#4 Tiempos
La sabiduría de los antiguos | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Imagínese que llega usted al consultorio de un médico de reconocido prestigio y que éste, en vez de medirle la presión o de auscultarle el pecho, le preguntara: «¿Y cómo andan, estimado señor, sus relaciones con Dios? ¿No estará, por casualidad, enemistado con él?». Usted, sin duda, no sabría qué responder, y hasta es probable que dijera en su interior algo como esto: «¡Doctor entrometido! ¿Quién se cree que es? ¿Por qué debo confesarle cómo andan mis relaciones con Dios? ¿A él que le importa si creo en Dios o no creo? ¡Además, yo no he venido para que me confiese, sino para que me cure de este dolor de cabeza que no se me quita con nada!».
Pues bien, según Robert Burton (véase, si no, su Anatomía de la melancolía, obra publicada por primera vez en 1621), tales son las primeras preguntas que todo médico digno de este nombre debería formular a sus pacientes. Extraño, ¿no? Pues no, ya que para él, como para muchos otros médicos de la antigüedad, la salud corporal estaba tan ligada a la salud del alma y del espíritu que, sin esta, aquella era simplemente imposible.
«Un francés sacrílego que intentó apoderarse de la imagen de San Juan, labrada en plata, que se encontraba en Birgburge –escribe Burton en su libro-, fue acometido súbitamente de rabia y empezó a arrancar pedazos de su propia carne. Según Girardo de Cambray, un señor de Rhadnos que por haber ido de caza regresó a altas horas de la noche y alojó sus sabuesos en la iglesia de San Avan, al despertar a la madrugada siguiente halló que los perros estaban atacados de hidrofobia y él mismo quedó repentinamente ciego… Tales relatos de poetas y escritores eclesiásticos parecen fabulosos, pero lo cierto es que existe el Dios vengador y son nuestros pecados los que atraen las enfermedades sobre nosotros».
¿Es ésta una mentalidad que habría que considerar superada? ¿Es cierto que, como dice Burton, son nuestros pecados los que atraen las enfermedades sobre nosotros? En verdad, tales narraciones nos parecen realmente fabulosas, si no es que hasta inverosímiles; tomadas al pie de la letra, no dudo que hagan reír a más de uno, como me han hecho reír a mí. Sin embargo, para que se vea que lo que dice Burton no es, después de todo, tan descabellado, me permitiré contar a mi manera dos historias que me tocó ver de muy cerca.
Un hombre empezó a sentir repentinos ataques de pánico. El primero de estos ataques hizo su aparición mientras cruzaba una gran avenida llena de autos que se movían en todas direcciones. Iba a mitad de la calle cuando, de pronto, sintió que las piernas ya no le respondían y que estaba a punto de desmayarse. ¡Aire, le faltaba aire: se asfixiaba! «Dios mío –gimió al llegar como pudo a la otra orilla-. ¿Qué me pasa».
Por supuesto que tan pronto como pudo fue a consultar a un especialista. Éste le recetó una buena dosis de ansiolíticos que, por lo demás, no consiguieron que se sintiera mejor. «¡Estoy por morirme! –gritaba a su mujer-. ¡Estoy malo de los pulmones, quizá hasta tenga cáncer! ¿Por qué, si no, me falta tanto el aire?».
Cuando me buscó para platicar conmigo, durante nuestra conversación salió a relucir, como de pasada, un dato que yo consideré de suma importancia: mi visitante, aprovechando diariamente las ausencias de su esposa, se internaba en el ciberespacio y mantenía una relación erótica, aunque virtual, con una mujer de la que ni siquiera podía estar seguro que no fuera otro hombre.
Lo peor –me dijo- es que hasta había proporcionado a esa desconocida –o desconocido, quién lo sabe- una gran cantidad de datos personales, como por ejemplo su teléfono, su domicilio, etcétera. ¡Se sentía morir de pena! ¿Y si por culpa de este desliz que al principio él creyó inofensivo una banda de malhechores hacía algo a su esposa y a sus hijos? ¿Y si?…
-¿Y le platicó todo esto a su psicólogo? –le pregunté.
