enero 27, 2023

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#Si Sostenido

Mi ciudad y la pandemia | Colaboración especial de Jeanne Karen

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Colaboración especial

 

Vienen a mi memoria los primeros versos de Las elegías de Duino, obra del gran poeta Rainer Maria Rilke cuando dice “¿quién si yo gritara, me escucharía entre las órdenes angélicas? Y aun si de repente algún ángel
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos”.

Hoy pienso en el poder de la palabra poética, la facilidad con que domestica toda realidad, la contundencia con la que nos explica la miseria que se yergue ante nuestros ojos, pero como nos quedamos atónitos no podemos describirla tan puramente. Estamos ante lo enorme y ante lo desconocido, elementos que nos atacan por ambos flancos, no sabemos discernir de pronto, ni distinguir qué es exactamente lo que sucede y qué se espera de cada uno de nosotros como habitantes de un mundo donde el poder de la naturaleza decidió cambiar nuestro destino sin avisarnos, igual que ese ángel imaginado que abrazaría al poeta hasta destruirlo, así de pronto casi de la noche a la mañana nos hemos convertido en seres más vulnerables de lo que fuimos hasta hace relativamente poco tiempo.

Con estos pensamientos y una mirada poética, lo quiera o no, salgo a las calles y trato de colmar mi paseo de rostros, aromas, colores, sabores, pero encuentro solamente la zozobra, la propia y la de los otros, tengo preguntas y más que eso, preguntas sin respuestas.

Las calles han cambiado, la ciudad se vuelve otra, el vacío es ahora también un lugar, un día, una hora, un amigo que ya no está, el vacío es una tormenta, una calma aparente, la esperanza en quién sabe qué.

Para reconocer las formas de la ciudad, ¿qué será necesario?, puedo imaginar los escenarios, tantos modos de estar otra vez en los sitios donde estuvimos cientos de veces, donde fuimos los que fuimos, donde amamos, donde soñamos, pero nada será lo mismo, nada será igual porque nosotros hemos cambiado, algo nos sacudió y ahora no encontramos de pronto quiénes somos, ni podemos todavía decidir lo que será el futuro,  la forma de experimentar de nuevo lo que solíamos llamar de una forma natural e individualista la vida.

Hay algo que es ineludible ahora, hay que mirarse a uno mismo, soportarse, convivir a lo largo de todas las horas con la única cosa de la creación, que aunque no fue hecha por nuestras propias manos, sí nos representa en su totalidad, compleja o no: nuestro ser, con lo que eso significa, habrá que lidiar con pensamientos, deseos, miedos, impulsos, por eso tal vez nuestras vidas de antes eran más llevaderas, no teníamos que tolerar a ese uno mismo todo el tiempo, porque el otro o los otros son distracciones que nos permiten perdernos, esfumarnos por instantes de un pesado y puro yo.

La ciudad parece seguir a pesar de nosotros, todavía brillan los anuncios neón y pasa uno que otro vehículo, una persona a lo lejos se dirige al trabajo o al médico, la basura sigue como por generación espontánea, la muerte, la vida, la riqueza, la pobreza, el orden de todas las cosas y su sinfonía eterna, pero ahora con el covid-19 tendremos que aprender otro baile, otra forma de llevar el ritmo sobre cada urbe del mundo, la enfermedad ha sido una prueba más para la dura especie que somos.

Jeanne Karen (San Luis Potosí, mayo de 1975), poeta y editora. Tiene doce libros publicados, entre ellos: Canto de una mujer en tierra, Cuaderno de Ariadna, La luna en un tatuaje, El club de la tortura, Hollywood, Cementerio de elefantes, El gato de Schrödinger y algunas antologías. Su obra ha sido difundida en varios medios impresos y electrónicos. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios como el Premio Manuel José Othón y el Salvador Gallardo Dávalos. Actualmente se encuentra preparando dos libros de poesía y una novela.

