudiantes de diseño gráfico ahí esclavizados. La idea, supuestamente, es presumir con este desfile de vectores genéricos el nivel que tienen los aspirantes a profesionales del Photoshop durante sus años formativos dentro de la “máxima casa de estudios del estado”. Para no ahogarse en los problemas inherentes del libre albedrío, el enemigo natural de la autonomía universitaria, y poder presentar los resultados de manera ordenada, lo más común es que se le dé al alumnado un tema en el cual basarse para hacer su obra. En pos de representar la creatividad local, cada año repiten el mismo tema “para ti, ¿cuál es la identidad gráfica de San Luis?” o “en tres vectores, ¿cómo ves tú a San Luis Potosí?” Como resultado, más de tres cuartos de estas imágenes termina representando o un peyote o la caja del agua. Los más osados, a pedido expreso de sus maestros, mezclan ambas iconografías para crear algo, increíblemente, todavía más cliché.

Desafortunadamente, este no es un lugar común exclusivo de las recomendaciones docentes, sino algo que permea en lo más profundo de la sociedad local avocada a la cultura. Tanto así que, en la vida de cualquier artista que se tenga tan poco respeto hacia sí mismo como para mantenerse residiendo en la ciudad de San Luis Potosí, siempre llegará un momento en el que, por alguna u otra razón, será menester crear una pieza que haga alusión a la ciudad que los reta a mantenerse con vida. Invariablemente, como si la idea fuera el resultado de un programa ejecutable incrustado en sus mentes desde la adolescencia, más de uno se decantará por basar su obra en la imagen del peyote. Puntos extra si éste viene cubierto o acompañado de patrones huicholes.

A estas alturas de la vida, la sola presencia focal de este símbolo es la manera más sencilla de saber que el artista en cuestión ya no tiene –o en su defecto, nunca tuvo– nada que decir. Es la ordinariez a la que arriban los creadores de contenido para gritar a todo volumen: “lo único que creo que representa a esta ciudad es la droga que los junkies les roban a los huicholes para tener un tema de conversación en las fiestas”. Y, aunque es completamente cierto que, como ciudad, lo único que tenemos para ofrecerle al mundo exterior, además de dicha planta alucinógena, es mano de obra barata para las fábricas transnacionales, siempre existe la posibilidad de evitar lugares comunes en el quehacer diario del arte. Más es difícil no tomar la salida fácil al momento de crear sólo por crear.

Con todo esto fresco en nuestra mente, es hora de hablar de la ópera prima de Omar Flores Sarabia, Peyote.

He sabido sobre la existencia de esta película durante años, años que han parecido eternidades sumándose la una con la otra hasta causar la completa devastación de mi psique espacio-temporal. Desde 2012, por alguna u otra razón, ciertas personas clave de mi vida lograban insertar ya fuera al autor de la película o su título en conversaciones que, véase como se les viera, no tenían relación alguna con esos temas. Aunque, habiéndola visto finalmente, es muy posible que más de la mitad de estas interjecciones de diálogo estuvieran refiriéndose a la planta y no al filme. En retrospectiva, eso haría que frases como “Experimentar Peyote me cambió la vida” finalmente tengan sentido.

De cualquier manera, ya fuera porque tengo una tendencia inusual por rodearme de gente que honestamente sigue creyendo que consumir alucinógenos es un rasgo válido de personalidad, la película era un constante latente en mi vida. Escuchaba sobre ella cuando me sometí a la penosa necesidad de regresar al alma mater que me escupió de vuelta al mundo real con menos conocimiento en mi cabeza que con el que entré. Ya fueran menciones honoríficas hechas por asesores de tesis enorgulleciéndose del primer director de cine real que egresaba de sus clases, ya fueran comentarios admirativos soltados al azar dichos por jóvenes que aún no atravesaban la edad en la que sabes que jamás serás alguien en esta vida, las palabras Peyote y Omar Flores Sarabia no dejaban de repicar en mis oídos. Difícil no sentir curiosidad alguna cuando una leyenda a voces sordas se mantiene viva por más de medio lustro.

Sin embargo, muy a pesar de cuánto decidiera esforzarme en conseguir visionarla, nunca pensé que Peyote lograría abandonar el cliché de película independiente mexicana al que se unió desde su concepción – es decir, una película que jamás se estrenaría de manera comercial, cuya distribución en DVD se reduciría a “solo está disponible si conoces al director y él quiere quemar su DVD para darte una copia”, una película que la cineteca mencionaría como un “y además existe esta cosa”, que jamás nadie se atrevería a subir a plataforma alguna de streaming que no fuera “el canal de YouTube del autor.” Sería, como la mayoría de los productos financiados por FIDECINE, una película que existía solo para ser citada en algún trabajo de investigación donde se habla de la producción local, una nota al pie de página en la exposición artística de la vida de su creador.

Pero entonces nos llegó la pandemia – la época en que la ansiedad y el tiempo libre sobraban. E IMCINE vio cómo la gente se veía obligada a pasar más horas de lo normal frente a su computadora, así que tuvo una idea: “¿Por qué no liberamos todas esas películas que tenemos enlatadas en el sótano, esas que ni siquiera nosotros queremos ver, para que las puedan ver gratis los mexicanos y tengamos más tráfico en la página?” Fue así como, perdida entre opciones como Atlético San Pancho, Ocean Blues y Revista De La Universidad, arrojaron sobre nosotros Peyote. No hubo pompa, no hubo platillo, ni anuncio, ni marketing. Sólo un sitio web actualizado que un día no la ofrecía y otro sí.

