junio 2, 2026

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Maradona, transparente a su manera | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Los defectos de Diego Armando Maradona eran perceptibles desde cualquier ángulo. A donde quiera que uno volteara había un rasgo que le hundía. Fuera sus posiciones políticas, sus relaciones sociales o la manera en que conducía su propia existencia, había razones de sobra para confinarlo en la mazmorra. Lo asombroso es que alguien así pudiera brillar. Y él lo hacía. De la misma forma en que su lado obscuro salía sin recato, su talento afloró los suficiente para guardarle un sitio en la posteridad. Maradona era transparente, una cualidad que es de agradecerse en medio de la marea de disimulos que conforma nuestro tiempo.

Sería un error decir que la valía de Diego se sustentaba en el plano lo palpable, esa vulgaridad que podrá quedarse en el ámbito académico. No cometeré la desfachatez. Maradona fue un espíritu romántico y desde ese lado hay que comprenderlo. Cualquier comparación con otro futbolista se desbalancea por este último factor, uno inasible y que cuesta explicar.

Si uno atiende a los números, a las vitrinas o a alguna prueba cuantitativa es probable que un puñado de sujetos se le equiparen e incluso le superen. Por fortuna el futbol, como tantas cosas buenas de la vida, va más allá y atiende a una temperatura, a un recuerdo, a un escalofrío que nadie mide y que no viene en los registros. Cualquiera que haya experimentado la emoción tiene una deuda impagable con aquel tipo imperfecto.

El viejo futbol tenía eso, daba oportunidad a los proscritos, a los que en casi cualquier otra esfera deportiva habrían acabado en la ruina. Alguien con el físico y carácter de Maradona solo tenía cabida en un deporte semejante. En el ejercicio perpetuo de sobreponerse. Ahí un elemento constitutivo de su forma de jugar: se desvivía, por sí mismo, por su país y por los suyos. Ellos lo notaban y le correspondían, ningún otro ha causado el mismo amor.

En la trayectoria profesional de Maradona está el divertimento en comunión con el desespero de saber que no queda de otra. Para los que vienen de la humildad toca romperla en el único reducto que queda, la cancha, la música o, si no, abrazar la miseria. Los de su estirpe no juegan en exclusiva por el simple gusto. En él puedes ver el ansia. El anhelo de revancha que transita a cada paso y que apenas en la gloria compensa lo que la circunstancia le negó.

La transparencia de Maradona destilaba en su llanto, del que Bioy Casares alguna vez se burló. Qué sabía él. Diego lloró sin pudor en múltiples ocasiones, confiriendo dignidad a un acto del que el hombre se priva por alguna farsa que no se sabe muy bien de dónde salió.

En un entorno tan de barrio como el suyo, y más con un personaje como el que cargaba, uno podría pensar que tirarse a llorar sería un desatino que lo haría víctima del escarnio, y al final resultó que no. Diego abrió otra brecha en el plano del sentimentalismo. En un conglomerado de machos mostró que el más grande y rupestre de ellos se podía derrumbar y dar muestras de cariño sin sentirse culpable por ello. En consecuencia los demás podían hacerlo también. Un alivio.

Soy propenso a buscar la belleza ahí donde está la obscuridad y Maradona era un manto surtidor al respecto. No era un hombre higiénico y dentro de la cancha tendía a lo impúdico (no se diga fuera de ella). Pienso en el gol más importante de su carrera. El segundo gol que anotó contra Inglaterra en el mundial de México 86. Tras el pecado celestial de la llamada “mano de Dios”, Maradona se redimió con un gol que en un plano de justicia debía valer por dos, aquel en el que tomó el balón por detrás de media cancha y que llegó a las redes tras driblar a cinco rivales. Pero lo más importante es el momento peor: la definición. La épica de anotar en plena caída, ya sin vocación estética, titubeante, al borde del fracaso, deshecho, el último aliento que no obstante se engancha al milagro.

La narración clásica de Víctor Hugo Morales sigue un patrón similar al del gol, así que, valga la obviedad, es la compañía idónea. Junto a las imágenes conforma lo mejor que Argentina y Uruguay han legado al planeta este que se desploma. De aquella narración que eriza la piel y que deja la lágrima a tiro de piedra, preste atención a los últimos segundos. Tras la euforia de la narración, la frase memorable tras otra —el barrilete cósmico que no se sabe bien de dónde viene —, llega un último aliento, el equivalente al 10 que dispara mientras se tropieza. El “Gracias, Dios. Por el futbol, por Maradona, por estás lágrimas. Por este Argentina 2, Inglaterra 0”, que Víctor Hugo Morales dice desbordado, ya casi sin voz y con el sabor agridulce que supone la vuelta la realidad. El tiempo se detiene ante la magia pero eventualmente regresa.