*Versión de José Joaquín Blanco (publicado en La iguana del ojete en 1993)

#4 Tiempos

La Huasteca Autónoma | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

En mi juventud (ya perdida) fui testigo en varios momentos críticos de la historia político-partidista reciente (no tan reciente) de que la “gubernatura de San Luis Potosí se gana con la Huasteca”. Es decir, que es sabido que, por mucha preferencia electoral que tenga un candidato en la capital, no gana una elección sin haber consensuado su victoria con la Huasteca, pero ¿en qué consiste específicamente este consenso y qué es la Huasteca?

En realidad, nadie sabe exactamente qué es la Huasteca. Aparentemente, es una región ubicada en la cercanía del Golfo de México y la Sierra Madre Oriental que va desde Tamaulipas hasta Veracruz e Hidalgo, pero puede llegar hasta Querétaro y quizá alguna vez alcanzó hasta Guanajuato. Una buena parte de San Luis Potosí es Huasteca. Pero como desde hace muchos siglos ha sido una región ocupada, no se sabe si huasteco es el ocupado o el colonizador. Probablemente los tének colonizaron esta región hace dos mil años, luego los nahuas los alcanzaron, siguieron los españoles, luego los rancheros y, por último, los turistas. Los tének dicen que huastecos son los nahuas; los nahuas dicen que huasteco es el “mestizo” que vive en las cabeceras municipales (o sea, los rancheros) y estos a lo mejor sí se aceptan como tales. No nos podríamos poner de acuerdo en esto, porque los turistas le dicen huasteco a todo lo que tenga cascadas.

Durante décadas -es decir, todo el siglo XX- se conformó una estructura clientelar en la Huasteca, dominada por una minoría: los no indígenas (o sea los rancheros terratenientes huastecos) ocuparon los puestos de decisión (presidencias de partidos, ayuntamientos y cabildos). La población indígena acató los lineamientos de organización política y electoral del estado, por medio de una estructura basada en partidos políticos. Los indígenas eligen al partido político de su preferencia para colocar a un ranchero como su presidente municipal. Los indígenas del PAN se pelean apasionadamente contra los indígenas afiliados al PRI para colocar a su ranchero-candidato. Poco se repara en que el candidato del PAN es un ranchero primo del candidato del PRI (en esos lugares todos son parientes) y que, aunque gane uno u otro, seguirán siendo rancheros que tienen la sartén por el mango para decidir el futuro económico de ese municipio. No tengo nada contra los rancheros en lo particular: al contrario, soy fan de sus quesos y de la cecina huasteca.

Cuando los turistas visitan la Huasteca y ven su riqueza y majestuosidad siempre se preguntan:

¿Por qué los indígenas son pobres si tienen tantos recursos?

Se responden a sí mismos una sarta de respuestas equivocadas que no voy a comentar aquí porque al decirle huasteco a todo, piensan que tan huasteco es un ranchero terrateniente como la señora con petop que les vendió el zacahuil que se zamparon.

Durante todo el siglo XX, los rancheros terratenientes gobernaron la Huasteca y es con ellos con quienes el candidato a gobernador tiene que acordar su victoria y aquí entra la famosa frase “No se gana sin el apoyo de la Huasteca”.

Bueno, pues esta situación está por terminar.

Las comunidades indígenas de los municipios de Tanlajás, San Antonio y Tancanhuitz llevan años solicitando al Congreso del Estado y al Consejo Estatal Electoral y de Participación Ciudadana (CEEPAC) ser escuchados pues no quieren seguir participando de un sistema que los pone en desventaja electoral, política, social y económica frente a una minoría.

Quieren elegir a sus autoridades bajo sus propios usos y costumbres.

Quieren desarrollar sus propios proyectos productivos porque como todos los mexicanos tienen derecho a decidir por su propia prosperidad.

Están hartos de ser pasivos en el desarrollo de su propia tierra y que los de afuera les digan qué es lo bueno para ellos.

Así que más de 120 comunidades tének y nahuas y cientos de localidades con una sentencia del Tribunal Federal Electoral en su mano exigen al CEEPAC y al Congreso del Estado que se respeten sus derechos político electorales, para abrir paso a la elección por usos y costumbres indígenas, en congruencia con lo que establece la Constitución: “…la Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas…”.

