#4 Tiempos
En el centenario de Salinger | Columna de Carlos López Medrano
Mejor dormir
Los que de verdad me vuelven loco —decía Holden Caulfield— son esos libros que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo y pudieras llamarle cuando quisieras.
El protagonista de El Guardián entre el Centeno tenía razón: “eso no pasa mucho”. Y uno de los que logró en su escasa pero expansiva obra fue precisamente su creador, J. D. Salinger.
De Salinger hay mucho que decir y a la vez es preferible no hacerlo. Quienes lo han leído a profundidad saben que con él se guarda un pacto de confianza. Pese a las altísimas ventas que aún tiene, su decisión de mantenerse a sí mismo y a su obra dentro de unos márgenes de silencio es una cuestión que se debe respetar, incluso cuando ya ha fallecido. Ni su imagen ni sus libros ni sus personajes han de vulgarizarse en la primera fantochada que se atraviese.
Cerrarse de lleno a las adaptaciones cinematográficas, así como abstenerse de dar entrevistas le dotaron de un atractivo misterio, además de que nos libró, en parte, del bochorno de verlo estampado en playeras de rebajas o en marquesinas de productos de moda, como tanto le asqueaba para lo suyo.
Que con un artista lejano (geográficamente) se adquiera una actitud tan dogmática solo queda explicado dentro de sus propios trabajos. Quien se acerca a Salinger en el momento oportuno establece con él un vínculo especial distinto al que se tiene con otros autores. Descifrar su secreto se vuelve complicado, incluso ridículo. Aun así resulta pertinente mencionar que bajo su estela encontramos elementos tan indispensables como la recuperación de algo que creíamos perdido, así como una complicidad, una voz que sale al estrado para expresar las angustias juveniles para lectores que se encontraban en la orfandad emotiva.
Era justo eso que decía el señor Antolini en una conversación con Holden, aunque este último reaccionó con cinismo:
“Entre otras cosas, descubrirás que no eres la primera persona que alguna vez estuvo confundida, asustada e incluso enferma por el comportamiento humano. No estás solo de esa manera, estarás emocionado y estimulado para saberlo. Muchos, muchos hombres han estado tan preocupados moral y espiritualmente como ustedes ahora. Afortunadamente, algunos de ellos mantuvieron registros de sus problemas”.
Tal elemento es invaluable y posiciona a Salinger como uno de los personajes más entrañables que hubo jamás. Tanto es así que se cuece aparte en cualquier juicio literario. Era esa manera de escribir tan única la que alimentó a generaciones enteras a través de una redención personal que de algún modo ansiaba en cada línea.
La guerra se convirtió en una cicatriz que impregnó páginas enteras venidas de su pluma. Nunca pudo olvidarse del olor de la sangre. Por ello, detrás de la genialidad y la ternura se adivina un espectro inquietante, la sombra de lo que no llegó al puerto añorado y que a cada instante revela un gramo de extravío.
De cualquier modo, lejos de aventarse al precipicio, el escritor norteamericano optó por la espiritualidad y la desconexión con el medio, además de voltear a lo poco que consideraba aún impoluto: los niños y jóvenes a los que admiraba tanto. Para él, dichos seres, sin darse cuenta, contaban con la inocencia y valor que con el pasar de los años perderían en una adultez que percibía como siniestra. En el fondo, aguardaba a la oportunidad de salvar aquella pureza que contemplaba a distancia como se observa a las aves de primavera.
Era lo que ocurría cuando Holden miraba a su hermana pequeña en el carrusel. Fascinado, sí. Pero consciente de que él ya nunca podría ser parte de ello, aunque estuviera tan solo a unos metros de distancia.
Los libros de Salinger están poblados de adolescentes rebosantes en sentimientos e inteligencia. Nunca subestimó a los menores de edad y por el contrario veía en ellos fuente de una extraña sabiduría. Además, los dotaba de una fuerte carga de desprecio por un mundo exterior que se percibía como adverso y hostil, un cansancio que se extendía a círculos sociales conformados por phonies ansiosos por distinguirse e ir a alguna parte o ser de interés para el resto. Así lo exponían los integrantes de la familia Glass.
En el universo de Salinger había otro factor, sus personajes solían pasar por malas rachas o permanecían en un descarrío de amplia magnitud. Igual que él, como llegó a revelar en una carta, no logran integrarse ni hacer migas como ocurría con el resto de la sociedad. No encajaban. Lejos de lamentarse, daban a la causa la calidad de superado; estaban ya del otro lado del río donde si acaso miraban el panorama con un rastro de melancolía.
La cuestión en que los otros no se daban cuenta de ello. Todo ese colorido interno, esa agitación de la mente y las angustias varias del corazón, eran pequeñas galaxias solo perceptibles para quien entraban en la intimidad de la escena, ahí en donde ocurrían diálogos tan vivos que no venían tanto de la literatura, sino de una serie de humanos más reales que tu vecino.
Pues bien, Salinger rompía con la pared textual y guardaba cortesía al reconocer el hermoso y bullante jardín que había dentro de su audiencia, compuesta por muchos tímidos, callados, inadaptados y solos.
En Seymour: una introducción, uno de los relatos donde la relación autor-lector se vuelve más profunda a través de la guía de Buddy Glass, cabe lo mismo la filosofía que el proceso creativo. Salinger, imponiéndose al tiempo y las dimensiones, le habla directo a quien ha depositado la confianza en él; le ofrece calidez, compresión, un refugio. Para escribir aconsejaba elegir con el corazón. Recordar el tipo de creación que se quería y dejarse llevar con honestidad, buscando el punto. “Eres un artesano digno de crédito”, como decía Seymour. “Daría cualquier cosa por verte escribir algo, cualquier cosa, un cuento, un poema, un árbol que real y verdaderamente te saliera del corazón”.
Eran ese tipo de detalles que hacían a muchos derrotados y alienados sentirse importantes. Alguien por fin se dirigía a ellos. Y de una forma tierna y considerada. Un gesto que uno no siempre encuentra en las calles. A su modo era un legado con el que nadie más se podría comparar.
Franny Glass se lamentaba no tener a alguien digno de verdadera admiración. A J. D. Salinger, nacido en 1919 y fallecido en 2010 se le tenía tal tipo de respeto, pero sobre todo se le quería. Como un amigo, como un guía A cien años de su paso por la Tierra no queda más que estar agradecidos y levantar un sándwich (sin mayonesa) en su honor.
Jo.
CONTACTO: [email protected]
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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
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Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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