Vuelvo a pensar en Maradona cuando era un niño, el que tenía tanta habilidad que hizo pensar a un entrenador que el supuesto pibe era más bien un enano. No lo era. Jugaba en su propia categoría y por eso es inigualable. Lo dicho, muchos otros quizá le hayan superado en aptitud, en trofeos, en números. Que se queden con las estanterías que no se comparan a eso otro, lo insabible. La inspiración que irradia en los niños, el ánimo poético, apasionado. El de las frases memorables que no se sabe cómo es que una cabeza como la suya concibió. El que te anima en la penumbra y que en su biografía misma constituye una tragedia que suma a su leyenda.

Diego Armando Maradona, un hombre que asumía sus pecados y que, como él mismo dijo, los pagó. La segunda mitad de su vida fue una prolongada condena. Su ejemplo muestra que más allá de cualquier juzgado o castigo formal, nadie sale indemne y siempre hay un precio que se paga, aunque los demás no lo noten, y a veces ni uno mismo se dé cuenta tampoco.

Maradona seguirá como blanco de críticas a perpetuidad (y hay material de sobra para hacerlo). No seré yo quien recurra ellos ahora, que sean los seres inmaculados los que juzguen sin piedad. Los alaridos ideológicos que intentan imponer silencio al resto. Es probable que la prosapia del personaje pueda medirse por este otro barómetro del que no se dice mucho pero que cuenta un montón: el hecho de que todas esos dardos, todas esas detracciones, no le hagan ni cosquillas a aquel muchacho que un día se propuso darle magnetismo a un balón.

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Panini prepara actualización para reemplazar a los jugadores que no irán al Mundial

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La FIFA confirmó que el Mundial 2030 será el último álbum oficial elaborado por Panini

Por: Redacción

La publicación de la convocatoria definitiva de la Selección Mexicana para el Mundial 2026 dejó en evidencia uno de los problemas históricos del álbum Panini: las plantillas impresas rara vez coinciden con las listas finales de los entrenadores.

En el caso de México, la diferencia es notable. De los 18 futbolistas que aparecen en las estampas oficiales del álbum, únicamente 12 fueron convocados por el técnico Javier Aguirre para disputar la Copa del Mundo.

Entre las ausencias más llamativas destacan los tres porteros elegidos por el “Vasco”: Guillermo Ochoa, Raúl Rangel y Carlos Acevedo, quienes no aparecen en el álbum.

También quedaron fuera de la edición base futbolistas como Luis Romo, Luis Chávez, Julián Quiñones, Álvaro Fidalgo y Gilberto Mora, entre otros.

Por el contrario, sí aparecen en las estampas seis jugadores que finalmente no fueron considerados para la justa mundialista, entre ellos Hirving Lozano, Diego Lainez, Carlos Rodríguez y Érick Sánchez.

La explicación es sencilla: Panini debe imprimir millones de álbumes y estampas varios meses antes del inicio del torneo, cuando las selecciones aún no anuncian sus convocatorias definitivas.

Para resolver estas diferencias, la empresa italiana lanzará un “Update Set”, un paquete especial con aproximadamente 120 estampas que permitirá sustituir a los jugadores descartados y agregar a quienes sí estarán en la Copa del Mundo.

Este kit llegará previsiblemente entre finales de junio y principios de julio y tendría un costo cercano a los 570 pesos.

Entre las incorporaciones más esperadas se encuentra la del astro brasileño Neymar, quien no apareció en la impresión original pero sí fue considerado para el torneo.

En el caso de México, el paquete permitirá reemplazar a los futbolistas que sí tienen estampita, pero que finalmente no formarán parte de la convocatoria de Javier Aguirre.

La edición de 2026 también llega en medio de una noticia histórica para los coleccionistas.

La FIFA anunció que firmó un acuerdo de largo plazo con Fanatics y Topps para producir los coleccionables oficiales de sus torneos a partir de 2031.

La decisión pone fecha de caducidad a una de las tradiciones más emblemáticas del futbol mundial: el Mundial de 2030 será el último en contar con un álbum oficial elaborado por Panini

La relación entre la FIFA y la editorial italiana comenzó en 1970, precisamente durante la Copa del Mundo celebrada en México, y concluirá tras seis décadas de colaboración.

Con ello terminará una era marcada por generaciones enteras de aficionados que crecieron intercambiando estampas, buscando la figurita imposible y completando álbumes mundialistas cada cuatro años.

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SLP acaricia las 100 medallas en la Olimpiada Nacional

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Al momento, los atletas potosinos suman 96 preseas, con resultados históricos en deportes como karate y racquetbol

Por: Redacción

San Luis Potosí mantiene una destacada participación en la Olimpiada Nacional 2026, al acumular hasta el momento 96 medallas: 28 de oro, 32 de plata y 36 de bronce, de acuerdo con el más reciente reporte de la Comisión Nacional del Deporte (CONADE).

