agosto 1, 2021

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#Si Sostenido

Niños a la carta | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas. 

«¡Qué ojos más bellos tiene!», dice la madre al punto de las lágrimas cuando la enfermera le muestra a su hijo por primera vez. Si el niño hubiera nacido con otro color de ojos, igual los habría encontrado bellos: son los ojos de su hijo. El padre también los mira con esa sorpresa tan parecida al estupor:

-¿A quién los sacó? -pregunta con la esperanza de que una voz todavía desmayada le responda desde la cama: «A ti, mi amor. Los sacó a ti».

Este diálogo, repetido todos los días, en todos los hospitales del mundo, encierra una gran profundidad. Por decirlo así, es como un rito de aceptación mediante el cual los padres abrazan al recién llegado tal y como les ha sido dado por la vida. Lo aceptan con esa nariz, con esos ojos, con ese color de piel y ese tamaño de boca. No piensan siquiera en que hubiera podido ser diferente a como de hecho es. Como vino, así está bien.

-¿A quién se parece? ¿Podemos verlo? -preguntan las tías, los abuelos, los hermanos. Y, al formular esta pregunta, ejecutan un rito tan importante como el anterior: el del respeto al destino. Y vuelven a preguntar, profundamente intrigados:

-¿Cómo es?

Les parece imposible imaginárselo, puesto que nunca antes, desde que el mundo es mundo, ha habido un niño como él, y nunca más lo habrá: este pequeño ser es la novedad pura, la originalidad hecha carne.

-¿Podemos entrar a verlo?

Todavía no lo conocen, pero ya lo aceptan.

A partir de fechas próximas, sin embargo, con la manipulación de los genes, que será (y lo es ya, de hecho) prácticamente posible, las cosas cambiarán de un modo radical: ahora los padres podrán elegir como en una especie de menú todas y cada una de las características de sus hijos: ojos azules en lugar de cafés, verdes en lugar de negros, 1,78 de estatura en vez de 1,67, nariz aguileña en vez de nariz recta. En los nuevos supermercados genéticos todas las combinaciones serán posibles y todos los caprichos realizables. Asistiremos a la era de los bebés por catálogo, de niños a la carta y, con ella, al fin del estupor.

El nacimiento de un nuevo ser ya no suscitará sorpresas ni preguntas. («¿Cómo es?»). Los niños serán simplemente como los padres hayan decidido que sean. En este nuevo Mundo feliz, la única sorpresa posible consistirá en que por algún infortunado accidente en el proceso, los caprichos no se realicen con la exactitud deseada, dando lugar a profundas insatisfacciones por parte de los padres:

-Pero, ¿por qué tiene los ojos negros si yo los quería azules? ¡Maldita sea!

Los hijos por catálogo serán quizá más fuertes y más bellos; en una palabra, tal vez más perfectos, genéticamente hablando, que los jóvenes de las generaciones anteriores, pero también más inseguros y más deprimidos que todos los que los precedieron: vivirán siempre en el temor de no ser queridos más que por el color de sus ojos o el tamaño de su mentón.

-Papá: si hubiese medido diez centímetros menos de lo que mido, ¿me habrías querido lo mismo?

He aquí una pregunta que con todo derecho podrán hacerse cuando crezcan los hijos de las próximas generaciones, generaciones a las que les será negada por primera vez y de manera sistemática la experiencia del amor incondicional.

Yendo más allá, acaso también vivan en el rencor, en ese rencor nacido de las relaciones desiguales, pues si bien es cierto que los padres podrán elegir a sus hijos, también es verdad que éstos no podrán elegir a sus padres. ¿Se ha pensado suficientemente en ello? Mientras que los primeros gozarán de una libertad sin límites, acósmica, por llamarla de algún modo, a los segundos no les quedará más remedio que la aceptación callada, es decir, nada más que la resignación.

Los padres serán vistos entonces como una imposición del destino. Del destino, sí, precisamente cuando el destino parecía estar ya abolido  de una vez por todas. Y serán odiados o abandonados con la misma violencia con que rechazamos aquello que  nos es impuesto sin motivo alguno.

Si nos aceptamos es porque no tuvimos la oportunidad de elegirnos. Pero cuando podamos elegirnos, ¿por qué habremos de aceptarnos si no nos gustamos?

En la era de los niños a la carta será muy difícil, si no es que hasta imposible, practicar eso que Romano Guardini llamó en uno de sus libros la aceptación de sí mismo. El hombre de otras décadas podía ver en cada una de sus peculiaridades físicas o psíquicas la manifestación de un querer que lo trascendía: de un querer divino, para decirlo ya («Dios me hizo así, y Él sabrá por qué»). Pero los hombres del futuro se sentirán nacidos de un mero capricho humano. Y, siendo así, ¿cómo podrán aceptarse a sí mismos en calidad y profundidad? Les faltará esa especie de escala de Jacob que les permita remontarse al cielo para explicar el misterio de su ser.