-Sí, pero no le dio importancia. Dijo que se trataba, en todo caso, de una relación que podía estar yo necesitando, de un escape inofensivo e inocente que no tenía por qué hacerme tanto daño; en fin, que no exagerara…
-Pues yo creo, con todo respeto, que allí justamente está el origen de su mal. ¿Por qué no hace usted un pequeño sacrificio y deja de una vez por todas esa relación culpable? ¿Por qué no suspende por un tiempo sus visitas a Internet?
El hombre siguió mi consejo y al cabo de unas semanas estaba mucho mejor. ¡Ahora sí le hacían bien los ansiolíticos, qué casualidad!
Otro caso. A un hombre que había abandonado a su esposa y a sus dos hijas por irse a vivir con otra mujer le fue diagnosticada una depresión severa. Como al hombre del ejemplo anterior, también a éste le fueron recetadas grandes dosis de antidepresivos con el mismo deprimente resultado.
-¿Qué me pasa? –preguntaba el hombre.
-A mí, que no soy psicólogo, sino sacerdote, la cosa me parece muy clara: usted ha dejado a su mujer y a sus hijas abandonadas a su suerte, y esto, aunque a usted le cueste reconocerlo, es algo que le afecta enormemente. ¿Por qué no les pide perdón y vuelve con ellas?
Así lo hizo, y debo decir que sólo hasta entonces los antidepresivos pudieron hacer lo suyo…
¡Los problemas espirituales no se curan con pastillas! «Por esta razón –sigue diciendo Burton en su Anatomía de la melancolía- Hipócrates quiere que el médico averigüe cuidadosamente si la enfermedad proviene de una causa sobrenatural y divina o sigue una evolución natural… Paracelso opina que las enfermedades del espíritu deben ser curadas espiritualmente y no por otro medio. En tal caso los tratamientos ordinarios son de poco provecho.
¡Ah, no debemos desafiar las potencias supremas! Los médicos y los remedios pueden resultar del todo ineficaces y debemos confiarlos al gran poder de Dios, reconocer nuestras faltas e implorar su misericordia».
¿Eran los médicos de la antigüedad tan ingenuos como a menudo se piensa? Yo termino ya, pues he agotado mi espacio; en todo caso, júzguelo el lector.
Lee también: Los quehaceres de la providencia | Columna de Juan Jesús Priego
#4 Tiempos
El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.
Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.
Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.
En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.
Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.
La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.
En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.
Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.
En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.
La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.
Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.
Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.
También lee: El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
#4 Tiempos
Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:
–¿Alguien quiere este billete?
Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?
El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:
-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.
Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!
Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.
-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.
Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.
-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.
El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:
-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?
Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…
Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.
Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.
El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.
Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:
-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?
-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.
-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?
El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…
¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.
También lee: Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego
El Cronopio
El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
J.R. Martínez/Dr. Flash
En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.
Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.
Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.
En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.
Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela , la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.
En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).
Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.
En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.
Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.
También lee: El pionero de la música electrónica en América Latina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
-
Destacadas2 años
Con 4 meses trabajando, jefa de control de abasto del IMSS se va de vacaciones a Jerusalén, echando mentiras
-
Ciudad4 años
¿Cuándo abrirá The Park en SLP y qué tiendas tendrá?
-
Ciudad4 años
Tornillo Vázquez, la joven estrella del rap potosino
-
Destacadas5 años
“SLP pasaría a semáforo rojo este viernes”: Andreu Comas
-
Ciudad4 años
Crudo, el club secreto oculto en el Centro Histórico de SLP
-
Estado3 años
A partir de enero de 2024 ya no se cobrarán estacionamientos de centros comerciales
-
#4 Tiempos4 años
La disputa por el triángulo dorado de SLP | Columna de Luis Moreno
-
Destacadas4 años
SLP podría volver en enero a clases online