Entre los logros más sobresalientes, el karate potosino alcanzó por primera vez en su historia el primer lugar nacional con una cosecha de ocho medallas de oro, tres de plata y cuatro de bronce, mientras que el ráquetbol obtuvo el segundo sitio nacional con tres preseas doradas, ocho plateadas y ocho más de bronce.

En materia individual, atletas como Paloma Palacios destacan con tres oros, una plata y dos bronces en natación, además de una presea plateada en aguas abiertas

, así como Valeria Juárez, quien conquistó por cuarto año consecutivo el oro en karate y sumó una plata en judo. Caso similar con Orlando Reyna Cano, quien también logró preseas en ambas disciplinas.

La participación potosina continuará esta semana con disciplinas como charrería, con sede en San Luis Potosí, además de gimnasia rítmica, luchas asociadas, levantamiento de pesas, patinaje artístico y de velocidad.

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Columna de Nefrox

La respuesta siempre ha estado en casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Durante años, el fútbol mexicano se acostumbró a mirar hacia afuera cada vez que necesitaba un entrenador. Como si la solución siempre hablara otro idioma o español con diferente acento. Como si la experiencia solo valiera cuando venía de Europa o Sudamérica. Como si aquí no pudiera construirse algo propio.

Y entonces aparece esta final.

Cruz Azul contra Pumas.

Joel Huiqui contra Efraín Juárez.

Dos técnicos mexicanos. Dos procesos jóvenes.
Dos historias que, hasta hace poco, parecían destinadas a esperar más tiempo.

Porque el fútbol mexicano suele ser impaciente con los entrenadores nacionales. Les exige resultados inmediatos, pero les niega margen. Los quiere preparados, pero rara vez les permite equivocarse. Y aun así, aquí están. A noventa minutos (o un poco más) de tocar el campeonato.

Lo de Joel Huiqui tiene algo profundamente simbólico. Un hombre que entendió durante años lo que significa cargar la presión de Cruz Azul desde adentro, ahora intentando devolverle identidad desde el banquillo. Sin reflectores exagerados, sin vender revoluciones tácticas, pero construyendo un equipo serio, compacto y emocionalmente estable. Que en Cruz Azul, después de tantos años de caos emocional, ya parece muchísimo.

Porque este equipo no juega desesperado.
No corre por ansiedad. No se rompe cuando recibe un golpe.

Y eso también se entrena.

Del otro lado aparece Efraín Juárez, quizá el caso más interesante de los dos.
Porque mientras muchos técnicos mexicanos siguen esperando una oportunidad local, él decidió salir. Aprender lejos. Equivocarse lejos. Crecer lejos.

Y eso pesa.

Su paso por el extranjero le dio algo que pocas veces se ve en entrenadores jóvenes mexicanos, una idea clara de juego y la personalidad suficiente para sostenerla. Pumas no es un equipo perfecto, pero sí es un equipo reconocible. Presiona, intenta ser agresivo, ocupa espacios con intención.

Tiene identidad.

Y en una liga donde muchos equipos cambian de rostro cada tres jornadas, eso ya es una ventaja enorme.

Por eso esta final importa más de lo que parece.

Porque sí, hay un campeonato en juego. Sí, hay historia, afición y presión. Pero también hay un mensaje. Uno que el fútbol mexicano llevaba tiempo necesitando escuchar.

Que los entrenadores mexicanos no tienen que esperar eternamente para estar listos. Que la juventud no es incapacidad. Que las ideas nuevas no necesariamente vienen de afuera.

Y quizá lo más importante: que un técnico mexicano también puede construir equipos modernos, competitivos y emocionalmente fuertes.

Cruz Azul puede romper otra barrera emocional levantando el título con Huiqui. Sería una especie de reconciliación con su propia historia, un hombre de casa devolviendo estabilidad donde tantas veces hubo caos.

Pumas, en cambio, puede confirmar algo distinto con Efraín Juárez, que el técnico mexicano también puede evolucionar, viajar, aprender y regresar más preparado que nunca.

Las dos historias tienen valor.

Las dos se sienten necesarias.

Y quizá por eso esta final tiene algo diferente. Porque más allá de quién levante el trofeo, el fútbol mexicano ya ganó una pequeña batalla que llevaba años perdiendo silenciosamente.

La de volver a confiar en los suyos.

En jóvenes entrenadores mexicanos que dejaron de pedir permiso para competir. Y que ahora, desde los dos banquillos más importantes del país esta semana, están demostrando algo que parecía olvidado, que el futuro también puede hablar con acento mexicano y que la respuesta, siempre estuvo en casa.

 

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