julio 29, 2021

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Maradona, transparente a su manera | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Los defectos de Diego Armando Maradona eran perceptibles desde cualquier ángulo. A donde quiera que uno volteara había un rasgo que le hundía. Fuera sus posiciones políticas, sus relaciones sociales o la manera en que conducía su propia existencia, había razones de sobra para confinarlo en la mazmorra. Lo asombroso es que alguien así pudiera brillar. Y él lo hacía. De la misma forma en que su lado obscuro salía sin recato, su talento afloró los suficiente para guardarle un sitio en la posteridad. Maradona era transparente, una cualidad que es de agradecerse en medio de la marea de disimulos que conforma nuestro tiempo.

Sería un error decir que la valía de Diego se sustentaba en el plano lo palpable, esa vulgaridad que podrá quedarse en el ámbito académico. No cometeré la desfachatez. Maradona fue un espíritu romántico y desde ese lado hay que comprenderlo. Cualquier comparación con otro futbolista se desbalancea por este último factor, uno inasible y que cuesta explicar.

Si uno atiende a los números, a las vitrinas o a alguna prueba cuantitativa es probable que un puñado de sujetos se le equiparen e incluso le superen. Por fortuna el futbol, como tantas cosas buenas de la vida, va más allá y atiende a una temperatura, a un recuerdo, a un escalofrío que nadie mide y que no viene en los registros. Cualquiera que haya experimentado la emoción tiene una deuda impagable con aquel tipo imperfecto.

El viejo futbol tenía eso, daba oportunidad a los proscritos, a los que en casi cualquier otra esfera deportiva habrían acabado en la ruina. Alguien con el físico y carácter de Maradona solo tenía cabida en un deporte semejante. En el ejercicio perpetuo de sobreponerse. Ahí un elemento constitutivo de su forma de jugar: se desvivía, por sí mismo, por su país y por los suyos. Ellos lo notaban y le correspondían, ningún otro ha causado el mismo amor.

En la trayectoria profesional de Maradona está el divertimento en comunión con el desespero de saber que no queda de otra. Para los que vienen de la humildad toca romperla en el único reducto que queda, la cancha, la música o, si no, abrazar la miseria. Los de su estirpe no juegan en exclusiva por el simple gusto. En él puedes ver el ansia. El anhelo de revancha que transita a cada paso y que apenas en la gloria compensa lo que la circunstancia le negó.

La transparencia de Maradona destilaba en su llanto, del que Bioy Casares alguna vez se burló. Qué sabía él. Diego lloró sin pudor en múltiples ocasiones, confiriendo dignidad a un acto del que el hombre se priva por alguna farsa que no se sabe muy bien de dónde salió.

En un entorno tan de barrio como el suyo, y más con un personaje como el que cargaba, uno podría pensar que tirarse a llorar sería un desatino que lo haría víctima del escarnio, y al final resultó que no. Diego abrió otra brecha en el plano del sentimentalismo. En un conglomerado de machos mostró que el más grande y rupestre de ellos se podía derrumbar y dar muestras de cariño sin sentirse culpable por ello. En consecuencia los demás podían hacerlo también. Un alivio.

Soy propenso a buscar la belleza ahí donde está la obscuridad y Maradona era un manto surtidor al respecto. No era un hombre higiénico y dentro de la cancha tendía a lo impúdico (no se diga fuera de ella). Pienso en el gol más importante de su carrera. El segundo gol que anotó contra Inglaterra en el mundial de México 86. Tras el pecado celestial de la llamada “mano de Dios”, Maradona se redimió con un gol que en un plano de justicia debía valer por dos, aquel en el que tomó el balón por detrás de media cancha y que llegó a las redes tras driblar a cinco rivales. Pero lo más importante es el momento peor: la definición. La épica de anotar en plena caída, ya sin vocación estética, titubeante, al borde del fracaso, deshecho, el último aliento que no obstante se engancha al milagro.

La narración clásica de Víctor Hugo Morales sigue un patrón similar al del gol, así que, valga la obviedad, es la compañía idónea. Junto a las imágenes conforma lo mejor que Argentina y Uruguay han legado al planeta este que se desploma. De aquella narración que eriza la piel y que deja la lágrima a tiro de piedra, preste atención a los últimos segundos. Tras la euforia de la narración, la frase memorable tras otra —el barrilete cósmico que no se sabe bien de dónde viene —, llega un último aliento, el equivalente al 10 que dispara mientras se tropieza. El “Gracias, Dios. Por el futbol, por Maradona, por estás lágrimas. Por este Argentina 2, Inglaterra 0”, que Víctor Hugo Morales dice desbordado, ya casi sin voz y con el sabor agridulce que supone la vuelta la realidad. El tiempo se detiene ante la magia pero eventualmente regresa.

