febrero 11, 2026

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La salvación en palabras de Lewis | Columna de Juan Jesús Priego

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Los cristianos no creemos en un hombre que se hace Dios, sino en Dios que se hace hombre. Los egipcios, los romanos y los chinos, al colocar al faraón, al césar y al emperador en los altares reservados a la divinidad, sí que creían en hombres que se hacían dioses, en humanidades divinizadas. Nosotros, por el contrario, no adoramos más  que a la divinidad encarnada.

Si creyéramos que Jesucristo es un hombre que se hizo Dios, no tendríamos por qué no creer que el éxito y el aplauso sean cosas decisivamente importantes para la imitación de Jesús. Puesto que nuestro Señor habría ascendido de semejante modo, ¿por qué nosotros no íbamos a desear un ascenso semejante? La flecha apuntando hacia el cielo (↑) y no la cruz (†) sería entonces el símbolo de los cristianos.

Por supuesto, no es que desechemos el elogio; el escritor que diga sentirse muy a gusto porque nadie lo lee, es un mentiroso, como lo es el orador que afirma no importarle nada el feedback positivo de su auditorio. Una necesidad humana básica es, precisamente, la de sabernos reconocidos y aprobados. Lo que nos negamos a admitir es que sea el aplauso nuestra única motivación, el único móvil de nuestro obrar.

Según C.S. Lewis (1898-1963), la salvación consistirá en el gran aplauso que Dios nos tributará cuando lleguemos a su presencia. Tratando de encontrar el significado profundo de las imágenes con las que la Biblia simboliza la Gloria, dice: «La salvación es constantemente asociada a palmas, coronas, túnicas blancas, tronos y esplendores parecidos al del sol o al de las estrellas. Nada de eso ejerce atracción sobre mí, y en cuanto a esto creo ser un típico hombre moderno… ¿A quién le gustaría terminar convertido en una lámpara viviente?».

En efecto, siete son las promesas que el libro del Apocalipsis hace a aquellos que perseveren hasta el final: 1. «Al que venciere, yo le daré a comer del árbol de la vida» (2,7); 2. «El que venciere, no será dañado por la muerte segunda» (2,11); 3. «Al que venciere le daré una piedrecita blanca, y, en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie sabe, sino aquel que la recibe» (2,17); 4. «Le daré el lucero de la mañana» (2,28); 5. «Será vestido de ropas blancas» (3,4); 6. «Le haré columna en el templo de mi Dios» (3,12); 7. «Le haré sentar conmigo en mi trono» (3,21). Pero como nada de esto ponía eufórico a C.S. Lewis, tuvo que ponerse buscar el espíritu de la letra, el sentido profundo de todas estas promesas. Sigue, pues, diciendo:

«Cuando comencé a dedicarme a este argumento quedé sorprendido al descubrir que cristianos tan diferentes como Milton, Johnson y Tomás de Aquino entendían la Gloria celeste en su sentido de fama o de reputación. Pero no se trata de una fama o una reputación conferida por criaturas semejantes a nosotros, sino fama delante de Dios, aprobación, o, podría decir, reconocimiento: “Has hecho bien, siervo bueno y fiel. Pasa a tomar parte en el gozo de tu Señor”. De improviso recordé que ninguno puede entrar en el paraíso si no se hace como un niño, y nada hay tan manifiesto en un niño como el enorme placer de sentirse alabado».

Vengan, benditos de mi padre; pasen, siervos fieles. A Dios no le da miedo la alabanza: Él sabe, a Él le gusta reconocer y dar a cada uno según sus obras. ¡Qué interpretación más bella! El cielo entendido como el lugar donde el hombre alabará a Dios, y donde Dios elogiará al hombre, eternamente.