Ahora bien, ¿aceptarán éstos sin desesperarse ser hijos sólo de la tierra? ¿No faltará a sus vidas esa raíz metafísica que es lo único a lo que puede agarrarse un hombre presa del vértigo, un individuo a punto de caer en el vacío? He aquí un buen número de preguntas que hay que responder antes de lanzarnos a una aventura (genética) de la que aún ignoramos, prácticamente,  casi todas las consecuencias.

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#4 Tiempos

¿Usted es de clase media? | Columna de León García Lam

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VOLUTA IX.

Estimado y culto lector de La Orquesta: yo, más que una opinión, tengo una pregunta: ¿usted a qué clase social pertenece? (si tiene tiempo, responda este formulario) Seguramente usted es parte de ese exclusivo sector de la población que se llama así mismo “clase media”, pues el 78% de la población afirma pertenecer ahí. Queda claro que, la mayoría no somos tan ricos (o tan presumidos) para sentirnos clase alta, ni nos consideramos tan fregados pues siempre hay alguien más jodido que uno. Casi todos tenemos la suerte de estar en el justo medio, en el mero centro de la decencia existencial: ni muy muy, ni tan tan. Los opinólogos se arrancan los cabellos de desesperación, porque esa percepción no coincide con la evaluación de CONEVAL, la cual calcula 70 millones de pobres en México y creciendo.

Pero déjeme ponerle en contexto de dónde viene y a dónde va todo este debate sobre la clase media. Hace un año, Viri Ríos escribió para The New York Times un escandaloso artículo intitulado “No, no eres clase media” en donde refuta el mito de que todos somos clasemedieros, desde los que ganan $6 mil pesos al mes hasta los que ganan $120 mil pesos al día. Viri Ríos pone la vara en $16 mil pesos mensuales. Nadie recordaría la discusión del año pasado, si no es porque el presidente lleva semanas atacando a la clase media: aspiracionistas, egoístas, corruptos y privilegiados. Lo cual ha desencadenado ríos de tinta y harta discusión. Después de tanto, se determinó que, como casi todos somos clase media hay que dividirnos en clase media baja, clase media-media y clase media alta. El 90% de la población se ubicó como clase media-media.

Para algunos, que usted se considere clase media es un síntoma de una enfermedad muy grave que se llama conformismo, porque si se diera cuenta de su verdadera condición de pobreza, eso lo llevaría a luchar por salir del hoyo; para otros, que existan tantas personas aspirando a ser clase media es síntoma del egoísmo y del materialismo consumista que carcome los valores de nuestra sociedad. Hay quien piensa, por el contrario, que la única salida que tendríamos los mexicanos es a aspirar a ensanchar la clase media, pues ese sería el mejor signo de una repartición justa de la riqueza y hay quien piensa lo contrario, que la clase media es un callejón sin salida, porque seguir pensando en clases es reproducir el mismo sistema injusto, por lo tanto, nuestra aspiración debe ser hacia una sociedad de derechos.

Ante eso, déjeme contarle un secreto, aquí entre nos. Hay temas que no tienen solución. El concepto clase media surgió de la opinión popular, para referirnos a nosotros mismos, los que estamos en medio, que volteamos arriba con envidia y agradecemos no estar más abajo. Que los economistas (que son bien cuadrados) quieran encontrarle una definición exacta definitiva y cerrada a lo dicho en una discusión de cantina (que es donde seguramente apareció por primera vez el concepto), es muy su problema, ahí seguirán como el burro que persigue a la zanahoria, intentando poner un límite a la clase.

El gran error que cometen los economistas y comentólogos es partir del supositorio de que clase es igual a ingreso. Efectivamente, uno de nuestros principales anhelos son mayores ingresos, pero esos no cambiarán nuestra clase social. Uno podrá salir del barrio, pero el barrio nunca sale de nosotros, para que mejor me entienda. Un aumento en el ingreso solo incrementa el consumo en el mismo conjunto de significados que tiene nuestra clase, como cuando una familia recién acaudalada amuebla su nuevo departamento con una jirafa gigante de peluche o como cuando vemos pasar el coche deportivo edición limitada rebotando con frenesí al ritmo de los Ángeles Azules. Mudarse de colonia, vestir con ropa de marca, ostentar vehículos refleja solo la ventaja económica que tienen algunos en su propia clase. Dicho de otra manera, en todas las clases hay personas ricas y pobres.