Vuelvo a pensar en Maradona cuando era un niño, el que tenía tanta habilidad que hizo pensar a un entrenador que el supuesto pibe era más bien un enano. No lo era. Jugaba en su propia categoría y por eso es inigualable. Lo dicho, muchos otros quizá le hayan superado en aptitud, en trofeos, en números. Que se queden con las estanterías que no se comparan a eso otro, lo insabible. La inspiración que irradia en los niños, el ánimo poético, apasionado. El de las frases memorables que no se sabe cómo es que una cabeza como la suya concibió. El que te anima en la penumbra y que en su biografía misma constituye una tragedia que suma a su leyenda.

Diego Armando Maradona, un hombre que asumía sus pecados y que, como él mismo dijo, los pagó. La segunda mitad de su vida fue una prolongada condena. Su ejemplo muestra que más allá de cualquier juzgado o castigo formal, nadie sale indemne y siempre hay un precio que se paga, aunque los demás no lo noten, y a veces ni uno mismo se dé cuenta tampoco.

Maradona seguirá como blanco de críticas a perpetuidad (y hay material de sobra para hacerlo). No seré yo quien recurra ellos ahora, que sean los seres inmaculados los que juzguen sin piedad. Los alaridos ideológicos que intentan imponer silencio al resto. Es probable que la prosapia del personaje pueda medirse por este otro barómetro del que no se dice mucho pero que cuenta un montón: el hecho de que todas esos dardos, todas esas detracciones, no le hagan ni cosquillas a aquel muchacho que un día se propuso darle magnetismo a un balón.

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¿Cuáles son los Juegos Olímpicos en los que México obtuvo más medallas?

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Nueve medallas se consiguieron en los mejores y ocho algunas décadas después

Por: Itzel Márquez

Los y las atletas participantes en Juegos Olímpicos han dado a México, a lo largo de la historia, 71 medallas, con las obtenidas en Tokio 2020. La justa en que más preseas ha obtenido nuestro país, fue justamente México 1968, cuando en casa se quedaron tres oros, tres platas y tres bronces.

Las medallas de oro en México 1968 fueron ganadas por Ricardo Delgado y Antonio Roldán en boxeo y Felipe Muñoz en nado.

José Pedraza en caminata, Álvaro Gaxiola en clavados y Pilar Roldán en esgrima obtuvieron las de plata.

Finalmente, Agustín Zaragoza y Joaquín Rocha en boxeo, así como María Teresa Ramírez en nado, obtuvieron el bronce.

Detrás de las nueve medallas obtenidas en tierras mexicanas se encuentran las ocho medallas en Londres 2012: una de oro por el equipo de fútbol varonil, tres de plata en clavados por Iván García y Germán Sánchez y Paola Espinoza y Alejandra Orozco, tiro con arco por Aída Román; así como cuatro de bronce en tiro con arco por Mariana Avitia, Laura Sánchez en clavados, María del Rosario Espinoza en taekwondo y Luz Mercedes Acosta en alterofilia.

Cabe mencionar que, México es el séptimo país de Latinoamérica en alcanzar este número de medallas totales en Juegos Olímpicos, detrás de Estados Unidos, Canadá, Cuba, Brasil, Jamaica y Argentina.

Por otro lado, el deporte en el que más medallas ha obtenido México son los clavados, pues hasta ahora en esta disciplina hay un acumulado de 14 medallas, 13 en boxeo y 11 en atletismo.

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Joaquín Capilla, el máximo ídolo olímpico mexicano

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Sin que nadie apostara por él, 19 años se colgó su primera de cuatro medallas que hoy lo convierten en uno de los mejores deportistas de todos los tiempos

Por: Ana G Silva

Hace dos días las mexicanas Alejandra Orozco y Gabriela Agundez se llevaron la medalla de bronce en la prueba de clavados sincronizados de 10 metros en Tokio 2020. En este deporte muchos atletas de nuestro país han destacado, como fue el caso de Juaquín Capilla Pérez, el máximo medallista en Juegos Olímpicos que ha tenido México.