«Es indicio seguro de mediocridad el alabar siempre moderadamente», decía Vauvenargues (1715-1747), el moralista francés. Los mediocres prefieren el silencio; ellos no saben elogiar porque están llenos de soberbia y de envidia… Y
ya que tocamos este punto, hay algo todavía que reconocer, y es que a los católicos nos falta mucho saber practicar el arte de la alabanza. No hablo de la adulación, que es siempre hipócrita y mezquina, sino el reconocimiento simple y
puro, la palmada la en la espalda, la felicitación sincera. En un libro que trata acerca de la vida sacerdotal escribió hace poco Ruthard Ott: «El sacerdote que trabaja a conciencia es recompensado con el silencio que viene de arriba. Pocas autoridades religiosas alaban a sus subordinados. Esperan que ellos cumplan con su deber y que no exijan que se les den las gracias». ¡Qué palabras más duras y más verdaderas! Pero esto no sucede sólo con los sacerdotes: sucede, por desgracia, con casi todos los que de alguna manera sirven en la Iglesia. Debemos los católicos aprender el arte de reconocer y expresar, y esto de la manera más urgente posible.

Pero, bueno, si no lo hace nadie, no por eso nos vamos a amargar. ¿No nos han aplaudido nunca por todo lo bueno que hemos hecho?, ¿no reconocen nuestros méritos?, ¿ni siquiera nos han dado las gracias por todo lo que hemos dado con tanta generosidad? Sigamos adelante con la cabeza erguida, confiados en que nada de eso se perderá. El cielo será escuchar las palabras que aquí nos hicieron tanta falta, ese elogio sin el cual nos sentíamos inseguros.

«Te felicito, siervo bueno y fiel: entra a tomar parte del gozo de tu Señor». Que es como decir: «Bienvenido al banquete, a la fiesta que no se acaba; pasa, vístete con las vestiduras blancas y regocíjate, que todo esto es para ti». Al menos, tal es lo que dan a entender las palabras del Evangelio. Excelente noticia para aquellos que, aquí en la tierra, jamás tuvieron a alguien que les palmeara la espalda con afecto ni escucharon nunca un aplauso dirigido sólo a ellos.

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Permaneced distantes | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

¿Ha leído usted, estimado señor, un relato de Thomas Mann (1875-1955) titulado Mario y el mago? Ah, es magnífico, es terrible. Léalo, léalo usted.

A un pueblo de Italia –un pueblecito del Sur- llegó un día un prestidigitador famoso capaz de hipnotizar a los espectadores y hacer que éstos ejecutaran al instante cuanto él les ordenase. Usted, seguramente, habrá conocido alguna vez a hombres como éste, pues en otro tiempo fueron muy comunes, sobre todo en las ferias de pueblo. Éste del que nos habla Mann en su novela se llamaba Cipolla –es decir, cebolla- y, efectivamente, era un maestro consumado en la ejecución de su arte. Si decía a uno de los asistentes, por ejemplo: «Ahora marcharás como soldado», éste, a la vista de todos, comenzaba a caminar a paso redoblado. Y si le ordenaba: «Ahora tienes que demostrar que eres un niño», el sujeto en cuestión, aunque fuera ya un anciano al borde del abismo, empezaba a lloriquear cual si hubiese regresado a las edades más tempranas de su existencia y necesitara urgentemente, para calmarse, un chupón.

A veces, también, pedía a espectadores tomados al azar que contaran algo de su vida, y éstos, en voz alta, empezaban entonces a hablar largo y tendido de sus miedos y decepciones, de sus quebrantos financieros y hasta de sus decepciones amorosas. Por demás está decir que los espectadores se hallaban siempre entre la maravilla, el suspiro y el espanto. ¿Cómo era posible que este hombre, flaco y un tanto desgarbado, con ojos de buitre, se apoderarse así de la voluntad de las personas? Y, sin embargo, nadie dudaba de que en verdad lo hacía, pues ante su vista realizaba éste cada una de sus maniobras.

Entre los asistentes a aquella memorable representación estaba también Mario, un campesino muy bien parecido que, como todo mortal, también había sufrido lo suyo… El mago le habló, pidiéndole que se acercara, y en poco tiempo éste quedó convertido en una máquina humana cuyo control parecía tenerlo únicamente Cipolla. La gente estaba en suspenso. ¿Qué iba a decir o a hacer este muchacho codiciado por más de una mujer del pueblo? ¿Qué es lo que iba a pasar?

«-Noto en tu cara –le dijo el mago- un rasgo de carácter taciturno y triste, un rasgo de melancolía… Dime ahora –y aquí cogió una mano del muchacho, como para animarle-, ¿tienes algún pesar? »-No, señor –respondió Mario.

