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#Crónica | Ver la vida a 90 grados

Historias para perros callejeros

Por: Luis Moreno

A 90 grados, tal vez porque eres un radio, te vuelves más consciente que nadie de que la vida, la tuya y la de todos, no es más que un círculo de eternas repeticiones: levantarte a trabajar a las cinco treinta am; limpiar la misma escalera y pasillos de ayer; comprar un café y tres gorditas para hacer tu única comida del día; buscar si en otra de las casas o en las notarías, de la calle Miguel Bernal Jiménez, necesitan que hagas algo por ellos; para a las nueve o diez de la noche volver a la cochera del edificio de departamentos donde iniciaste en la mañana, tender tus cobijas y cartones y dormir sobre ellos. Así hoy, como los últimos 27 años, tal vez sean menos o muchos más. Qué más da.

Cuando vives a 90 grados, varias veces a la semana sueñas con la Virgen del Carmen. La ves rodeada de un resplandor hermoso, no atinas a hablarle, pero despierto lo único que le pides es que te deje morir de asfixia: en cualquier instante llega el momento y la máquina se apaga en diez minutos, mejor así que por esa medicina que te dieron cuando te abrieron el coco, esa es la responsable de que cada vez tengas menos fuerza para pararte derecho y todo porque el doctor no te dio un veneno de los que matan rápido y prefirió uno de esos que hacen morir poco a poco, que te quita los sesos hasta que te quedas sin nada.

A 90 grados te parece que 68 años son suficientes, y lo único que esperas es que el dueño del edificio donde duermes te pague los 58 mil pesos que te debe por doce años de trabajo. Tienes claro que ese día donarás la mitad a los pobres, los maristas y los de la basura, no les vas a agarrar ni para unas Coronitas. Luego comprarás madera para que el carpintero haga la caja en la que te van a enterrar. Uno de estos días el patrón se decide y te los da, pero pobre, no ha podido.

Vivir a 90 grados te da pocas oportunidades de acordarte de tu vida en Guadalajara, o de cuando chambeaste en las ladrilleras allá por las Terceras, o de tu hermano en Alemania, de tus primos de California, o del hijo que tuviste con una muchacha que se parecía a la Virgen de Guadalupe y que te dejó para regresar a su rancho con un chofer que le daba más dinero que tú.

Cuando pasas la vida a 90 grados te viene bien que alguien se te acerque a platicar y te invite una Coca Cola. Le dices que tiene apellido de artista, como Cantinflas (que simpatía del Cantinflas, que sangre liviana, pega con tubo) y él te responde que tu tienes nombre y apellido de político como Manuel Ávila Camacho, sigues la plática aunque no te hizo tanta gracia.

Al final, tu nuevo conocido tiene el descaro de pedirte una fotografía. Aceptas de buena gana, te levantas de tu banco hecho de periódicos y te preparas para darle una sorpresa: ante el escrutinio de la cámara, te yergues como hace tiempo no lo hacías, sabes que desprendes una fuerza de otra era, te sostienes lo más que puedes en esa pose de montaña que habla de una historia que no es la que acabas de contar, hasta que te dicen que la imagen salió bien. Vuelves a tus 90 grados, donde no se está tan bien.

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