#Si SostenidoLetras minúsculas

Oraciones contrapuestas | Juan Jesús Priego

LETRAS mínusculas.

Desde el ángulo en el que se agazapaba, el muchacho vio extinguirse la última luz. Conocía el ritual. Dentro de dos o tres minutos, un hombre de mediana edad pondría en marcha su pequeño automóvil blanco y se alejaría a toda prisa, dejando la casa a su entera disposición. ¿Por cuánto tiempo?

–Que vuelva cuando quiera –pensó. –A mí me basta una hora o incluso menos.

No se equivocaba. Ya oía, a lo lejos, el ruido del motor encendido; ya sentía el olor a gasolina quemada. Un minuto, un solo minuto, y entonces… musitó una plegaria:

¡Ayúdame, Señor! Esta es la última vez que lo hago, te lo prometo. La última vez. ¡Palabra de honor!

Siempre hacía esta misma promesa. Siempre, y con las mismas palabras, aunque nunca la cumpliera ni pensara en realidad cumplirla. ¡No importa! Lo que contaba no era lo que había dicho en el pasado, sino lo que decía hoy a la hora del crepúsculo.

En cuanto el auto se hubo perdido en la larga avenida, el joven salió de su escondrijo, se acercó a la casa a grandes trancos e introdujo una ganzúa en el ojo de la cerradura.

Ser ladrón es ejercer un oficio como otro cualquiera –solía decirse el muchacho a sí mismo antes de acostarse, es decir, a la hora de los escrúpulos. Un oficio que exige tantas habilidades como el que más. Por ejemplo, hay que poseer la capacidad de pensar rápidamente y un cuerpo lo suficientemente ágil como para correr y trepar bardas en caso de necesidad; además, es sumamente necesario conocer la geografía del área lo mejor posible para no ir a dar con el cuerpo del delito a callejones sin salida. Un oficio difícil, atrevido y peligroso, que merece sus recompensas.

Una hora le era suficiente para limpiar la casa. El verbo limpiar estaba para él lleno de connotaciones afectivas: tal era el motivo por el que lo prefería a decenas de otros verbos como robar o apañar, que eran demasiado burdos para su fina sensibilidad.

Esta sensibilidad la había heredado sin duda de su padre, un hombre de la alta sociedad capitalina a quien no conoció más que a través de una fotografía desvaída y de las imprecaciones de su madre, una sirvienta que lo único que pudo llevarse de la casa en la que trabajó por muchos años fue una maleta llena de ropa vieja, un vientre abultado y una esperanza marchita.

Sólo una hora o incluso menos.

Con lo que el joven no contaba era que aquella noche el dueño de la casa tardaría en volver sólo unos cuantos minutos. Pues fue el caso que, mientras se dirigía al hospital en el que trabajaba, ya que era médico, tuvo la ligera sospecha de haber dejado olvidado en la cocina su teléfono celular y había regresado a cerciorarse.

Para un hombre que vive solo, el teléfono es muy importante, pero además en su caso había otras razones: cuando su papá murió –y de esto hacía ya unos cinco o seis años–, él se encontraba de guardia en una clínica lejana, donde no llegaba la señal (no todo México, después de todo, es territorio Telcel) y, así, sólo pudo enterarse de lo sucedido hasta tres o cuatro días más tarde gracias a un telegrama que él estrujó con violencia y arrojó a la basura mientras maldecía los insondables misterios de esta vida. ¿Por qué tenía que haber muerto su padre precisamente cuando él se hallaba lejos? ¿Por qué no pudo estar con él en sus últimos momentos? Pero no: no hubo manera de que sus familiares lo localizaran, y de este modo cuando por fin se puso en marcha para asistir a los funerales, sus amigos y parientes estaban ya en los últimos días del novenario. Desde entonces el teléfono se había convertido para él en una obsesión.

Cuando entró a su casa después de diez minutos de haberla dejado, lo primero que escuchó fue el ruido de un cuerpo que busca la huída, un grito no sabía si de sorpresa o de desesperación, el gruñido anhelante de los animales acorralados o heridos. Al instante, desde el marco mismo de la puerta, llamó a la policía.

La oración del muchacho no había sido escuchada; su grito de ayuda no había sido atendido. Tres días después, en la cárcel, dijo a su madre a través de una espesa malla metálica:

Dios no existe. No existe Dios. Le había prometido que esta sería la última vez…

Su madre acariciaba la malla con ternura en un vano intento de acariciarlo a él.

Lo que el muchacho no sabía era que el médico que lo denunció pronunciaba también cada noche su propia oración:

–Señor, esto es lo único que poseo, y todas las noches debo dejarlo a merced de los ladrones en este barrio peligroso. A ti te consta que he pedido en mi trabajo un cambio de turno, pero es hora que no me lo conceden. Entre estas paredes está lo único que he podido hacer en ocho años de trabajo. Cuídame y cuida todo lo mío. Ven a habitar esta casa y aleja de ella todos los peligros. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Oraciones contrapuestas. ¡Qué apuro para Dios! Si usted fuera Él, ¿qué habría hecho en su lugar? ¿A quién le hubiese dado la razón? ¿A favor de quién se habría inclinado el platillo de su balanza?

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