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Infieles y soplones a la alza | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales

 

El futuro nos ha alcanzado, lejos han quedado ya aquellos años en los que uno podía refugiarse en el anonimato que ofrecía la ciudad y cada uno de sus rincones. Qué irónico que antes de que la tecnología dominara nuestras vidas la forma de refugiarse era precisamente saliendo a las calles para, al regresar a casa hacer la pregunta obligada: ¿Me llamó alguien?

En la actualidad realizar esa clase de suertes resulta prácticamente imposible, uno pasa las 24 horas del días custodiado por el GPS de su teléfono celular, cada rincón de las calles cuenta con cámaras de seguridad y pareciera que 1984 de George Orwell, más que una obra literaria, se trataba de una profecía. El ojo en el cielo nos observa, estamos siendo perseguidos cada segundo de nuestras vidas y la privacidad, como muchas otras cosas en el planeta, está al borde de la extinción.

Resulta que no es buen momento para errores, no es el tiempo ideal para tropiezos pues al menor tambaleo habrá un ejército de ciudadanos armados con la cámara de un teléfono celular dispuestos a ajusticiar al desprevenido en cuestión. Claro está que hay de pifias a pifias, y hay ajusticiamientos a ajusticiamientos. No existe punto de comparación entre el linchamiento de un criminal a manos del pueblo hambriento de justicia que un lord o ladie que es exhibido en las redes sociales y, contrario a salir perjudicado, termina disfrutando los sus 15 minutos de fama.

Hay casos particularmente curiosos que pasarán al anecdotario por su naturaleza jocosa. Como lo sucedido en Coahuila con Javier Alejandro, marido infiel cuya canita al aire fue ventilada de manera masiva la semana pasada al ser colocada, en una de las vías de mayor afluencia vehícular, una manta que rezaba: “Me encantan las casadas, soy esposo infiel y he destruído muchas familias”. Al comprometedor anuncio lo acompañaba la fotografía y la dirección del infiel en cuestión.

Como era de esperarse, el caso de Javier Alejandro se volvió viral en redes sociales, y sus aventuras de amor quedaron a la vista de los millones de justicieros cibernéticos, quienes no dudaron en hacer leña del árbol caído. Diferente habría sido la situación de Javier Alejandro si el universo lo hubiera enviado a este mundo a cometer sus infidelidades en décadas anteriores, pues probablemente sólo unas cuantas personas habrían visto la manta antes de que ésta fuera retirada. Incluso con un poco de suerte podría haber salido bien librado del menudo problemón en el que su líbido juguetón lo metió.

Desgraciadamente, para él, lo agarraron con las manos en la masa en la era de la sobreexposición y de la saturación de información en internet. Sus infidelidades se vieron sometidas a una doble exposición. La primera en la vía pública de las calles de Coahuila, la segunda en el tribunal de las redes sociales cuando decenas de personas captaron con sus celulares semejante quemón para después tomarse el tiempo de subirlo a redes. Doble crucificción, jaque mate, fatality para Javier, cuyo crimen fue ser un infiel calentón en serie en la época menos propicia para andar en el enjuague.

Mi estimado lector, no dude ni tantito que los Presidentes de la República de sexenios anteriores a Felipe Calderón hayan sido igual o peor de pendejos que los mandatarios del siglo XXl. Simple y sencillamente tuvieron la fortuna de regar el tepache en tiempos en los que no se vivía permanentemente bajo la lente de millones de ciudadanos que esperan, sedientos de desgracia ajena, a que resbale el prójimo. Así que la próxima vez que ande de coscolino al menos póngase guapo, busque su mejor ángulo y sonría a la cámara, pues probablemente el siguiente en ser ventilado sea usted.

 

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