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La salvación en palabras de Lewis | Columna de Juan Jesús Priego
Los cristianos no creemos en un hombre que se hace Dios, sino en Dios que se hace hombre. Los egipcios, los romanos y los chinos, al colocar al faraón, al césar y al emperador en los altares reservados a la divinidad, sí que creían en hombres que se hacían dioses, en humanidades divinizadas. Nosotros, por el contrario, no adoramos más que a la divinidad encarnada.
Si creyéramos que Jesucristo es un hombre que se hizo Dios, no tendríamos por qué no creer que el éxito y el aplauso sean cosas decisivamente importantes para la imitación de Jesús. Puesto que nuestro Señor habría ascendido de semejante modo, ¿por qué nosotros no íbamos a desear un ascenso semejante? La flecha apuntando hacia el cielo (↑) y no la cruz (†) sería entonces el símbolo de los cristianos.
Por supuesto, no es que desechemos el elogio; el escritor que diga sentirse muy a gusto porque nadie lo lee, es un mentiroso, como lo es el orador que afirma no importarle nada el feedback positivo de su auditorio. Una necesidad humana básica es, precisamente, la de sabernos reconocidos y aprobados. Lo que nos negamos a admitir es que sea el aplauso nuestra única motivación, el único móvil de nuestro obrar.
Según C.S. Lewis (1898-1963), la salvación consistirá en el gran aplauso que Dios nos tributará cuando lleguemos a su presencia. Tratando de encontrar el significado profundo de las imágenes con las que la Biblia simboliza la Gloria, dice: «La salvación es constantemente asociada a palmas, coronas, túnicas blancas, tronos y esplendores parecidos al del sol o al de las estrellas. Nada de eso ejerce atracción sobre mí, y en cuanto a esto creo ser un típico hombre moderno… ¿A quién le gustaría terminar convertido en una lámpara viviente?».
En efecto, siete son las promesas que el libro del Apocalipsis hace a aquellos que perseveren hasta el final: 1. «Al que venciere, yo le daré a comer del árbol de la vida» (2,7); 2. «El que venciere, no será dañado por la muerte segunda» (2,11); 3. «Al que venciere le daré una piedrecita blanca, y, en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie sabe, sino aquel que la recibe» (2,17); 4. «Le daré el lucero de la mañana» (2,28); 5. «Será vestido de ropas blancas» (3,4); 6. «Le haré columna en el templo de mi Dios» (3,12); 7. «Le haré sentar conmigo en mi trono» (3,21). Pero como nada de esto ponía eufórico a C.S. Lewis, tuvo que ponerse buscar el espíritu de la letra, el sentido profundo de todas estas promesas. Sigue, pues, diciendo:
«Cuando comencé a dedicarme a este argumento quedé sorprendido al descubrir que cristianos tan diferentes como Milton, Johnson y Tomás de Aquino entendían la Gloria celeste en su sentido de fama o de reputación. Pero no se trata de una fama o una reputación conferida por criaturas semejantes a nosotros, sino fama delante de Dios, aprobación, o, podría decir, reconocimiento: “Has hecho bien, siervo bueno y fiel. Pasa a tomar parte en el gozo de tu Señor”. De improviso recordé que ninguno puede entrar en el paraíso si no se hace como un niño, y nada hay tan manifiesto en un niño como el enorme placer de sentirse alabado».
Vengan, benditos de mi padre; pasen, siervos fieles. A Dios no le da miedo la alabanza: Él sabe, a Él le gusta reconocer y dar a cada uno según sus obras. ¡Qué interpretación más bella! El cielo entendido como el lugar donde el hombre alabará a Dios, y donde Dios elogiará al hombre, eternamente.