Todo esto, me recuerda aquellas profecías apocalípticas: llegará el día que la clase alta no tenga clase, la clase media se quede sin medios y la clase trabajadora esté desempleada.

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#Si Sostenido

Demasiadas mujeres | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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A veces traes a una, dos o tres personas en la cabeza y estás demasiado cansado que no cabe otra más. Y a veces traes a quince y no has llenado todavía y tienes demasiada energía para gastar en otras diez mil personas más, pero al final del día no encontraste a nadie.

Compré sobres de colores para enviar cartas tristes a mis amigos, puede que también a algunas muchachas, ¿por qué no enviar cartas tristes a las mujeres? Las mujeres entienden todo pero hay cosas que no les hacen gracia y entonces se hacen las estúpidas y terminan por reducirte a un pobre estúpido mediante el hiriente conducto de la lástima.

Los textos sagrados no mencionan que Jesucristo follaba como un loco. Se tiraba a todas las mujeres, no por ser divino sino por ser humano. Luego se paseaba por los pueblos, brincando en pelotas, agitando un abanico para secarse el sudor y demás fluidos.

No te descuides, prepara un buen montón de mentiras para que las cosas no se pongan peor de lo habitual. Corre y cuéntales diez o doce mentiras más. Joseph Campbell le encontró mil caras al héroe y todo el mundo lo respeta. Encuentra mil mentiras qué contar y nadie va a decirte nada.

Luego, cuando todo esto mejore, nos inventaremos un saludo marcial para saludar a nuestro Ejército. Leeremos la biblia como se debe, guiados por un pastor yonqui con sida, preparado, con la claridad suficiente que ninguno de nosotros tendremos.

Ella me dijo: “te amo en tu condición de estar loco”, pero cuando llegó el momento de conocer a su madre, la locura se había ido, y ella dejó de quererme para siempre.

Me encanta el olor a alcohol en el aliento de las chicas, es un perfume único que dice muchas cosas a la vez, todas buenas, pero demasiadas como para explicarlas con palabras. Por lo demás, los padres de la chica con aliento a alcohol no estarán muy de acuerdo conmigo, es por eso que no son invitados a las noches de fiesta junto con sus hijas.

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#Si Sostenido

#Crónica | No fue tu culpa, no fue el alcohol … ¿abuso sexual o violación?

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No se trata de quien es víctima y quien victimario; porque si preguntas a las mujeres, ¿quiénes han sido sufrido violencia en alguna de sus formas?, te sorprendería el resultado

Por: Itzel Márquez

Texto ganador del segundo lugar en el Premio Estatal de Periodismo 2021 dentro de la categoría de Crónica.

Este año, La Orquesta ha sido honrada con 4 galardones del Premio Estatal de Periodismo, para celebrarlo, publicaremos de nueva cuenta esos trabajos que fueron reconocidos por nuestros y nuestras colegas del medio. Esperamos que los disfruten.

Parece estar de moda denunciarla, pero la violencia sexual siempre ha estado ahí, como un testigo silencioso, normalizado y tan interiorizado socialmente, pero el “me too”, tantas famosas alzando la voz y el constante “si tocan a una respondemos todas”, nos han dado el valor de no callarnos más. Porque si en una habitación llena de personas piden que levanten la mano las mujeres que han sufrido violencia en alguna de sus formas, te sorprenderá el resultado.

Esta historia viene del 23 de julio de 2017, comienza como muchas otras, no era un día en el que se esperara mayor sobresalto: Julieta trabajaba en una cafetería desde algunos meses atrás y como era costumbre, ese sábado había decidido ir de fiesta con sus compañeros. Al término de la jornada laboral, pasaron por ella a su casa, tenían todo listo: comida y algo de alcohol. Ese día la fiesta sería en una de las casas de Beto, lejos de la ciudad para poder acampar y hacer una fogata.

Cerca de la medianoche, todos llegaron al lugar, escuchaban música, asaron malvaviscos y bebían un poco de cerveza. Al cabo de un rato, el anfitrión comentó que había un cementerio y una cancha de básquetbol cerca del lugar y propuso ir a caminar hacia esos lugares, a lo cual todos accedieron, un tanto porque el alcohol comenzaba hacer estragos en el organismo de los presentes y otro más para buscar aventura.

Todo marchaba bien, caminaron hacia ambos lugares sin más contratiempo; no obstante, al regresar de la cancha de básquetbol, Julieta comenzó a sentirse mareada, tropezó y Pablo la ayudó a continuar de regreso. Al llegar a la casa, comenzaron los shots de ese amargo licor, el tequila; uno, dos, tres, cinco… Julieta perdió la cuenta al grado de perder la conciencia, Pablo le insistió que se recostara un momento en la habitación para que se sintiera mejor, ella accedió, él la acompañó, cerró la puerta y la fiesta continuó.