»-Sé que lo tienes. ¿Cómo quieres que no me dé cuenta? ¿Vas a engañarme a mí, al gran Cipolla? Y, desde luego, se trata de las muchachas: de una chica. Tienes un gran pesar de amor»… ¡Ah, señor, lo que sigue es tremendo, inaudito, vergonzoso! Pues sucede que, de pronto, Cipolla, el malvado hipnotizador, la estrella de las ferias, da a Mario la siguiente orden:

»-¡Bésame! Tú puedes hacerlo. Créeme que puedes hacerlo. Te quiero. Bésame, aquí –y con la punta del índice, tendiendo brazo, mano y dedo meñique, designó la mejilla, cerca de la boca. Y Mario se inclinó y le besó».

Expectación general. ¡Mario ha besado a aquel hombre repugnante, Mario ha besado en público a otro hombre! Y, cuando vuelve en sí, hay en su rostro la expresión de quien se pregunta qué ha pasado, pues en re alidad no lo sabe. La gente se ríe de él y le silba gritándole todo tipo de cosas. ¿Qué fue lo que sucedió? Mario se hace esta pregunta mientras camina en dirección a las butacas. Algo terrible debió haber ocurrido: lo nota en la expresión divertida y socarrona de la gente. Algo, pero ¿qué?

Pocos minutos después, Mario vuelve al escenario con una pistola en la mano

. «Un silencio se produjo inmediatamente. Incluso los bailarines se detuvieron en su ejercicio, mirando con ojos desorbitados. Cipolla se incorporó súbitamente. Allí estaba, de pie, con los brazos tendidos hacia un lado, como si quisiera rechazar algo y gritar». Se oyeron unas detonaciones. «Y allí quedó Cipolla, tendido, inmóvil, formando un montón desordenado de prendas y huesos».

¡Ah, señor, qué historia! Ya sé que una obra de arte –y ésta novela lo es, sin duda- se presta poco a las moralejas, pero ¿qué le vamos a hacer? Está en nuestra naturaleza sacarle a todo una enseñanza. Hay quien sugiere que Mario y el mago es ante todo una parábola; Thomas Mann quiso con ella, según eso, advertir a los dictadores de su tiempo lo que con toda seguridad les ocurriría cuando los pueblos sometidos a su embrujo oyeran el chasquido del látigo y salieran, por fin, del sueño en el que se hallaban sumidos. Hay quien ha dicho, abundando en lo anterior, que más concretamente Mario y el mago era un grito de amenaza lanzado contra el fascismo.

Pudiera ser; en todo caso, señor, yo no lo pongo en duda. «Vosotros, encantadores, habéis, con vuestra voz, arrullado a Mario y hecho con él cuanto se os ha antojado. Incluso, sin que él se diera cuenta, porque dormía, le habéis pedido cosas que estando despierto jamás se habría atrevido a hacer: lo indujisteis a realizar acciones vergonzosas; pero tened cuidado, porque Mario despertará y entonces es muy posible que no reaccione de otra manera que como lo hizo en esta trágica historia». Tal interpretación es justa: Mussolini, en efecto, murió ahorcado en 1945, es decir, dieciséis años después de que Thomas Mann escribiera este relato profético. Pero si leyéramos Mario y el mago sólo en esta clave, la historia ya no tendría nada que decirnos, pues el fascismo, como Cipolla, está hoy bien muerto; en cambio, si lo abordamos desde otra perspectiva –desde una perspectiva puramente humana-, el relato no podría ser más actual. «Toma tus distancias. Respeta los límites. No te acerques demasiado». Tal parece ser el mensaje.

¡Cuántas veces he visto noviazgos y amistades que fueron demasiado lejos en sus efusiones y que por su sed de caricias lo echaron todo a perder! A éstos habría que recitarles los siguientes versos de Rainer Maria Rilke (1875-1926): “Quiero siempre precaver y avisar: permaneced distantes. Me gusta oír cómo cantan las cosas. Las tocáis y se vuelven mudas y rígidas; vosotros me matáis todas las cosas. No tocar, permaneced distantes; en ocasiones, tal vez sea esto lo único que habría que decir a los que quieren salvar su amor, o ya por lo menos conservarlo. ¡No tocar! Hay caricias que son demasiado peligrosas, hay atrevimientos que se pagan caros. Traspasar los límites –y esto es algo sabido desde los tiempos de Adán y Eva- puede resultar mortal.

