#4 TiemposLuces de variedad

Se ríen en tu cara | Columna de Carlos López Medrano

LUCES DE VARIEDAD.

En el ámbito mexicano es notable el desparpajo con el que algunos funcionarios se desenvuelven en la vida pública. Una vez instalados en el cargo, no siempre por méritos profesionales, llega el pavoneo. El papel conferido les hace creer que son entes superiores emancipados de la ciudadanía. Surge la altivez en vez del respeto irrestricto a los contribuyentes a quienes se deben. Una posición con más fisuras de lo que ellos mismos y sus aduladores creen. Una construcción cimentada en el capital político que les otorga la cadena de la llamada vida democrática. Un reducto que no debería estar libre de exigencia y que, habría que recordar, es transitorio, salvo que tengan una formación de carrera. 

La llegada al poder no implica que la gente deba someterse: aún la más pequeña de las minorías, el individuo de a pie, tiene la facultad de hablar de frente, sin complejo alguno, ante quienes se encuentran en el gobierno. Reclamar, exigir, burlarse. Cualquier atrevimiento. Es una lástima que muchas personas renuncien a la potestad del escrutinio y, por el contrario, opten por la subordinación y seguir el juego a servidores públicos que van con ínfulas de héroes cuando más bien están en el polo opuesto de dicha encarnación. Una egolatría que se descubre como un ridículo cuando se le pone en perspectiva: pocos de ellos sobrevivirían en el sector privado, en donde su permanencia no depende la confianza de un líder, sino de otras variables como el esmero y la competencia.

La pleitesía, la admiración infundada y la perpetua sumisión contribuyen a que incluso servidores de medio pelo anden envalentados haciendo cuanto les venga en gana.  Por ello es importante recordar que el camino de servidumbre no ofrece rédito y que, al contrario, da impulso para que los funcionarios actúen con mayor negligencia, a sabiendas de que siempre habrá una comitiva dispuesta a defenderlos. Pase lo que pase tienen un cheque en blanco, no tienen un costo que asumir. De este modo hay quienes están enchufados al presupuesto sin tener apenas consideración por el prójimo, una práctica que se extiende con impunidad, a menos que se ponga de moda otra vez aquello que llamábamos crítica.

El agravio no siempre corresponde a conductas violatorias de la ley (que en teoría deberían ser escrutadas por la función pública), refiero a una dimensión aparte, la pedantería, el cinismo, la frivolidad, el poco respeto hacia la audiencia. La actitud que yace detrás de un subsecretario de salud que ríe en conferencias y recita poemas y trata con desdén a reporteros que cuestionan su labor, esto pese a que es responsable, en parte, de una crisis sanitaria que encapsula tragedia, luto y pérdidas lo mismo económicas que humanas. Alguien que además debería recordar que su desempeño dista de la lumbrera.

El atroz desenfado con el que Hugo López-Gatell se ha dirigido no en pocas ocasiones cobra dimensión al contrastarse con la reacción a las desgracias que hemos presenciado alguna vez en personas anónimas. Piensa en el trabajador que se agobia y anda cabizbajo cuando no ha cumplido con los objetivos que le han trazado en la oficina, o piensa en la enfermera a la que le cuesta dormir por los compañeros a los que ve caer en el hospital; o en el estudiante ojeroso que se agobia por entregar un trabajo que siente no está a la altura de su institución; o piensa en ti mismo, cómo te pones ante el infortunio, aunque sea nimio, que cargas como una losa y que te hace difícil reír aunque te lo propongas.

Toda esa aflicción es síntoma de entrega, de empatía, de asumir el peso de la responsabilidad. Quien, en cambio, actúa con ligereza ante tragedias mucho mayores, con risas, con necedad, con soberbia, con evasiones, da cuenta de un desajuste moral que no habría que consentir.

A los servidores públicos no se les pide abandonar su derecho a divertirse, de salir a pasear, de disfrutar de su vida privada, todo ello es necesario para mantener la cordura y seguir funcionando. Derrumbarse no es opción. Tampoco se espera que se quiebren en medio de sus labores, la entereza en necesaria para avanzar ante la crisis. Eso sí, un poco de pudor no les vendría mal. Un mínimo de contención en las formas que sea complemento de los quehaceres del día a día. Una muestra de respeto como la que se pide en momentos delicados. Ni siquiera las veinticuatro horas. Tan solo en esas conferencias y eventos públicos dedicados a dar cuenta de la pesadilla en que estamos inmersos.

El comportamiento, en todo caso, no es aislado, más bien es un fenómeno que ha arreciado en el caso mexicano durante los últimos años. Una característica que habría que menguar. La complacencia ante a la conga como pivote de gobierno tiene consecuencias. Es una vía libre al cinismo. El uso de la tarima para hacer un circo puede tener beneficios en lo que respecta al arrastre popular, sí, aunque con un duro revés: extiende la falta de seriedad a la esfera de la administración pública, una a la que hay que exigir mayor rigor. Y demandar sin complejos, no como si estuviera poblada de filántropos que nos hacen el favor, sino por lo que es, un espacio infestado de gente con sueldos por encima de la media por las que uno esperaría un desempeño más digno y con miramientos. El gobierno no es su taberna, mucho menos una sala de juegos para reírse en nuestras caras.

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