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#4 Tiempos

Una historia de derechos humanos | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Se acerca diciembre, mes en el que evaluamos cuánto de lo propuesto se cumplió. Yo me propuse desde hace meses narrar una historia de lo más sorprendente que me pasó en este 2022.

Comienzo esta narración reconociéndome una capacidad perfeccionada de estar cerca de las situaciones más insospechadas, en vez de verlo como un defecto (una persona bien poco agradable un día me lo reprochó: “León, ¿por qué siempre, siempre te metes en líos?) lo veo con optimismo y poca humildad, como una de mis virtudes más presumibles. Faltaba más: por eso soy antropólogo, documento y registro situaciones sociales y entre más extrañas y peligrosas, mejor.

Sucedió pues de que estaba yo en la Central Camionera de Morelia, el mero Domingo de Pascua, último día de vacaciones de Semana Santa. Sí, el peor día para tomar un autobús de vuelta a casa, al San Luis de las Tunas. Filas y filas de gente desesperada en todas las líneas. Era la época en que el COVID todavía asustaba y las multitudes intentaban guardar infructuosamente su distancia, con su cubrebocas y poniéndose gel en las manos.

En el mostrador de ETN estaban 2 señoritas atendiendo a los pasajeros. Frente al mostrador, en el piso, estaban pegados unos círculos rojos que indicaban el lugar en que cada cliente debía ubicarse. Sin embargo, solo había una fila con 12 personas formadas y el resto de círculos rojos ahí solitos. Pensé en formarme en una fila vacía y ahorrarme unos 20 minutos, pero me pareció extraña la situación y mejor le pregunté a la última persona formada:

  • Disculpe ¿esta es la fila para comprar boletos…?

La señora me miró pensando en lo tonto de la pregunta (“no, es la fila para comprar filetes de pescado”), me respondió un lacónico “sí” y me formé, como el ciudadano obediente y decente que soy. Luego de mí, llegaron otras y otros que hacían la misma pregunta tonta al último formado. Entonces sucedió: un hombre en short y con playera de quien acaba de llegar de la playa observa una fila enorme de 15 personas y toma la decisión de pararse en el primer círculo rojo abandonado.

Tiene razón, pensé. Ahí están las marcas, que claramente tienen el letrero pintado “párese aquí” y espere su turno, pero mi experiencia me hace saber que, aunque una institución ponga reglas, la mejor manera de meterse en problemas es seguir esas reglas, siempre hay que esperar a ver qué pasa. Efectivamente sucedió: cuando el hombre quiso pasar, la señorita le dijo: fórmese en la fila y él respondió, “yo me formé en donde la empresa puso las marcas de las filas”. La señorita se molestó y le ordenó al señor que se formara en la fila de ya 20 personas que veíamos la situación. Como el hombre no se quiso mover de ahí hasta ser atendido, la señorita 2 llamó a la otra señorita 1 para explicar entre las dos que, aunque la empresa puso esas marcas en el piso, no había que hacerles caso: es una trampa para ver quién cae. Luego, llamaron al gerente de ETN, quién creyó que si ponía su semblante más amargado y gritaba iba a poner en su lugar al cliente que estaba cada vez más ofendido.

Aquí es donde intervengo yo: me salgo de la fila y voy y le digo al gerente: “El señor tiene razón, ustedes pusieron esas marcas, yo mismo me hubiera formado, pero se trata de una cuestión cultural, claramente él es extranjero y no tiene por qué saber que en México hay que preguntar en la cola de las filas, por favor atiéndalo ya y ayude a que la fila avance”. Lo más sorprendente del caso fue que el hombre me contradijo hablando un español perfecto: “No, no se trata de una cuestión cultural, sino de educación y de orden, que la empresa respete sus propias reglas”.  Wuao.

¿Cómo supe que era extranjero? Por un detalle que he omitido intencionalmente: el hombre era negro y aquí entró un prejuicio mío, supuse que era extranjero por su piel y que era turista por su atuendo.

