enero 19, 2022

Conecta con nosotros

#Si Sostenido

Lo que somos en el desvelo | Columna Carlos López Medrano

Publicado hace

el

MEJOR DORMIR.

Quizá nunca seamos más nosotros mismos que en los minutos previos al sueño. En los momentos de madrugada en los que ya todos duermen, excepto tú que resistes y luchas por tener un último suspiro de lectura, música o de viejas ilusiones. Todo eso de lo que te habías olvidado y que, en medio del silencio y la obscuridad, brota otra vez. En ocasiones escribes un poco, o pones las manos sobre un piano que no tocas para no despertar a nadie, pero ese simple gesto, el de saber que puedes, el de imaginar una melodía, es tu esencia que habla.

A esas horas caes en cuenta de que una pequeña llama sigue viva dentro de ti. No sabes cómo. Cuando despiertes el encanto podrá haberse ido, olvidarás de nuevo aquello que en la noche se convirtió en revelación, una promesa a tu propio espíritu. O puede que no, ojalá. Qué más da, ahí sigue ese pájaro azul, cantando la partitura mágica que describía Hank. Una parte de nosotros a la que no hay que dejar morir.

En Asia hay un fenómeno al que llaman “desvelo de venganza” o la “venganza de procrastinación antes de acostarse”, como popularizó un comentario de la periodista Daphne K. Lee y un reportaje derivado de la BBC. Este hace referencia a la gente que no tiene control sobre su vida diurna y que, indica Lee, “se niega a dormir temprano para recuperar cierta sensación de libertad durante las horas de la noche”.

Las personas que trabajan todo el día encuentran un oasis en la penumbra. Un rastro de paz en el que al fin pueden hacer lo que les viene en gana. Agotados, carcomidos, casi sin fuerza, optan sin embargo por permanecer despiertos hasta tarde. Es la una de la mañana y tienen que levantarse a las seis. De todas formas ponen algún video o buscan consejos de viaje para cuando puedan escapar. Prefieren encajar el cansancio que ser rehenes de la responsabilidad. Cargan ojeras para no rendirse, se niegan a asumir que su vida es eso, trabajar y trabajar para luego llegar a casa simplemente a dormir.

El desvelo es pura individualidad: tú y tus pensamientos rodeados por el mundo. A eso te ha empujado todo. No sabes cómo y entre búsquedas aquí y allá, das con un artículo escrito hace varios años por alguien del que no sabías nada en absoluto. Lees el primer párrafo y acabas enganchado. Aquel escritor opina lo mismo que tú a miles de kilómetros y días de distancia. Sonríes: te sientes menos solo. Lo mismo cuando la película que ves con los ojos entrecerrados tiene una escena que te servirá como tema de conversación cuando salgas con alguien.

La radio a esas horas trae tesoros inesperados. Una chica subterránea canta sobre su corazón roto y de que cada uno siga su camino. Las hojas muertas de una adolescente salen por las bocinas y se disiparán en unos segundos. Navegar sin rumbo tiene sus recompensas. Esos hallazgos que te dan algo de vida serían inconcebibles en el ajetreo cotidiano. Solo das con ellos cuando estás guiado por el instinto, persiguiendo lo que no acabas por definir pero que de alguna forma te llama.

A medianoche te mandas por completo. No hay nadie que te interrumpa. El timbre no suena. Tampoco el teléfono. Ya no tienes que lavar ni comer. Estás en la situación límite, el ocaso que disfrutas aunque tus capacidades estén ya disminuidas. El final siempre es el mismo. Caes rendido, duermes; al despertar te reincorporas a la rutina. Es una batalla insoluble, pero la libras cada noche. Eso es lo que importa.

[email protected]

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Maradona, transparente a su manera | Columna de Carlos López Medrano

#Si Sostenido

Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

Publicado hace

el

Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

Continuar leyendo

#Si Sostenido

Filosofía para qué | Columna de León García Lam

Publicado hace

el

VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

También lee: Tequis como galería de arte | Columna de León García Lam

Continuar leyendo

#Si Sostenido

El primer ser que pudo volar

Publicado hace

el

Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

SABER_RUGIR_5

HAZ CLIC AQUÍ PARA DESCARGAR EL DOCUMENTO

También lee: El universo cuántico es el barco del rey Teseo

Continuar leyendo

Opinión