«Es indicio seguro de mediocridad el alabar siempre moderadamente», decía Vauvenargues (1715-1747), el moralista francés. Los mediocres prefieren el silencio; ellos no saben elogiar porque están llenos de soberbia y de envidia… Y
ya que tocamos este punto, hay algo todavía que reconocer, y es que a los católicos nos falta mucho saber practicar el arte de la alabanza. No hablo de la adulación, que es siempre hipócrita y mezquina, sino el reconocimiento simple y
puro, la palmada la en la espalda, la felicitación sincera. En un libro que trata acerca de la vida sacerdotal escribió hace poco Ruthard Ott: «El sacerdote que trabaja a conciencia es recompensado con el silencio que viene de arriba. Pocas autoridades religiosas alaban a sus subordinados. Esperan que ellos cumplan con su deber y que no exijan que se les den las gracias». ¡Qué palabras más duras y más verdaderas! Pero esto no sucede sólo con los sacerdotes: sucede, por desgracia, con casi todos los que de alguna manera sirven en la Iglesia. Debemos los católicos aprender el arte de reconocer y expresar, y esto de la manera más urgente posible.
Pero, bueno, si no lo hace nadie, no por eso nos vamos a amargar. ¿No nos han aplaudido nunca por todo lo bueno que hemos hecho?, ¿no reconocen nuestros méritos?, ¿ni siquiera nos han dado las gracias por todo lo que hemos dado con tanta generosidad? Sigamos adelante con la cabeza erguida, confiados en que nada de eso se perderá. El cielo será escuchar las palabras que aquí nos hicieron tanta falta, ese elogio sin el cual nos sentíamos inseguros.
«Te felicito, siervo bueno y fiel: entra a tomar parte del gozo de tu Señor». Que es como decir: «Bienvenido al banquete, a la fiesta que no se acaba; pasa, vístete con las vestiduras blancas y regocíjate, que todo esto es para ti». Al menos, tal es lo que dan a entender las palabras del Evangelio. Excelente noticia para aquellos que, aquí en la tierra, jamás tuvieron a alguien que les palmeara la espalda con afecto ni escucharon nunca un aplauso dirigido sólo a ellos.
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El moribundo y la taza de café | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
¿Desde cuándo he perdido las palabras? Yo hablo, pero ellos no me escuchan; mi voz ya no los alcanza. ¿Es esto la muerte: escuchar sin responder, palabras que quedan sin respuesta? ¡Ah, la muralla de mis dientes no deja escapar nada!
Cuando están en torno mío, apretujándose en las orillas de mi cama, hablan despacio y se dicen entre ellos: “No reacciona”. Y me palpan la frente y observan el termómetro y se inclinan sobre mí para decirme al oído dulces palabras que nunca escuché en otro tiempo: palabras que siempre eché de menos. Por lo demás, no hay necesidad de que se inclinen tanto: yo los oigo perfectamente y lo entiendo todo.
Ayer, por ejemplo, usted se mostró muy pesimista, y hoy creo que lo está todavía más, pues acaba de decir en un tono muy grave y muy afectado y muy solemne que había que caer en la cuenta de que la medicina no era aún todopoderosa; que, dada la situación en que me encontraba y las complicaciones que se habían presentado…, etcétera. Está bien, doctor: acepto con resignación que la medicina no sea aún todopoderosa, pero ¿lo será algún día, alguna vez?
Además, no se debería usted apenar demasiado, doctor: yo nunca he desconfiado de sus remedios –que, dicho sea de paso, no han remediado nada-, ni de su competencia profesional. ¡Dios me libre de dudar de usted! Lo único que en realidad quiero decirle es que no debe preocuparse más de lo debido. ¿Y por qué no? Trataré de explicárselo de la mejor manera. Mire, doctor, yo no sé lo que me pasa, pero usted sí lo sabe, y a esto que me pasa usted lo llama morirse. Si esto es así, doctor, déjeme decirle entonces que morir es bien sencillo. ¿Puede imaginarse que hasta me siento relajado? Yo siempre sufrí de insomnios, pero ahora el sueño llega como un amigo: de repente y sin avisar. ¡Qué bien!