Pero debo callarme ya. Hasta luego, estimado señor.

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#4 Tiempos

Pensamientos en la Catedral | Columna de Juan Jesús Priego

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Los dos jóvenes se toman de la mano por unos instantes y él le dice a ella: «Yo, Juan, te acepto a ti, Lucía, como mi esposa, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida».

De reojo observo a la mamá de la novia: está llorando, y con discreción se pasa un pañuelito blanco por el área de los ojos. El padre del novio, en cambio, se muestra pensativo y perplejo. Quizá se pregunte: «¿A qué hora creció este niño? ¡Apenas ayer se me sentaba en las piernas, y mírenlo ahora! ¿Tan rápido se va entonces la vida? ¿Tan rápido nos hacemos viejos? Dentro de un año, tal vez, ya seré abuelo». Todas estas preguntas y exclamaciones, y aún otras más de la misma índole, puedo leer en su rostro, en su cabeza que se mueve a intervalos rítmicos y en sus pies que casi tiemblan. Sí, ¿en qué momento se hicieron grandes estos niños que hoy, dejándolo todo, se van de casa, a qué hora crecieron y se enamoraron?

La ceremonia continúa. Ahora ya no miro a los papás, sino a los novios, que se entregan el uno al otro un anillo dorado. Y yo pienso en la grandeza de este sacramento. Porque esto es lo que es: un sacramento, es decir, un rito sagrado que no sólo simboliza, sino que también realiza y aun trasciende, la materialidad de los signos. «Este es un gran misterio –decía San Pablo hablando del matrimonio-, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Efesios 5,32). De pronto empecé a pensar cosas en las que nunca antes había pensado.

Esto que los dos jóvenes están haciendo hoy en la Catedral –me decía a mí mismo- es una imagen terrena de lo que sucede místicamente en el alma de los hombres. ¡Dios se ha desposado con cada una de sus criaturas! ¿Es esto posible? Dios se desposa con ellos, y lo que este muchacho acaba de decir a su amada lo dice Dios también a cada uno y de manera individual: «Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad…, todos los días de mi vida». ¿Pero Dios puede decir: todos los días de mi vida? Sí, sólo que, para Él, ese todos los días se designa con una sola palabra: eternidad. Por la eternidad estaré contigo. No te abandonaré ni siquiera por un momento, ni siquiera en la muerte. Porque es fuerte el amor como la muerte, dice la lectura que hace un momento acabamos de escuchar (Cantar de los cantares 8,6).

Mientras pienso en estas cosas que me llenan de emoción, los padrinos de arras me llaman al orden pidiéndome que las bendiga. Hay que bendecirlas, claro. Y lo hago. Derramo sobre las monedas unas gotas de agua bendita y se las entrego al esposo para qué él, a su vez, las haga llegar a su mujer como un río que fluye, sin quedarse con ninguna, y yo sigo diciendo para mis adentros: «¡Por toda la eternidad! Porque nos hiciste, Señor, para ti, nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti. ¡Hermosas palabras éstas de San Agustín! ¿Nos hiciste, entonces, para ti? Sí, sólo para ti. Tú eres el esposo verdadero de nuestras almas y a los demás sólo nos los prestas por un tiempo, para el tiempo. ¡La eternidad te la reservas Tú, pues eres el Señor de ella!».

Estoy distraído o, mejor aún, embebido. Los padrinos de lazo me hacen señas desde la distancia y me preguntan como jugando a caras y gestos si ya es tiempo de ponérselo a los nuevos esposos. Yo les hago un gesto afirmativo con la cabeza. ¡Claro, el lazo! Sí, ya es tiempo de ponérselo. Y mientras los padrinos ejecutan esta sencilla maniobra, yo sigo pensando: «Haber nacido es haber sido elegido. Estamos aquí, Señor, porque nos quisiste, porque nos amaste. ¡Nos elegiste para la vida, es decir, para ser tuyos! Nadie está en este mundo por causalidad, o por azar. ¡Tú elegiste a los que viven para desposarte con ellos en el amor y la fidelidad! Así pues, nunca los dejas solos, ni los has dejado, ni los dejarás jamás. Esto es lo que dices a cada hombre que nace, y aún antes de que nazca, desde que está en el seno de su madre: «Prometo serte fiel».