Después de tanto buscarla en segundo plano, Peyote estaba ahí, frente a mí, en la página principal de Filminlatino. Era como si alguien, en alguna parte del multiverso finalmente hubiera cedido a mi búsqueda y dijera, “mira, ten, aquí está esa película de la que tanto has oído hablar, vela de una vez para que sepas si la anticipación de tantos años ha sido bien infundada”.

Cuando le puse play a la película recordé el fanatismo que empezó a permear incluso en el apartado académico de mi universidad cuando apenas fue del conocimiento popular que la película se estaba fraguando. En cualquier clase, sin importar el tópico que nos competía, los docentes en turno siempre encontraban una manera de colar las palabras “Omar”, “Flores” y “Sarabia” dentro de su cátedra. Y, cada vez, se iluminaban los ojos del maestro de cuya boca hubiera salido ese nombre, como si acabaran de lanzarnos una bendición. Invariablemente miraban hacia el horizonte al paladear las palabras, sus caras a punto de colapsarse en un torrente de lágrimas cargadas con un orgullo inimaginable, como si la existencia de Omar validara su existencia como catedráticos de una universidad que lleva años produciendo más comunicólogos mediocres de los que el mundo puede soportar.

            “Disculpe la interrupción, maestra”, dije un día tras dos meses de continuar en el epicentro de esta rutina autoimpuesta por el orgullo autónomo que era incapaz de resolver mis dudas por sí sola, “pero ¿qué tiene que ver ese tal Omar con el tema de la Agenda Setting?”

            “¡Flores Sarabia es el director de cine que lleva en alto el emblema de esta escuela en su corazón y se lo muestra al mundo! ¡Su existencia es la celebración de 25 años que esta universidad siempre supo merecía!”

            “Bueno… Eso responde el cincuenta por ciento de mi duda, por lo que, en reciprocidad numérica, le doy las gra.”

A quien no quiero darle ni siquiera las gra es a la experiencia que me dio Peyote, porque a lo largo de sus setenta minutos de duración que se sienten como el doble, la película se tomó la molestia de no decirme nada. Por lo que vi durante mi sesión de visionado, creo que intenta presentar una colección de imágenes de carácter tan bonito como vacío que, supuestamente, cuentan una emotiva historia de amor fugaz que debe calentarnos el corazón hasta que hagamos “awwwww” en el final. Pero, claro, eso sólo sucederá si la audiencia es de la opinión que la de 17 Años de Los Ángeles Azules es una tiernísima carta de amor bailable.

El problema principal de Peyote es el mismo que sobreviene a todos los narradores audiovisuales entre los 18 y 23 años. Si no lo somos nosotros secretamente, entonces todos, en algún momento de la vida, hemos conocido a algún cinéfilo empedernido y mamador, aquel ser que se desvive tirándole alabanzas a la filmografía de Ingmar Bergman o algún otro nombre escandinavo impronunciable a pesar de que no esté muy seguro de qué intentaba decir a través de sus películas. Sin embargo, sabe que se ven bonitas, por lo tanto, asume, el secreto del buen cine es crear imágenes hermosas – si transmiten algo o no, es secundario, si están bien editadas o cuentan una historia, son extras. Lo importante es crear imágenes bonitas y punto.

Así es como obtenemos películas en donde, por poner algún ejemplo, nos vemos sometidos a ver cuatro minutos de un adolescente semidesnudo replicando una pelea de Dragon Ball Z con verduras. O donde la relación amorosa comienza cuando un sujeto en aparente estado de drogadicción obliga a un adolescente que lo videograba a invitarle tacos para comenzar a seducirle. Así obtenemos una película entera donde uno de los protagonistas se ríe de manera autómata e inhumana porque el director no sabe cómo funcionan las relaciones humanas ni sabe gritar “corte” a tiempo. Películas así, donde escenas de personas incapaces de actuar como personas son intercaladas con metáforas obvias de protagonistas atravesando túneles literales cuando se lanzan al abismo del siguiente punto de la trama. Algunos las llaman óperas primas con un lenguaje cinematográfico hermoso, otros les decimos “agarré la cámara para practicar y salió esto” –sentimiento reflejado a la perfección en la secuencia final de la película: un segmento de montaje de escenas grabadas en cámara de video que, a juzgar por la música, deberían evocarme una sonrisa o, al menos, hacer que mi corazón se sonroje.

Lo único que logra es recordarme qué tan malgastado fue el tiempo de mi vida que le regalé a la película. Lo supe desde el primer corte malogrado, desde la primera vez que se rompió la regla de 180°, y lo confirmé cuando intentaron hacer que los Froot Loops azules fueran un símbolo de la inocencia perdida.

Peyote puede resumirse como la versión fílmica del “legalicen a las de 16” de los onvres, pero en homosexual. Y, de alguna forma, debemos de pensar que este sentimiento en audiovisual es algo súper bonito y súper progresivo. ¿Viva el estupro? ¿Qué bonito es aprovecharte de los de prepa cuando son vírgenes? ¿Acosar sexualmente a alguien y hacerle creer que es su decisión está bien si lo haces por depresión? A decir verdad, no estoy muy seguro cuál es el mensaje con el que Omar intenta puntuar su primer largometraje, pero ninguna me parece respetable.

“Después de siete años, ya con la sabiduría de haber vivido más años, honestamente, ¿qué te parece Peyote?”

“Tibia. Un ejercicio a medias”.

Se puede decir, entonces, que es un producto digno de la universidad autónoma que intentó formar a Omar en lo que a lenguaje audiovisual respecta.

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