Mientras el gerente de ETN gritaba y manoteaba, el señor se recargaba en el mostrador desafiante y tranquilo a la vez. Una señora mayor y de tez blanca se formó en una de las filas vacías e inmediatamente fue llamada al mostrador. Entonces sí, el señor reclamó y argumentó que se trataba de un caso de evidente discriminación racial, a él lo formaban y a la señora la dejaban pasar. El gerente no pudo más y llamó a la policía. Entonces saqué el celular y me puse a grabar, porque pensé que se iban a llevar al señor detenido por formarse en una fila de trampa.

Arribaron corriendo las fuerzas de la policía privada que cuida la Central Camionera (en estos casos, la policía llega bien rápido). El jefe y tres de ellos se fueron contra el señor y otro contra mí por estar grabando. Aquí entran discusiones del tipo “¿qué estás grabando?” “Lo que me da la gana, señor”, “no puedes grabar aquí” “¿por qué no?”, “lo dice el reglamento”, “tráigame el reglamento”. Etc. Hubo un momento de máxima tensión cuando los policías intentaron llevar el conflicto a un terreno físico.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Los policías poco a poco se empezaron a retirar y solo quedó el jefe que le ordenó al último guardián del orden que me dejara en paz. Yo estaba a un turno para llegar al mostrador a comprar mis boletos, pero seguí grabando.

El hombre ofendido le reprochaba al jefe policía, dónde estaba su placa y le recordaba todos los artículos del reglamento que estaba incumpliendo. Le pidió ciertos papeles que el policía también incumplió y le advirtió: “tú vas a escribir tu informe y ahí vas a poner que incumpliste este procedimiento, y este y esto más y si no lo pones, yo me voy a encargar de que además seas sancionado por ocultar información, esto que hiciste es muy grave”. El policía se iba haciendo chiquito, chiquito, chiquito. El gerente de ETN desapareció de la escena y la señorita 1 atendió al hombre y le despachó sus boletos.

La señora mayor seguía ahí esperando. ¡Iba en compañía del hombre!

Pero la historia aun no acaba, viene lo mejor.

El señor me pidió mi teléfono para compartir los videos, pues estaba decidido a denunciar formalmente a la empresa ETN y a los policías. Me dijo: “Esto no puede seguir pasando en este país” y nos despedimos. Minutos más tarde, mientras comía una torta deliciosa en un lugar privilegiado (y casi secreto) de la central camionera me llegó un whatsapp de mi nuevo amigo. En su foto aparecía él, de traje, sentado en un escritorio, junto a las banderas de México, de la Comisión Internacional de Derechos Humanos y de la ONU. Lo busqué y resultó que se trataba de un alto comisionado que asesora al Gobierno de Michoacán en este tema de los derechos humanos. ¡ja!

Hace unas semanas recibí un mensaje de él. Me relataba que su denuncia fructificó: la empresa ETN debe solicitar disculpas públicas y desarrollar talleres y cursos para preparar a su personal en Derechos Humanos y evitar a toda costa actos de discriminación. Yo añado: No estaría mal también una asesoría en manejo de las filas de clientes.

Estimadas y cultas lectoras de La Orquesta: este es el mensaje para las empresas y gerentes discriminadores: Nunca saben cuándo están en la mira.  

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#4 Tiempos

La competencia en competencia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

Un logro más de este gobierno fue recientemente anunciado por la Secretaría de Educación: no habrá más reprobados, la calificación mínima de cualquier estudiante será 6. En el momento que leí la nota, cruzaron por mi mente tantas noches en vela pensando cómo iba a aprobar el examen de Química Orgánica o el de Biología (una maestra nos obligó a memorizar las tres eras geológicas con sus respectivos períodos y temporalidades) o el de Etimologías (nos obligaban a memorizar los cinco modelos de declinación del latín). Muchos de esos días los viví convencido que no iba a terminar la preparatoria y de que no merecía existir.