Yo creía que, en trances como éste, los moribundos ponían los ojos en blanco, sacaban la lengua, gemían como endemoniados y se ponían a recitar frases definitivas o, ya por lo menos, inolvidables. Pero no; por lo menos yo, no siento nada de esto; quiero decir, ni creo que esté bizqueando, ni creo que a partir de ahora me ponga a hacer estas cosas que tan ridículas me han parecido siempre. ¿Por qué nadie me había dicho antes que morir era algo así como dormirse?
Pero no es de esto de lo que quiero hablarle. ¿Doctor? ¿Me escucha usted, doctor? De lo que quiero hablarle, más bien, es de otra cosa. De la melancolía que siento, de la tristeza que me da, de la envidia que me invade cuando pienso en lo mucho que echaré de menos la luz de este sol que apenas alcanzo a presentir a través de las cortinas en esta alcoba climatizada. ¿Cree que no echaré de menos el sol? Sí, y también el frío de la noche, ese vientecillo polar que me hacía meterme en la cama recordando los buenos tiempos en que era niño y mi madre me arropaba.
¡Y luego las calles! ¡Qué espectáculo! Luces que se prenden y se apagan, voces que gritan, niños que silban, autos que corren
. ¡Qué carnaval de rostros es una calle! ¡Rostros de todos los colores, alegres, grises, simpáticos, furibundos, luminosos, cetrinos, bellos, únicos! Quizá lo que más echaré de menos serán los rostros. ¡Qué novedad, qué prodigio! Ninguno parecido a otro, un milagro cada uno. Caminar por una amplia avenida es haber visto miles de milagros que gesticulaban, saludaban o miraban distraídos…Pero no lo quiero abrumar con mi discurso, doctor. Únicamente he querido decirle que echaré de menos muchas cosas, muchas voces. También, por supuesto, extrañaré mis libros. Ya no podré tocarlos, ni acariciarles la portada, ni ponerles marcas. ¡Ah, doctor, morir no es duro por lo que viene después, sino por lo que se deja!
¿Usted cree, por ejemplo, que no echaré de menos el ruido del mar, la voz de mis amigos, la taza de café?
Y aquí es donde digo: Dios tiene que hablarnos muy dulcemente para que aceptemos morirnos; tiene que llamarnos a su casa con muy buenos modales para que prefiramos irnos con Él, pues no es fácil dejar a la deriva y como abandonado todo lo que amamos.
¡Qué envidia siento por los que se quedan en este pobre mundo lleno de injusticia y de belleza! Irán al mar, se bañarán en él, y cerca de ellos rugirán las olas. Y cuando haga frío –ese frío que tanto he amado- se encerrarán en la cocina contándose historias anodinas al amor de la lumbre. Y se mirarán a los ojos, y se dirán que se quieren, y se hablarán por teléfono sólo para demostrarse que no se olvidan.
¿Sabe usted, doctor? Hay unos versos que me gustan mucho, y me gustaría recitárselos ahora, a modo de despedida; los escribió Carl Sandburg (1878-1967), el poeta estadounidense, hace ya muchos años, y dicen así:
¡Golpea los barrotes!
Lanza un grito
y sal, si puedes.
Sal al encuentro del mar,
de la luna, de la casa,
de la taza de café.
Quizá la Felicidad, doctor, no sea más que la suma de estas modestas felicidades que la vida nos da todos los días. El mar, la luna, la casa, la contemplación fugaz del rostro amado, la llamada que esperabas y acaba por llegar, es decir, el cariño correspondido.