Momentos borrosos y pocos recuerdos fueron lo que siguió en la mente de Julieta, cerró los ojos un momento y al instante siguiente tenía el busto descubierto y el pantalón desabrochado, de un lado de la cama estaba Beto y del otro Manuel, su hermano, una silla atrancaba la puerta para que nadie pudiera entrar. Ella quedó en shock sin saber qué había pasado, cerró los ojos otro instante y después vio entrar a Pablo, quien le dio un puñetazo a Beto en la cara, él solo dijo: “es mi vieja, ella me dijo que quería”.

Julieta sin saber qué hacer y al escuchar los gritos de todos, se vistió, luego se levantó de la cama y salió de la habitación, le pidió a Ana que buscara su celular, fueron por él al camino, subieron las cosas al automóvil mientras intentaban separar a Beto y a Pablo, él estaba furioso por lo que Beto (había o no hecho).

Condujeron a casa de Ana, todos decían que Julieta no podía volver así con sus papás. Fueron a casa de Ana, nadie sabía qué decirle a Julieta, Ana solo murmuró: “duerme, te sentirás mejor en un rato”; así fue y tras dos horas, Julieta despertó, dijo que quería ir a su casa, nadie se opuso. Comenzó a caminar, una calle tras otra, sabía a dónde dirigirse, pero en su mente no era ella.

Al llegar, sus padres le preguntaron cómo le había ido, ella solo dijo “bien”, sin más atención, se bañó y continuó con lo planeado para ese día.

Al pasar el tiempo, tal como cuando comienza a amanecer en el horizonte después de una larga oscuridad, los recuerdos volvían a Julieta: detalles de lo ocurrido ese sábado 23 de julio, pero tenía que seguir trabajando en la cafetería en donde Beto era su compañero, un día como si nada hubiera ocurrido, él se acercó y le dijo: “oye, estuve pensando en lo que pasó el sábado y solo quiero decirte perdón”, ella ni siquiera lo volteó a ver.

Cansada de tener que convivir con Beto, Julieta le contó a la encargada de la cafetería. Julieta nunca la había visto tan enojada, con la dueña no ocurrió lo mismo, ella solo dijo que no podía hacer mucho, porque “había ocurrido fuera del horario laboral”; Julieta solo pidió que no tuviera que volver a trabajar con él.

Una semana después decidió que era momento de hablarlo con sus padres, esa noche al salir del trabajo y llegar a casa, ella estaba tan nerviosa, lo único que pensaba era lo mucho que la iban a regañar, sus papás le dijeron: “tuviste que haber tomado menos, para poder defenderte”, se sentía llena de rabia. Su padre le sugirió que acudieran a dependencias locales para denunciar y que tomara terapia psicológica, después de muchas lágrimas y algunos abrazos, ella aceptó.

Al día siguiente su padre la acompañó, pero en el Ministerio Público, Julieta recibió comentarios como “te van a preguntar todo muy puntual y si no te acuerdas, mejor ni te desgastes”, o “si no recuerdas lo que pasó y no hay testigos, no podrás hacer nada”, ahí vio que legalmente no podría hacer nada, así que solo accedió a tomar terapia psicológica. Ese día, al llegar al trabajo, ella le contó a Ana todo lo que le habían dicho al querer tomar acciones legales, su amiga trató de consolarla: “tranquila, ya hicimos memoria todos y no pasó nada, también lo platicamos con Beto”; Julieta sintió de nuevo una rabia inmensa y solo se quedó callada.

Se fue de viaje una semana, la psicóloga le dijo que tenía que estar lejos para no pensar, para no ver a Beto y para meditar lo que decidiría, casi al regreso vio su horario de trabajo de la siguiente semana con tal sorpresa que, tendría que compartir horario con Beto tres días, ahí decidió que no quería seguir en ese lugar. A su regreso, renunció, la dueña solo dijo que no quería que se fuera, pero que no podía hacer nada; tiempo después, Julieta se enteró que habían ascendido a Beto y ahora era gerente del lugar.

Tal vez las ideas en la mente de Julieta nunca estén del todo claras, tal vez aunque hayan pasado cuatro años siempre será una herida abierta y tal vez Julieta no es real, tal vez su nombre es Itzel Márquez, una víctima más de violencia sexual que no encontró apoyo en la ley, pero que ha seguido con su vida y no, no se trata de quién es víctima y quién victimario, se trata de concientizar, se trata de que NUNCA MÁS UNA MUJER TENGA QUE SUFRIR VIOLENCIA SEXUAL.

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Opinión