Joaquín Capilla es considerado como uno de los mejores deportistas mexicanos en toda la historia, pues fue acreedor de cuatro medallas en diferentes justas (una de oro, una de plata y dos de bronce); además fue el primer mexicano en recibir una medalla en la disciplina de clavados en Juegos Olímpicos.

La primera de sus preseas la consiguió a la edad de 19 años, en Londres 1948, los primeros Juegos Olímpicos celebrados después la suspensión de la justa por la Segunda Guerra Mundial, por lo que fueron conocidos como “los Juegos de la Austeridad”.

Joaquín era un novato del cual no se esperaba mucho; sin embargo, regresó a México con una medalla de bronce, obtenida en la plataforma de 10 metros.

Para los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, obtuvo su primera medalla de plata, esto a pesar de que tenía una lesión en la mano izquierda. Además obtuvo el cuarto lugar en las pruebas de trampolín de 3 metros.

Para Melbourne 1956, el clavadista se llevó el bronce a pesar de que en uno de sus saltos cayó de espaldas e hizo un mal clavado en la plataforma de tres metros, aún así se recuperó.

Capilla por fin consiguió su medalla de oro en la plataforma de 10 metros. Con esto se convirtió en el mexicano con más medallas de la historia, ni siquiera la taekwondoín María del Rosario Espinoza y sus tres preseas lo pueden alcanzar.

El clavadista fue galardonado en 2009 con el Premio Nacional del Deporte y un año después falleció de un infarto, a los 81 años de edad, pero su legado legado se puede encontrar en el clavadismo de nuestro país, pues aún hoy es una de las disciplinas en que los y las deportistas más destacan.

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¿Cuál fue la primera medalla que ganó México en unos Juegos Olímpicos?

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Obtenida en polo ecuestre durante la Olimpiada de París 1900, está cargada de anécdotas: desde haber sido ganada por tres hermanos millonarios hasta su robo durante la Revolución Mexicana

Por: Itzel Márquez

Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 iniciaron la semana pasada y México ya consiguió su primera medalla: un bronce en el tiro con arco mixto, gracias a la victoria de Alejandra Valencia y Luis Álvarez, que se impusieron 6-2 sobre el equipo de Turquía. Para recordar algunos momentos importantes del olimpismo mexicano, desde hoy haremos un recuento de aquellas historias que nos han dado momentos memorables, comenzamos, como no podía ser de otra forma, con la primera medalla que obtuvo nuestro país.

En 1900 se celebró en París la segunda Olimpiada de la era moderna, en ella participaron 997 atletas de 24 países y su particularidad más importante fue que, por primera vez, hubo representación femenina: 22 mujeres, un dato tan importante que fue el tema del cartel oficial del evento.

México, que en ese momento se encontraba en pleno auge del gobierno de Porfirio Díaz, no envió a una delegación a los Juegos Olímpicos, pero sí tuvo participación en ellos: nuestro país fue representado por el equipo norteamericano de polo ecuestre, uno de las cinco escuadras de la competencia, comandado por los hermanos Escandón: Eustaquio de 38 años, Manuel de 42 años y Pablo de 44 años, completó el cuarteto William Wright, un estadounidense.

El combinado logró conseguir la medalla de bronce tras un camino que comenzó con una ronda inicial de “todos contra todos”, al equipo de los Escandón le tocó jugar en semifinales contra los Rugby (integrado por ingleses y franceses), quienes se alzaron la victoria, lo que dejó a los mexicanos con el tercer lugar.

Sobre esta medalla hay algunas peculiaridades dignas de contarse ya que nunca existió una medalla como tal, sino que el reconocimiento consistió en una charola de plata, la cual se extravió durante los años de conflicto armado de la Revolución Mexicana.

Durante 101 años, la medalla no fue reconocida para México, debido a que el equipo no era únicamente de mexicanos. Fue hasta el 2001 cuando el Comité Olímpico Internacional (COI) decidió conceder el triunfo, al determinar que se ignorara el hecho de que todos los conjuntos tenían integrantes de diferentes nacionalidades.

Sobre los hermanos Escandón se debe apuntar que en ese momento eran una de las familias más prominentes de México, gracias a que su padre, Antonio, fue uno de los primeros empresarios ferrocarrileros.

El éxito del equipo de polo no debe ser considerado como menor, pues a México le tomaría 32 años volver a ganar una medalla, cuando en las Olimpiadas de Los Ángeles Gustavo Huet se quedó con la plata en el tiro con rifle.

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