Y ahora, doctor, si me lo permite, cerraré los ojos, y también los oídos. ¿Me escucha todavía? A juzgar por los gritos y el tumulto que escucho alrededor de mi cama debe estar pasándome algo realmente muy grave…
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El pobre Señor Goliadkin | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Jacobo Petrovich Goliadkin era consejero titular en aquellos tiempos gloriosos en que los consejeros titulares eran vistos por todo el mundo, y sobre todo en Rusia, con cierta admiración. Por ejemplo, a nadie hubiera permitido este calvo y honesto burócrata un tuteo imprudente o una falta a las reglas de la cortesía. Las distancias, como quiera que sea, debían ser siempre respetadas. Digamos, pues, que Jacobo Petrovich Goliadkin, más que caminar por la vida, flotaba, y que aunque no era rico tampoco lo pasaba tan mal. Claro, ¿cuándo se ha visto que los que viven del erario público esperen con aprensión la llegada del casero o el recibo de la luz? Pues bien, nuestro consejero titular había vivido del Estado desde muy joven, de modo que, en cierto sentido, podía decir con el salmista que nada le faltaba. Y en tal mundo de ensueño habría transcurrido la existencia de este irreprochable funcionario si no hubiera sucedido algo que… pero vayamos por partes.
Un día, Jacobo Petrovich Goliadkin, habiendo salido de la oficina y tomado una de las calles de San Petersburgo, vio a lo lejos a un hombre que se parecía mucho a él. Viéndolo más de cerca, llegó incluso a admitir que se le parecía demasiado, y esto, como podrá imaginar el avispado lector, no le hizo maldita la gracia. ¿Cómo es que había en la ciudad un hombre que era algo así como su doble? Por más que puso a trabajar su cerebro (cosa en la que, a decir verdad, no son muy duchos los consejeros titulares) llegó a la conclusión de que no tenía hermanos gemelos, ni nada por el estilo, de manera que la existencia de aquel desvergonzado individuo lo sacó de sus casillas. ¡Qué broma más pesada le había jugado la naturaleza!
¡Dios mío!, se quejaba el señor Goliadkin, ¿de modo que también la naturaleza se había puesto contra él? ¿Y si el doble, por llamarlo así, cometía más de un destrozo público haciéndose pasar por él? No, no quería ni pensar en semejante eventualidad: se moriría de la pena. ¿Qué iban a pensar de él sus conocidos y compañeros? ¿Y si aquel diablo entraba, por ejemplo, a la casa de su jefe y decía cosas indecentes a la hija de éste, esa hermosa señorita de la que ni siquiera se atrevía a pronunciar el nombre? Todos pensarían, entonces, que había sido él, Jacobo Petrovich Goliadkin el autor de tales indecencias. Al pensar en estas cosas, nuestro funcionario se secaba el sudor de la frente, hablaba solo y hasta quiso ponerse a buscar por la ciudad a ese energúmeno que, aprovechándose de su cara, podía hacer cuanto le viniera en gana y sin pagar por ello las consecuencias.
Pero ni siquiera fue necesario buscarlo, porque en los días que siguieron a aquel encuentro desgraciado, nuestro consejero titular se encontraba a cada paso con su doble. En la oficina, fuera de ella, en las plazas y en los tranvías, él estaba siempre allí. Una mañana, harto ya de verlo por doquier, Jacobo Petrovich Goliadkin se acercó a él, lo tomó por las solapas y le dijo: «¿Cómo se llama? ¿Podría decírmelo usted?». A lo que el doble respondió amablemente así: «Jacobo Petrovich Goliadkin, estimado señor». ¡Cómo! ¿De modo que hasta tenían el mismo nombre? ¿Y no era esto para volverse loco?
Desde entonces la vida de nuestro burócrata se convirtió literalmente en un infierno. Sobornaba ujieres, interrogaba policías, se acercaba sigilosamente a los guardianes nocturnos para hacerles las preguntas más extrañas. ¡Hasta se llegó pelear más de una vez con su otro yo a la vista de todos!
Pues bien, si usted ya lo pensó, déjeme decirle que no se ha equivocado: Jacobo Petrovich Goliadkin se había vuelto loco. En realidad, no había tal doble, y todo lo que veía y pensaba eran puros cuentos -¿engendros, se los llama?- de su imaginación. ¡Pobre señor Goliadkin! El que quiera conocer la historia completa de su vida, haría bien en leer El doble, la novela del escritor ruso Fedor Dostoievski (1821-1881).
