#4 Tiempos
Kostoglotov | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Confesó una vez Graham Greene (1904-1991) en el transcurso de una entrevista que cada vez que veía en algún tiradero de libros obras que amaba o que había amado en otro tiempo, para rescatarlas del naufragio, las compraba, aunque ya las tuviera en su biblioteca. ¡Cómo! ¿Compraba libros repetidos? Sí. ¿Y por qué lo hacía? Él mismo lo explica más adelante: por un cierto sentido de seguridad. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si alguien le pidiese un libro que él no quisiera prestar de ninguna manera? Y puesto que tales eventualidades casi siempre acaban por presentarse –pensaba Greene-, más valía, por si las dudas, tener siempre un ejemplar de repuesto.
Si un libro ha pasado ya a formar parte de nuestra biografía personal, si es un libro de veras querido, entonces lo mejor es que tengamos de él por lo menos dos ejemplares, como hacía Greene: uno para conservarlo celosamente en nuestros anaqueles, y otro para prestarlo, en caso de que alguien se atreva a pedírnoslo prestado.
Ahora bien, ¿se deben prestar los libros? Sobre esto no hay nada escrito. El mismo Romano Guardini (1885-1968) no supo qué decir respecto a esta terrible cuestión; he aquí, por ejemplo, lo que confesó en su bellísimo Elogio del libro (1951): «¿Qué hay de más obvio que el que posee un libro lo preste a otro que quiere leerlo? Porque éste lo necesita, o porque no ha podido conseguirlo; porque esa lectura le haría bien, o porque es bello crear un contacto humano a través del conocimiento o de la alegría que proporciona la lectura de una misma obra. Pero respecto a esto, ¡qué experiencias no se tienen! ¡Cuánto tiempo pasa antes de que el libro dado en préstamo regrese a su primer dueño! Y, si vuelve, ¡lo hace en unas condiciones tan penosas que lo mejor sería echarlo de una buena vez a la basura! En él se reúnen todos los agravios que se le pueden infligir a un libro: está sucio, las páginas se salen de su sitio o vienen dobladas y en los márgenes se han escrito signos y acaso hasta observaciones. Y el comportamiento de aquel a quien se le ha prestado es tan desenvuelto que parece no haberse dado cuenta de haber tenido en las manos un libro ajeno», etcétera… ¿No hay, pues, que prestar los libros? Guardini lo deja a la conciencia de cada cual.
Bien, todo esto ha venido a cuento porque acabo de comprar –por segunda vez- El pabellón del cáncer, la novela del escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008). Como ya tenía yo esta obra, y además publicada por Aguilar en dos hermosos volúmenes –uno de cubierta azul y el otro de color malva-, pensé que lo mejor sería comprarme otros libros con ese mismo dinero; pero como el precio que me pedían por ellos era más bien módico y años atrás alguien me la había pedido prestada (sin nada de éxito por su parte, debo confesarlo), pensé que ahora era tiempo incluso de regalársela. Así que la volví a comprar. Mientras regresaba a mi casa y la hojeaba lentamente, saltó de entre sus páginas un nombre que ya había olvidado, pero que en otro tiempo recordaba con emoción y ternura, pues encarnaba una actitud ante la vida que a mí me hubiera gustado mucho adoptar. Este nombre era Kostoglotov.
En la novela de Solzhenitsyn, Kostoglotov es un muchacho con cáncer que comparte el pabellón con otros muchos enfermos del mismo mal. Pero, mientras los demás se pasan la vida quejándose de los pésimos servicios hospitalarios, o de la vida, o de sus familiares, que no los visitan nunca, o de Dios, Kostoglotov se pone a leer. Es un muchacho que está siempre leyendo. Aun con sus mínimas esperanzas de vida, hace planes y se entrega apasionadamente a la lectura.
En el mismo pabellón está también Yefrem, un hombre con cara de rata que se pasea continuamente por la sala reprochándole a todos sus falsas ilusiones.
-«Se acabó –decía éste-. No volverán a casa, ¿entendido? Y si regresan a casa no será por mucho tiempo. Volverán otra vez aquí. El cáncer está encariñado con las personas. A la que atenaza con sus dentones, ya no la suelta hasta la muerte».
Tal era el pasatiempo de Yefrem: anunciar la muerte y quebrar la esperanza a lo largo y lo ancho del pabellón. Pero un buen día, al escuchar sus profecías desventuradas, Kostoglotov lo paró en seco y le dijo:
-«¡Yefrem! ¡Deja ya de lamentarte! Toma este libro y léelo.
»Yefrem se le encaró como un toro, con la mirada turbia.
-»¿Y para qué leer? –le objetó-. ¿Para qué si, no tardando, reventaremos todos?
»Kostoglotov, moviendo, su cicatriz, replicó:
»-Por eso mismo tienes que darte prisa, porque pronto moriremos. ¡Toma, toma!
»Y le tendió el libro. Yefrem no se movió».
¿Quién de los dos tenía razón: Yefrem o nuestro joven lector? Kostoglotov sabía que vivir es apresurarse, ganarle tiempo al tiempo a fin de poder realizar las cosas esenciales. «Hay que apresurarse a amar», dice un personaje de El malentendido, la pieza teatral de Albert Camus (1913-1960). Sí, hay que apresurarse. Los mortales no pueden darse el lujo de dejar para mañana, de posponer lo urgente.
Poco antes de que muriera, fui hace tiempo a visitar a un sacerdote que en otro tiempo había sido mi maestro, el padre David Palomo. Estaba en cama y temblaba de pies a cabeza: padecía el mal de Parkinson, rondaba los ochenta años y cada tercer día era necesario conectarlo a una bombona de oxígeno. ¿Y cómo creen ustedes que lo encontré? ¿Llorando acaso por su triste suerte? Nada de eso. ¡Leyendo un método para aprender griego! «Quiero dominarlo bien», me dijo quedamente. Yefrem se hubiera burlado de él preguntándole con cinismo: «¿Y ya para qué?». Pero yo pensaba: «He aquí otro Kostoglotov, un ejemplar de esta misma raza de valientes: ejemplar de los que, por desgracia, quedan ya bien pocos en este mundo. ¡Dios sea bendito por aquellos que han aceptado vivir su vida hasta el el final!».

También lee: La indignación de mi amigo | Columna de Juan Jesús Priego
El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
También lee: El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
También lee: Las murallas de Chapultepec | Columna de Haniel Valdés
El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

También lee: Los espejos Olmecas, El Señor del Espejo Humeante | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
-
Destacadas2 años agoCon 4 meses trabajando, jefa de control de abasto del IMSS se va de vacaciones a Jerusalén, echando mentiras
-
Ciudad4 años ago¿Cuándo abrirá The Park en SLP y qué tiendas tendrá?
-
Ciudad5 años agoTornillo Vázquez, la joven estrella del rap potosino
-
Destacadas5 años ago“SLP pasaría a semáforo rojo este viernes”: Andreu Comas
-
Ciudad4 años agoCrudo, el club secreto oculto en el Centro Histórico de SLP
-
Estado3 años agoA partir de enero de 2024 ya no se cobrarán estacionamientos de centros comerciales
-
#4 Tiempos4 años agoLa disputa por el triángulo dorado de SLP | Columna de Luis Moreno
-
Destacadas4 años agoSLP podría volver en enero a clases online