Creo estar más emocionado que los mismos novios. Pero sus padres –los cuatro- me miran con extrañeza y casi diría que hasta con rencor. Seguramente piensan que he estado muy distraído durante la ceremonia. Ha sido mi actitud exterior la que quizá les haya hecho pensar que no he estado realmente con ellos, sino en otra parte: en la luna, por decir un lugar. Y, sin embargo, nunca había estado más cerca de alguien que con estos jóvenes que ahora se tal vez se preguntaban por qué me habían elegido a mí, precisamente a mí, para…

¿Cómo no había pensado con más detenimiento en este misterio? Jesús elevó a rango de sacramento la unión definitiva entre el hombre y la mujer para que éstos, celebrándolo, vayan todavía más allá y piensen en Dios, que nos ama así: con un amor que ni se arrepiente ni vacila. Todo lo podemos temer, menos que Dios deje de querernos. «Podrán desaparecer las colinas y los montes, pero mi amor por ti no desaparecerá». ¿Y no es esto justamente lo que hemos recordado, lo que hemos celebrado hoy? ¡No se enojen, amigos! Enseguida estoy con ustedes.

Mientras coloco los dones sobre el altar, sigo pensando: «No hay historia de amor más bella que la del alma con su Dios. ¿Acaso el verdadero matrimonio sea sólo éste? Sí, quizá sea así, de manera que el matrimonio que acabamos de celebrar no sea, en el fondo, más que una imagen pálida –aunque visible y real- de aquél.

Y cuando termino la Misa y los padres de la novia se me acercan para darme las gracias por haber venido de lejos únicamente para celebrarla, me dicen sonrientes:

-Estuvo muy bonita la ceremonia, ¿verdad? ¡No lo niegue! Se le veía a usted emocionado.

Emocionado, sí, esa es la palabra: pero no era por las flores que ellos mismos habían mandado colocar a todo largo y ancho de la iglesia, sino únicamente por esos pensamientos míos que ya conoce el lector.

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¡No tocar! | Columna de Juan Jesús Priego

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Suele decirse, y al parecer es verdad, que quienes inventaron la pólvora hace muchos, muchos siglos, fueron nada menos que los chinos. Y lo hicieron para distraerse un poco, haciéndose la vida más llevadera jugando con fuegos de artificio. ¡Qué hermoso espectáculo, sobre todo por las noches, era ver el cielo lleno de estrellas que en cuestión de minutos se encendían y apagaban! No creyeron los chinos que la pólvora pudiera servir para otra cosa, de modo que nunca la utilizaron para nada más.

Pero un occidental, viendo a lo lejos aquel derroche de luz, se preguntó: «¿Pero, en qué piensan estos tontos? ¡Mirad lo que han inventado! ¿Es que no han entrevisto siquiera la magnitud de su hallazgo? ¡La de cosas que pueden hacerse con la pólvora! ¡Nada menos que dominar el mundo! ¡Y éstos la gastan en infiernitos!».

Y el occidental se puso entonces a hacer cuentas. Con esa nueva arma el universo podría caer rendido a sus pies, los cielos y la tierra serían suyos. Viéndolo bien, la pólvora era esa palanca que pedía Arquímedes para…

«¿Cómo es posible inventar la brújula –se preguntaba el europeo- sin llevar su curiosidad y continuar su atención hasta la ciencia del magnetismo? ¿Y cómo, habiéndola inventado, es posible dejar de pensar en conducir una flota que vaya a explorar y a dominar las comarcas de allende los mares? Los mismos que inventan la pólvora no saben avanzar en el camino de la química y no fabrican cañones; la disipan, por el contrario, en artificios y en vanas diversiones nocturnas» (Paul Valéry, Miradas al mundo actual).

Los chinos inventaron el papel, pero no por eso fueron más allá, ni crearon empresas editoriales; inventaron la brújula, pero no les interesó dedicarse a la navegación; inventaron la tinta y la pólvora, pero nunca se les ocurrió que estas cosas pudieran hacerlos invencibles: en realidad, ni siquiera les pasó por la cabeza. Ahora bien, si todo esto inventaron los chinos en una determinada época de la historia, quiere decir que por lo menos en esta misma época fueron los hombres más adelantados de su tiempo. ¿Cuándo, entonces, se quedaron atrás, y, sobre todo por qué? La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: porque la mirada de aquella gente era mucho más contemplativa que utilitaria. Contra todo lo que pudieran decir en contra de ella Marx y sus secuaces, a esta gente no les hacía maldita la gracia transformar el mundo; ellos querían únicamente contemplarlo.