Sin embargo, lo que me interesa, al menos por ahora, es reproducir la entrevista que nuestro funcionario tuvo con su médico de cabecera pocos días antes del colapso. Como el pobre señor Goliadkin ya no podía más, digamos que se atrevió a hacerle a su médico una breve visita, y que éste, tras revisarlo atentamente, le habló así:
«-Cambie su modo de vivir. A esto se reduce todo mi tratamiento. Las distracciones le convienen. Frecuente usted a sus amigos, viva en sociedad. Tampoco hay por qué ser amigo declarado de la bebida. Conviva con gente alegre».
El señor Golidkin no entendía. ¡Él sentía morirse y el doctor le hablaba de asistir a reuniones y cambiar de vida! «El señor Goliadkin se apresuró a manifestar que vivía igual a todo el mundo; que se distraía honestamente, como pudieran hacerlo los demás; que podía acudir a los teatros, pues disponía, como cualquier otra persona, con los medios suficientes para ello; que durante el día se hallaba ocupado en la oficina, como tantos otros funcionarios de la Administración, y que por las noches solía quedarse en casa.
»-Hum –respondió el doctor-. No, no es eso lo que quiero decir. Lo que deseo saber es si de veras le agradan a usted las diversiones, si le gusta pasar alegremente su tiempo… ¿Qué vida lleva? ¿Continúa usted con sus melancolías o, por el contrario, se ha vuelto ya optimista? En una palabra, es precisa una radical transformación de su vida. Usted, en cierto sentido, debe variar su carácter. Es necesario que busque usted distracciones. Debe hacer también alegres cosas. No debe encerrarse en su casa. ¡Eso es altamente nocivo para su salud!».
¡Ah, doctor, usted es un sabio, usted había anticipado la catástrofe! Yo también, como el señor Goliadkin, apenas tengo tiempo para visitar amigos, escuchar canciones o ir a caminar a los parques. ¡Todo es trabajo para mí! Hasta podría decir que he perdido el gusto por las fiestas. De modo que, como no quiero que me pase lo mismo que a aquel pobre consejero titular, he decidido a partir de hoy seguir su tratamiento.
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El Guardián y la Espera | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Los cuentos de Franz Kafka (1883-1924) pueden ser todo lo extraños que se quiera, pero, aunque a primera vista parezcan absurdos, están llenos de sentido y de mensajes ocultos que es preciso descifrar. He aquí, por ejemplo, uno de ellos; se titula: Ante la ley.
Un campesino llega un día ante las puertas de la ley y pide al guardián que lo deje entrar.
-No –dice éste adoptando un tono de evidente superioridad-. No puede usted pasar.
«La puerta de entrada de la ley está abierta, como siempre. El guardián se hace a un lado. El hombre se agacha para mirar hacia adentro. Cuando el guardián lo advierte se ríe y dice:
«-Si tanto le atrae, intente entrar a pesar de mi prohibición».
Pero el campesino, que es hombre obediente y amante del orden, opta por quedarse allí hasta obtener el permiso. «El guardián le da un banquito y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí el hombre se queda sentado días y años».
De cuando en cuando, el hombre vuelve a la carga pidiendo permiso para que se le deje pasar, pero el guardián se le queda mirando fijamente y vuelve a denegar con la cabeza.
«-Se le dejará pasar –le dice en el mismo tono severo de siempre-, pero no ahora».
Pero si no era ahora, ¿cuándo? De esto, por desgracia, el hombre uniformado no decía absolutamente nada.
En cierta ocasión el campesino quiso incluso sobornar al guardia ofreciéndole alguna cosa de cierto valor que había traído consigo, y el guardia aceptó el obsequio, pero sin dejarlo pasar y aún diciéndole:
«-Lo acepto solamente para que no pienses haber omitido algún esfuerzo».