En aquel tiempo, la excusa para torturar estudiantes era la competencia, entendida como “la sobrevivencia del más apto”. Se nos atemorizaba, diciéndonos que “allá afuera” en el mundo “real” y no en nuestras vidas de pacotilla, había que competir por todo y sólo el más apto sobrevivía y si se trabajaba tenazmente se podía hasta “triunfar”. Se nos explicaba, ya en tono buena onda, que la verdad de esta postura descansa en la naturaleza: Darwin había descubierto que la evolución se basaba en la competencia entre individuos y especies. El universo entero era una jaula de lucha libre: todos contra todos (o una fiesta de Gobierno del Estado en tiempos de Toranzo). Acto seguido, nos pasaban a la clase de religión y ahí nos explicaban cómo Noé diseñó el arca para que las jirafas no se pelearan con los rinocerontes.

No quiero entretenerla mucho cuestionando estas ideas, pero déjeme separar algunas piedritas de este arroz. La frase de la supervivencia del más apto no fue de Darwin sino de Spencer (Darwin dijo “adaptado” y Spencer dijo “apto”, que no son lo mismo). Si Darwin vio competencia entre especies fue porque su modelo lo tomó del capitalismo bebé, pues cuando Darwin vio las tortugas galápagos no tenía ninguna formación como biólogo, pero sí conocía a Adam Smith y a Thomas Malthus. Siendo estrictos Darwin casi no habló de evolución, sino de origen de las especies y podría decirse que hasta antievolucionista era, en el sentido que Darwin pensaba que cada especie estaba adaptada a su medio ambiente y esto no significaba ser mejor o peor. De hecho, parece que le molestaba la arrogancia del ser humano de sentirse superior al resto de las especies: todos estamos adaptados a nuestras circunstancias y en la naturaleza no hay circunstancias mejores que otras. ¿Entonces la naturaleza está en competencia o no? Pues cada quién ve lo que le conviene, pero en la naturaleza operan otros muchos procesos además de la competencia.

Hasta aquí, estimada y culta lectora de La Orquesta, parece que trato de convencerla de unirse al movimiento contra la competitividad que ha lanzado la SEP, pero nada de eso. Yo me declaro un defensor de la competencia, no por los argumentos evolucionistas, ni por defender al capitalismo transnochado, sino por la simple razón que la competencia genera felicidad y cuando no la hay se reciben amarguras tremendas

. Le propongo algunos ejemplos: 

Casi toda persona ha tenido que comer una torta de central camionera. Las venden en localitos ubicados en la zona de andenes, para aquellos pasajeros de paso que tienen 15 minutos antes de abordar su camión. Seguramente son las peores tortas del mundo: insípidas, vacías, con ingredientes de mala calidad ahumados con diesel, preparadas de mala gana y carísimas. Se trata de tortas carentes de competencia. Esos torteros se aprovechan de que sus clientes nunca son los mismos y no hay manera de reclamarles. Quienes hemos pagado $60.00 pesos por una torta de esas es porque el instinto de supervivencia obliga a comer lo que sea antes de morir de hambre.

El segundo ejemplo es el SAT. Si hubiera dos SAT en competencia por captar contribuyentes, el servicio mejoraría muchísimo: imagine que usted llega a las oficinas a preguntar cualquier cosa y lo recibe una chica qué le orienta con amabilidad. “No haga filas, venga a este SAT, su SAT de confianza” o “No permita que lo traten como ganado, aquí todos nuestros contribuyentes son personas”. Sin regaños, sin páginas indescifrables, sin laberintos burocráticos, sin trámites innecesarios. ¡Qué maravilla! Hasta dan ganas de pagar impuestos.

El tercer ejemplo está en la llamada “Liga Mx”. También se trata de un monopolio. Los espectadores no tenemos de otra: vemos un juego del San Luis contra el Puebla o renunciamos a nuestra afición futbolera. Con una tenacidad notable, la Liga Mexicana de Futbol ha logrado lo que parecía imposible: quitarles a los deportistas las ganas de competir. Decisiones como que el último equipo ya no desciende a la liga inferior o limitar el número de jugadores extranjeros dizque para “proteger” al jugador mexicano producen resultados “más peores” que las tortas de la Central Camionera, les faltó decir que, en adelante, ya no habrá equipos perdedores, todos somos ganadores por decreto de la SEP.

Fíjese que, la solidaridad es la competencia de la competencia y también es muy necesaria, pero de eso platicamos otro día.

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Opinión