La mirada oriental era contemplativa; la de Occidente casi siempre ha sido instrumental. Aquélla se contentaba con reverenciar la belleza de las cosas; ésta, en cambio, quiso siempre dominar para poseer. A un hombre de Oriente, como bien dijo Erich Fromm en uno de sus libros, le bastaba con admirar las rosas de su jardín, y cuando las había contemplado a suficiencia, proseguía su camino; el occidental, en cambio, si las flores le parecen bellas, las corta para ponerlas más tarde en un jarrón (y, a ser posible, en el jarrón de su mesa de centro). El oriental admiraba; el occidental nunca ha tenido tiempo para eso: él sólo ha querido poseer; y si la rosa se le muere entre las manos, ¿qué remedio? Él, como quiera que sea, ya la tiene porque la quería.

Prosigamos con nuestra comparación. Para un oriental, un río era un río, y con él sólo era posible hacer dos cosas: o navegar por sus aguas a la hora del crepúsculo sacando de la experiencia enseñanzas filosóficas («Todo fluye», etcétera), o bien sumergirse en él para experimentar lo que podría llamarse «un nuevo nacimiento». El occidental, por el contrario, no ve nada de esto; para él el río no es una maravilla que se mueve, sino un banco de peces que lo sacarán de pobre si sabe venderlos bien. Para este ser utilitarista no hay bosques encantados ni montañas sagradas; a él, sencillamente, «un río no se le presenta más que como energía para sus turbinas, un bosque como madera o materia prima de vario aprovechamiento y una montaña como un yacimiento de piedras o de menas que puede utilizar para sus edificios o depurar en sus altos hornos» (Johannes B. Lotz, SJ, De la soledad del hombre).

Sin embargo, hoy las cosas han cambiado tanto que también para los orientales la naturaleza ha perdido ya su carácter prodigioso y se ha convertido en una cantera gigantesca que es necesario saber explotar y, por supuesto, aprovechar. ¡También para ellos, cuyo destino parecía ser enseñarnos el arte de la quietud! ¿Y cuál ha sido el resultado de todo ello? Un mundo que se cae a pedazos. Gracias a la mirada codiciosa (a la «razón instrumental», como la llaman algunos), todo ha perdido su misterio: las aves, las nubes, los mares y aun el hombre, que ya no es ese ente sagrado que hacía maravillarse a los filósofos de la antigüedad, sino sólo un par de pies a los que hay que traer marcando el paso para prosperidad y beneficio de las naciones, es decir, de unos cuantos individuos. ¡Todo tiene un precio y todo sirve para algo: he aquí el principio número uno de la razón instrumental!

Hoy se habla de que, para evitar las catástrofes ecológicas que se avecinan, debemos aprender a racionar nuestra energía, plantar árboles, desconectar de cuando en cuando nuestros aparatos eléctricos y aligerar las cajuelas de nuestros vehículos. Y todo esto está muy bien. Pero la verdadera solución va mucho más allá: consiste en aprender nuevamente a contemplar, a maravillarnos, sustituyendo nuestros delirios de grandeza por esa humilde virtud llamada reverencia. La contemplación consiste en ver sin querer poseer; deleitarse con el aroma de la flor, pero sin querer cortarla; estar en este mundo como quien se halla en casa ajena. ¿Quién nos dijo que este mundo era nuestro y que podíamos disponer de él a nuestro antojo? «¡No tocar!»: he aquí una orden que había que elevar a rango de imperativo categórico, o, incluso, de exigencia moral.

Creo que fue André Malraux quien dijo que el siglo XX será religioso o no será. Karl Rahner dijo de él a su vez que sería contemplativo o no sería. ¡Nunca como hasta ahora resultó ser esto tan verdadero! O aprendemos a contemplar, sin querer nada más, o simplemente no habrá futuro. ¡Ah, si también los novios adoptaran también esta máxima, su relación sería más feliz, y estaría menos aquejada de sentimientos de culpa!…

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