¡Qué canalla! El campesino maldijo entonces su mala suerte. ¿Por qué tenía que haberse topado con un centinela tan duro de corazón? Y, además, ¿qué ganaba éste con impedirle la entrada? ¡La vida se le estaba yendo en esta espera que se había alargado ya mucho más de lo debido! Su pelo se le había vuelto blanco, el tiempo había pasado y, mientras tanto, el guardia seguía allí, en su puesto, como un tigre feroz, impidiéndole el paso. ¡Qué viejo se sentía! Su cuerpo se doblaba cada día más bajo el peso de los años y sus articulaciones empezaban a crujir como un pedazo de leña seca.
»Cercana ya su muerte, el hombre reúne mentalmente todas las experiencias que ha recogido durante todo este tiempo en una pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián; le hace señas de que se acerque ya que él no puede enderezar más su cuerpo, que se está paralizado. El guardián tiene que agacharse mucho ante él, ya que la diferencia de las estaturas se ha pronunciado mucho en desmedro del hombre.
«-¿Qué más quiere saber todavía? –pregunta el centinela. Es usted insaciable.
»-Todos tienden a la ley –dijo el hombre-. ¿Cómo es que durante tantos años nadie, excepto yo, ha pedido que se lo deje entrar?
»El guardián se da cuenta de que el fin del hombre está cerca, y para hacerse entender por esos oídos que ya casi no funcionan, se le acerca y le dice:
»-A nadie se le habría permitido el acceso por aquí, porque esta entrada estaba exclusivamente destinada para ti. Ahora voy y la cierro »”.
¡Dios mío! ¡Si este pobre no hubiera vacilado tanto y se hubiese atrevido a trasponer la puerta sin más! ¿Para qué pedir permiso? Y, sobre todo, ¿por qué dar importancia a las carantoñas del guardia? ¡Tanta espera inútil para nada! Los años se le habían ido y ahora era ya demasiado tarde.
¡Atrévete a traspasar la puerta! El guardián hará siempre como que no te lo puede permitir, pero tú sigue adelante igualmente. ¡Que nadie te detenga! Y, cuando te vea dentro, el guardia no irá por ti: a lo más se limitará a encogerse de hombros fingiendo quedar muy sorprendido por tu atrevimiento. No te sientes en espera del guiño de autorización que te facilitaría las cosas. ¡Nadie, nunca, te hará ese guiño! La puerta está abierta: aprovecha antes de que ahora sí la cierren para siempre porque han pasado los años y ha caído sobre ti la última noche. Entra ahora que eres fuerte y tus piernas te llevan; entra ahora para que no te arrepientas después…
Una vez conocí a una linda joven que se moría por estudiar una cosa que ahora no recuerdo qué sea, pero no lo hizo porque eso significaba salir de su casa y dejar sola a su madre, que se quejaba continuamente de un dolor aquí y de una punzada allá.
–Cuando mi madre ya no esté –me decía la linda muchacha-, seguro que lo hago.
Bien, han pasado veinte largos años desde entonces, la muchacha es ya una solterona infeliz y su madre sigue poniendo la casa de cabeza con sus quejidos y sus lamentos. ¿Por qué no se atrevió a cruzar la puerta? ¿Esperaba que la vida le hiciera señas guiñándole un ojo?
En Desde el fondo de la tierra, la novela del argentino Ernesto L. Castro, aparece un hombre que, ya viejo, se pone a lamentarse de que el tiempo se le hubiera ido tan rápido y de su propia cobardía por no haberse atrevido a realizar los sueños de su juventud: «No lo hice –confiesa casi llorando- porque se me atravesaron otras cosas. ¡Me quedé con las ganas! Hoy pienso que cuando uno desea algo, debe hacerlo cueste lo que cueste. Nada peor que llegar a cierta altura de la vida y sufrir suponiendo que nos hubiera ido mejor de haber hecho lo que nunca nos atrevimos a hacer».
Y dígame usted si no son éstas las palabras más tristes de la literatura universal. Y no sólo de la literatura universal, sino de la vida misma…
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